El Spaghetti-Western

Película estrenada entre Artículos

Descripción

El “spaghetti-western” es un subgénero cinematográfico de pelí­culas del Oeste, generalmente rodadas en Europa y de bajo presupuesto. Este término fue usado por los crí­ticos para menospreciar al género; aún hoy se pueden escuchar comentarios. Pero sin embargo, algunas de estas pelí­culas fueron adquiriendo admiración y respeto por parte del público.

Las diferencias más destacadas de este género con el “western” son: las técnicas de montaje, los movimientos de cámara (el abuso de los zooms), la caracterización de los personajes y la música. Las temáticas también difieren totalmente de las del western americano; uno de los temas más usados es ‘la venganza’. Generalmente los personajes principales son antihéroes, o sea, que desempeñan las funciones narrativas propias del héroe tradicional, pero difieren en sus apariencias y valores.

La música creada por Ennio Morricone era totalmente diferente a lo que se vení­a escuchando en el género “western”. Era tan original, que muchos compositores usaron su estilo para la musicalización de otros “spaghettis”.

En el rodaje de la gran mayorí­a de los “spaghetti westerns”, se utilizó como escenario el Desierto de Tabernas (Almerí­a, Andalucí­a, España); esto fue así­ porque se dice que es el más semejante al desierto estadounidense. Pero también se usaron paisajes de otros lugares de Europa, como por ejemplo, Madrid (España) y Roma (Italia).

A su vez, algunos “spaghetti westerns” pueden adquirir otros nombres según el lugar donde se hayan rodado. Se denomina “chorizo western” si fue rodado en Madrid, y “butifarra western” si fue en Barcelona.

Actualmente, el género se halla cada vez más sepultado en el abismo de lo desconocido.

El primer director de este subgénero fue Sergio Leone con Por un Puñado de Dólares (1964) en la que hací­a aparición por primera vez Clint Eastwood. Se caracteriza por una estética sucia a la vez que estilizada y por unos personajes aparentemente carentes de moral, rudos y duros, haciéndose servir de los clichés clásicos del Western Americano para crear un estilo propio sirviéndose del mito.

Actores:

 


Tony Anthony

 


William Berger

 


Charles Bronson

Clint Eastwood

 

Giuliano Gemma

 

Richard Harrison

 

Terence Hill

 

Klaus Kinski

 

Franco Nero

 

Lee van Cleef

 

Gian Maria Volonté

Algunas pelí­culas:

 

Cara a cara (1967)

Como lobos sedientos (1967)

Diamante lobo (1976)

Dí­as de ira (1967)

Dios perdona, yo no (1967)

Django (1966)

El bueno, el feo y el malo (1966)

El gran duelo (1972)

El retorno de Django (1987)

Érase una vez en el Oeste (1968)

Jesse y Lester (1972)

Keoma (1976)

Joe Navidad (1966)

La balada de Django (1970)

La marca del ciego (1971)

La muerte tení­a un precio (1965)

La venganza (1977)

Las petroleras (1971)

Le llamaban Trinidad (1970)

Le seguí­an llamando Trinidad (1971)

Mata al vivo y reza por el muerto (1971)

Por el gusto de matar (1966)

Por un puñado de dólares (1964)

Sabata (1969)

Sol rojo (1971)

Texas, adiós (1966)

Tú perdonas yo no (1967)

Tu cabeza por mil dólares (1967)

Una pistola para Ringo (1965)

Venganza (1968)

 

 

Personajes:


Franco Nero como Django en Django (ídem, 1966)

 


Escena de Django (ídem, 1966), Franco Nero como Django

 

Django

 
 

Filmografí­a:

 
 

- Django (1966, Sergio Corbucci) … Franco Nero como Django

- Django spara per primo (1966, Alberto De Martino) … Glenn Saxson como Django

- Pochi dollari per Django (1966, León Klimovsky) … Anthony Steffen como Django

- Dos mil dólares por Coyote (1966, León Klimovsky) … James Philbrook como Django

- Le due facce del dollaro (1967, Roberto Bianchi Montero) … Maurice Poli como Django

- Bill il taciturno (1967, Massimo Pupillo) … George Eastman como Django

- 10.000 dollari per un massacro (1967, Romolo Guerrieri) … Gianni Garko como Django

- Vado… l’ammazzo e torno (1967, Enzo G. Castellari) … George Hilton como Django

- Preparati la bara! (1968, Ferdinando Baldi) … Terence Hill como Django

- Django il bastardo (1969, Sergio Garrone) … Anthony Steffen como Django

- Gií¹ le mani… carogna (1970, Demofilo Fidani) … Hunt Powers como Django

- Django sfida Sartana (1970, Pasquale Squitieri) … Tony Kendall como Django

- Arrivano Django e Sartana… í¨ la fine (1970, Demofilo Fidani) … Victoriano Gazzara como Django

- Una pistola per cento croci (1971, Carlo Croccolo) … Tony Kendall como Django

- Anche per Django le carogne hanno un prezzo (1971, Luigi Batzella) … Jeff Cameron como Django

- W Django! (1972, Edoardo Mulargia) … Anthony Steffen como Django

- Django 2: il grande ritorno (1987, Nello Rossati) … Franco Nero como Django

 


Clint Eastwood como El Hombre Sin Nombre en Por unos dólares más(1965)

El Hombre Sin Nombre

Filmografí­a:

- Per un pugno di dollari (1964, Sergio Leone) … Clint Eastwood como El Hombre Sin Nombre

- Per qualche dollaro in pií¹ (1965, Sergio Leone) … Clint Eastwood como El Hombre Sin Nombre

- Il buono, il brutto, il cattivo (1966, Sergio Leone) … Clint Eastwood como El Hombre Sin Nombre


Afiche argentino de Una pistola para Ringo (1965), Giuliano Gemma como Ringo

Ringo

 
 

Filmografí­a:

 
 

- Una pistola per Ringo (1965, Duccio Tessari) … Giuliano Gemma como Ringo

- Il ritorno di Ringo (1965, Duccio Tessari) … Giuliano Gemma como Ringo


Lee Van Cleef como Sabata en Sabata (Ehi amico… c’í¨ Sabata, hai chiuso!, 1969)

 


Lee Van Cleef como Sabata en El regreso de Sabata (íˆ tornato Sabata… hai chiuso un’altra volta, 1969)

