El cine sonoro en sus divas

Película estrenada entre Artículos

El cine, en verdad, es un Olimpo de celuloide, en el que vuelven a darse, desde sus inicios, las presencias de esos seres que forman parte de los mitos de los pueblos, a los que los antiguos griegos llamaron dioses, inspiradores. Eran seres inmortales, grandiosos, y en algunos casos simples cuerpos bellamente animados como la griega “Galatea” de la leyenda; o amontonamientos de músculos sin mucho talento, como el “Hércules” de la leyenda; o aún más fuertes y feos, como el “Polifemo” de la Odisea de Homero.
Si entramos en esta nueva versión del mito, despojándonos de ciertos prejuicios y aceptando que las estrellas cinematográficas de todos los tiempos eran y son un sustituto de las arcaicas y maravillosas diosas del Olimpo, verdaderas divas, en toda la acepción del término, “mujeres que, de alguna manera, no son de este mundo”.
A veces se me ocurre pensar que entre las muchas cosas que ha producido el cine en la vida de quienes somos sus adeptos, sus aficionados, sus estudiosos, sus soñadores, fue y es una colección de rostros, cuerpos, voces, sentimientos, que se han quedado en la memoria -personal y general- a través del tiempo.
Estas divas -no me atrevo a llamarlas diosas- nunca morirán en la memoria de las personas, de las gentes, siempre existirán “vivas” en el celuloide; siempre podremos disfrutarlas y soñar en las Filmotecas (y, en muchas ocasiones, las tenemos atrapadas en nuestra propia casa, en un DVD, por ejemplo, y están por ello, siempre a nuestra disposición.
Es maravilloso. Es magnífico el tiempo en que me ha tocado vivir. Hay muchos problemas; graves; gravísimos. Pero es cierto que, también, a pesar de ello podemos soñar, disfrutar con muchísimo agrado de estas “divas” que, nos recordarán nuestra juventud, renovarán nuestras mejores vivencias de ayer y de hoy mismo.
En esa colección, única y personal, pero que puede, como en el caso presente, ser perfectamente compartida, hay de todo: la extrema belleza de Hedy Lamarr, Jacqueline Bisset; la envolvente seducción de Marlene Dietrich, Marilyn o Anita Eckberg; la serena hermosura de Ingrid Bergman o Michèle Morgan; la gran dulzura de Maria Schell, Audrey Hepburn o Romy Schneider en sus primeros filmes; la sutileza de Jenifer Jones, Debora Kerr; la perfección de Vivien Leigh, Catherine Deneuve, Delphine Seyring o Anna Karina; el misterio de Debra Paget; la pasión de Rita Hayworth, Ava Gardner o Brigitte Bardot; la atracción indescifrable de Greta Garbo, Alida Valli, Katherine Hepburn o Claudia Cardinale; el exotismo de María Félix (en momentos increíblemente hermosa), convertidas en auténticos iconos para los aficionados y también la dureza de Anna Magnani, Simone Signoret, Olivia de Havilland o Jeanne Moreau, y la fealdad (voluntariamente buscada) -y por ley de vida- y la fuerza de una Joan Crawford y una Bette Davis.

Michèle Morgan (1920)

Maria Schell (1926-2005)

Audrey Hepburn (1929-1993)

Romy Schneider (1938-1982)

Claudia Cardinale (1939)

María Félix (1915-2002)
Esta enumeración, por supuesto, no agota el repertorio de las divas, pero aunque falten muchísimass,todas las mencionadas pertenecen, creo que sin duda, al arsenal mítico de su época, y son musas: inspiraron a quienes las dirigieron, a sus compañeros de actuación, y despertaron en los espectadores una admiración sin límites.

Hedy Lamarr (1913-2000)

Jacqueline Bisset (1944)


Michelle Pfeiffer (1958)
Empezaré con una breve y arbitraria evocación de las tres primeras bellas citadas: Hedy Lamarr se había consagrado en un filme tremendamente erótico para su tiempo, del cual hubo hace poco una pobre versión nueva: √âxtasis, creo que no se han visto en la pantalla unas facciones tan hermosas como las suyas, sacudidas por la tempestad del orgasmo; pero hay una película mucho más accesible a todos los públicos: Sansón y Dalila, que contiene una escena de amor bajo luces hollywoodianas, con el grandote de Victor Mature, en una tienda. Es pura magia.
Jacqueline Bisset fue siempre una mujer soñada, así la vio el viejo George Cukor en Bellas y famosas, que luego fue parafraseada en La flor de mi secreto por Almodóvar, pero su consagración la tuvo en La noche americana de Truffaut, en la que el director le dedica los momentos cumbres de toda la carrera de la actriz, transformándola en el símbolo femenino del filme y más largamente del cine, al que el francés rinde un cálido homenaje.
Michelle Pfeiffer es bella siempre, incluso en esas películas sosas en las que aparece como simple atracción de taquilla, pero nunca como en su encarnación de Titania en Sueño de una noche de verano de Michael Hoffman. Es el momento justo en que la reina de las hadas y la diva encuentran su perfecta unión.

