
La mejor coartada del diablo es hacernos creer que no existe (Baudelaire dixit). Pero gracias a renombrados cineastas se nos ha revelado su apariencia, advirtiéndonos, a través de filmes -curiosamente de culto- sobre la malevolencia de El Ángel Caído.
Así, el llamado Príncipe de las Tinieblas se instaló gratamente en la obscuridad de las salas de cine desde las primeras proyecciones: Georges Mélií¨s, F. W. Murnau, Fritz Lang, D.W. Griffith, Carl Theodor Dreyer, René Clair y Benjamin Christensen, fueron partidarios, tempranamente, de la denuncia del Señor del Averno.
Otros grandes y diversos directores, desde su propio estilo y género preferido, han mostrado o sugerido la presencia del Maligno. A Jacques Tourner, maestro de la atmósfera, los productores de Una Cita con el Diablo (1957), le obligaron a insertar una gigantesca criatura que personificaba al demonio. Stanley Donen, desde la divertida sátira Un Fausto Moderno (1967), narraba la historia de un “pobre diablo” en la Inglaterra pop; la casa Hammer en Una Tumba en la eternidad (1967), demostraba que el demonio viene más allá de la estratosfera y puede manifestarse en forma de invasión extraterrestre. Roman Polanski, con El Bebé de Rosemary (1968), sorprendía evitando el truco fácil de evidenciar al bebé de Satanás, y sólo dejaba ver una cuna de velos negros.
Luego, el Chamuco prefirió omitir toda su iconografía creada por los artistas plásticos de la cristiandad, para introducirse en la vida monacal sustentada en los eventos ocurridos en Loudun, en la excesiva y provocadora cinta Los Demonios (1971), de Ken Russell; para enseguida, poseer púberes en El Exorcista (1973) de Friedkin, o de plano, apoderarse de inocentes cuerpos de niños representando al Anticristo en el ambiente del poder político mundial en La Profecía (1976), según Richard Donner.
Después, la maldad ya no tuvo a su enemigo perenne a mano, la bondad. A fin de milenio el hombre se había desbarrado en un cinismo que no le permitía ser bueno. Entonces, El Diablo decidió pasarse del lado del enemigo para comportarse generosamente violento contra, por ejemplo, el mal comportamiento juvenil; pero ahora se alejaba de la representación del bestiario bíblico, adquiriendo personificación de psicópata, demente o asesino serial, en filmes como: Pesadilla en la Calle del Infierno, Halloween, Viernes 13, y demás.
Ya con el gore (el cine de terror gráficamente descarado), El Señor de las Sombras no tenía mucho que hacer: la representación mítica de la sangre, agresivamente expulsada de sus canales normales, adquiría formas de ritual moral, o el sacrificio del cuerpo alcanzaba la espiritualidad a través del desmembramiento, desollamiento, linchamiento, mutilación, alteración bio genética y otras aberraciones.
No quedaba otra más que instalarse en este subgénero o en híbridos tales como, citando dos filmes peculiares: El Despertar del Diablo (1982), Corazón Satánico (1987); o adquirir todavía la imagen canónica en almibarado esteticismo de cuento de hadas en Leyenda (1985); para rematar con la más inteligente metáfora diabólica (los escuadrones de la muerte madrileños), de don Alex de la Iglesia en El Día de la Bestia (1995); pero regresando a la ciudadanía norteamericana del “pingo”, para denunciar la honorable (mucho tiempo ha) profesión del hombre de leyes en El Abogado del Diablo (1997).
La Bestia existe (partamos de esta hipótesis), su esencia es plural, su sustancia amplia. Ejerce su poder maléfico provocando desordenes en los humores corporales; incubo perverso, responsable del horror y la libertad; contrapunto necesario de Dios, a quien los exorcistas modernos, los psiquiatras, tratan de expulsar de los posesos; Huitzilopochtli (seamos precolombinos); fiel compañero de la histo(e)ria humana; recurrente y tránsfuga del fantástico fílmico.
Pero, si no hay nada más maligno que el hombre (“El Diablo es el que dice no“, Goethe), si su mundo es el infierno y él mismo es el paradigma diabólico, ¿En dónde quedará ésta ya romántica figura católica? ¿Quién cree todavía en el triunfo final del bien contra el mal? Si no tenemos el hueso satánico para roer sobrevendrá el vacío: líbranos del mal… de perder las penumbras del arte y los sueños, lo real y lo fantástico, la luz y las sombras, la pantalla demoniaca: el cine.
Fe, Satanismo y Cine
Así como hay que despertarse cada mañana, como cada doce meses las manchas solares impiden la comunicación y echan a perder las cosechas, o como cada seis años cambiamos de gobierno; así, parece que cada vez que la gente está mas escasa de fe, la industria hollywoodense aprovecha el momento para bombardear con imágenes y provocaciones por igual, a los crédulos e incrédulos en cualquier ámbito religioso.
Películas como Rosemary’s Baby (La semilla del diablo, 1968) de Roman Polanski, A Clockwork Orange (Naranja mecánica, 1973) de Stanley Kubrick, The Exorcist (El Exorcista, 1973) de William Friedkin, The Texas Chainsaw Massacre (Masacre en Cadena, 1974) de Tobe Hooper, Shivers (Parásitos asesinos, 1975) de David Cronenberg, Tetsuo (1989) de Shinya Tsukamoto, Bad Lieutenant (Corrupción judicial, 1994) de Abel Ferrara, y un largo etcétera, han sido producto y reflejo de las carencias que de tiempo en tiempo sufren las desencantadas generaciones.
Pero cuando la apatía humana sufre de estos ataques, se ha coincidido con el surgimiento de camadas de realizadores cuyas fijaciones se alinean con las frustraciones del momento, produciendo relatos de celuloide que, a veces, traspasan el tiempo por lo punzante de su opinión.
De esa forma, así como a finales de los setenta y principios de los ochenta impactaron realizadores como David Lynch, George A. Romero, John Carpenter, Tobe Hooper, Sam Raimi o David Cronenberg con sus opiniones sobre la descomposición de la sociedad, del cuerpo y las creencias, temáticas que los convirtieron en especialistas del horror cinematográfico; es a finales de los noventa, y quizá principios del nuevo milenio, cuando una nueva generación de directores, cuyos gustos no comulgan del todo con el género de horror, ha comenzado de nueva cuenta a reflejar ese miedo por lo desconocido y la carencia de creencias, de fe, que hasta a confrontaciones con la institución de la Iglesia Católica han llegado.
