El beso en el cine

Película estrenada entre Artículos

El beso: Un arte sutil, refinado y ¿asqueroso?


De lengua, chicle, permanencia voluntaria, salivoso, tierno, succionador, tronador, fogoso, desabrido, mañanero, nocturno,

Dicen que un buen beso, derrumba cualquier obstáculo que impida la unión amorosa. Algunos lo consideran un arte y hasta se ofrecen de instructores. Sin embargo, esta costumbre no es igual en todo el mundo: Todaví­a en China, es visto con repugnancia; los esquimales se restriegan las narices, al igual que los birmanos; en Turquí­a, están prohibidos los besos en las pantallas de cine, y en Connecticut (EE.UU.) la ley aun prohí­be a los esposos besarse en domingos y fiestas de guardar, mientras que los filipinos, al besar, lo hacen chupando.

El beso llegó de Europa

Los antiguos pobladores de nuestro paí­s no conocí­an el beso, este llego de Europa donde los griegos besaban el pecho de sus superiores, y los emperadores extendí­an delicadamente la mano para ser besada por los campesinos; a veces ofrecí­an la rodilla. Los reyes africanos eran más exigentes: obligaban a besar el suelo que recién habí­an pisado. Los sacerdotes ni se diga, solo se dejaban besar el pie o las vestiduras. El beso en la boca entre hombres no es nuevo. Esto ya se usaba en la edad media, pero solo estaba permitido entre los de una misma posición social. Si era un funcionario, entonces se besaba la mano y si era alguien más importante, era necesario agacharse y besar el suelo. Sin embargo, cuando una mujer besaba a un hombre que no fuera su marido era juzgada como adultera… ¿A qué se debe que al ser humano le dé por juntar su boca con otra boca?

Teorí­as sobre el “nacimiento” del beso

Una teorí­a afirma que el beso nació cuando observó a los pájaros alimentar a sus crí­as. En otra se muestra como resultado del placer que un bebe obtiene al mamar. Al besar recuerda la seguridad, afecto y satisfacción que obtení­a de su madre. Una más dice que son nuestros vestigios de canibalismo. Pero la nueva teorí­a que ha hecho a todos arrugar la nariz, asegura que el beso nació como una necesidad. Cuando los caverní­colas necesitaron sal para complementar su dieta, les dio por lamer el rostro de sus amigos para recoger el sudor.

A fines del siglo XVII, los ingleses eran el pueblo más “besucón del planeta”. De pronto se les quitó la costumbre. La razón estuvo en la gran peste bubónica que asoló Inglaterra en 1665, y que se propagó fácilmente debido al beso. A partir de entonces ya nadie besó como antes.

El beso también depende de la persona y del afecto, aunque algunos acostumbren besar algunos objetos como billetes de loterí­a, imágenes religiosas, mascotas, plantas, fotografí­as, prendas, joyas, etc.


El beso… alarga la vida

En cuanto al récord, este pertenece a Regys Toomey y Jane Wyman que se besaron durante 185 minutos (3 h. 5 min.) para la pelí­cula You’re In The Army Now; Jeffrey Henzler besó a 3,225 mujeres en 8 horas (una cada 8.93 seg.). Lo anterior va de acuerdo con las estadí­sticas que aseguran que una chica estadounidense besa un promedio de 79 hombres antes de contraer matrimonio; así­ mismo, se sabe que quien se despide cada mañana de su mujer con un beso, vive más tiempo.

En fin, el beso es para la mayorí­a algo normal y corriente, aunque nos resulte raro que los varoniles rusos y árabes se besen entre sí­. Claro, sin llegar al extremo de los años 60, cuando besar a un hombre en la boca era de lo más “chic”.

Al transmitir los partidos de fútbol del mundial México 70, llego la imperante orden de que las cámaras de TV, no registraran a los futbolistas europeos (sobre todo ingleses y franceses) a la hora de celebrar un gol, pues estos fornidos jugadores lo festejaban besándose en la boca.

El beso es un excelente método para quemar calorí­as y activar neuronas

Sin embargo, este acto instintivo en el que se juntan los labios para expresar sentimientos, emociones y pasiones también tiene ciertos riesgos.

Antes del primer beso los labios se hinchan y se resecan sutilmente; cuando la pareja junta su rostro las pupilas se dilatan y el cerebro ordena entrecerrar los ojos. En este momento el ritmo cardí­aco se acelera debido a una estimulación sensorial que llega al hipotálamo, área del cerebro que regula las sensaciones, provocando que se liberen las hormonas y se activen las neuronas.

Este beso estimula la producción de saliva, que elimina partí­culas de comida y hace disminuir el nivel de ácido que causa la caries y la placa dental. Al final, después de 10 minutos de un ósculo apasionado, los amantes habrán quemado 150 calorí­as sólo con mover 34 músculos faciales.

Pero no todo es maravilloso. Hay varias enfermedades que se contagian a través de la saliva como la gripe y la hepatitis “B” (enfermedad que afecta gravemente al hí­gado). De acuerdo con Leonardo Sánchez, odontólogo de la Javeriana, el paso de saliva de un enfermo a su pareja puede acarrear enfermedades virales, así­ como hepatitis ‘A’ y herpes labial -más conocido como fuego-; peor aún si la baba tiene algún rastro de sangre, ya que aumenta el riesgo de ser infectado con el virus.

Claro, todo depende de la buena higiene oral de ambos individuos y de las defensas que tenga la persona no enferma. Es decir, si el joven agripado besa a su novia, quien acaba de pasar por un resfriado, el organismo de ella habrá creado anticuerpos que la protegerán en gran parte

Según un estudio de la Universidad de Helsinki (Finlandia), hay probabilidades de que por medio del beso entre las parejas estables se transmita la periodontitis, infección que destruye el tejido de las encí­as y el hueso. Por otro lado, un mililitro de saliva puede contener entre 10 mil y 10 millones de bacterias. Las malignas producen ácidos y se asocian con la caries y la gingivitis, infección de las encí­as que causa la caí­da de los dientes.

Sin embargo la saliva no es tan mala como parece, pues actúa como un antibiótico natural del organismo. Por eso, cuando alguien se corta su pulgar lo primero que hace, instintivamente, es lamer su herida para limpiarla.

Besos según culturas

Cada cultura tiene sus propias tradiciones con respecto a los besos. Por ejemplo, no es lo mismo besarse en Francia que en Japón: en el primer paí­s se saludan con tres besos, uno en la frente y en cada mejilla, y en pareja ponen en práctica el llamado “beso francés”; en el segundo se reservan los besos en público, y en la intimidad se dan en el cuello y en las manos, mas no en los labios.

En las islas Tinquia del Pací­fico las mujeres jamás besan a sus amantes en la boca. A cambio pegan su nariz a la de su pareja y aspiran durante unos minutos. Muy parecido a los esquimales, que acostumbran a frotarse la nariz en lugar de besarse.

Antiguas tribus africanas consideraban el ósculo un peligro, pues creí­an que el alma se les podí­a escapar por la boca; mientras que el beso es una forma de dar y recibir energí­a espiritual según algunas tradiciones religiosas orientales.

Conozcamos algunos besos en las leyendas y creencias: el del vampiro para alimentarse después de la seducción, el de la mafia que anunciaba la muerte, el de Judas que vendió a su maestro con un beso en la mejilla

Y, antaño, el beso anal incluí­a la parte de la iniciación de una “bruja”.

Besos de antes y ahora

El beso es considerado sí­mbolo de la expresión de afecto y amor, pero no ha existido siempre. Su origen se encuentra en las épocas primitivas, cuando la madre manifiesta cariño a sus hijos de esta simpática forma. Sólo hasta el siglo VI d.C la sociedad admitió el beso entre adultos como muestra de afecto.

La costumbre del beso como parte del galanteo entre dos amantes se estableció en la romántica Francia. Luego, en Rusia, se consideró que el beso era la mejor forma de sellar el amor ante el altar.

Actualmente, es común ver esta demostración de pasión en plena calle, pero no siempre fue así­. Las manifestaciones de amor debí­an ser privadas en el momento en el que el racionalismo, con la llegada de la Revolución Industrial, se implantó en la ideologí­a de la época.

Hasta el nacimiento del cine, en el siglo XX, el beso logra combatir la clandestinidad a la cual estaba sentenciado. Con el tiempo, en el 68, se llegó a un punto en el cual el beso no sólo era sí­mbolo de amor, sino de rebeldí­a y desobediencia.

“Antes darse un beso era algo personal y se consideraba como una prueba para el pretendiente, que mostraba sus buenas intenciones siendo muy respetuoso. Aunque, en general, creo que la forma de dar los besos siempre ha sido igual”, opina una amiga.