Nicole Kidman (1967)
Prestemos atención a Nicole Kidman, que parece reunir un conjunto de cualidades que la pueden hacer la primera auténtica diva del siglo XXI.

Marlene Dietrich (1901-1992)
Pero, sigamos un mínimo orden. Las seductoras tienen a la cabeza a Marlene Dietrich, sin duda. Von Sternberg la descubrió para los grandes públicos como la Lola-Lola de El ángel azul (1930); la teoría y la práctica de la mujer fatal llegan en ese filme con una naturalidad que subyuga y aniquila. El efecto se repetirá siempre en varias películas suyas.

Marilyn Monroe (1926-1962)

Jane Russell (1921)
Marilyn Monroe es uno de los iconos del siglo XX. Tenía un rostro de chiquilla y un cuerpo de diosa moderna, que los directores explotaron en esas comedias en que se empeñaban en que fuera lo que no era: rubia tonta, como La tentación vive arriba (1955) que bajo la dirección de Billy Wilder, se muere de calor todo el tiempo, buscando refrescarse cómo sea, poniendo la ropa interior en el refrigerador o aunque la falda se le levante hasta la nuca, para desesperación de uno de sus vecinos -marido con familia en vacaciones- y gozo de sus admiradores, que ya entonces eran muchos; Cómo casarse con un millonario (1953, Jean Negulesco), en que no sólo es miope, sino casi tarada, o Los caballeros las prefieren rubias (1953, Howard Hawks) en que tiene la franca competencia de una de las morenas más atractivas de la pantalla, Jane Russell.

Los caballeros las prefieren rubias (1953)
Monroe (rubia) y Russell (morena)
Con todo, posiblemente fue John Huston, que la dirigió en Vidas rebeldes (1961) junto a unos inolvidables Clark Gable y Montgomery Clift, quien nos mostró que no solo era la seducción en persona, sino también un ser hecho de sentimientos, destrozo interior y soledad.

Anita Ekberg (19319
Anita Ekberg ha sido muy maltratada, y para la corta vista de algunos, no pasaba de ser una emulación de la Monroe, pero, con toda la admiración que siento por Marilyn Monroe, ella nunca hizo nada semejante al despliegue voluptuoso de Anita en La dolce vita de Federico Fellini, con su larga danza envolvente y su chapuzón en la Fontana de Trevi, ni sedujo tan animalmente a un ser humano como al pobre Pepino de Filipo en Las tentaciones del doctor Antonio (1962, segmento de Fellini en Boccacio ’70) que la elevó a la categoría de verdadero símbolo sexual, sin ningún referente americano.

Kim Novak (1933)

Grace Kelly (1929-1982)

Lana Turner (1921-1995)
Sería hermoso evocar detenidamente a todas las divas arriba citadas y a otras como las inolvidables Kim Novak, en Picnic (1955, Joshua Logan) era un deslumbramiento; Grace Kelly, princesa de mentirita en El cisne (1956, Charles Vidor), y heroína de Hitchcock, más sexy que muchas de las que se jactaban de serlo), o Lana Turner (Por quien un cartero podía llamar hasta tres veces); a la madura y aún atractiva Sophia Loren -en especial cuando, reducida casi a un guiñapo, se levanta y sigue su camino por la vida en Dos mujeres (1961, Vittorio de Sica)-, o a Elizabeth Taylor, de quien ya sólo se ven sus preciosos ojos, en medio de su actual gordura, pero que fue una belleza total desde su juventud, por ejemplo en Ivanhoe (1952, Ricgard Torphe). Pero el espacio no dará más que para un ligero paneo de muchas de ellas, convocando a la Bergman, en el rostro inolvidable de Juana de Arco (1948, Victor Fleming) o en la imagen neo-romántica, eterna, de Casablanca (1942); a Michèle Morgan, misteriosa Margarita de la noche (1955, Claude Autant-Lara) y su ojos increíbles que habían dado luz al personaje ciego de La sinfonía pastoral (1946, Jean Delannoy), girando en medio del baile, en los brazos del dios del cine francés de entonces, Gérard Philipe en Las maniobras del amor (1955, René Clair); a Maria Schell, que nos dio tantos motivos para llorar, con ese rostro permanentemente dulce, en Los hermanos Karamazov (1958, Richard Brooks) -esa escena en que baila con Yul Bryner y dice que es tan feliz que quisiera ser Dios para perdonar todos los pecados- o Gervaise (1955, René Clement). A Audrey Hepburn, siempre etérea y magnífica, deslumbrada por Roma y por William Holden en La princesa que quería vivir (1953, William Wyler) o enamorando inocentemente a George Peppard en Desayuno con diamantes (1961, Blake Edwards); a la noviecita de nuestros quince años, Romy Schneider, ya princesa de cuento de hadas acaramelado en la serie Sissí (1955), ya adolescente descarada en Corrupción en el internado (1958), ya amante indecisa en Ella, yo y el otro (1972), o visión ideal, casi póstuma, de Michel Piccoli, en Las cosas de la vida (1970).