Los últimos años han sido sumamente prolíficos para la producción de películas de horror en Hollywood, con la popularidad y el estrellato que desde tiempos atrás se le fue preparando a los serial killers, y que hoy ha desembocado en temáticas que lo emparientan con el cine juvenil produciendo un subgénero poco visceral pero altamente estético.
En la cartelera comercial hemos encontrado desde películas que hablan del miedo a lo desconocido, como The Blair Witch Project (El proyecto de la Bruja Blair, Eduardo Sánchez y Daniel Myrick, 1998) y The Sixth Sense (Sexto sentido, M. Night Shyamalan, 1999) hasta títulos aún más sintomáticos del momento, como Stigmata (Estigma, Rupert Wainwright, 1999) o p (Pi, el orden del caos, Darren Aranofsky, 1997) que le cuestionan al público acerca de su fe y su cordura.
Ya sea como simples productos hollywoodenses o verdaderas crónicas de nuestro tiempo, lo cierto es que dichas realizaciones están generando grandes ganancias y un interés que parece intensificarse con la llegada del nuevo milenio. Daniel Muñoz Tovar, periodista investigador de lo paranormal y el fenómeno OVNI, y asesor en México del grupo Nonsiamosoli -el cual es encabezado mundialmente por el estigmatizado italiano Giorgio Bongiovanni-, está seguro de que esta serie de películas no son más que un reflejo de la crisis que actualmente padece la sociedad.
“Este es el momento preciso en el que este tipo de películas se pueden filmar, porque la gente no le teme a casi nada; ahora tenemos en el mundo de la televisión más de 500 programas abiertos al sexo, porque se ha generado una fuerza a partir del mismo momento histórico y de la situación política que es propicia”.
Pero Muñoz Tovar también asegura que en el nuevo milenio se espera que la fe sea un factor determinante “Como sucede en la película Estigma, estamos viviendo la pérdida de la fe y la denuncia por la manipulación de la información. Esto nos ha llevado a un estado de peligrosidad en el que la pérdida de valores y la disolución familiar han aumentado el nivel de criminalidad; por eso es que Hollywood no es más que un reflejo de lo que estamos viviendo”.
En Estigma, Patricia Arquette personifica a Frankie Paige una joven atea cuya existencia se ve trastocada cuando comienzan a brotarle en el cuerpo fulminantes estigmas sangrantes, como los sufridos por Jesús durante la crucifixión. De esa anécdota se valen los guionistas Tom Lazarus y Rick Ramage para desarrollar un discurso en el cual se discute sobre cuestiones de fe y de los alcances y manipulaciones de la Iglesia católica.
Sin embargo, aunque está película levantó polémicas en el vecino país del norte, parece que estas no se comparan con las provocadas por la película Dogma (1999) de Kevin Smith, la cual como su nombre lo indica, discute sobre las reglas de la iglesia católica, las confronta y juega con ellas, a costa de millones de creyentes pusieron el grito en el cielo, aún cuando no se trate de una película de horror.
Para el crítico de cine Rafael Aviña, la coyuntura temática y temporal radica en la importancia que toma el miedo a fin de siglo: “En los noventa el cine de la paranoia, del miedo, ha sido el punto en el que culminan varios géneros cinematográficos. Vemos que la comedia, el western, el thriller o el mismo cine de horror están explotando los mecanismos que generan el miedo en el público, pues se han convertido en los más taquilleros”.
Y añade: “Todas las temáticas sobrenaturales no son más que metáforas de los miedos y peligros cotidianos. En Estigma se está manifestando nuestro miedo al pecado, en El proyecto de la bruja de Blair es una manifestación del miedo al encierro que se mezcla con el horror a lo sobrenatural, no sabes si todo lo que sucede en la película es realmente algo inexplicable o si es obra de una secta. Sin embargo, creo que a la mayoría de estas películas si les quitamos los elementos de horror, tan sólo quedarán historias cotidianas”.
La discusión comenzó con estas películas y prosiguió con los estrenos de Lost Souls (Almas perdidas, Janusz Kaminsi, 1999), una más de exorcismos; y End of Days (Juicio final, Peter Hyams, 1999), en la que con una superproducción de 160 millones de dólares se puso a batallar a Arnold Schwarzenegger contra el mismísimo diablo.
Para Daniel Muñoz, aún cuando estas películas no esconden su carácter comercial, podría tratarse también de una apertura a información que antes no podía manifestarse fácilmente:
“El 27 de octubre de 1997 en la Casa Blanca se llevó a cabo una reunión de tres importantes representantes de la comunicación estadounidense, y de tres representantes de la iglesia ortodoxa, con el mandatario de los Estados Unidos, para acordar y discutir el proyecto Search for extraterrestrial inteligence (En busca de inteligencia extraterrestre), que finalmente se canceló porque el gobierno lo consideró infructuoso, además de que era muy caro. No obstante, se abrió otro proyecto, conocido como Looking for the finger prints of live (En busca de las huellas de la vida) que continuó con la investigación de la vida extraterrestre y que, sorpresivamente, ha sido seguido por un proyecto del Vaticano que se llama Looking for the finger prints of God (En busca de las huellas de Dios)”.
“Desde ese momento, las pantallas de cine se han visto invadidadas por una serie de películas de extraterrestres y sucesos paranormales -continúa Muñoz Tovar-, como si se tratara de una apertura en medios. No me extrañaría que esto pudiera ser un adoctrinamiento para ir entendiendo todo esto poco a poco”.
Desde el punto de vista de Rafael Aviña, esta lluvia de horrores de celuloide es resultado de lo rentable que se volvió la sangre y la violencia al inicio de esta década.
“Cuando los productores se dieron cuenta de lo exitoso que era el trabajo de realizadores como Tarantino, los Coen, o Rodríguez, quisieron llevar a la serie A, las películas que durante muchos años se mantuvieron en el cine clase B, con bajos presupuestos, y que tenían a un público cautivo. Ahora este público se ha reproducido y es el que llena las grandes salas”.
Ya sea producto de la falta de fe o de la rentabilidad de lo inesperado, lo cierto es que aunque la esperanza parece sobrevivir, la llegada del demonio de seis cabezas que anuncian las sagradas escrituras traen consigo al Ángel Caído, que desde el fin del milenio ha invadido las pantallas de plata en papeles protagónicos e historias de presupuestos millonarios.
Lucifer
El barón rojo
Como siempre, la película es sólo una excusa. Y esta vez le toca a Almas perdidas, un engendro producido por Meg Ryan en el que Winona Ryder intenta salvarnos del Anticristo. A partir de eso, José Pablo Feinmann recorre las películas que Hollywood le regaló a Satanás y explica por qué siempre fueron más bien simplonas y bastante propagandísticas en comparación al lugar que pers
onas como San Agustín, Goethe,
Hegel, Engels y Baudelaire le otorgaron al ángel caído: el de un verdadero revolucionario.