SABATA

Filmografí­a:

- Ehi amico… c’í¨ Sabata, hai chiuso! (1969, Gianfranco Parolini) … Lee Van Cleef como Sabata

- Abre tu fosa, amigo, llega Sábata… (1971, Juan Bosch) … Raf Baldassarre como Sábata

- Adiós, Sabata (1971, Gianfranco Parolini) … Yul Brynner como Sabata

- íˆ tornato Sabata… hai chiuso un’altra volta (1971, Gianfranco Parolini) … Lee Van Cleef como Sabata

- Les filles du Golden Saloon (1975, Pierre Chevalier) … Roger Darton como Sabata

 

 


Gianni Garko como Sartana

 

Sartana

Filmografí­a:

- Mille dollari sul nero (1967, Alberto Cardone) … Gianni Garko como Sartana

- Se incontri Sartana prega per la tua morte (1969, Gianfranco Parolini) … Gianni Garko como Sartana

- Sonora (1969, Alfonso Balcázar) … George Martin como Sartana

- Sono Sartana, il vostro becchino (1969, Giuliano Carnimeo) … Gianni Garko como Sartana

- Passa Sartana… í¨ l’ombra della tua morte (1969, Demofilo Fidani) … Jeff Cameron como Sartana

- …e vennero in quattro per uccidere Sartana! (1969, Demofilo Fidani) … Jeff Cameron como Sartana

- Buon funerale, amigos!… paga Sartana (1970, Giuliano Carnimeo) … Gianni Garko como Sartana

- Django sfida Sartana (1970, Pasquale Squitieri) … George Ardisson como Sartana

- Arrivano Django e Sartana… í¨ la fine (1970, Demofilo Fidani) … Hunt Powers como Sartana

- C’í¨ Sartana… vendi la pistola e comprati la bara (1970, Giuliano Carnimeo) … George Hilton como Sartana

- Un par de asesinos (1971, Rafael Romero Marchent) … Gianni Garko como Sartana

- Una nuvola di polvere… un grido di morte… arriva Sartana (1971, Giuliano Carnimeo) … Gianni Garko como Sartana

- Trinití  e Sartana figli di… (1972, Mario Siciliano) … Harry Baird como Sartana

- Alleluja e Sartana figli di… Dio (1972, Mario Siciliano) … Alberto Dell’Acqua como Sartana

 


Terence Hill como Trinidad

TRINIDAD

Filmografí­a:

- Lo chiamavano Trinití  (1971, Enzo Barboni) … Terence Hill como Trinity

- …continuavano a chiamarlo Trinití  (1972, Enzo Barboni) … Terence Hill como Trinity

- Trinití  e Sartana figli di… (1972, Mario Siciliano) … Alberto Dell’Acqua como Trinity

- Trinití  & Bambino… e adesso tocca a noi (1995, Enzo Barboni) … Heath Kizzier como Trinity

Directores:

Sergio Leone

Sergio Corbucci

Enzo G. Castellari

Tonino Valeri

y .

Sergio Sollima

Ferdinando Baldi

Cuando el Oeste era europeo

A 40 años del “spaguetti western”


Los spaghetti western nacieron en los 60 en Europa como una forma de clonar con bajos costos los verdaderos westerns de Estados Unidos. En los 70 estaban olvidados y enterrados pero ahora “reviven” con el homenaje de 800 balas, de Alex de la Iglesia; con Rí­o Mí­stico, dirigida por Clint Eastwood, quien logró la fama protagonizando la trilogí­a de spaghetti westerns de Sergio Leone, y con Kill Bill, de Quentin Tarantino, quien hace guiños a Leone y compañí­a.

En el 2004 se festejarán los 40 años del primer spaghetti western que valió la pena ser recordado: Por un puñado de dólares (1964), una pelí­cula de vaqueros americanos que no estaba hecha en Estados Unidos, sino que en Europa, que no tení­a un director americano, sino que uno italiano, Sergio Leone, y que se inspiraba no en una pelí­cula hollywodenseo, sino que en una japonesa, Yojimbo, de Akira Kurosawa, para contar la historia del lacónico Hombre Sin Nombre, cuyo mejor discurso era disparar su Colt 45 y después hablar. Este rol darí­a fama internacional a un por entonces secundario actor de TV estadounidense llamado Clint Eastwood.

Por un puñado de dólares también dio notoriedad y sustento a los llamados spaghetti western: denominación con que a inicios de los años 60 se les llamaba a las producciones europeas que recreaban las pelí­culas del oeste norteamericano, casi siempre, con dineros italianos (por eso lo de spaghetti), filmadas en locaciones españolas (como Almerí­a) y con actores de segunda lí­nea estadounidenses y otro tanto provenientes de España e Italia.


El gran Clint, el hombre sin nombre de Por un puñado de dólares (1964)

Mediante la construcción y reciclaje de un género como el western, los clásicos héroes como John Wayne y Henry Fonda fueron desplazados en Europa por Lee Van Cleef, Giulano Gemma, Franco Nero, Clint Eastwood, Klaus Kinski y Terence Hill. Clones de los vaqueros reales que se proponí­an conquistar el gusto de los espectadores, especialmente del Tercer Mundo, mediante un mecanismo simple y directo: la acción fí­sica, mucha violencia y el juego de lo inverosí­mil.

Aunque el reinado de este tipo de pelí­culas fue corto y su muerte se decretó en los años 70, imposible no pensar en sus alcances, directa o indirectamente, cuando hoy en dí­a vemos la nostalgia de 800 balas, de Alex de la Iglesia, donde se homenajea con cariño las cintas filmadas en Almerí­a; cuando escuchamos en Kill Bill, de Quentin Tarantino, cómo bandas sonoras de los spaghetti westerns sirven de telón de fondo para peleas de karatecas y cuando la última pelí­cula dirigida por Clint Eastwood, Mystic River habla de uno de los grandes tópicos del género: la venganza y la redención.