Bésame mucho

Correrá lava por tus venas. Te quedarás sin respiración. Gemirás y te desmayarás porque la sangre huirá de tu cabeza y correrá desbocada por todas las venas de tu cuerpo. Entonces serás incapaz de pensar o razonar”. Así­ describí­a el norteamericano John Morris los besos de pasión en un libro publicado en 1936.

¿Demasiado para un simple contacto bucal? No tanto, si nos atenemos a la realidad biológica de un beso bien dado entre personas que tengan buena quí­mica sexual y sientan ese escalofrí­o que algunos llaman amor (aunque sea fugaz). Un beso como los de las pelí­culas de los años 40 y 50, protagonizadas por Clark Gable, Vivien Leigh, Marlon Brando o Burt Lancaster, que en esta era de sexo cibernético siguen pareciéndonos una orgí­a. Y es que, según los expertos, si hay comunión mental y la suficiente atracción fí­sica en el beso, el alud de procesos quí­micos que se suceden provoca una auténtica conmoción en el organismo. El efecto es tan abrumador que, según algunos biólogos, podrí­a compararse a un chute de anfetaminas.

Veamos el proceso (que apunto consultando un libro, obviamente): durante un beso de alta intensidad aumentan los niveles de dopamina (sustancia asociada con la sensación de bienestar) y de testosterona (hormona asociada al deseo sexual), y las glándulas adrenales segregan adrenalina y noradrenalina, que aumentan la presión arterial y la frecuencia cardiaca. A la vez, la glándula pituitaria, situada en la base del cerebro, libera oxitocina, mágica hormona que, además de hacernos sentir como flotando, dicen que ha ayudado bastante a la perpetuación de la especie humana. El cóctel resultante es una experiencia tan turbadora que, para muchos, supera al propio acto sexual.

¿Pruebas?: prostitutas con pocos reparos sexuales afirmaban -como Julia Roberts en Pretty Woman (1990)- en una encuesta que no besaban en la boca a sus clientes por considerarlo demasiado í­ntimo. Quizá estén acertadas: recientes investigaciones acerca de la oxitocina realizadas en la Universidad de California en San Francisco “podrí­an suministrar la prueba definitiva de que, a través de esa sustancia, el beso crea o aumenta el deseo de establecer relaciones monógamas”. Sin necesidad de biologí­a, las prostitutas intuyen de algún modo que tanto acercamiento podrí­a dar al traste con su negocio. (También lo intuye el público, que en cuanto ve a Julia Roberts besar en la boca a Richard Gere sabe que se ha enamorado de él). “En esta era de sexo al primer encuentro, el problema del beso es que la mayorí­a de la gente lo ve como un precalentamiento, y no le dedica la atención y el cuidado que se merece”, escribe Tomima Edmark en “El libro de los besos”: “No saben lo que se pierden. Porque los que han vivido la experiencia hasta sus últimas consecuencias comprenden que puede ser un fin en sí­ mismo”.

En una revista he leí­do un interesante artí­culo que propone cinco premisas para un beso estremecedor:

1. Seleccionar a la persona adecuada (por aquello de la comunión fí­sica y mental).

2. Elegir un lugar propicio (“privado, mejor que público; silencioso, mejor que ruidoso”).

3. Escoger el momento oportuno (“sin más distracción que el latir de los corazones”).

4. Ir despacio y empezar con suavidad. “Establezca contacto visual con su pareja porque los ojos le proporcionarán valiosí­sima información acerca de cómo se siente. Si los ojos no se encuentran, es aviso de retirada”.

Inclí­nate hasta que los labios y los de tu pareja se toquen levemente. Luego, déjate llevar, siempre teniendo en cuenta las sensaciones del otro. Después de todo, el arte de besar es algo que debe saborearse, no aprenderse.

Una adolescente apenas iniciada en esto del beso pregunta en Internet: “¿Por qué es casi imposible parar de besar después de un primer beso apasionado?”. Para ésta, como para todas las adicciones, los biólogos tienen la respuesta: “Cuando besamos, el interior de la boca y los bordes de los labios segregan una sustancia quí­mica muy especí­fica que pide más de lo mismo”. También han encontrado explicación para que, incluso en la más negra oscuridad, las parejas casi nunca acaben besándose en la nariz. Según un estudio de la Universidad de Princeton publicado en 1997, “el cerebro humano está equipado con neuronas que le ayudan a encontrar los labios de su pareja tanto con los ojos cerrados como en espacios sin luz”. Y es que el beso como motivo de investigación parece ser también adictivo. Un estudio alemán ha analizado incluso las consecuencias del beso matutino, ése que se dan los cónyuges al despedirse cuando se van a trabajar. Los hombres que besan a sus esposas por la mañana pierden menos dí­as de trabajo por enfermedad, tienen menos accidentes de tráfico, ganan de un 20% a un 30% más y viven unos ¡cinco años más! Para Arthur Sazbo, uno de los cientí­ficos autores del estudio, la explicación es sencilla: “Los que salen de casa dando un beso empiezan el dí­a con una actitud más positiva”.

David D. Coleman, autotitulado experto en besos y autor de libros al respecto, señala que “muchos hombres son demasiado agresivos, ásperos, precipitados e incultos cuando besan. No conocen las cuatro “pes” : paciencia, pasión, parsimonia y presión adecuada, por lo que dejan pasar gran parte del placer. Además, ponen demasiado énfasis en el beso francés (con lengua incluida), y se lanzan a él con demasiada rapidez. Los auténticos expertos son más sofisticados, y procuran no distraer la atención de su pareja o dar, burdamente, la impresión de que el beso es una formalidad para llegar a algo más”. Otros pecados, según Coleman, son “tener un aliento atroz y, desde el principio, simultanear el beso con otras maniobras de excitación demasiado bruscas”.

Reflexionando sobre lo visto, debemos que reconocer que un poco torpes sí­ somos para seguir necesitando tanto consejo sobre tan antigua actividad, aunque no sea tan vieja como el hombre, en contra de la creencia general. Al menos, no hay una sola representación del beso en las cavernas prehistóricas y ningún beso aparece en las manifestaciones del arte sumerio, mesopotámico ni egipcio. Aunque parezca raro, quizá sean los judí­os los inventores del beso erótico tal como lo conocemos ya que, hasta donde sabemos, la Biblia es el primer libro que lo describe perfectamente, con 40 alusiones sólo en el Antiguo Testamento. “Que me bese con besos de su boca. Tus labios, ¡oh esposa!, destilan miel virgen. Bajo tu lengua se esconden la miel y la leche…”, se lee en el Cantar de los Cantares, que incluye bellí­simas citas sobre el beso entre hombre y mujer. En cambio, como cabí­a esperar, los griegos fueron los primeros en hablar del beso homosexual. De hecho, a algunos buenos besadores llegaron a atribuirles poderes inauditos. Xenofonte explica cómo Sócrates advierte a sus interlocutores del peligro de la compañí­a de un hermoso joven, al que compara con “una araña venenosa cuyos besos reducen a la esclavitud a quien los recibe”. Éste se transforma entonces en “un ser sin voluntad ni sentido crí­tico”. ¿Una licencia literaria? Puede que no, si tenemos en cuenta que la zona del cerebro donde reside el control de la boca es mayor que la que controla los genitales.

En concreto, durante un beso se ponen en acción más de 30 músculos faciales. “La precisión del movimiento de los labios es increí­ble, comparada con la de los brazos y las piernas”, afirman cirujanos plásticos que estudian los mecanismos del beso para mejorar deformidades de la boca. “En los labios hay músculos verticales, horizontales, en cí­rculo… Aunque son las terminaciones nerviosas las que nos impiden despegar los labios de las bocas ajenas”.

“Los labios, el interior de la boca y la lengua son de las zonas más exquisitamente sensibles del cuerpo humano”, dicen en el Instituto Kinsey para la Investigación sobre la Sexualidad. “Cinco de los doce nervios craneales que afectan a las funciones cerebrales intervienen en el beso erótico. Debido a las conexiones neuronales de labios, lengua y mejilla con el cerebro, un beso permite detectar en la otra persona muchos datos, entre ellos la temperatura, el gusto, el olor… En resumen: el beso serí­a una artimaña para captar las feromonas del otro, y ya se sabe que, en los animales, las feromonas son un poderoso reclamo sexual”. Así­ lo explican los ¿estudiosos? Cientí­ficos “del beso?

Teorí­as sobre el inicio del beso

¿Cómo nos dio a los seres humanos por besarnos? También hay teorí­as variadas. Para algunos, el beso data de los dí­as en que los hombres prehistóricos se chupaban mutuamente para lograr la sal que necesitaban en los dí­as de calor. Otra explicación es la de la alimentación. “En las sociedades prehistóricas, las madres alimentaban a sus bebés dándoles con su boca los alimentos ya masticados”, aclara Desmond Morris, autor de “El mono desnudo”.