El Diablo escupe en el Cielo A esta altura de los tiempos -sobre todo: luego de haber atravesado el siglo XX- son pocos los que no están de acuerdo en lo siguiente: Dios ha muerto (y no sólo por decisión de Nietzsche) y el Diablo está más vivo que nunca. No obstante, es arduo entenderlo. El Diablo ha sido un ente subordinado a Dios. Angel caído, rebelde maligno expulsado del Cielo, seductor implacable al servicio del Mal, el Diablo sólo existe dentro de un contexto -o si se prefiere: de un plan- divino. Para creer en el Diablo hay que creer en Dios, hasta tal extremo ambos conceptos se implican. Durante los años de la dictadura se editaba una revista hecha por semiólogos algo irresponsables, tipos que habían decidido no cuidar excesivamente sus vidas, o no ser tan cuidadosos (y hasta cobardes o cómplices) como lo era la mayoría. Se llamaba, esa revista, Medios y Comunicación. En la tapa de uno de sus números (finalizaba 1980) pusieron una leyenda expresiva: “Prohibido escupir en el Cielo”. La dictadura -como todo orden represivo- se postulaba como el Bien, como el Cielo. Su espacio era sagrado y perfecto. Plena afirmación, una geografía en la que sólo se podía y sólo se permitía ser feliz. ¿Qué era escupir en el Cielo? Era escupir en el espacio sagrado, negarlo. Acaso alguien piense que era demasiado sutil, que los militares no advertirían la agresión; atentos, sobre todo, a las agresiones directas, sin veladura alguna, que recibían del afuera del Cielo, del exterior, y que ellos llamaban campaña antiargentina. Es posible. Acaso, también, ello explique que la revista no fue clausurada ni tampoco sufrimos persecución sus colaboradores y sus editores. Sin embargo, sutil o no, ese texto del adentro del Cielo, sirvió. Decía: ellos dicen que esto es el Cielo y nos prohíben escupir en él. Decía: hagamos como hizo el Diablo. Decía: escupamos en el CieloNo es casual que luego de la dictadura la democracia se postule como un nuevo Cielo. Un Cielo no represivo que alertaba una y otra vez contra la existencia de los demonios. De los dos demonios que habían malogrado la democracia y volverían a malograrla si no se los echaba del Cielo, o, al menos, si no se los mantenía lejos, más allá. El prólogo del Nunca más -en célebre y solucionable error: alcanzaría, para tal propósito, con eliminarlo e iniciar el libro con la escueta Advertencia- dice: “Durante la década del ’70 la Argentina fue convulsionada por un terror que provenía tanto desde la extrema derecha como de la extrema izquierda”. En el medio, una sociedad inocente. Esta sociedad (la de la inocencia) es la que recupera su espacio con la democracia. Son esos “honestos ciudadanos sobrevivientes del caos” que menciona María Elena Walsh en su celebrado texto sobre el país jardín de infantes. Ellos, ahora, deberán velar contra los demonios (Nota: ver el capítulo “Referentes y demonios” de mi ensayo La sangre derramada). El Cielo de los militares advertía contra un demonio, la subversión; el Cielo de la democracia contra dos, la extrema derecha y la extrema izquierda. Así, el Cielo es siempre un espacio de pureza e inocencia que debe luchar contra la agresión incansable del Demonio. Además, ese espacio existe en tanto existe el Demonio, de aquí que todo espacio de pureza busque demonizar a Otro para justificarse. Hoy, el Cielo de la democracia ya ha demonizado a quienes, dice, lo agreden: en Europa los inmigrantes; en América latina los marginados, los excluidos, los delincuentes. Ocurre que el Cielo de la democracia -que se ha transformado en el Cielo del mercado- es cada vez más estrecho, cobija a menos ángeles (ángeles rumbosos y extravagantes) y crea, día a día, incesante, hambrientos demonios. No es casual que el Diablo se convierta en una figura fascinante. Escupe contra lo establecido, contra lo sacralizado. Se revela, quiere ser lo Otro de Dios. Quiere encontrar en el Mal la expresión suprema de la libertad. Si la historia humana, en tanto expresión de una desobediencia fundante, existe es porque existe como pecado, porque el Diablo tentó a Eva, porque Eva tentó a Adán, porque comieron el fruto del árbol del conocimiento y fueron arrojados del Cielo. Por haber escupido en él.
El Diablo contra el sentido divino de la historia
Esta fascinación del Diablo debía convertirlo en un personaje fascinante para el cine. El Diablo ha sido cortejado hondamente por el romanticismo, por el literario y el filosófico. También por el cinematográfico. Acaso el cine sea un arte romántico en tanto se alimenta de las subjetividades, de los conflictos y de las pasiones. De aquí, su recurrencia al Maligno. Hablaremos del Diablo en dos sentidos: 1) como negación del orden social establecido; 2) como negación del sentido divino de la Historia. Esta segunda modalidad es la que más se ha expresado en el cine y la que trama por completo la película que motiva estas líneas. Es una película sobre la llegada del Anticristo. ¿Se logrará impedir o no? El Anticristo viene a destruir el sentido y el final de la historia de la cristiandad. Viene a negar la redención, a impedir la consumación de la Historia por la que Cristo se sacrificó. Esta película se llama Almas perdidas y la encargada de arruinarle los planes al Anticristo es la pequeña pero enérgica Winona Ryder. El Anticristo ha elegido-para encarnarse- a un exitoso autor de best sellers interpretado por un actor de apellido Chaplin y ostentosa nariz semita. ¿Casualidad? Tal vez no. Sobre todo si recordamos a Josef Pieper, un especialista en la temática del Maligno que, en Sobre el fin de los tiempos, escribe: “Quien trate de ver las profundas señales de los tiempos tendrá que conservar siempre a la vista lo que acontezca a los judíos (…) Y es doctrina teológica general que, antes del fin temporal de la historia, el judaísmo, como pueblo, se convertirá a Cristo, de forma que algunos teólogos han entendido que entre las cosas que retardan todavía el fin del mundo, está la incredulidad persistente de Israel”. Tal vez, conjeturo, no falten quienes anhelen la continuidad del obstinado descreimiento de Israel para que el mundo, cotidianamente, siga existiendo. (Nota: Josef Pieper -nacido en 1904- es un pensador tomista con una pasión por la desmesura escatológica, es decir, por las temáticas sobre el fin de la historia [escaton: fin]. Volveremos sobre él porque expresa como pocos las paranoicas imaginerías del tomismo acerca del Anticristo, presentes en la mayoría de los films de Hollywood y, muy especialmente, en el que nos ocupa, el de la dulce, atormentada Winona.)