 

El bueno: Sergio Leone

Según anotan algunos estudios, entre 1960 y 1975 Europa produjo cerca de 600 tí­tulos que giraban en torno a la temática del oeste. Gran parte de este abultado número de cintas siempre habí­a sido ignorado por la crí­tica, pues se les consideraba cine menor y chatarra. Se supone que los europeos siempre habí­an sentido atracción por el western, pero lo que en gran parte motivó la producción propia fue un asunto económico. Problemas de mercado y distribución, con altos costos y una inversión con demasiado riesgo, hicieron que capitalistas del Viejo Continente prefirieran imitar las pelí­culas de aventuras al estilo de El Zorro y las malas cintas clase B del oeste.

Antes que Sergio Leone llegara para marcar la diferencia y mejorar la opinión sobre los spaghetti western y el western hecho fuera de EE.UU., el productor Michael Carreras (uno de los fundadores del mí­tico estudio inglés Hammer) fue un precursor. Con la cinta Tierra brutal (Savage Guns), de 1961 y protagonizada por Richard Basehart, demostró que era posible hacer un cine correcto de vaqueros fuera de Norteamérica. Otro ejemplo fue El tesoro del lago
Silver
(1962), del productor alemán Horst Wandlandt y del director Harald Reini. Filmada en Yugoslavia y con Lex Barker (el rostro de varias cintas de Tarzán entre 1949 y 1953) de protagonista, se basaba en la literatura del escritor Karl May sobre aventuras de la frontera.

Para 1964 cerca de veinticinco westerns alemanes, italianos y españoles se habí­an realizado y, generalmente, la calidad dejaba mucho que desear. El estilo de filmar no era mejor que los peplums (esas pelí­culas de romanos cuya hipnótica atracción consistí­a en que cada escena podí­a ser peor que la anterior) y la producción no aspiraba a ambiciones artí­sticas o personales.

Pero Sergio Leone ayudó a cambiar las cosas. Nacido el 23 de enero de 1929, en Roma, e hijo de un pionero de la industria fí­lmica, Vincezco Leone, y de la diva de la pantalla Francesca Bertini, comenzó tempranamente su carrera en el cine a la edad de 18 años -como asistente de varios directores italianos (Gallone, Comenicini, Soldati, Camerini), como también de algunos directores americanos que filmaron en Italia, como Mervyn LeRoy, Robert Wise, William Wyler, Raoul Walsh. Ayudó también en mega producciones como Quo Vadis, Helena de Troya y Ben-Hur, pero su tardí­o debut en la dirección de pelí­culas fue en 1960 con El coloso de Rodas: un éxito de taquilla que anticipó el estilo violento y descarnado que impondrí­a en su trilogí­a de spaghetti westerns.

Con una manera más ambiciosa de poner la cámara (recordados son sus agresivos acercamientos o zoom in a los rostros de sus personajes), un acento semi satí­rico y extremadamente violento -que dejaba el conteo de muertes de Terminator o Rambo como un juego de niños- Leone inventó un estilo que toma elementos propios del western americano, pero filtrados y puestos en la tradición barroca del cine italiano. “El western italiano inventado por Leone”, anota Georges Sadoul sobre el director, “se ha alimentado de toda una tradición barroca nacional. De hecho el propio Leone dice que Por un
puñado de dólares
vení­a en lí­nea directa de Arlequí­n, servidor de dos amos, de Goldini”.

Leone aclaró su estilo en la prensa de los años 60 con sus propias palabras: “He abordado el género con gran amor y con gran ironí­a también, sobre todo en mi primer filme, poniendo en primer plano la preocupación por la autenticidad”. Uno de sus mayores aportes al spaghetti western fue establecer una fórmula argumental, posteriormente, muchas veces copiada, con un héroe sin nombre (Eastwood en la trilogí­a de Leone), melancólico y cí­nico y cuya gran motivación en la vida es conseguir dinero. Una especie de mercenario.

Clint Eastwood y Eli Wallach n el más clásico “spaghetti-western”: El bueno, el feo y el malo

Las pelí­culas de cowboys se han perdido en la psicologí­a”, solí­a decir el realizador en relación con las cintas de vaqueros americanas que, en los 60 y 70, buscaban entregar mensajes polí­ticos y sociales más profundos. “El Oeste fue hecho por hombres violentos y simples, y esta es la fuerza y simplicidad que trato de recapturar en mis filmes”.

Los otros “buenos”

No sólo el talento visual de Sergio Leone forjó el buen nombre del spaghetti western: la música que compuso Ennio Morricone para la trilogí­a de “Dólares” de Leone innovó en cuanto al ritmo, al uso irónico de coros, a la incorporación de la música electrónica y a la utilización de la voz humana como un personaje más. La coordinación entre la música y la acción se volvió entonces esencial y una de las marcas más altas de Morricone fue en El bueno, el feo y el malo, en donde el tema central es tan reconocible que ha sido usado por la publicidad e incluso como guiño de bandas de rock duro como Metallica. Mientras muchos compositores copiaban el estilo de Morricone, otros como Carlo Rustichelli, Angelo Lavagnino, Piero Piccioni y Francesco DeMasi desarrollaban sus propios sellos. DeMasi escribió bandas para 30 filmes, incluyendo Ringo, el jinete solitario,
Payment in blood y Any gun
can play.
Bruno Nicolai es considerado uno de los mejores compositores y entre sus trabajos se cuentan Corre, hombre, corre y el clásico Adiós
Sabata.
La música de los spaghetti western surgió así­ como uno de los componentes más preciados por los seguidores de las aventuras de vaqueros. Quentin Tarantino es uno de ellos y por eso se sirvió de El duelo, crédito del músico de pelí­culas argentino Luis Bakalov, para ilustrar con música de spaghetti… un violento animé que forma parte de Kill Bill.

Franco Nero: en Django: Eastwood en versión italiana

Pero para fines de los años 60 no sólo la música habí­a rendido frutos dentro de la frontera del spaghetti western. Directores como Sergio Corbucci, conocido como “El otro Sergio”, ayudó a explotar la fórmula con su hit Django, alabado éxito internacional que ayudó a imponer el tema de la venganza mediante una trama brutal. Una secuela de Django, la surrealista Django jill!, de Giulio Questi y con Tomas Milian, tiene el record de ser el spaghetti western más violento y raro, con torturas, murciélagos vampiros, crucifixiones y una bandas de criminales gays. Django, con Franco Nero en la primera versión, tuvo cerca de 30 secuelas “falsas”, es decir, cintas a las que se les incluí­a en el tí­tulo la palabra Django por criterios comerciales. Lo mismo le pasaba al personaje Ringo (Guliano Gemma), cuyas cintas no son tantas como lo indican las ventajosas re titulaciones. Sartana (1968) y Sabata (1969) y Le llamaban
Trinidad

(1970), pueden decir lo mismo.