“Que el hombre actual tenga impresa en sus genes esa sensación reconfortante podrí­a explicar la teorí­a de que, a través del beso, los amantes desarrollan una mayor propensión a crear lazos fuertes, lo que incluye el deseo de formar una familia”. Finalmente, hay quien defiende que el beso es una prolongación de la lactancia.

Lo cierto es que los bebés parecen nacidos para besar. Emplean sus bocas como nexo entre el mundo exterior e interior y examinan los objetos que llegan a sus manos con la boca. La propensión es tal, que algunos gemelos se besan antes de nacer, como dos siamesas nacidas hace unos meses en Manchester (Reino Unido), que “vinieron al mundo de frente, con las cabezas ladeadas y besándose claramente”, según explicó su madre a la prensa.

Como todo placer innato, también tiene detractores. “El beso, membranas mucosas contra membranas mucosas, supone un gran riesgo para la salud”, escribió el médico francés Joseph Pourcel en los años 50. Pero los epidemiólogos actuales ponen el beso en su sitio. “Si fuera malo, los seres vivos que se besan (varias especies de peces y mamí­feros, además del hombre) hubieran desaparecido. Eso no ha ocurrido porque la mayorí­a de las bacterias de la boca y la garganta es inofensiva e incluso beneficiosa, y probablemente es esencial para nuestra supervivencia que intercambiemos bacterias para reforzar nuestro sistema inmunológico”.

¿Se puede contraer un herpes labial, una meningitis, el sida o la enfermedad del beso con el contacto bucolabial? Según el doctor Alburquerque Sacristán, médico madrileño, “es arriesgado besar en la boca a alguien que haya enfermado de meningitis. Pero se sabe que el 20% de la población es portadora del germen causante del mal, y que muchas de esas personas besarán a otras sin transmitirla; es más complejo que el simple hecho de besarse. Con el herpes labial, ocurre algo parecido, alguien con un herpes labial activo puede transmitirlo, pero la mayorí­a se expone al virus en la infancia, y es inmune. Tampoco puede hablarse de riesgo serio de contraer la fiebre glandular (enfermedad del beso). De hecho, besarse no supone mayor peligro que estar cerca de alguien que estornuda, ya que las gotitas expulsadas, al inhalarse, transmiten más eficazmente la enfermedad que la saliva, que se traga. En cuanto al sida, se sabe que, aunque se ha detectado el virus en la saliva, las cantidades no son suficientes para transmitirlo, y de hecho no se conocen casos de este tipo de transmisión”.

Dejando a un lado cosas tan prosaicas como la salud, conviene recordar lo que dijo Olivier Wendell Homes: “El sonido de un buen beso no es tan fuerte como el de un cañón, pero su eco perdura durante mucho más tiempo”. Mejor, ¿no?

Esos besos que mueven el mundo

Pueden ser mí­sticos, apasionados, de traición, de deseo, respeto o sumisión… El beso ha acompañado al hombre en toda su existencia. El libro “Besos”, coordinado por Ángeles Rabadán, hace un repaso al simbolismo y los riesgos de besar. Lo recomiendo.

Antes de que el hombre dotara de distintas connotaciones al beso, el deseo de rozar con los labios un rostro, una piel o una boca se reveló como un instinto irrefrenable. Aunque la mayor parte de los animales tienen la costumbre de saludarse o tantear a un ejemplar de una u otra especie olisqueándose, sólo los primates, y por supuesto, los humanos, se dan besos. Los psicólogos y antropólogos encuentran en este acto de acercar los labios a otra persona, o simio -según el caso- un hecho instintivo de comunicación, de sellar un ví­nculo con un congénere. Así­, las madres de los primates besan a sus crí­as e incluso entre monos adultos los besos forman parte de los juegos cotidianos y, por supuesto, sexuales.

Aunque el beso ha acompañado al hombre desde el principio de su existencia, su racionalidad lo ha convertido en un acto social desaprobado en muchas etapas de la historia.
En la Antigua Grecia, el beso se consideraba un sí­mbolo de respeto, y sólo se permití­a en el manto o el suelo que pisaba la persona venerada. En el Imperio Romano se generalizaron los besos en el rostro, las rodillas, el pecho, todo en función del rango de cada persona, pero siempre como sí­mbolo de respeto. Incluso se dotó de valor contractual, como el que vinculaba a dos prometidos o a dos personas unidas en matrimonio.
Sólo a partir del siglo VI se consideraron algo normal los besos entre personas adultas como muestra de afecto entre personas de distinto sexo. Sin embargo, los besos en la boca entre mujeres, que hoy se han cargado de simbologí­a erótica y sexual, sí­ eran algo cotidiano en distintas etapas de la historia, como en Roma o, más recientemente, en el siglo XVII holandés.

Cuestión de quí­mica

Pero, ¿por qué unir dos bocas, un beso, produce tanto placer? Los expertos milenarios que inspiraron el Kamasutra aseguran que incluso una sesión de besos en su debido orden pueden llevar al orgasmo a la mujer sin necesidad de otro contacto fí­sico. (Se llegó a barajar que hubiera una concesión nerviosa entre el labio superior de las féminas y el clí­toris, aunque no se ha podido demostrar). En todo caso, eso sí­, han de ser besos bien dados, que cumplan las normas de las cuatro “pes”, ideada por el escritor David D. Coleman.

Si se elude la poesí­a de la sensualidad del beso, la reacción que experimenta el cuerpo ante este contacto es puramente quí­mica y eléctrica.

Los labios, especialmente el superior, conforman una de las zonas que cuenta con más terminaciones nerviosas de todo el cuerpo. También la lengua está llena de receptores sensoriales erógenos y eróticos y estos receptores están conectados con el cerebro emocional, el más instintivo y, posiblemente, irracional.

Por otro lado, los estí­mulos placenteros que percibe el organismo provoca que el cuerpo humano segregue las llamadas feromonas, presentes en la saliva, sustancias estas que, aún sin percatarse, los humanos perciben como un irresistible perfume sexual y atrayente. Y precisamente el órgano que interpreta ese olor de las feromonas se encuentra en la nariz, conectado directamente con la boca, por lo que un contacto boca a boca es el mejor escenario para percibir la estimulación erótica que aportan las feromonas.

Por si no fuera suficiente justificación el sector del cerebro que procesa las sensaciones de los labios es mayor a las que traducen los impulsos que llegan de otras zonas como el tronco, los brazos o las piernas.

Por toda esta sensibilidad que se acumula en la boca y en los labios, el beso, la sensación de suave humedad de la lengua se ha convertido en un proceso sexual imprescindible para la inmensa mayorí­a de los humanos.

De hecho, como explican los psicólogos Joserra Landarroita y Efigenio Amezúa en el libro Besos, esta necesidad de contacto entre las bocas ha hecho variar la postura coital. Prácticamente todos los mamí­feros realizan el coito posterior y sólo los humanos y algunos simios dan prioridad a la penetración frente a frente.

Millones de gérmenes por beso

Una visión más crí­tica de lo que es la boca y del beso la tienen algunas culturas, como la de los tonga de Sudáfrica que consideran simplemente repulsivo cualquier contacto con la boca, sea propia o ajena. Y, en cierto modo, no les falta razón. Como ha dicho en ocasiones el director de cine Woody Allen, “un beso es un intercambio de saliva y bacterias” Y creo que esta frase la ha copiado de alguna opinión ajena). Y tampoco miente. En concreto, se calcula que por cada milí­metro de saliva que se pone en movimiento, entre diez mil y diez millones de bacterias juguetean entre dientes y encí­as al ritmo que marque la pasión.

Buena parte de estas bacterias que se trasladan en las bocas humanas son inocuas, o más bien, necesarias para el buen funcionamiento del organismo. Pero no cabe dura que la boca es uno de los lugares del cuerpo donde más gérmenes se instalan. Por eso, es cierto que los besos son una fuente de transmisión de enfermedades, desde las que afectan a la salud bucodental, como periodontitis o gingivitis, hasta otras infeccionas, como es la gripe, el catarro o la mononucleosis ví­rica, también llamada enfermedad del beso.

Precisamente uno de los mayores enemigos de los besos apasionados son las caries. Estas provocan en muchos casos mal sabor de boca, con lo que cualquier intento de acercamiento pasional se convierte en una tortura para la parte contrincante.

Besos de traición

Pero no sólo el peligro de los besos reside en los gérmenes que se pueden transmitir con el contacto entre los jugos bucales. Lo supera la traición que en ocasiones se ha simbolizado en un beso. Judas vendió por treinta monedas al Maestro con un beso. Jacob suplantó a su hermano mayor con un beso de primogénito ante su padre, Isaac. Y sin tener que remontarse a la Biblia, el cine nos ha dejado pruebas de los besos que sentencian a muerte dentro de las mafias. El más famoso, quizá, el de Michael Corleone, protagonista de El Padrino a su hermano Fredo, cuando ya habí­a dado orden de que lo asesinaran.