Menos contemplado por el cine está el primer sentido del Diablo, el que lo entiende como subversión del orden social. Para las visiones cristianas (que demonizan, si se me permite decirlo así, al Diablo) el ángel caído subvierte el orden de Dios. Para las visiones dialécticas -inspiradas en Hegel y Marx, con un toque nietzscheano- el Diablo subierte el orden burgués. Hay, para esto, un ejemplo brillante: Severino Di Giovanni. Severino se consideraba un maldito, acaso en la tradición de Baudelaire. (Nota: ver “Letanías a Satán” en Las flores del mal.) Era, se asumía como el Mal, porque era la negación de la sociedad establecida. Vestía de negro, el color de los malditos y, en una de sus más bellas cartas de amor, escribe: “¡Oh, cuántos problemas se presentan en los senderos de mi joven existencia, trastornada por miles de torbellinos del mal! No obstante, el ángel de mi mente me ha dicho tantas veces que sólo en el mal está la vida (…) El mal me hace amar al más puro de los ángeles”. Sabemos cuál es, para Severino, el más puro de los ángeles: el ángel rebelde, el ángel caído, el que ha renegado del paraíso del buen Dios. Hollywood no ha ofrecido ejemplos como el de Di Giovanni. Se le acercan, tal vez, Bonnie y Clyde; pero si Hollywood los idealiza y los trata románticamente (aunque jamás sin mostrar ese trágico, sangriento final que dice: El crimen no paga) se debe a que Warren Beatty y Faye Dunaway no cuestionan el orden capitalista burgués, sólo quieren robarle algo de su dinero. No son bandoleros con una ideología de sustitución. No son subversivos. Agreden el Cielo de la burguesía, pero lo aceptan. Y aunque no se integran, jamás piensan reemplazarlo. Di Giovanni le ponía bombas porque quería destruirlo.
San Agustín se confiesa
El concepto del Diablo surge para ayudar a Dios. Es tan evidente el mal en este mundo, tan evidente el dolor, los padecimientos de todo tipo (físicos y morales) que la pregunta está a la mano de cualquiera que piense con mediana hondura estas cuestiones: si Dios es bueno, ¿por qué permite el Mal? Pocos hombres de la Iglesia se han planteado esto con mayor desgarramiento que San Agustín. No lo hizo Santo Tomás. El tomismo adquiere la forma de una summa. El agustinismo se expresa en primera persona: adquiere la forma de las confesiones. Donde Santo Tomás estratifica el Saber, San Agustín habla desde la duda, desde el desgarramiento. Así, en sus Confesiones, dice: “¿Quién me ha hecho a mí? ¿No me ha hecho mi Dios, que no sólo es bueno, sino la misma bondad? ¿Pues de dónde me vino a mí el querer el mal y no querer el bien?”. Vemos, aquí, el punto central de la confesión: yo deseo el Mal y no el Bien; si Dios, que es el Bien, me hizo, ¿de dónde surge esta atracción por el Mal? Sigue San Agustín: “¿Quién puso esta voluntad dentro de mí? ¿Quién sembró esta semilla de amargura en mí, habiendo sido hecho por mi Dios, que es la dulzura misma? Y si la puso el diablo, ¿quién hizo al diablo?”. Agustín conoce la respuesta bíblica: el Diablo era un ángel bueno que se hizo demonio. No le alcanza. Pregunta cómo llegó el Diablo a poseer esa voluntad mala que lo hizo demonio. Lo que implica seguir preguntando la misma insidiosa, lacerante pregunta: “¿Dónde está el mal? ¿De dónde y por dónde se ha colado en el mundo? ¿Cuál es su raíz y su semilla?”. Y también: “¿De dónde viene, pues, el mal, si Dios hizo todas las cosas buenas y siendo bueno las hizo buenas? (…) Tanto el Creador como su creación son buenas. ¿De dónde procede el mal?”. La confesión -un mecanismo de explicitación extrema- lleva a San Agustín a escribir textos que parecieran acercarlo a espíritus como el de Kierkegaard o aun Dostoievski: “Todo esto revolvía mi espíritu, desdichado y entristecido sobremanera por las agudísimas preocupaciones que el miedo a la muerte y el no haber encontrado la verdad le causaban”. Finalmente, San Agustín habrá de calmarse. Todos necesitan encontrar paz para su espíritu y acaso más un hombre ligado a una concepción de lo sagrado sin contradicciones internas. Es decir, Dios no puede ser malo ni crear el Mal. ¿Quién queda? El hombre, claro. Agustín habrá de recurrir al mito del pecado. El Mal existe porque el hombre ha pecado; idea que habrá de redondear -con menos dudas y desgarramientos- San Buenaventura: el Mal existe porque el hombre ha obrado por causa de sí y no por causa de Dios, y esto es el pecado.
Los teólogos son los abogados de Dios. Consagran sus vidas a demostrar su inocencia. A explicar cómo en un mundo arrasado por las atrocidades aún debemos creer en un Dios bueno e inteligente, que quiere lo mejor para nosotros. Y la más efectiva y -sin duda- espectacular de las pruebas que han presentado los abogados de Dios… es el Diablo.
Dios es bueno, el Mal es cosa del Diablo
El Times Literary Supplement declaró que el historiador Jeffrey Burton Russell es el ser humano que más conoce sobre el Diablo. Con frecuencia pienso que Burton Russell es, sin más, el Diablo y por eso lo conoce tan bien y debiéramos pedirle cuentas a él y no a Dios. JBR sabe mucho y tal vez demasiado, de aquí la imposibilidad de obviarlo. Sea o no sea el Diablo, parece haber tenido sus contactos con el Maligno. Al menos en la modalidad de la frecuentación absoluta. Así, en El príncipe de las tinieblas, dice: “La tensión de confrontar el poder de Dios con la existencia del Mal es la piedra angular del concepto del Diablo”. Lo que venimos viendo: el Diablo es la mejor prueba de absolución que los teólogos han puesto al servicio de Dios. Se reduce a decir: toda la culpa la tiene el Maligno, Dios es pura bondad. No obstante, vimos que esto no tranquilizaba a San Agustín: si Dios es pura bondad, ¿por qué diablos creó al Diablo? Así las cosas, se hace necesario el traslado al hombre. La culpa fue del pecado. El razonamiento es similar al que se emplea cuando se estrella uno de esos aviones que no fueron hechos para estrellarse sino para ser perfectos, como Dios. Digamos: el Concorde. Cuando se estrella un Concorde se dice que se debió a un error humano. Lo mismo con Dios, que es, quién podría dudarlo, un gran Concorde, ¿cómo entonces habría de serle adjudicado el Mal? Fue un error humano, dicen los teólogos.