Las ganancias crecí­an y el “star system” del spaghetti también: Lee van Cleef, tras El bueno, el feo y el malo, se habí­a convertido en uno de los í­dolos de la Europa de los años 60. Otros hollywoodenses que lograron el esquivo éxito de EE.UU. en Italia o España fueron Gilbert Ronald, Stephen Boyd, Mark Damon y muchos otros. También actores europeos lograron fama y prestigio como Giuliano Gemma (que actuaba bajo el seudónimo de Montgomery Wood) y Franco Nero. “John Ford tení­a a John Wayne”, decí­a Sergio Corbucci: “Yo tengo a Franco Nero”.

Con el cuarto filme de Sergio Leone, Érase una vez en el oeste
(1968), filmado con dineros americanos, la unión entre elencos “gringos” consagrados y rostros europeos fue al fin posible. En esta ambiciosa puesta en escena Henry Fonda, Charles Bronson y Claudia Cardinale compartí­an pantalla en una historia incomprendida por la crí­tica y que, con el paso del tiempo ha sido revalorada con justicia. Algo, a estas alturas, corriente con el cine de Leone.

Uno que ayudó a matar al género: Terence Hill

Lo feo y lo malo: el fin

La influencia, directa o indirecta, de los spaghetti westerns tuvo efectos en Hollywood. Muchos de los nuevos westerns americanos imitaban a los italianos en su concepto de la violencia y algunos se filmaron en España. La venganza del muerto, dirigida por Clint Eastwood en 1972, era un remake del spaghetti western de 1969, Django, the bastard, de Sergio Garrone, y la popularidad de las pelí­culas de vaqueros favoreció la buena recepción del público de Los profesionales (1966, Richard Brooks), o Butch Cassidy and the Sundance Kid (1969), de George Roy Hill. Sin ir más lejos, Sam Peckinpah, el autor de la magní­fica y violenta Grupo salvaje, atribuyó la permisividad en cuanto al derrame de sangre a la influencia de los filmes italianos.

Sin embargo, en los 70 el género comenzó el declive. Estaba la dura competencia de las pelí­culas de karatecas y el cambio de gusto de los espectadores. Además, los argumentos en las cintas de vaqueros italianas eran cada vez menos complejos y los personajes se volví­an tediosos. “Héroes como Sartana y Sabata actuaban más como unos James Bond del siglo XIX”, anotan crí­ticos puntos de vista sobre la decadencia y muerte del género. Signos del derrumbe son las comedias del camarógrafo Enzo Barboni, quien bajo el seudónimo E.B. Clucher realizó Le llamaban Trinidad (1970) y Le seguí­an llamando Trinidad (1971), éxitos de taquilla en todo el mundo y trampolí­n para los actores Terence Hill (Mario Girotti) y Bud Spencer (Carlo Pedersoli). Pero ya no era lo mismo. Mi nombre es nadie, de 1974, vino a marcar un fin simbólico. Protagonizada por Henry Fonda y Terence Hill, se trató de una parodia supervisada por el propio gestor del género, Sergio Leone.

Enrique Iglesias y Antonio Banderas en una estampa digna de Almerí­a: Érase una vez en México, de Robert Rodrí­guez

Hoy en dí­a el “spaghetti western” es un buen recuerdo, pero vivamente citado y, cada cierto tiempo, con insólitas resurrecciones como Lucky Luke (1996), con Terence Hill, Los hijos de Trinidad (1996) o los “homenajes” de El mariachi, de Robert Rodrí­guez y sus secuelas; de Kill
Bill
, de Quentin Tarantino, o de Clint Eastwood, quien dedicó Los
imperdonables
a Sergio Leone. Mal que mal hace cuarenta años el fallecido director ayudó a crear una de las formas de reciclaje más duraderas del cine.

SPAGHETTI WESTERN

1. Érase una vez el cine de Sergio Leone

“Ford era un optimista. Yo soy un pesimista. Los personajes de Ford, cuando abren una ventana, siempre miran más allá, hacia un horizonte lleno de esperanza; en cambio, los mí­os, cuando abren la ventana, siempre tienen miedo de recibir una bala entre los ojos”: son palabras de Sergio Leone, el que -bajo el pseudónimo inglés de Bob Robertson- en 1964 inventó el llamado “spaghetti western”, con Por un puñado de dólares (dollari). Precedido por los alemanes que rodaron en Yugoslavia las logradas versiones de unas novelas de Karl May (La pista del lago de plata (Il tesoro del lago d’argento) y La valle dei lunghi coltelli), el “melenas” italiano demostró desde el primer momento que poseí­a unas caracterí­sticas especiales, que le convirtieron en un fenómeno nuevo y difí­cil de clasificar.

Ya al escribir la crí­tica de la primera pelí­cula de este género, Tullio Kezich encontró en la misma “algo excesivo, que denuncia su no pertenencia a una corriente original… masacres a lo Salgari, torturas sádicas, sangre por doquier”; y señalaba que ya no se detecta ningún “ví­nculo… con los mitos de la justicia, la fantasí­a y la libertad, tan vivos en el western clásico”. En efecto, precisamente en todo esto un paí­s todaví­a joven habí­a encontrado el caldo de cultivo adecuado para hacer una elegí­a de la Frontera, para autocelebrar su fundación bajo el signo encomiástico del heroí­smo (de las masacres de los indios se habló sólo más tarde con la llegada del “nuevo Hollywood”).

Arrancado de su tierra de origen, el western debe necesariamente expresar coordenadas culturales distintas y, en parte, también responder a las necesidades de una mayor veracidad, exigida por un público mucho más avispado. Al héroe anómalo de Leone – que volveremos a encontrar con pocas variaciones en la siguiente La muerte tení­a un precio
(1965) y en la pí­cara “El bueno, el feo y el malo (1966) – le faltan los rasgos de caballerosidad de la tradición: no lucha empujado por grandes aspiraciones, toda mujer le resulta indiferente y sus ideales se resumen prosaicamente en el dólar que destaca ya en los créditos. Las pelí­culas western italianas, habitadas más bien por máscaras, en lugar de personajes, que se mueven en escenarios oscuros y oní­ricos sin los espacios abiertos de antaño, están atravesadas por un penetrante instinto de muerte: los “colt” desgranan sin cesar su rosario fúnebre, los cadáveres incluso se apilan, el panorama se transmuta en “un cementerio cuya superficie el ojo humano no alcanza a medir y cuyas fronteras van casi más allá de la lí­nea del horizonte, donde el espacio está marcado por un número indefinido de cruces” (G. P. Brunetta).