Sophia Loren (1934)

Elizabeth Taylor (1932)

Ingrid Bergman (1915-1982)
Y evocaré también para todos los que tengan memoria de ellas a Jennifer Jones, con el rostro lleno de barro, como la pequeña visionaria de Lourdes de La canción de Bernardette (1943),
sutil, enternecedora, en el otro extremo de la desafiante y carnal heroína de su célebre Duelo al sol (1946); a Debora Kerr, magnífica en todo momento: como la esposa infiel, que se entrega a la pasión junto al mar, en De aquí a la eternidad (1953), la leve, pero enérgica Ana, volando en los brazos del rey de Siam (Yul Bryner) en El rey y yo (1956); la muchacha traumatizada de Mesas separadas (1958), la genial institutriz de Los inocentes (1961) o la soltera secreta y aberrante de La noche de la iguana (1964).

Jennifer Jones (1919)


Deborah Kerr (1921-2007)

Vivien Leigh (1913-1967)
Vivien Leigh vivirá por su magnífica interpretación de Scarlett en Lo que el viento se llevó (1939). Es un papel formidable, para una gran actriz, pero su perfecto rostro es lo mejor de El puente de Waterloo (1940); sus ojos sirvieron a la trágica Blanche, que compuso para el cine Elia Kazan en Un tranvía llamado deseo (1951) según pieza la obra teatral de Tennesee Williams.

Debra Paget (1933)

Catherine Deneuve (1943)
¿Alguien recuerda a Debra Paget? Fritz Lang, el viejo Fritz de películas memorables como Metrópolis (1927) y M, el vampiro de D√ºsseldorf (1931), la dirigió en dos películas en que hizo de ella una especie de ídolo y objeto de culto: El tigre de Esnapur (1959) y La tumba india (1959). Poseía un exotismo, un misterio y un atractivo tales, que pienso que los fanáticos del cine deberían redescubrirla.
Catherine Deneuve era tan perfecta, que a ratos parecía un poco sosa, como un pan demasiado blanco, pero Luis Buñuel nos hizo cómplices de su doble vida en la terrible Bella de día (1967) y le amputó la pierna en Tristana (1970) mostrándonos que toda perfección es falible.

Delphine Seyrig (1932-1990)

Anna Karina (1940)
Delphine Seyrig fue una de las musas de la “nouvelle vague”, igual que Anna Karina. Delphine en El año pasado en Mariembad (1961, Alain Resnais) es una visión mágica -años después, Truffaut nos la mostrará bella y diosa, pero con los dientes desiguales, en Besos robados (1968)- y Anna en Vivir su vida (1962) sirvió a Godard a cabalidad y conmovió por su interpretación de una prostituta que lloraba viendo La
Pasión de Juana de Arco (1928, C.T. Dreyer).

Rita Hayworth (1918-1987)
Y si de pasiones se trata, quién como Rita Hayworth para encarnarlas, cantando “Verde Luna” en Sangre y Arena (1941), quitándose el célebre guante provocativo en Gilda o yendo directamente al desastre de la mano de su amado Orson Wells en La dama de Shanghai (1947).

Ava Gardner (1922-1990)
Ava Gardner, “El animal más hermoso del mundo”, como la calificaba machistamente Hemingway, era María, la gitana, fuego de La condesa descalza (1954); la sirena Kitty Collins, que canta y encanta a Burt Lancaster en Los asesinos (1946),
y Maxine, la ardiente ceniza de La noche de la iguana (1964).

Brigitte Bardot (19349
Por supuesto, Brigitte Bardot -su cuerpo, su rostro de gata, sus ojos increíbles- encarnó el nuevo lenguaje de la pasión, sobre todo gracias a Roger Vadim enY Dios creó a la mujer (1956).