JBR escribe: “La razón básica para examinar al Diablo en las tradiciones musulmana y judeo-cristiana es que esencialmente fueron ellas quienes crearon el concepto. Con su énfasis en el monoteísmo, estas tradiciones han tenido que enfrentar la responsabilidad de Dios por el Mal. ¿Cómo se reconcilia la existencia del Mal con la de un Dios bueno y omnipotente?”. Aquí, los amigos de Dios han esforzado sus dotes ficcionales y crearon toda esa parafernalia del ángel caído, la manzana, el Paraíso y el pecado.
Pero otros vendrán en defensa del pecado. En defensa del hombre, ya que defender el pecado es defender a los hombres. Y defender a los hombres es defender al Diablo, que los hizo pecar y los arrojó a la temporalidad. Al, digamos, barro de la historia.
El Diablo es enemigo del stablishment
Busquemos ayuda en la palabra. Esa palabra, Diablo, debe venir de alguna parte y su procedencia alumbrará una que otra cosa. “El inglés Devil”, escribe JBR, “como el alemán Teufel y el Diablo español, derivan todos del griego diabolos, que quiere decir calumniador, perjuro o un adversario en la corte. Este nombre fue aplicado por primera vez al Diablo en la traducción al griego del antiguo Testamento (siglos II y III a. C.), en correspondencia al término hebreo satán, que significa adversario, obstáculo u oponente”. Ya lo tenemos a Satán en el lugar adecuado: es el enemigo de la corte. El que vino a arruinar la beatitud de Dios y sus ángeles, esa siesta sin conflictos, ese escenario sin drama alguno. El Diablo introduce el drama, que surge, siempre, del conflicto. Goethe, al escribir el “Prólogo en el Cielo” (que abre el Fausto y se inspira en el Libro de Job, como tantas otras cosas), nos presenta al Diablo (Mefistófeles, aquí) en el ámbito de la corte celestial. El Diablo afirma encontrar deplorable lo que pasa en la Tierra: “Lástima me dan los hombres en sus días de miseria, y hasta se me quitan las ganas de atormentar a esa pobre gente”. (Nota: El Libro de Job es decisivo porque, en él, Dios pone a prueba la fidelidad, la paciencia del hombre sometiéndolo a infinidad de males. Job es la antítesis del hombre prometeico, que ahora veremos surgir de la mano de Hegel y Marx. Y, desde luego, de la Revolución Francesa, una revolución diabolizada por todo el pensamiento posmoderno, enemigo de la historia.) Goethe lo exhibe cómodo al Diablo, incómodo a Dios. El Diablo está de visita en el Paraíso, sus diálogos con Dios no son frecuentes. De este modo -cuando Dios y los Arcángeles se dispersan-, dice en soledad: “De cuando en cuando pláceme ver al Viejo y me guardo bien de romper con él”. Sin embargo, ¿hasta qué punto no ha roto con el buen Dios un ángel que se atreve a decirle “el Viejo”?
La filosofía romántica (en la gran figura de Hegel) es la que habrá de valorar la negatividad del Diablo. En el que es su mejor libro, Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana, Friedrich Engels (mi valoración de Engels -un empresario cuyo gran mérito fue alimentar y apoyar a Marx- es tan escasa que con frecuencia me pregunto cómo diablos pudo haber escrito un libro tan bueno) escribe: “La misma vulgaridad denota (Feuerbach) si se le compara con Hegel en el modo en que trata la contradicción entre el bien y el mal. ‘Cuando se dice -escribe Hegel- que el hombre es bueno por naturaleza se cree decir algo muy grande; pero se olvida que se dice algo mucho más grande cuando se afirma que el hombre es malo por naturaleza’. En Hegel, la maldad es la forma que toma la fuerza propulsora del desarrollo histórico. Todo nuevo proceso representa necesariamente un ultraje contra algo santificado, una rebelión contra las viejas condiciones consagradas por la costumbre”. En suma, el progreso histórico surge de la rebelión y la rebelión es el Mal, ya que siempre se alza contra una realidad sacralizada. La dialéctica hegeliano-marxista nace como amiga del Diablo. En el Prefacio de la Fenomenología del Espíritu (texto al que sigo considerando la pieza maestra de la historia de la filosofía), Hegel establece de una vez para siempre la relación entre Dios (lo positivo, lo instaurado, lo sacralizado) y el Diablo (lo negativo, lo que destruye, lo que arroja a la temporalidad y a la historia). Escribe: “La vida de Dios y el conocimiento divino pueden, pues, expresarse tal vez como un juego del amor consigo mismo; y esta idea desciende al plano de lo edificante e incluso de lo insulso si faltan en ella la seriedad, el dolor, la paciencia y el trabajo de lo negativo”. No hay demasiada distancia entre este texto y el traje negro de Severino Di Giovanni. Dice Hegel que la vida de Dios, expresada como “un juego del amor consigo mismo”, es insulsa. Debe aparecer lo negativo para que la historia surja. Y lo negativo es seriedad, dolor, paciencia y trabajo. La densidad del pensamiento es la densidad de la historia. Dios es aburrido, por usar una expresión de moda en la Argentina. Así las cosas, cuando viene Marx y -según muchos- demoniza a la burguesía, lo que está haciendo es otra cosa. Los neoliberales acusan a Marx de esa demonización. Paul Johnson en Tiempos modernos, por ejemplo. No, para Marx la burguesía no es demoníaca. Jamás hubiera pensado exaltarla tanto. Es el proletariado quien es demoníaco. Acaso la burguesía destructora de formas arcaicas que Marx dibuja en el Manifiesto podría tener contactos con el poder negativo del Maligno, pero una vez consolidada la burguesía se sacraliza, establece un orden, un Paraíso que pretende no tener contradicciones. Es entonces cuando llega la hora del proletariado destructor. Por decirlo claro: siempre será demoníaco escupir en el Cielo. Y escupir en el Cielo es la condición de posibilidad de la rebelión.