Con el auxilio de un montaje nervioso – que alterna elipsis con rápidas aceleraciones, el hieratismo de los gestos y la puesta en evidencia de los detalles – y de las innovadoras bandas sonoras de Ennio Morricone (en las que, creativamente, se conjuga la música sacra con las sonoridades del jazz), el director romano creó un lenguaje totalmente inédito y un estilo que se fue haciendo cada vez más refinado, igual que se fue consolidando su vena narrativa: en efecto, después de la trilogí­a del dólar rodó el retrato de una época Hasta que llegó su hora -Érase una vez en el Oeste- (1968), en la que narraba su propia versión del nacimiento de un paí­s, y Agáchate, maldito (1971), en la que pagó el tributo inevitable a los mitos revolucionarios de entonces (la pelí­cula empieza con una cita de Mao).

 

2.
Los demás autores

Muchos siguieron las huellas del Maestro, dando vida a uno de los “movimientos” más prolí­ficos de la cinematografí­a italiana: centenares de pelí­culas, hasta con 40-50 tí­tulos por temporada, sobre todo a lo largo de los años sesenta. Sin embargo, son pocos los cineastas que destacan del montón: el veterano de los “géneros” Sergio Corbucci, que con Django (1966) y El gran silencio (1967) pisa el acelerador de la violencia y las atrocidades con una eficacia ruda pero indiscutible; el ecléctico Duccio Tessari, que en Una pistola para Ringo (1964) y El retorno de Ringo (1965) incluso parafrasea unas citas homéricas; el despreocupado Franco Giraldi, capaz de inyectar saludables dosis de ironí­a en Siete pistolas para los MacGregor (1965) y Siete mujeres para los
MacGregor (1966); por último queda Giulio Questi, autor de Se sei vivo spara (1967), quizás el tí­tulo más singular del lote: una obra censurada en muchos paí­ses en la que se mezclan ecos de Buñuel y sugestiones de Sade, con una crueldad sin igual. Un apunte aparte merece el llamado western polí­tico, impregnado de consignas del 68 y sugestiones tercermundistas, cuyas obras más logradas fueron realizadas por Damiano Damiani -Yo soy la revolución, ¿Quién sabe?–, 1966), Sergio Sollima El halcón y la presa, 1966; Cara a cara, 1967; Corre, Cuchillo, ¡corre, 1968), Giulio Petroni (Tepepa, 1968) y Sergio Corbucci (Los compañeros (Vamos a matar, compañeros), 1970). A principios de los años 70, suplantado por el surgir de nuevos “géneros” (el “spaghetti thriller”, cuyo maestro fue ese Dario Argento que ya colaboró en el guión de Hasta que llegó su hora -Érase una vez en el Oeste-”, el western perdió gran parte de su empuje y conoció un último, efí­mero periodo de gloria en la versión jocosa inaugurada por Le llamaban Trinidad (1970), E.B. Clucher -alias Enzo Barboni-) y vivificada por las peleas a puñetazo limpio de Bud Spencer y Terence Hill. Los sucesivos intentos de volver a repetir los éxitos del pasado -como los de Enzo G. Castellari con Keoma (1975) o Sergio Martino con El valle de la muerte (Mannaja) (1977)- no tuvieron ningún resultado: desde el punto de vista comercial, para los géneros las campanas empezaban a tocar a muerto y el western fue uno de los primeros en sucumbir.

POR UN PUÑADO DE Dí“LARES (Per un pugno di dollari)


Un pistolero(Clint Eastwood) llega a un pequeño pueblo dominado por dos familias rivales, los Rojo y los Baxter, y utilizara esa rivalidad para su propio beneficio.

Esta es la pelí­cula más importante del género, y no lo es por su calidad, que es mucha, si no porque fue la primera, y si nunca se hubiera rodado, las pelí­culas del oeste hispano italianas serian hoy una curiosa anécdota olvidada en el tiempo. Una ironí­a del destino es que esta pelí­cula rodada con pocos medios en la que sus productores no tení­an ninguna esperanza, hasta el punto de que se estreno en un cine de segunda categorí­a e imaginando que se mantendrí­a durante muy poco tiempo, se convirtiera en seguida en un éxito fulminante y diera pie a otras grandes pelí­culas mucho más ambiciosas y hasta a la creación de un género cinematográfico. La fortuna quiso que en esta producción se unieran el genio del director Sergio Leone, creando un estilo visual y una forma inédita de contar un argumento, con la música no menos novedosa y atractiva de ese otro genio que es Ennio Morricone, que acompaña casi toda la pelí­cula dando más fuerza a las imágenes, unidos a un reparto de buenos actores encabezados por Clint Eastwood.

 

í§

(Izquierda) Clint en el enfrentamiento final con los Rojo, encabezados por Ramon (Gian Maria Volonte). Esta primera pelí­cula nos enseña una de las leyes obligadas de todo spaghetti western: el protagonista, por infalible que sea, tiene que recibir una tremenda paliza a manos de sus enemigos.