La escuela del beso: el cine


Aunque se ha convertido en escuela para besadores novatos y adolescentes, la vida del beso en el cine ha sido más bien triste y quizá por eso más apasionada.


El primer beso en la pantalla grande se vio en 1896 en la pelí­cula del mismo nombre: El beso. Fue un ósculo, evidentemente, sin sonido, y casto a más no poder. Aun así­, provocó un gran escándalo, hasta el extremo de que algunos editores de periódicos pidieron que interviniera la policí­a para acabar con aquella perversión. Estoy hablando, de los Estados Unidos, como no podí­a ser de otra manera.

Años más tarde, miles de fanáticos se santiguarí­an después de ver a Burt Lancaster y Deborah Kerr retozar boca contra boca mientras viajaban De aquí­ a la eternidad. Ya entonces Estados Unidos viví­a una campaña de puritanismo que llevó a censurar buena parte de la escena.

Todo se debí­a, supuestamente, al pánico de algunos estamentos de la sociedad a que lo que vieran en el cine, aunque fueran besos, “corrompiera a la juventud”. ¿La solución? Simular los besos. Hollywood estableció como convencionalismo que un beso apasionado se llevaba a la pantalla como un acercamiento de la boca a la zona entre la barbilla y el labio inferior de la pareja, con la boca bien cerrada. Dejaban a potestad del espectador imaginar que estaba ante una tórrida escena de pasión que, por otra parte, era la única explicación a las caras de éxtasis que poní­an muchas actrices con el simple roce de barbilla del galán de turno.

Pero tanto en el cine como en la realidad el exceso de preparación y de celo puede perjudicar el resultado. Lo decí­a la mismí­sima Brigitte Bardot: “No hay nada menos afrodisí­aco que los besos delante de la cámara. ¡Un poco a la derecha, un poco a la izquierda, no la lengua no, que se ve, un poco más de sentimiento, por favor! ¡Cerrad los ojos, abrid los ojos! Un horror si el actor que trabaja contigo te gusta”.

Con el tiempo, todo comenzó a ser más explí­cito y la censura quedó aparte. Prueba de ello es que el propio Ronald Reagan, cuando era actor
(prolí­fico y mediocre), antes que presidente de los EE.UU., protagonizó el lote más largo que se recuerde. Fue en Ahora estás en el ejército y su ví­ctima durante tres minutos interminables fue Jane Wyman que creo que ya era su esposa (lo fue entre 1940 y 1948).

Pese a todos los riesgos, el beso, además de poner salsa a la vida, al parecer también es una ventaja para mejorar el estado del organismo, al igual que el sexo. Así­, diversos estudios aseguran que los besos fortalecen el sistema inmunológico porque favorece la regeneración de anticuerpos y promueve la actividad cardiaca y circulatoria. Además, según estudios realizados en Estados Unidos, su contribución al equilibrio psicosomático es fundamental y puede alargar la vida. Así­ que queda al arbitrio de cada cual valorar si el miedo a conocer unas cuantas bacterias ajenas es comparable al placer y los beneficios para la salud que reporta un buen beso.

Más sobre el beso

Algunos diccionarios lo definen como la acción de tocar algo con los labios en señal de cariño, amistad o reverencia. Hay quienes dicen que el beso es la forma más tierna de expresar el amor, y para los freudianos -tan simples ellos- el beso puede ser el rezago que nos queda de la época del amamantamiento.

Sea lo que sea, la mayorí­a de los mortales no se ha escapado de la alegrí­a de recibir un beso o del disfrute de darlo.

La costumbre de besar se pierde en la inmensidad de la historia humana, pero casi estamos convencidos de que el origen de tan especial expresión se debe a un arrebato de amor maternal.

Tipos de besos

Algunos (sólo algunos) pueden ser:

El del Papa que besa el suelo del paí­s
que visita, en un gesto de humildad (se referí­a A Juan Pablo II), creo que el actual (Benedicto XVI) creo que no lo hace (y viaja mucho menos que su predecesor.

El de la candidata coronada como reina, que reparte besos de alegrí­a.

El del futbolista que marca un gol y recibe y da besos sin mirar a quién.

El de Judas -tan recordado- para traicionar al Maestro Jesús.

El de la madre que besa al hijo
en la desazón de la partida.

El de los hombres rusos, tan lejanos en nuestras costumbres.

El beso de la cinematografí­a antigua, juntando los labios cerrados y haciendo más o menos presión.

El beso en el cine actual, en ocasiones eterno y, desde luego, apasionado y de lengua a tope sin complejos.

Es sabido que hay muchas maneras, modos, formas y tradiciones del beso que están esparcidas por todo el mundo.

La risa, el beso y la música son universales; son maneras de expresión que son aceptadas y más o menos comprendidas en todo el planeta.

Pero en las canciones es donde más besos se encuentran… parecen telenovelas de amor, y están llenas de besos

La inolvidable, por ejemplo, esa con sabor a despedida -y por eso sin ningún recato- que a grito abierto pide “bésame, bésame mucho, como si fuera esta noche la última vez “
En España, según otra popular canción, a las españolas: “la puede usted besar en la mano, o puede darle un beso de hermano… (no olvidéis la advertencia)… pero un beso de amor no se lo dan a cualquiera” (obviamente su letra está rigurosamente obsoleta).

Y hay algunos tan de malas en la vida que parece que todo lo han tenido que pagar ¡hasta los besos!; cuando consiguen algo gratis no resisten la tentación de contárselo a todo el mundo… O si no, ¿qué es aquello de:

“No cayó en mis brazos, me dio solo un beso, el único beso que yo no pagué “?.

O aquella que dice: “Bien pagá, me llaman la bien pagá, porque tus besos cobré “, que indica claramente la profesión de quien la canta

Hay muchos besos, es cierto: alegres, enamorados, lascivos, tentadores.  Pero hay otros aburridores como los de los amigos borrachitos que en medio de la fiesta les da por querer a todos los amigos que les acompañan, y reparten besos a lo loco babeando a todos con sus manifestaciones de cariño.

Lo cierto es que el beso sigue teniendo un valor como señal de afecto, de alegrí­a, e incluso de reverencia.

Algunos besos que hicieron historia
en el cine


Letra de “As Times Goes By”, de Casablanca

You must remember this,

A kiss is just a kiss,    

A sigh is just a sigh,        
The fundamental things apply    
As time goes by.            
And when two lovers woo,        
They still say “I love you”.        
On that you can rely,            
No matter what future brí­ngs
As time goes by.
 

 

Recuerda todo esto,

Un beso es sólo un beso,
Un suspiro es sólo un suspiro,
Las cosas fundamentales se juntan
Mientras el tiempo pasa.
Y cuando dos amantes se cortejan,
Todaví­a dicen “Te quiero”.
En eso puedes contar con que
No importa lo que trae el futuro

Mientras el tiempo pasa.

 


Los franceses son conocidos por varias cosas, pero no hablo necesariamente de los vinos o los quesos sino de otro cliché… su talento amatorio y, concretamente, de la noción de beso.

Si buscamos palabras inusuales, existe una concreta que cierra esta idea: Maraichinage, un beso prolongado, uno de esos que puede durar horas (Oh lí  lí …), y que debe su origen a los residentes de Pays de Mont, Bretaña, Francia.

La introducción obedece a que en plena búsqueda de mis recuerdos y mis gustos y las fotografí­as de mis libros de cine, me puse hace poco a recapitular los que, para mí­, son los mejores besos que existen en la Historia del Cine, besos de esos “de pelí­cula”, de los que dejan a uno babeando de gusto (literalmente), y los que generalizo a los mejores besos, no necesariamente tan franceses…

La lista no es, obviamente, exhaustiva, ni aspira a estar completa, ni pretende ser indiscutible (imposible) y está siempre abierta a recomendaciones, sugerencias y su participación.

La (agradable) lista que, acaso con excepción del primero, no está necesariamente en orden de importancia podrí­a ser…

Casablanca
Para mi gusto, el mejor de la historia del cine, el clí­max de la noción de lo sublime y lo breve, lo máximo y lo que no puede terminar aún terminando… Trauma personal, gusto doloroso, masoquismo en pleno y todo lo que deseen, un clásico inmediato…

Lost in Translation

El beso entre los protagonistas, junto con el susurro, muestran una pasión tan sublime, y un amor tan real y puro, que se convierte en un rival serio del primer puesto de esta lista. Uno de mis favoritos, uno de esos que dan gusto de veras.