Si Hegel es el gran filósofo romántico, si su pensamiento se despliega a partir del hecho prometeico fundante de la Revolución Francesa, no es casual que esa vertiente se encuentre en Marx primero y en los poetas y novelistas del desgarramiento luego. Entre nosotros, Sarmiento amó el Mal como pocos. Era un gran escritor y como gran escritor supo que Facundo era más fascinante que Rivadavia. También a Echeverría le fascinó el matadero como síntesis del Mal. Y Alberdi escribió el “Fragmento preliminar al estudio del Derecho” pensando en Rosas, no en el general Paz. Tanto atrae e inspira el Mal, que José Mármol no escribió nada luego de la caída de Rosas. Y fue por Rosas que escribió Amalia. Tanto atrae el Mal que Baudelaire extrae de él sus flores. Y Dostoievski su amor por los desbordes, por la locura: “Que el hombre propende a edificar y trazar caminos es indiscutible. Pero ¿por qué se perece también hasta la locura por la destrucción y el caos?” (Memorias del subsuelo).
La historia del Diablo es inabarcable y deslumbrante. Baudelaire dijo esa frase célebre: que la gran ventaja del Diablo es que la gente no cree en él. Y Bram Stoker la retoma en Drácula: la gran ventaja del vampiro (ese perfecto matiz del Diablo) es que nadie cree en él, dijo. Y luego Freud y el inconsciente. Digámoslo: el inconsciente freudiano es el Diablo. Es lo que se oculta, lo que se niega desde la razón, lo que viene a alterar el calmo universo de lo consciente. Y el nihilismo nietzscheano alcanza su más explícita altura demoníaca cuando postula la muerte de Dios. Nadie ha postulado la muerte del Diablo. (Nota: sobre los intentos del pensamiento neoliberal por ligar las revoluciones -en tanto sucesos prometeicos- con la idea de pecado sugiero consultar el capítulo “Modernidad y pecado” de mi libro La sangre derramada. Sobre la temática del Mal sugiero una ojeada a mi reciente Pasiones de celuloide: “Hegel y Richard Widmark”.)
Volvemos al cine
Raramente Hollywood ha estado a la altura de estas temáticas. Las películas sobre el Diablo son maniqueas, cargadas de una religiosidad elemental, casi propagandística. En verdad, uno debería preguntarse por qué el agua bendita y los crucifijos son tan poderosos contra un ser que se alzó frente al orden divino, que hizo trizas el Paraíso de Dios, ese juego del amor consigo mismo, según decía Hegel de la siesta edénica.
La mejor es El bebé de Rosemary. El Diablo aparece en el sueño de la protagonista embarazada, que, antes de preñarse, sueña que una Bestia la penetra y despierta con diversas heridas. En casi todas estas películas el Diablo es asimilado a la Bestia que describe el Apocalipsis. “En el Apocalipsis aparece el Anticristo”, escribe Josef Pieper, “como una bestia, que se alza desde el mar, pero no como un animal conocido en nuestra experiencia, sino como un monstruo (diez cuernos, siete cabezas, semejante a un leopardo, con pies de oso, hocico de león)”. Que mete miedo, mete. De aquí la violencia y la brutalidad del Diablo en estos filmes. Luego de Polanski vino la célebre El exorcista, que también mezclaba al Príncipe de las Tinieblas con crucifijos y sotanas, aun cuando fuera el eminente Max Von Sidow quien los portara. Aquí, el psicoanálisis fracasa. Pero no el viejo Max, quien logra ahuyentar al Maligno. Luego, La profecía. Luego La profecía II. Films con viejos y queridos actores de Hollywood; la primera con Gregory Peck, la segunda con William Holden. Y hasta mi venerado Richard Widmark se sumó a la lista, ya que viajó a Alemania y filmó Para el Diablo, una hija. El Maléfico se encarnaba en Christopher Lee y la hija era una muy joven y muy hermosa Nastassja Kinski, lo mejor del filme.
Tal vez -luego del filme de Polanski- lo mejor haya sido El abogado del Diablo. Aquí, Pacino (el Diablo) entra en una iglesia, mete su mano velluda en agua bendita y ríe desafiante, absolutamente impune. Luego le dice a Keanu Reeves una verdad irrefutable: “El siglo XX ha sido enteramente mío”.
Todo empeora con el módico intento de Winona y Meg Ryan (Meg es la productora del filme). Otra peli sobre el Anticristo. Con una variante válida: los malos son los curas. (También en el filme Vampiros, de John Carpenter, el malvado es un cura que juega Maximilian Schell y que prefiere la inmortalidad que puede darle el vampiro, pues ha dejado de creer en la de Dios.) Un cura le dice a Winona: “Ustedes tuvieron dos mil años, ahora nos toca a nosotros”. Un disparate. Creer que estos dos mil años transcurrieron sin el Diablo sólo se le puede ocurrir a un guionista excesivamente bien pagado de Hollywood. Uno ve estas pelis y terminan siendo con frecuencia pelis de curas buenos que luchan contra demonios atroces. No va con la experiencia argentina. Aquí, los más sanguinarios, bestiales demonios que hemos tenido, los despiadados maléficos de uniforme y no tridente sino picana que asolaron este país, se llevaron muy bien con los curas, quienes no se dedicaron a atosigarlos con crucifijos y agua bendita (salvo para reverenciarlos y bendecirlos y calmar cualquier posible inquietud que surgiera en sus almas ante las santas masacres que protagonizaban) sino que, casi unánimemente, callaron ante la presencia del Mal, acaso porque para ellos era, sin más, el Bien. No hubo un exorcista para Videla.
Otra vez se trata de escupir en el Cielo
Brevemente: hoy se nos postula un nuevo paraíso. El capitalismo de mercado (con su poder mediático e informático) dice ser lo único. Dice ser el Cielo. Todo pensamiento que se postule como lo Uno, se postula como Dios. Como lo bueno y como lo mejor. Se trata, entonces, de construir la alteridad. Bien manejada, la diferencia derrideana puede presentar estimulantes aristas demoníacas. Porque de eso se trata: de construir la diferencia, de impulsar el acto rebelde y fundacional que proclame lo Otro. Y lo Otro es el Diablo. ¿Cómo no habríamos de creer en él?
Sólo algo más, una confesión: escribí este texto en Buenos Aires, durante las ardientes noches del 4 y 5 de este mes de enero. Dicen que la sensación térmica osciló entre los 35 y los 40 grados. Fue una gran experiencia. Todo ardía, todo era un fuego. Tan absoluto, tan extremo era el calor que, en muchos momentos, sentí Su presencia. Estaba a mi lado y -como suele hacerlo- susurraba, acaso dictándome.