Joe, un pistolero vagabundo, llega al pueblo mejicano de San Miguel, donde las familias de forajidos de los Rojo y los Baxter llevan años luchando por el control del territorio. Seguro de que puede aprovecharse de esta situación, Joe intenta obtener la benevolencia de Benito – jefe de los Rojo – y mata a cuatro sicarios de los hermanos Baxter para que le acepten en la banda. Cuando una diligencia escoltada por el ejército mejicano pasa por San Miguel, el pistolero decide seguirla a distancia, fuera de la ciudad, y asiste a una cruenta emboscada que los Rojo han organizado camuflándose de soldados nordistas. Al observar que los bandidos huyen con una abundante carga de oro, Joe intuye que ha llegado el momento de cuidar de sus propios intereses: con la intención de provocar un enfrentamiento que quite a ambas familias de en medio, hace el doble juego y comunica a las familias la falsa noticia de que dos soldados han sobrevivido a la emboscada y se esconden en una mina. Esa misma noche se desencadena una batalla furibunda en la que los Rojo hacen prisionero al hijo del viejo Baxter, para hacerle chantaje. Sin embargo, también los Rojo tienen su punto débil: Ramón, el más despiadado de la banda, está enamorado de la bella Marisol, que Joe secuestra y entrega a los Baxter, creando así­ las condiciones para un intercambio. Una vez realizado el mismo, Joe finge seguir al servicio de los Rojo y aprovecha la oscuridad para liberar a la chica que está encerrada en una casa de labranza, pero a la vuelta es desenmascarado y brutalmente torturado. Por fin logra huir escondiéndose en un ataúd desde donde asiste a la matanza de los Baxter provocada por Ramón. Tras recuperarse de las heridas de la paliza, Joe se enfrenta al bandido en un duelo a muerte.


Equipo técnico y elenco

Dirección: Sergio Leone (como Bob Robertson)
Guión: Sergio Leone, Duccio Tessari, Victor A. Catena
Fotografí­a: Massimo Dallamano
Escenografí­a: Carlo Simi 
Música: Ennio Morricone
Montaje: Roberto Cinquini
(Italia, 1964)
Duración: 100′

Personajes y actores

Joe: Clint Eastwood
Ramón Rojo: Gian Maria Volonté
Marisol: Marrianne Koch
Silvanito: José Calvo
John Baxter: Wolfgang Lukschy

LA MUERTE TENíA UN PRECIO (Per qualche dollaro in pií¹)


El segundo gran western de Sergio Leone y la definitiva consolidación del estilo spaghetti western. Los dos pilares argumentales del género; la venganza (representada por Lee Van Cleef) y la codicia (representada por Eatswood) son la base argumental de esta pelí­cula magistralmente llevada por Leone y con la mí­tica música de Ennio Morricone. Este es también el primer spaghetti western de Lee Van Cleef, y el comienzo de su breve periodo de gloria antes de perderse en los subproductos de los años 70.

El personaje -sin duda,el mejor personaje de la pelí­cula- es el obsesionado y despiadado -además de drogado- “Indio”- con la gran interpretación de Gian Maria Volonté.

Mejores momentos: Los duelos con el reloj del “Indio” al son de la música de Morricone. Hasta se puede perdonar lo poco creí­ble que resulta que un pequeño reloj de bolsillo suene con tanta fuerza y se pueda oí­r, sobre todo en el duelo final, a bastante distancia.

El humor: La pelí­cula tiene muchos buenos toques de humor que, lejos de ser molestos o inoportunos, encajan perfectamente en la pelí­cula y son de agradecer, desde el desquiciado “Profeta” y su temblorosa casa al lado de las ví­as del tren al pequeño y cornudo dueño del hotel, hasta la escena final, donde a “El manco” (Clint) no le salen las cuentas… Pero sin duda uno de los mejores momentos es la escena con el pobre chino con la maleta de Mortimer (Lee van Cleef) arriba y abajo hasta que, dando un grito desesperado, suelta la maleta y sale corriendo. ¡Qué gran diferencia con las payasadas y el humor zafio que acompañarí­a a buena parte de los “spaghetti westerns” en los últimos años del género.

Tras la evasión de un temible bandido mejicano llamado indio, dos cazadores de recompensas que se han conocido por casualidad deciden buscarle, atraí­dos por los veinte mil dólares ofrecidos a quien le capture. El Manco y el Coronel – que así­ se hacen llamar – superan sus desacuerdos iniciales y estudian una estrategia que prevé que el Manco se infiltre en la banda del forajido. El plan tiene éxito: el Manco organiza la fuga de un sicario del Indio y le acompaña a su guarida con la intención de hacerse aceptar por la banda. El Indio, que está planeando un sensacional atraco al banco de El Paso, le acoge con cierto escepticismo y al mismo tiempo le confí­a el encargo de organizar una acción que distraiga la atención: el atraco a otro pequeño banco en Santa Cruz junto con tres hombres elegidos personalmente por el bandido. Sin embargo, al llegar al objetivo, el Manco mata a sus compañeros y obliga al telegrafista a comunicar que se ha producido un atraco. Luego alcanza al Coronel en El Paso, para esperar la llegada de los atracadores y tenderles una emboscada cuando, de repente, ambos se dan cuenta de que a su vez han sido ví­ctimas de un engaño. A raí­z de este fracaso surgen violentas disputas y así­ los dos se separan, pero vuelven a encontrarse en Agua Caliente, donde aparece también el Indio con su banda. El mejicano ha escondido su botí­n, que el Manco y el Coronel intentan inútilmente recuperar antes de que les sorprendan los propios bandidos. Tras una dura paliza, sorprendentemente el Indio les libera porque quiere aprovecharse de ellos para liberarse de los demás miembros de su banda y ser así­ el único dueño del tesoro. Sin embargo, al final su plan fracasa y se queda solo en el duelo final con los dos pistoleros.

Equipo técnico y elenco

Dirección: Sergio Leone
Guión: Sergio Leone, Luciano Vincenzoni
Fotografí­a: Massimo Dallamano
Escenografí­a y Vestuario: Carlo Simi 
Música: Ennio Morricone
Montaje: Eugenio Alabiso, Giorgio Serralonga
(Italia, 1965)
Duración: 130′

Personajes y autores

El Manco: Clint Eastwood
Colonnello Douglas Mortimer: Lee Van Cliff
El Indio: Gian Maria Volonté
Groggy: Luigi Pistilli
Wild: Klaus Kinski

EL BUENO, EL FEO Y EL MALO (Il buono, il brutto e il cattivo)