Cinema Paradiso

El emocionante montaje final de los besos que se nos presenta es una delicia y una visión de lo que el amor y el romance significan (personalmente no tengo inconveniente en mencionar que el visionado de ese final hizo resbalar lágrimas por mis mejillas). El cinéfilo que haya visto este filme, sabe de qué hablo,

Grandes esperanzas

Los besos de la fuente, bebiendo agua, ambas veces, de infancia o de madurez, besos de niños y adultos, besos de magia, de color verde, de toque Cuarón, y de sensualidad a flor de piel. Una delicia, una absoluta y espléndida delicia.

Spider-Man
Húmedo, invertido y con máscara, el beso a Mary Jane es uno de esos que nadie puede cuestionar… Una arácnida delicia.

The Wedding Singer

De prueba, de ensayo, de ejemplo, de amigos, delicioso. El beso de Drew Barrymore y Adam Sandeler, el primero, donde descubren el amor de uno por el otro, es una maravilla.

El Padrino

La serie completa rinde culto al beso de favor, al beso de tributo, al beso de respeto y de muerte. Destaco el beso de Michael a su hermano Fredo, un beso, de esos de “kiss you goodbye…”.

Star Wars (La Guerra de las Galaxias)

Son tan pocos que todos, los de Han Solo y Leia, pero concreto también los de Luke y Leia, en especial el de ánimo antes de cruzar el puente inexistente en brazos…

Romeo y Julieta

El rostro de la Julieta de la versión clásica de Zeffirelli es uno de los más argumentos más propicios a los besos de la Historia, y uno de los más dulces besos en el baile de encuentro y a lo largo del dramático romance.

Pero otra lista, creo que coherente pudiera ser:

Harrison Ford y Sean Young en Blade Runner
William Hurt y Kathleen Turner en Cuerpos ardientes

Jeff Bridges y Michelle Pfeiffer en Los Fabulosos Baker
Boys
Marcello Mastroianni y Nastassjia Kinski en Tal cual

Jack Nicholson y Jessica Lange en El cartero siempre Llama dos veces

John Malkovich y Sophie Marceau en Detrás de las nubes

Jean Paul Belmondo y Jacqueline Bisset en El Magní­fico

Cary Grant e Ingrid Bergman en Tuyo es mi corazón

Richard Gere y Diane Lane en Cotton Club

Don Johnson a Jennifer Connelly y Virginia Madsen en Zona Caliente

y la lista pude ser infinita según las preferencias del espectador/a

Prueba a hacer una tú mismo, lector una lista. Puedes que pases un rato entretenido y puede que agradable.

Deberí­amos besarnos más

A besar, en cambio, sólo se aprende besando. Sin embargo, los poetas son teóricos del beso. Quizá porque la poesí­a es la caricia del lenguaje se atreven a describir fantasmas. C.E. Feiling viene en mi ayuda para confirmar la importancia de besos y caricias, como paso previo e indispensable, con su versión de un texto atribuido a Petronio publicado en ese magní­fico libro que es Amor a Roma:
“Feo en el coito y breve es el deleite,
y Venus trae el tedio en un instante.
No entonces como el lúbrico ganado
caigamos de cabeza, ciegos, pronto
(pues languidece amor, perece llama);
sino así­, así­, sin fin festivos
contigo yaceremos entre besos.
Ningún trabajo aquí­, rubor ninguno:
sólo el placer que place para siempre,
el que nunca decae y siempre empieza”

Caricias, abrazos y besos: estos gestos pueden ser simultáneos o complementarios pero nunca excluyentes. No importan el origen ni el destinatario.

Hay tantos besos como intenciones. Cada persona puede armar su propia clasificación. Durante mucho tiempo los que llegaban a inquietarme eran los que aparecí­an en el cine, aunque no todos estaban relacionados con el sexo.

El primer beso que se vio en pantalla fue en 1896 en un filme llamado precisamente El beso, y armó un gran escándalo.

El beso más largo jamás filmado se lo dieron Jane Giman y Regis Tommey en una pelí­cula de 1941 llamada You are in the Army Now y duró tres minutos y cinco segundos. Aunque es sabido que la calidad de un beso no tiene nada que ver con la duración, no son pocos los que piensan que mientras más largo, mejor.

En Estados Unidos hasta hay concursos de besos y no falta la pareja que se despelleja los labios para ocupar un lugar en el “Libro Guinness de los Records”.

Esos besos sin amor ni deseo son lo peor del capitalismo salvaje. Pero volviendo a las clasificaciones, hace poco pude leer con un libro escrito por Lena Tabori donde recopila los mejores besos del cine. La autora, hija de una actriz de cine, Viveca Lindfors, los divide en:

Besos inocentes, como el de Mickey Rooney y Judy Garland en Los chicos de Broadway.

Besos ilí­citos, como el que le estampa John Garfield a Lana Turner en El cartero llama dos veces.

Besos exigentes, los de Greta Garbo en Mata Hari.

Besos desesperados, como el de Vivien Leigh y Leslie Howard en Lo que el viento se llevó.

Besos perturbadores, el de Leslie Howard y Norma Shearer en Romeo y Julieta.

Besos seductores, como el de Ingrid Bergman y Humphrey Bogart en Casablanca.

Besos entregados, Katharine Hepburn y Spencer Tracy en La mujer del año;

y Besos que prometen un final feliz, como el de Charles Chaplin y Paulette Goddard en Tiempos modernos. Lena dice que descubrió que los besos del cine son como los besos de la vida real: los hay apasionados, manipuladores, seductores, amistosos, traidores, entregados, tristes, resignados y divertidos. “Podí­an querer decir hola o adiós, ya veremos, o para siempre. Son besos generosos y exigentes, dependientes y autónomos, abren negociaciones o cierran tratos”. Y agrega un detalle por demás interesante: “Muy pocas veces la pareja que aparece en la pantalla dice te quiero antes, durante o después del beso”.

Los únicos besos que son fáciles de identificar son los primeros. Son los besos que nos dan la bienvenida a un mundo hostil y maravilloso. Son los besos inocentes, fraternales. Los besos de mamá cuando í­bamos al frí­o y a la escuela. Los besos de papá, pocos pero sinceros. Los besos familiares.

Los besos entre amigos, esos besos del afecto. Besos que se dan dos personas que no saben si van a volver a encontrarse.

Y hay besos espantosos. Una caricia no querida no produce el disgusto de un beso que abruma. Existen besos que son insoportables.

Los niños lo saben. Rechazan (en general) los besos de tí­as y extraños con la convicción de un guerrero ninja que se siente acorralado. Llegan a pasarse la mano por la mejilla, como queriéndose quitar la posible saliva que le hayan podido dejar.

Y también son reacios (en general) a darlos a tí­as, tí­os, y gente más o más bien poco conocidos para ellos

Por otro lado, creo que es difí­cil que una mujer olvide cómo fue la primera vez que su hijo se prendió de su teta para comerla. Y esquivando el terreno de la psicologí­a, es raro que no recuerde con claridad la primera vez que le besaron las tetas sin intención de garantizar la supervivencia de la especie.

Pero el primer beso en la boca es un sello indeleble. Puede ser decepcionante, amargo, dulce, inocente, procaz, apasionado o fugaz Ese beso que de alguna manera marca el fin de la infancia se llama chupón y permite descubrir que la lengua no tiene como único destino agitar las palabras.

Siempre hay alguien en la vida que te enseña a besar. El resto se aprende con el tiempo y por añadidura. Pero la primera vez siempre es complicado.

Cómo elegir el beso preciso, el más precioso. ¿Lengua o labio? Creo que no es posible hacer una afirmación categórica, pues depende de la mujer y del hombre

Están también los besos imperdonables.

Los besos que no nos atrevimos a dar.

Los besos que perdimos por pudor o falta de coraje. Esos gestos que no sabremos a qué sitio del amor podrí­an habernos conducido.

Nunca hay que anunciar un beso. Hay cosas que se dicen y cosas que se hacen. En la desafortunada frase “tengo ganas de besarte” se puede perder la partida.

Transcribo un poema de Miguel Hernández:

Boca que arrastra mi boca

boca que me has arrastrado

boca que vienes de lejos

a iluminarme de rayos

Alba que das a mis noches un resplandor rojo y blanco

boca poblada de bocas

pájaro lleno de pájaros

No hay peor ayuno que la falta de besos. Los labios se agrietan, el alma se encoge y la muerte encuentra campo propicio para sus soplidos siniestros.

El beso (y algo más) en el cine

El ser humano es sexo desde que nace hasta que muere. De un sexo o de otro, pero sexo (no es raro escuchar que por eso trabajamos o deseamos ser de tal o cual forma siempre pensando, precisamente, cómo obtener placeres sexuales) y. el cine, como otras artes que le anteceden, no ha podido escapar a esa necesidad-particularidad y condición humana. Cuando los hermanos Auguste y Louis Lumií¨re inventan el cinematógrafo, artefacto que mejoró los anteriores intentos de captar y proyectar imágenes en movimiento, poco podí­an suponer que acercaban a los seres humanos de finales de siglo XIX, no sólo al arte más exquisito creado por el hombre, sino que abrí­an la puerta al placer de mirar y disfrutar.