El Demonio en el cine
A menudo el género de terror se ha nutrido de una temática satánica para remover los cimientos de las creencias de los espectadores. Nada más terrorífico que el miedo a la muerte, y con él el pánico atávico a los males que promueven todas y cada una de las religiones para los supuestos pecadores. La mitología cristiana es un buen ejemplo de ello, sumiendo a los pecadores en tormentos infinitos de un Infierno aterrador. Quizás por ello una película como El exorcista (1973, William Friedkin), provocó deserciones (se dice que incluso náuseas y colapsos nerviosos) de las salas de cine donde exponían la película. Aquel guión de William Peter Blatty era pura provocación, las escenas sacrílegas y blasfemas se sucedían por doquier (llegando a sus más altas cotas con la escena de la masturbación con el crucifijo). Además, para más angustia, el objeto de aquella posesión demoníaca era una pobre niña sin culpa ni pecado, lo que hacía si cabe más injustificable tanto tormento y dolor ante los atónitos ojos de los espectadores más creyentes. Sin embargo, la gran cantidad de público que se acercó al cine para ver en pantalla grande aquel filme tan radical, dejó claro que a la gente le gusta pasar miedo a costa de sus fantasmas más profundos. También quedó patente el regusto del espectador por las escenas desagradables. Fruto de aquel éxito de taquilla, El exorcista tuvo dos continuaciones (la segunda parte filmada en 1977 por John Boorman, la tercera en 1990 por el propio guionista Peter Blatty), un reestreno a nivel mundial con la versión del director, y dos precuelas (2004, Renny Harbin y Paul Schrader). El exorcista dejaba claro que las películas con tintes demoníacos podían dar mucho juego de cara a la taquilla.

Años antes ya había tenido su éxito otra película de trasfondo demoníaco. Era La semilla del diablo (1968), obra maestra dirigida por Roman Polanski. Una joven (con los inquietantes y enfermizos rasgos de Mia Farrow) con justificadas dudas sobre la paternidad demoníaca (o no) de su embarazo, es la protagonista del file.. En él, el terror viene de la cotidianidad, de la duda, de la sospecha. De un marido que no parece trigo limpio y de unos vecinos tan encantadores como siniestros. El final, trágico y extremadamente coherente, nos deja uno de esos momentos memorables de la historia del cine.
Una película de similares características, aunque de tratamiento diametralmente opuesto es La profecía (1976, Richard Donner). Las sospechas de un diplomático (con el siempre interesante rostro de Gregory Peck) sobre el verdadero origen de su hijo adoptado (es un decir) Damien, serán el centro de una investigación para averiguar la relación entre las horribles muertes que se suceden a su alrededor y el extraño comportamiento del pequeño niño. Las muertes son todas espectaculares (en especial, por malsana e inquietante, la escena de la niñera en la fiesta de cumpleaños), y el terror se entremezcla con un ejercicio de misterio e investigación que mantiene el interés del espectador durante toda la cinta. Con muchísimos menos efectos especiales, “La profecía” resulta igual (o más) de interesante que “El exorcista”, ambas películas verdaderos potentados del cine de terror. El niño, supuesto anticristo, de “La profecía” lleva el rostro de Harvey Stephens, que no repitió papel en las sucesivas secuelas (tres hasta el momento, sin contar con el remake del 2006).
Las tres películas mencionadas hasta el momento tienen al menos dos cosas en común: todas ellas tienen una leyenda negra detrás (¿quizás como macabra campaña de marketing?) y que, aún siendo verdaderos estandartes del cine demoníaco, el personaje de Satán no sale por ningún lado. Veamos ahora alguno de los rostros más populares que han interpretado al mismísimo Señor de las Tinieblas.
Las caras del mal
Los temas demoníacos han sido aprovechados en el cine para cautivar a una audiencia con ganas de emociones fuertes. Pactos satánicos, ladrones de almas, demonios menores, criaturas infernales, almas en venta, cultos peligrosos El Demonio ha sido “invocado” en multitud de películas, ya sea de una manera directa o simplemente de pasada. Sin embargo no son muchas las ocasiones en las que ha sido encarnado por actores reconocibles. De hecho, en casi todas estas obras el Demonio no se limita simplemente a ser la más alta representación del Mal (como sucedía en las tres películas anteriormente expuestas), sino que en ellas el personaje maligno tiene un protagonismo vital para el desarrollo del guión.
Uno de los “Demonios” más recordados en la historia del cine es el encarnado por Robert de Niro en “El corazón del ángel” (1987, Alan Parker), película protagonizada por Mickey Rourke antes de que su popularidad se extinguiera durante los 90. Un extraño personaje llamado Louis Cyphre (si leemos rápido nombre y apellido se nos da la pista esencial de la verdadera identidad del tipo en cuestión) contrata a un desaliñado y borrachuzo detective privado para que encuentre a Johnny Favorite, un cantante desaparecido. Las pistas que el detective irá uniendo, le llevarán a descubrir un mundo lleno de rituales vudús, crueles asesinatos e identidades sospechosas. El Demonio es un personaje secundario pero determinante en esta mezcla de cine negro, terror y thriller, y se le dota de una de las características más habituales del personaje desde tiempos remotos: el Demonio no solo es mentiroso, sino que es un habilidoso manipulador.

Diez años después, en 1997, otro de los mejores actores de todos los tiempos, Al Pacino, se encargaría de coger el testigo a su compañero de generación Robert de Niro y se convirtió en el mismísimo Satán en “Pactar con el Diablo” (dirigida por Taylor Hackford). En los tiempos que corren, nadie podría poner en duda que el Demonio podría trabajar perfectamente en un bufete de abogados. Esta es la idea principal de este interesante film, protagonizado por Pacino junto a Keanu Reeves (como Kevin Lomas, abogado principiante y sin escrúpulos que entra a formar parte del bufete que lleva John Milton, nombre del Demonio en la Tierra) y la bella Charlize Theron (como abnegada y sufridora esposa). Defendiendo criminales de la peor calaña, el joven abogado se irá percatando de la verdadera naturaleza de su jefe, tal vez incluso de la suya propia. La figura del Anticristo, ya desarrollada en “La semilla del Diablo” y “La profecía”, vuelve a ser determinante en el tramo final del filme. En Pactar con el Diablo nos encontramos con un Demonio encantador, manipulador y ambicioso, lascivo y enamorado de lo terrenal. Su mayor enemigo sigue siendo Dios, con el que mantiene una perpetua y personal batalla, y representa desde su privilegiado puesto uno de los mayores pecados capitales, la soberbia.