Un pistolero a sueldo, llamado “Sentenza”, sigue la pista de una caja de dólares robada al ejército nordista. Un tal Bill Carson, que mientras tanto se ha enrolado con los sudistas para despistar, sabe donde está escondido el dinero. Al mismo tiempo dos truhanes incompatibles, llamados Tuco y Joe, pactan para hacerse con el dinero de una recompensa considerable. Sin embargo, Joe, cansado de las quejas de su compañero mejicano, cobra el dinero y abandona a Tuco en el desierto, pero el mismo consigue alcanzarle cuando el ejército confederado está a punto de ahorcarlo. A partir de ahora se invierten los papeles y el mejicano, decidido a vengarse, arrastra a Joe al desierto sin agua ni comida. Cuando ya está a punto de rematarle, es interrumpido bruscamente por la llegada de una diligencia sin conductor, que transporta los cadáveres de algunos soldados sudistas: entre éstos está también Bill Carson, que con su último aliento le revela a Tuco el lugar en el que está escondido el tesoro y a Joe el punto exacto en que está sepultado. De nuevo, los dos socios están unidos por un mutuo interés, pero SON capturados inmediatamente por el ejército nordista como soldados enemigos y llevados al campo de Betterville, donde encuentran a Sentenza convertido en sargento. Tras sonsacar a Tuco su parte de información, Sentenza intenta engañar a Joe con un falso acuerdo, pero por distintas ví­as, los dos compadres consiguen huir. Llegados al rí­o que les separa del tesoro, antes de hacer saltar el puente, se intercambian su respectiva información. Tuco huye a caballo, pero cae exactamente en el punto en que está sepultado el dinero, y pronto Joe y Sentenza le dan alcance. Al final los tres hombres intentarán matarse mutuamente.



Equipo técnico y elenco

Dirección: Sergio Leone

Personajes y actores

El Rubio: Clint Eastwood
Tuco: Eli Wallace
Sentenza: Lee Van Cleef
Padre Ramirez: Luigi Pistilli
El sargento Wallace: Mario Brega 

Hasta que llegó su hora (C’era una volta il West)

ÉRASE UNA VEZ EN EL OESTE

En una pequeña estación ferroviaria, llamada Little Corner, el jefe de estación es agredido por tres bandidos. Los hombres esperan a un pasajero que está a punto de llegar en el tren y que tiene una cita con Frank, que en cambio le ha enviado a sus sicarios. Los bandidos intentan matarle pero sólo consiguen herirle. Mientras tanto Frank, con algunos de sus hombres, irrumpe en Sweetwater en el rancho de Brett McBain, un irlandés que espera la llegada de Jill, su futura esposa, y le mata junto con sus tres hijos. Jill llega a la estación de Flagstone y, al no haber nadie esperándola, le pide a Sam que la lleve. El viejo se detiene en una taberna donde se topa con Cheyenne, un forajido que acaba de salir de la cárcel y con el hombre de la estación de Little Corner, cuyo mote es Armónica. Jill llega al rancho y encuentra a los invitados a la boda y los cadáveres de la familia McBain. Por un trozo de guardapolvo, Cheyenne y sus hombres son acusados del homicidio. Jill informa a todo el mundo que, al estar ya casada con Brett, ahora es la legí­tima propietaria del rancho y luego empieza a buscar la gran riqueza que Brett le habí­a prometido. Por la noche, Jill oye el sonido de una armónica y dispara en la oscuridad: en alguna parte, Armónica se esconde. Al dí­a siguiente al rancho llega Cheyenne que se declara inocente y acusa a Morton, un hombre sin escrúpulos, constructor de ferrocarriles que desea unir el Pací­fico y el Atlántico con un ferrocarril antes de que la tuberculosis le lleve a la tumba. Él ha enviado a Frank para que matara a los Mcbain. En cuanto se marcha Cheyenne, Jill sigue con sus preparativos para marcharse, pero dos sicarios, enviados por Frank por encargo de Morton, intentan matarla. Se salva gracias a la intervención de Armónica que le pide que vaya a ver a Robert – el hombre por cuya mediación Armónica habí­a organizado la cita en Little Corner – y le da un mensaje para Frank. Cuando Robert va a contarle a Frank lo ocurrido, Armónica le sigue, pero Frank se da cuenta de ello: mata a Robert, hace prisionero a Armónica y quiere terminar por sí­ solo el trabajo matando también a Jill. Mientras tanto Cheyenne, oculto en el tren, elimina a los bandidos que vigilan a Armónica y le libera. En el rancho, Jill recibe el material de construcción que habí­a pedido McBain. La mujer ahora comprende: Brett querí­a aprovechar el paso del ferrocarril para construir una estación y luego toda una ciudad. De repente llega Frank y la secuestra: para salvar su vida, Jill acepta subastar su propiedad, permitiendo que Frank la consiga por poco dinero. Cheyenne y Armónica obstaculizan el plan empezando a construir la estación, que una cláusula de la venta impone que esté terminada para cuando llegue el tren. Armónica entrega a Cheyenne al sheriff y, con el dinero de la recompensa, consigue ganar a Frank, comprando la propiedad en la subasta. También Morton le da la espalda a Frank y enví­a a sus hombres para matarle. Mientras Frank va a buscarle para vengarse de la traición, intenta matar también a Armónica que sin embargo consigue eliminar a sus sicarios. Cuando Frank alcanza a Morton, éste ya está moribundo, malherido por Cheyenne que de nuevo se ha escapado y se marcha al rancho, para esperar con Jill el regreso de Armónica y la llegada del tren. Armónica llega, encuentra a Frank y lo hiere de muerte en duelo. Antes de morir Frank quiere saber por qué Armónica le ha estado persiguiendo: cuando era chico Armónica fue obligado por Frank a asistir, impotente, a la muerte de su hermano. Cumplida su venganza, se marcha con Cheyenne que sin embargo muere por la herida que le habí­a causado Morton. 



Equipo técnico y elenco

Dirección: Sergio Leone

Personajes y actores

Jill: Claudia Cardinale
Frank: Henry Fonda
Cheyenne: Jason Robards 
Armonica: Charles Bronson

En 1964 Sergio Leone dirigió Por un puñado de dólares y con esta pelí­cula se iniciarí­a un género que poco más tarde se denominarí­a comúnmente -y de forma descalificativa- “spaghetti western”. Desde luego, no se puede decir que Leone inventara las pelí­culas hispano-italianas del oeste, ya que desde un par de años atrás se producí­an frecuentemente pelí­culas de ese género, una buena muestra de esto es que en el mismo año que se estrenó Por un puñado de dólares se estrenaron también casi 30 pelí­culas más, pero estas pelí­culas y las anteriores pre-Leone seguí­an el patrón del cine americano del género y estaban hechas a imitación de las pelí­culas de toda la vida… claro que, con muchos menos medios y, por lo general, una completa ausencia de talento. Fue Sergio Leone quien, con su primera pelí­cula, dio entidad propia a este género; para ser más exactos, creo este género, que se diferenciaba claramente del estilo de las pelí­culas americanas. La diferencia de esta pelí­cula, y de todas las que seguirí­an más o menos su estilo a partir de entonces, con respecto a las pelí­culas americanas e incluso hispano-italianas filmadas hasta el momento es muy clara y va desde la estética de la puesta en escena hasta el comportamiento de los personajes, muchas veces antihéroes, pasando por el tratamiento de la violencia.