El hombre mira desde que existe. Lleva siglos mirando. Mirando a su alrededor, mirando a su interior y mirando lo que otros seres humanos han creado. El sexo no solamente se practica, también se mira. La pulsión visual del hombre es tan vieja como la raza humana. Todos somos “mirones” en mayor o menor grado. Mirones de todo, y entre ese todo, mirones de sexo. El ser humano empezó pintando en las paredes de las cuevas, levantando monolitos, construyendo habitáculos, presas, etc., tanto por necesidad primaria, como para dejar huella de su existencia. A su vez, el hombre miraba lo que acababa de hacer o lo que hací­an otros hombres, nos gusta apreciar lo bien hecho (claro, también hay algunos a los que les gusta apreciar lo mal hecho)

Desde la aparición de la raza humana en el planeta tierra existen referencias gráficas de su sexo -una evidencia que se descubre en la infancia- y del aspecto erótico que el sexo proyecta. No hace falta aquí­ recordar la inmensa, y en ocasiones, desconocida iconografí­a existente en todo el mundo -desde Japón hasta la India- sobre el sexo del ser humano y su aplicación práctica (el Kamasutra, por ejemplo).

La pintura más académica, o la escultura más clásica han sido fiel testimonio del cuerpo humano y del sexo. Los adelantos tecnológicos hicieron posible que en 1827 J. N. Niépce realizara la que está considerada como la primera fotografí­a de la historia, aunque es bueno recordar que desde mediados del siglo XVI ya se estaba trabajando en los distintos campos -fí­sica, quí­mica, etcétera- sobre este arte. Con la fotografí­a se da una nueva vuelta de tuerca al tema del sexo. Si hasta entonces tan sólo los maestros de la pintura o de la escultura podí­an aproximarse a un retrato de un desnudo o a la representación de una relación erótica, la fotografí­a revolucionó la situación. El desnudo artí­stico, la fotografí­a naturalista y la fotografí­a explí­citamente pornográfica, abren unos campos a la mirada humana imposible de imaginar cinco siglos antes.

Una proyección histórica

Un sábado 28 de diciembre de 1895, en el Grand Café de Paris, se celebró la primera sesión pública del cinematógrafo de los hermanos Lumií¨re. Es una fecha más importante que la batalla de Waterloo, que la guerra de Secesión, que el dí­a que el hombre pisó la Luna y el más largo etcétera que quieran añadir. Con el cine, mucho más que con otros descubrimientos tecnológicos o que con otras disciplinas artí­sticas, el ser humano cambia, no únicamente de siglo, sino de galaxia. La galaxia Gutemberg (es decir, la de la imprenta inventada en el siglo XV por el alemán Johanes Gutemberg que permitió la difusión de la letra impresa, y por tanto, la difusión del conocimiento y de la cultura) fue sustituida por el cine. Era una nueva galaxia, mucho más poderosa, mucho más impactante. Con el cine, el ser humano alcanza la plenitud de su condición de mirón. El cine, casi no hace falta mencionarlo, forma parte indivisible de la condición humana de inicio de siglo y de milenio.

La cámara de cine, no hay que olvidarlo, es un ojo voraz -tal y como Buñuel o Vertov se encargaron de mostrar en sus pelí­culas-, un ojo que mira y observa. Los pequeños, amables y simpáticos documentales de la vida cotidiana que los hermanos Lumií¨re van realizando no son más que esa sublimación del acto de mirar. El espectador de cine es, en esencia, un “voyeur” palabra francesa que significa “mirón”.

Con la aparición del cine el sexo encuentra su vehí­culo idóneo, el único posible. Sin la mirada del enamorado no puede haber pasión. En cierta medida, el espectador es un enamorado apasionado de la mirada.

Mientras que la lectura de un libro requiere un esfuerzo fí­sico considerable y una concentración muy especial, o la audición de una pieza de música necesita de un determinado esfuerzo auditivo, y una obra teatral, ópera o espectáculo pide un esfuerzo desigual de los cinco sentidos humanos, el cine suma todos y en él confluyen todos los elementos que hacen grande la mirada. El cine se ve, fí­sicamente sin esfuerzo, y en una hora y media convencional de proyección son tantas las emociones que vive el espectador, que es incapaz de analizarlas todas inmediatamente y necesita de una sedimentación de pensamientos y sensaciones.

Igualmente, se ha afirmado que el cine cumple con una función pedagógica y en algunos casos (como lo es el cine de carácter sexual) puede llegar a instruir a alguien generando una especie de “profilaxis” al hacer que el sujeto evite caer en determinadas prácticas de riesgo que lo lleven a contraer enfermedades, ayuda a socializar mejor con las personas (al dar tips de cómo hacer mejor sexo), e incluso cómo válvula de escape demográfica a escala mundial para evitar la natalidad, entre otras cosas.

Con las primeras pelí­culas de los Lumií¨re el cine empieza a caminar, abre una generación de posibilidades visuales, en la que están la televisión, el video y los multimedia 3D, modernas variaciones tecnológicas sobre un mismo tema: la mirada.

Las primeras miradas eróticas

A principios del siglo XX aparecen en el cine, tanto en Europa como en Estados Unidos, una serie de pelí­culas que se podrí­an clasificar como “filmes-voyeurs”, donde lo mostrado se veí­a a través de un agujero de cerradura (la sublimación del mirón), presentado a partir de una silueta en negro de una ficticia cerradura en el encuadre. Aparece así­ el motivo del mirón erótico, que se puede encontrar en primitivas pelí­culas de la época como Through the Keyhole in the Door (1900); L’Amour a Toutes les Etages (1902, Lucien Norguet); Peeping Tom in the Dressing Room y He Went into the Wrong House, ambas de 1905, e Inquisitive Bootas (1905, Cecil Hepworth).


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Las primeras pelí­culas eróticas que dio el cine estaban mayormente inspiradas en actuaciones en directo de profesionales del “strip-tease” de la época, como es el caso de Le Coucher de la Mariee, que tuvo varias versiones y que no era más que un candoroso y polí­ticamente correcto “strip-tease” de una recién casada en la intimidad de su habitación, tal y como se hací­a en los espectáculos de variedades de aquellos años. Pero es importante señalar que este tipo de primitivas miradas eróticas hizo su aparición en 1896, sólo un año después de aquella importante proyección en el Grand Cafí¨ de Parí­s, y que algunos de sus directores eran nombres tan prestigiosos como Mélií¨s, Zecca y Pirou.


De ese mismo año es una pelí­cula fundamental en la historia del cine erótico. Se trata de El Beso (1896 de May Irvin, John C. Rice), que, como es lógico, levantó ampollas en la sociedad puritana de la época -en una demostración digna de estudio sobre la dualidad entre los códigos morales de la sociedad y las necesidades primarias del individuo-, y en la que se veí­a un primer plano (el cine es por antonomasia primer plano) de un beso entre dos actores, una mujer y un hombre. Era la primera vez que se veí­a a dos actores interactuando eróticamente entre sí­ mediante un contacto fí­sico. Es curioso señalar que la escena procedí­a de una comedia teatral que se representaba en Estados Unidos y que no levantaba escándalo alguno. La fuerza del primer piano -otra vez el primer plano- fue lo que escandalizó a aquella generación de nuevos espectadores cinematográficos, todaví­a ignorantes del valor y de la densidad del lenguaje cinematográfico.

Desde sus primeros pasos, como en todas las actividades del ser humano, hubo una cara y una cruz para el cine erótico. Desde la misma aparición del cine, las normas sociales y las pautas morales marcaron, bien a través de la censura estatal y social, bien a través de la propia autolimitación de los productores o realizadores, dos formas de sexo: el explicito y el implí­cito. El primero, por razones lógicas, tuvo que marginarse, volverse clandestino. Es el cine pornográfico, el “hardcore” y todas sus variantes, limitado en la actualidad al formato video, ya que muy pocos utilizan celuloide, prefiriendo aquel recurso para plasmar sus pensamientos y sus visiones. El segundo, que se entiende es para todos los públicos, se ha convertido en uno de los negocios más grandes de la sociedad contemporánea, algo realmente fuera de serie si se compara con aquellos años de experimentación. Es el de los contenidos eróticos que evolucionan según las normas morales de cada época y de cada sociedad, pero que de forma tácita sabe lo que puede ofrecer y lo que no debe mostrar.