Alida Valli (1921-2006)
¿Qué decir de Alida Valli en Senso (1954), por ejemplo. Una extraordinaria actriz como ella -así se mostró en El gran camino
azul (1957), que conmocionó a los espectadores sensibles; en El tercer hombre (1949), con su rostro enigmático, impenetrable, y en Diálogo de carmelitas (1960), en que ostentó una dignidad por todo lo alto- no tenía ninguna necesidad de ser comparada con la Garbo. Pero tonterías de la prensa del corazón y del negocio del cine arruinaron su carrera, aun sabiendo que la Esfinge nunca sería capaz de desgreñarse, gemir y arrastrarse, enloquecida de pasión, como la infortunada Livia de Senso (1954). El genial Visconti hizo de esa película una de sus obras maestras. Era un director sin parangón, y pese a sus caídas, hay momentos de la historia del cine, gloriosos, gracias a él, como la gran secuencia del baile en El Gatopardo, cuando Angelica, personificación memorable de Claudia Cardinale, entra al Olimpo del cine en los brazos del jovencísimo Alain Delon y en los del singular y ya maduro Burt Lancaster.

Greta Garbo (1905-1990)
Ninguna galería de divas puede prescindir de la Garbo. Su rostro como tallado en fino alabastro, sus bellas manos, su encanto, cuando aparece de entre una nube de humo en un andén, deslumbrando a Frederic March y a los espectadores en Ana Karenina (1935), son parte de lo inolvidable del cine, como su encarnación de Margarita Gautier, bella y fatal entre encajes e incurables males en Camille de George Cukor, que adoraba los lujosos trapos y la belleza inaccesible de las diosas del celuloide.

Katharine Hepburn (1907-2003)
Esa adoración la volcó también George Cukor a Katharine Hepburn, que fue, bajo la batuta de Mankiewicz, al que parece detestaba, que la diva llegó a su más refinada actuación en De repente, el último verano (1959). Otras películas como Historias de Filadelfia (1940) en la que sostiene un duelo con Cary Grant, la soberbia El león de invierno (1968), en la que se bate con Peter O’Toole, y la sutilísima obra final de Henry Fonda, En el estanque dorado (1981), son creaciones perennes de una de las actrices más célebres del Olimpo cinematográfico.

Giulietta Masina (1921-1994)

Olivia de Havilland (1916)

Anna Magnani (1908-1973)
Federico Fellini, un director que se caracterizaba por volver verdaderos iconos a sus actrices, empezando por la increíble Giulietta Massina, su propia mujer, con la que realizó un derroche de ternura en La strada (1954) y Las noches de Cabiria (1957), y a quien exaltó hasta las esferas del sueño en Giulietta de los espíritus (1965), manifiesto surrealista contra el suicidio, se levanta como un muro el duro rostro de Anna Magnani, diciendo en Roma (1972), “no me fío de ti Federico”; con la misma expresión indescifrable de La rosa tatuada (1955) una de sus grandes cumbres de madurez cinematográfica.

Simone Signoret (1921-1985)

Jeanne Moreau (1928)
Y dura era Simone Signoret, cuando odiaba, como en Las diabólicas (1955, Henri Georges Clouzot), o en El gato (1971, Claude Chabrol), en que se hacen la vida a cuadritos con el gigante Jean Gabin; y dura Olivia de Havilland, cerrando las puertas de su casa y su corazón a Montgomery Clift en La heredera (1949); y dura, tremenda, Jeanne Moreau en Fuegos de verano (1966, Tony Richardson), en que causa la muerte del hombre que la ha hecho gemir de placer como una fiera.

Barbra Streisand (1942)
Finalmente, este breve, anárquico recuento estaría incompleto si no se mencionara unas palabras sobre la moderada fealdad, que halla su expresión cinematográfica más estética en Barbra Streisand, ya sea en sus comedias o en sus dramas, en algunos casos gracias al encanto de su voz excepcional, única; y que en décadas anteriores llegó a la cúspide en una interpretación de esas dos mujeres que fueron espléndidas en su momento de gloria: Bette Davis (cómo no recordarla como la altanera protagonista de Jezabel (1938, William Wyler) o la seductora diva de Eva al desnudo (1950, Joseph L. Mankiewicz) y Joan Crawford, que nunca fue lo que se dice bella, pero que tenía una personalidad muy atractiva en Poseída (1931) o en Lluvia (1932), viejas películas de la vieja guardia. Juntas la Davis y la Crawford espeluznaron al público que antaño las celebró, con su tremenda opción por lo horrible y lo cruel en ¿Qué fue de Baby Jane? (1962, Robert Aldrich) demostrando que las divas pueden serlo hasta el último día, incluso bajo la máscara de la fealdad absoluta.

Bette Davis (1908-1989)

Joan Crawford (1905-1977)



Joan Crawford (a la izquierda) y Bette Davis


Subscribe to comments Responses closed, but you can trackback. |
Post Tags:

Comentarios cerados.


© Copyright 2005 Claqueta TE RECOMIENDA COCINA Y Recetas de cocina