El desagradable pero coherente Lucifer interpretado en Ángeles y Demonios (1995, Gregory Widen) por Vigo Mortensen, es uno de los pocos casos en los que la palabra “Demonio” no lleva necesariamente connotaciones negativas. De hecho, es uno de los pocos personajes neutrales en este atípico film protagonizado por el inconmensurable Christopher Walken sobre la batalla eterna entre ángeles y arcángeles, con las almas humanas y el amor de su creador como telón de fondo. En esta ocasión Lucifer no es el ser malvado al que estamos acostumbrados, sino un inquietante personaje cargado de paciencia al que le interesa particularmente la guerra entre los seguidores de Dios y los opuestos al mismo.
En clave de acción interpretó Gabriel Byrne al Satán de El fin de los días (dirigida oportunamente por el irregular Peter Hyams en 1999), película a mayor gloria de un Arnold Schwarzenegger con pretensiones dramáticas. Rodada para aprovechar los tétricos vaticinios de fin de siglo que llenaban horas de programas en las televisiones de medio mundo, el protagonista del film se enfrenta cara a cara a un Demonio convertido para la ocasión en una especie de indestructible Terminator. Las motivaciones de este Satán libidinoso y cruel son tan difusas que se reducen en exclusiva a ser maligno porque sí (rozando el absurdo en ciertas escenas). Además, en “El fin de los días” Satán ni siquiera es el malo exclusivo de la cinta, sino que comparte el papel de malvado con la secta que quiere acabar con la joven que servirá como receptor del Anticristo y a la que el Demonio ya ha echado el ojo (Robin Tunney). Aún así el despropósito resulta cándidamente entretenido, y además Satán nunca lució tan elegante con la percha de Gabriel Byrne.
Max Von Sidow se cambió de bando en La tienda (1993, Fraser Heston), pasando de ser el exorcista en la película del mismo nombre dirigida por William Friedkin, a encarnar al mismo Diablo. Leland Gaunt es un extraño comerciante. Su nueva tienda de nombre “Cosas necesarias”, ofrece a sus clientes selectos productos a cambio de favores en apariencia inocuos. Sin embargo toda acción lleva consigo una reacción, y la cadena de favores se tornará sangrienta cuando el pueblo entero sienta una conspiración personal que habrá de limpiar con violencia. Así, el personaje encarnado por Max Von Sidow, provocará el caos más absoluto a mayor gloria del sinsentido de la humanidad, poniendo una vez más de manifiesto lo embaucador que puede llegar a ser el Demonio.
Stephen King, el mayor referente actual en cuanto a literatura de horror, es el creador del libro que dio pie a la película de Fraser Heston. Tras tocar multitud de palos terroríficos, no podía dejar escapar un tema tan jugoso como el del Demonio. De hecho repitió tema (respecto al personaje demoníaco, el argumento es completamente diferente) en La tormenta del siglo, guión para la televisión dirigido en 1999 por Craig R. Baxley. En medio de una terrible tormenta que azota determinada zona de Maine, hace acto de presencia un ser demoníaco que se hace llamar Linote (Colm Feore). Tras diversas muestras de su maléfico poder (asesinato incluido, por supuesto), Linote pide una única cosa como condición para abandonar el pueblo: uno de los niños se irá con él. El Demonio en esta ocasión tiene un fin con el que justificar su presencia entre los mortales; necesita un aprendiz que se convierta, en un futuro, en su sustituto. La propuesta es original, aunque su extrema duración hace de esta miniserie un desafío a la paciencia.

El rostro amable del mal
Aunque la figura del Demonio suele provocar más temor que hilaridad, tampoco se ha librado de pasar por el tamiz de la comedia (supongo que a modo de desdramatización). Son muchas las caras conocidas que se han atrevido a desmitificar al Príncipe de las Tinieblas en sucesivas muestras de humor más o menos afortunado.
Una de las más hilarantes caracterizaciones es la de Jack Nicholson en Las brujas de Eastwick (1987, George Miller), donde el histriónico actor interpreta a Daryl Van Horne, un Demonio sátiro y viciosillo que no tardará en intentar seducir a las tres mujeres (las brujas a las que hace referencia el título, interpretadas por Cher, Susan Sarandon y Michelle Pfeiffer) que le han invocado. El poder de las brujas crece con la presencia del Diablo hasta que, hartas de tanta corrupción ética y moral, deciden deshacerse de él. No deja de resultar gracioso que el Demonio (intrigante y seductor para la ocasión) sirva como pretexto para detallar una abierta guerra de sexos de lo más terrenal.
El televisivo John Ritter protagonizó en 1992 la simpática Permanezca en sintonía (dirigida por Peter Hyams, el mismo que años más tarde filmaría la mediocre El fin de los días), aunque el papel de Demonio le correspondió a Jeffrey Jones. Construida como evidente (y simplista) sátira social, el argumento gira alrededor de un tipo aficionado hasta la obsesión con la televisión (irónico habiendo sido el protagonista de la cinta uno de los personajes más populares de las series de la tele). Un televisor más grande, y una multitud de cadenas nuevas es el concepto de la felicidad que tiene Roy, y es lo que Spike (el Demonio, de nuevo en calidad de tramposo) le ofrece con el nuevo y satánico canal 666. Repleta de vistosos gags, Permanezca en sintonía es una divertida visita a decenas de series y películas muy reconocibles.
En Desmontando a Harry (1997, Woody Allen) un escritor (el propio Allen) relata diversas historias cortas, una de las cuales narra su propio descenso a un Infierno que deja corto al imaginado por Dante. El Averno se encuentra regido por un Demonio con la cara y cuerpo de Billy Cristal, ya que éste interpreta al hombre que le ha robado la novia al pobre escritor en la “vida real”. No faltarán las batallas verbales ni las fanfarronerías a costa de experiencias sexuales rocambolescas. El Demonio sigue siendo representado como un triunfador, un ser perversamente encantador.
Little Nicky (2000, Steven Brill) es una comedia basada en un tipo de humor más grueso, de moda gracias (es un decir) a emergentes actores como Adam Sandler, protagonista de este filme. Un Infierno repleto de problemas familiares llevará a Satán (con el agradecido rostro de Harvey Keitel) a decidirse a seguir siendo él mismo el amo del Averno. Dos de sus hijos, enfadados por la decisión de su maligno padre, viajarán a la Tierra para crear allí su propio Infierno. Un tercer hijo (Sandler) intentará detenerles.

Ese mismo año Elizabeth Hurley le puso cara (y cuerpo) a uno de los Demonios más “sexy” que se recuerdan. Fue en Al diablo con el diablo (2000, Harold Ramis), historia sobre un perdedor (Brendan Fraser) atrapado en las redes de un Demonio juguetón y tramposo que le dará la oportunidad de cambiar su vida.