Así­ pues, desde la aparición misma del cine, el apartado erótico, esa parte integrante cien por ciento de la personalidad de cada individuo, se diferenció de forma total. En la clandestinidad, el denominado cine pornográfico; y a la luz pública, el que es legalmente autorizado, dos vertientes que hacen circular a un cine con determinadas -y controladas- dosis de erotismo. Como en muchas otras artes, también el cine, sólo por el hecho de nacer, ha sido y es ví­ctima de la moral social. El mirón, es decir, el espectador, se convirtió en dos, el clandestino y el legal. Aún hoy se vive esta absurda paradoja. Como todo en la vida, el problema gira sobre dos ejes siempre polémicos: erotismo o sexo, sexo o erotismo, que finalmente podrí­an fundirse en uno mismo.

Garganta Profunda


Deep Throat (1972, Garganta profunda) es el tí­tulo del ya famosí­simo filme que protagonizara ya fallecida Linda Lovelace. En él se expone de manera chusca -incluso absurda- la condición de una chica que se descubre anorgásmica. ¿La razón? El clí­toris lo tiene localizado en lo profundo de su garganta. También de manera un tanto sátira, se deja entrever una condición de la sociedad norteamericana que nadie se habí­a atrevido a tratar: el sexo sin pudor, y que análogamente, la mismí­sima década del llamado “destape” sirvió de escenario para que estas manifestaciones fí­lmicas pudieran, si no lograrse, por lo menos sí­ permanecer en la inmortalidad por pioneras, y no tanto por ser ejemplos de calidad cinematográfica o histriónica.

La pelí­cula comienza con una larga escena de más de 4 minutos con Linda conduciendo un automóvil hasta llegar a su casa, donde encuentra a Helen (Dolly Sharp), su mejor amiga, teniendo sexo en la cocina. Digamos que se trata de un dí­a normal en la vida de estas dos mujeres. Posteriormente ambas charlan sobre el “problema” de Linda y encuentran lo que parece la solución ideal: organizar una pequeña fiesta-orgí­a con ayuda de una docena de amigos que colaboran desinteresadamente para ayudar a la desesperada mujer en su búsqueda de campanas, cohetes y explosiones fulminantes en el cielo, que acompañarán el tan esperado clí­max. Aprovechando el viaje, los muchachos también le dan una repasada a Helen, faltaba más.

Después de experimentar esta “destapadí­sima” manera de socializar sexualmente y encontrar la felicidad, Linda aún no está satisfecha, por lo que su amiga le recomienda visitar al Dr. Young (Harry Reems), un psiquiatra erotómano que, ayudado de su ninfomaní­aca y rubia enfermera (Carol Connors), revisan y atienden los casos más extraños en materia sexual, aunque claro, ellos no dejan pasar la menor oportunidad para dar rienda suelta a su lujuria.

El propio Dr. Young al ayudar a descubrir a Linda su punto G bucofarí­ngeo, comienza también a relacionarse con ella, quien experimenta cierta atracción-amor por el doctor. Éste, ni lento ni perezoso, continúa sirviéndose de su fiel enfermera y su ahora nueva sexoterapista para sus “necesidades” cientí­ficas. Al mismo tiempo se encarga de buscar una estabilidad emocional y sexo-terapéutica para Linda, quien si saberlo está siendo doblemente beneficiada. En fin, como dirí­an en la tele, son cosas de la vida.

Son muy divertidas las escenas del deterioro que va sufriendo el Dr. Young, quien ha arremetido con todo lo que le quedaba de vigor sexual contra la enfermera y Linda, terminando casi como un viejillo, pero aún libidinoso y sátiro. Es hacia el final de la pelí­cula cuando uno de los mismos pacientes del Dr. Young -mezcla de vouyerista con algo de sumiso masoquista-, se enamora de Linda y a vivir todos felices después de que su falo sea inyectado con algunas cuantas siliconas para alcanzar el tamaño ideal para nuestra heroí­na: nada menos que 9 pulgadas, o 23 centí­metros, que es lo mismo. ¡Santas cuestiones métricas Batman!

En 1972 las cosas se hací­an de manera diferente, prueba de ello es la música original con letra acorde a la temática que se aborda en el filme. Sin embargo, no deja de ser absurda y hasta grotesca la manera en cómo la misma letra de la canción narra la problemática de Linda a manera de chascarrillo napolitano bastante psicótico (la letra va prácticamente esquematizando las felaciones de Linda a manera de metáforas que, digamos “armónicamente”, nada tienen que ver con el fondo musical “funk-psicodelia” de los años 70 que se proyecta en el filme).

La perspectiva abstracta -más bien absurda- de la historia y las sobreactuaciones (que ahora se suponen forzadas de Linda Boreman por su domador-marido-manager Chuck Traynor y de todo el elenco en general) hacen de ésta pelí­cula todo un icono fí­lmico de su género, el ahora ya consolidado porno, pero que como mencioné, en aquel momento sólo era una especie de experimentalismo que permití­a incluso una aproximación artí­stica, como en ciertas pelí­culas que Andy Warhol hací­a por esos mismos años.

Linda Lovelace, o Lovelance, o Boreman, que al fin y al cabo es la misma persona, emigra desde Texas hasta Nueva York en busca de oportunidades artí­sticas (su intención era convertirse en “teibolera stripper”, gracias a su novio de aquel entonces, un tal “JR” hasta donde pudimos indagar). Posteriormente, en una fiesta se supo de la facilidad de Linda para engullir falos, chisme que llegó a oí­dos del director de cine Jerry Gerard (o Gerard Damiano), quien interesado en lo bien que Linda hací­a el sexo oral, la impulsa para que a partir de ahí­ inicie una carrera vertiginosa haciendo sus primeros pininos en filmes de 8 mm., varios realizados entre 1971 y 1972, poco antes de la filmación de Deep Throat.

El rodaje de Garganta profunda tuvo una duración de tan sólo dos semanas y la pelí­cula se estrenó en el New York Mature World en 1972. Se sabe que con sólo 6 meses de exhibición recaudó más de 600 mil dólares. También se calcula que desde su estreno hasta la fecha (2003) el filme a recaudado más de 600 millones de dólares en ganancias contra los 25.000 invertidos, de los cuales, apenas 1.200 fueron el salario de Linda por su “trabajo”.

Garganta profunda vino a transformar radicalmente el cine para adultos conocido posteriormente como Porno o XXX, siendo incluso aclamado por la crí­tica más aguda y mordaz del momento, llegando a proyectarse -fuera de concurso- nada menos que en el festivalí­simo de Cannes en el año de 1974.

También se le adjudica a esta cinta ser la causante de haber modificado los hábitos y comportamientos sexuales de la sociedad norteamericana de la época. No es de extrañar. A mediados del siglo XX en EE.UU. sucedieron muchos acontecimientos de carácter sexual, sádico y masoquista en muchas esferas y circunstancias históricas que han llevado a esa nación a un completo desquiciamiento, tanto moral, como ideológico.

En su momento, Linda disfrutó mucho de la fama que el filme le estaba dando. Era la década del “destape”, en dónde las reminiscencias de los gloriosos y maravillosos 60´s aún perduraban en algunos espí­ritus hippiescos perdidos en el espacio. Paralelo a su éxito y felicidad, tras promulgar a todas voces “derecho a la libertad sexual” Linda pasaba el tiempo -cómo la hija de Augusto, el emperador romano-, en fiestas, vicios, orgí­as y demás placeres, que, cómo toda diosa de la farándula, parafernalia y demás, la metí­an en constantes lí­os con la policí­a.

Linda falleció tristemente un lunes de abril del 2002 a los 53 años al ser desconectada de las máquinas que la mantení­an con vida tras sufrir un grave accidente automovilí­stico. Pasó las últimas décadas de su vida llena de problemas de salud y prácticamente en el olvido. Irónicamente, el filme pornográfico considerado “hard core” pasó a formar parte de la cultura popular estadounidense durante los años de la revolución sexual en la década de los setenta.

Ésta fue la primera cinta que superó el estigma del género, ya que fue mostrada a un público más amplio y ocupó la portada de la revista “Time”, que la consideró la pelí­cula más popular de la historia del cine pornográfico. Quizás gracias a esta popularidad, el tí­tulo pasó a formar parte de otro fenómeno de los setenta, el escándalo polí­tico Watergate, que acabó con la presidencia de Richard Nixon.

En los artí­culos de los periodistas Bob Woodward y Carl Bernstein donde se destapó este escándalo que sacudió a la Casa Blanca, el seudónimo utilizado para nombrar al principal informante fue, precisamente, Garganta Profunda. Toda esta popularidad rodeó a una aspirante a actriz que en aquel entonces tení­a 21 años y que apenas contaba con alguna otra pelí­cula porno amateur en su carrera.

Aunque Lovelace intentó aprovechar la ocasión para cambiar de carrera y convertirse en actriz de otro género que la alejara del “hard core”, sus intentos siempre fueron fallidos. Lovelace murió, como dije, en abril de 2002 (hace apenas un año y medio) y su trayectoria y trabajos fí­lmicos seguramente serán más recordados por Garganta profunda que por su incansable e infructí­fera lucha en contra de la pornografí­a y el abuso a mujeres, prostitutas y nuevas estrellas jóvenes del porno en toda Norteamérica.

Besos, muchos besos en
Cinema Paradiso
(1988, Giuseppe Tornatore)

Basada en la vida del guionista y realizador Giuseppe Tornatore, Cinema Paradiso es una mirada nostálgica al cine y a lo que representó un teatro en un pueblo y en la vida de un joven que amaba el séptimo arte. La historia comienza en el presente, en el que vemos a una madre siciliana que anhela ver a su hijo, quien habí­a abandonado el pueblo hace muchos años para ir a Roma en búsqueda de sus sueños.

Ahora, ese adolescente que dejó hace tanto tiempo en una estación de bus es un hombre adulto que se ha convertido en un director de cine muy conocido al seguir literalmente el consejo del proyeccionista del pueblo de no regresar hasta que hubiera cumplido sus metas. Pero, luego de unos años ese hombre muere y con la noticia de la muerte termina regresando a su villa natal para asistir al funeral.

Durante el viaje, Salvatore, el protagonista, se embarca en un viaje hacia su niñez, cuando en los confines de la oscuridad del teatro del pueblo llamado Cinema Paradiso, el muchacho y los demás habitantes se olvidan de la triste realidad de la Italia de la posguerra. El proyeccionista también está presente para asegurarse de que todo el mundo se divierta, pero que no se excite mucho con las escenas de besos en las pelí­culas. Por ello, insiste con tozudez en que todos los besos sean cortados. Un dí­a un trágico accidente ocurre en la cabina de proyección al incendiarse el volátil nitrato de plata de la pelí­cula y dejar ciego al proyeccionista.

Afortunadamente, el valiente Salvatore consigue salvar la vida de su amigo y lo reemplaza en el trabajo. Con el tiempo, como en toda pelí­cula italiana, el amor llega y se enamora de una hermosa muchacha que le rompe el corazón después de que él se alista en el ejército. Cuando regresa, ella ya no está y poco después él abandona el pueblo de nuevo. Todo esto ocurrió hace treinta años (el cine ya no existe) y ahora Salvatore ha regresado para darle el último adiós a su casi “padre adoptivo”, que le dejó un regalo que, en una lata de pelí­cula, ilumina de repente todas las dudas de su vida. La pelí­cula tiene un montaje final de los más entrañables, sensibles e inolvidables que puede haber. Y desde luego con la colección de besos más extensa de la historia del cine.

Besos lésbicos



De realizarse una encuesta entre hombres preguntando sobre sus nuestras fantasí­as más calientes, es muy probable que el ranking apareciese encabezado por la observación de una relación lésbica. ¿Qué es lo que excita tanto al ver a dos mujeres pegándose el lote y haciéndose

dulces caricias? ¿Qué es los que tienen las relaciones lésbicas que activan nuestra testosterona hasta niveles insospechados? Y es que no hay duda, los escarceos lésbicos son una de las joyas de la corona del erotismo, puro fuego, dulzura, sensibilidad y sensualidad. La combinación mágica del deseo y la libido masculina. Y bueno, como el cine, en muchos casos responde a los requerimientos y necesidades del personal, el séptimo arte no se ha quedado atrás en materia lésbica, dedicando especial atención a los besos y caricias entre jóvenes (y no tanto) estrellas de Hollywood.


Juegos salvajes (1998)

El tema viene al caso después de enterarnos de que dos de las actrices más reconocidas de nuestro cine, Victoria Abril y Emma Suarez protagonizan un carnal e inspirado beso lésbico en la pelí­cula Oscar, una pasión surrealista. Y como no nos falta iniciativa, hemos pensado que esta es una buena ocasión para hacer un pequeño repaso por la historia de los besos lésbicos en la gran pantalla, momentos memorables grabados a fuego en la mente calenturienta del buen cinéfilo. Vamos allá con un ranking, que, digo siempre no es exhaustivo y es discutible, pues cada aficionado puede hacer su lista. ¿Cuál es vuestro beso lésbico favorito?

 

1. Neve Campbell y Denise Richards en Juegos Salvajes (1998). ¿El beso lésbico más húmedo de la historia? Probablemente. La modosita Neve Campbell y la curvilí­nea y despampanante Denise Richards, que luego se convertirí­a en chica Bond, protagonizaron uno de los momentos lésbicos más grandes de la historia del cine. Y es que no es sólo el beso, hay mucho más. Son las caricias, las expresiones de deseo, el choque de los cuerpos.

2. Sharon Stone en Instinto Básico (1992).Con momentos inolvidable en la historia de los cinéfilo. Aquí­, la Stone, mientras se pegaba un bailoteo de escándalo con su amiga en la ficción mientras poní­a muy caliente al ya de por sí­ caliente Michael Douglas, le pegaba un beso a su chica de aquellos que ponen los pelos de punta. El beso era apasionado y fogoso a más no poder.

 

 

 

 

 

 

 

3. Laura Elena Harring y Naomi Watts en Mulholland Drive (2001) de David Lynch. Sí­ señores, unos besos lésbicos como luna catedral el que protagonizaron estas dos grandes musas de la belleza femenina. Era el principio de la carrera de la Watts y la chica vio en el super-papel que le ofreció Lynch la manera de saltar a la fama. Y si por el camino debí­a protagonizar un morreo lésbico, acompañado de tocamientos, pues nada, a la tarea. Inolvidable la ternura del momento, la pasión de ambas, la notoria experiencia de la Harring y la dulce y morbosa inocencia de la Watts. Inolvidable.

4. Salma Hayek y Jeanne Tripplehorn en Timecode (2000). Este beso lésbico es menos conocido, debido a la poca circulación que tuvo en España esta pelí­cula experimental de Mike Figgis, en la que durante toda la pelí­cula la pantalla estaba partida en cuatro partes. Pues bien, en esta peli-ida-de-la-olla la mexicana Salma Hayek y la americana Jeanne Tripplehorn (que debió de aprender de la Stone en Instintos básicos, allí­ interpretaba a la mujer de Douglas) se pegaban un dulce beso que por su simplicidad y dulzura ya se ganó un puesto en nuestro exigente top.

5. Carmen Electra y Amy Smart en Starsky y Hutch (2004). Lo de estas dos bellezas (fuerzas de la naturaleza) en Stursky y Hutch sí­ que es pura fantasí­a masculina. Las dos tí­picas animadoras con sus vestiditos de noche bien ajustados y absolutamente dispuestas a todo, ante los ojos del más avispado (y envidiado) Owen Wilson. Carmen Electra serí­a capaz de derretir una piedra con su fogosidad y morbo, y en esta escena, Amy Smart no se quedó corta de sensualidad tampoco. Buen momento.

6. Courtney Love y Lilly Taylor en Julie Jonson (2001). Ya se sabe que a la ex de Kurt Cobain le iba lo de ir de chica mala y como no podí­a ser de otra manera siguió cultivando esa imagen en el cine y en este pelí­cula decidió sumarse al club de las grandes besadoras lésbicas pegándose una buena tanda cariñosa con la ingenua Lilly Taylor. Por desgracia, esta pelí­cula tampoco tuvo mucha repercusión en nuestro paí­s y la escena no es demasiado conocida, pero vale la pena echarle un vistazo. 

7. Sarah Michelle Gellar y Selma Blair en Crueles intenciones (1999). La muy deseada Sarah Michelle Gellar, conocida por medio mundo por su estatus de estrella teen gracias a la serie Buffy, la cazavampiros, también tuvo su super-momento caliente en la pelí­cula Crueles intenciones, donde le pegaba un muy sabroso beso (con lengua) a la inocentona Selma Blair. Un momento que vale su peso en oro teniendo en cuenta la cima estelar a la que ha llegado la joven actriz..

8. Sienna Miller y Tara Elders en Interview (2007). El más reciente de los momentos lésbicos que hemos tenido en las pantallas españolas es el que ha protagonizado la joven y modosita Sienna Millar en la pelí­cula Interview, dirigida por Steve Buscemi. El momento es dulce y no demasiado caliente, pero lo anotamos aquí­ por si queréis verlo en la gran pantalla.


De aquí­ a la eternidad (1953)


El largo y cálido verano (1958)


Dí­as de vino y rosas (1962)


Desayuno con diamantes (1961)


Hustling (1975)


A Good Sport (1984)


A Good Sport (1984)


Ike (1986)


Romeo y Julieta (1996)


Spiderman (2002)


El diario de Noa (2004)

 


Match Point (2005)


Dos dí­as en Parí­s (2008)


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