Otra de las diferencias más destacadas es la música. Ennio Morricone con la primera pelí­cula de Leone creó un sonido diferente a lo hasta entonces oí­do en el género, su música atractiva y novedosa -utilizaba incluso guitarras eléctricas, algo impensable en la música de una pelí­cula del Oeste-, fue el modelo en el que se inspiraron, con más o menos fortuna, numerosos compositores a partir de entonces.

Así­ nació el “spaghetti western”, pero ¿cómo y cuándo murió? En 1970 el género ya daba claras muestras de cansancio, pero ese año es crucial por el estreno de Le llamaban Trinidad y su gran éxito fue solo comparable al de las pelí­culas de Leone. Esta comedia que sustituye los tiros por “mamporros” y ”tortazos” marcarí­a  la pauta a seguir en las producciones del género de los próximos años. Aunque, como ya se Ha dicho, el género estaba en plena decadencia en esos años con pelí­culas cada vez más malas, esta tendencia “humorí­stica” consiguió dar un final más indigno todaví­a a un género que aguantarí­a hasta mediados de los 70, fecha en la que se puede considerar muerto y enterrado.

En esos 10 años aproximados que tuvo de vida el género se realizaron cientos de pelí­culas, y no hace falta decir que en tal avalancha de pelí­culas los tí­tulos mediocres abundaron más que los buenos, y quizás esa abundancia de mediocridad es la razón por la que este género ha sido -y sigue siendo- menospreciado por la mayorí­a de los crí­ticos. Afortunadamente en los últimos años parece ser que esto está cambiando y se están realizando estudios serios sobre el género y se reivindica unas pelí­culas únicas que marcaron una época.

LAS PETROLERAS

Director: Christian-Jaque. 1971. Francia-Italia-España-G.B. Color

Intérpretes: Claudia Cardinale, Brigitte Bardot, Michael J. Pollard.

 

 

Las petroleras es una mezcla de “spaghetti-western” y comedia con resultados bastante irregulares y extraños. Evidentemente se concibió como un vehí­culo para el lucimiento de dos de los mitos eróticos europeos más famosos de su época: las bellas Claudia Cardinale
(Hasta que llegó su hora) y Brigitte Bardot (Shalako). El filme pretendí­a ir en la lí­nea de otro protagonizado por la Bardot algunos años antes (en aquella ocasión haciendo pareja con Jeanne Moreau) y dirigido también por un francés, el prestigioso Louis Malle: ¡Viva Marí­a! (1966). La cosa prometí­a siendo el director Christian-Jaque, que tení­a en su haber algunos estimables y célebres filmes de aventuras, como El tulipán negro, con Alain Delon. Sin embargo, el proyecto no acabó de cuajar, como a menudo pasa con las coproducciones entre demasiados paí­ses (en este caso Francia, Italia, España y Reino Unido) impulsadas por motivos puramente coyunturales y comerciales.

La pelí­cula tiene un reparto francamente espectacular: además de las protagonistas, el simpático actor de carácter americano Michael J. Pollard
(Los cuatro del apocalipsis) y un plantel de bellezas habituales del cine español formado por Patty Shepard, Teresa Gimpera, Emma Cohen y Teresa Rabal, a las que hay que añadir secundarios como José Luis López Vázquez, Chris Huerta, Manuel Zarzo y José Marí­a Caffarel; en definitiva, muchos rostros conocidos en pequeños papeles. El presupuesto es más bien holgado para su género y época, la música agradable y el ritmo entretenido. A pesar de todo, uno tiene la sensación de que el rodaje debió de ser algo caótico, o al menos precipitado, y eso se traduce en los resultados, que no dejan de ser un poco desconcertantes, principalmente porque el filme no acaba de definir su estilo y la manera de narrar la historia es por lo menos deslavazada, como formada por episodios sueltos sólo unidos por una lí­nea argumental muy endeble. Y luego están las salidas de tono, como ese chino canturreando el porrompompero de Manolo Escobar (habrí­a que ver la versión francesa) o el estúpido personaje que interpreta con toda su buena voluntad Michael J. Pollard, que tan pronto se pone a hablar en un macarrónico español como en inglés subtitulado, y que no se sabe muy bien qué pinta en medio de toda la accidentada trama.

Lo peor de todo, sin duda, es el guión, que incluso toma prestados sin sonrojo elementos de Siete novias para siete hermanos y más bien parece improvisado sobre la marcha. Christian-Jaque comete el error de supeditarlo todo al lucimiento de las dos actrices protagonistas pero al mismo tiempo, y esto ya es imperdonable en un director de su veteraní­a, sólo las deja lucirse a medias, ya que muchos diálogos y situaciones se interrumpen cuando empezaban a dar juego. Eso sí­, hay una escena que justifica la fama de la pelí­cula en su época y que consiste en una pelea de lo más salvaje (y calculadamente sexy) entre la Bardot y la Cardinale. Pero los escasos minutos que dura este memorable duelo no compensan un conjunto que sólo puede calificarse como flojo y fallido. En cualquier caso, Las petroleras se deja ver aunque sólo sea por tratarse de uno de los westerns europeos más exóticos e inclasificables de toda la historia del género.

Spaghetti westerns: “Indios y vaqueros”

Dentro del contexto del cine clásico y del cine estadounidense podemos considerar el “western” como uno de los géneros cinematográficos fundamentales. En algún momento se ha dicho que es el único género originario del séptimo arte, puesto que el resto en mayor o menor medida ya existí­an en la literatura.

La palabra “western” fue originariamente un adjetivo pero se sustantivó para hacer referencia a las obras que estuviesen ambientadas en el antiguo oeste americano. En castellano, habitualmente para denominar este tipo de pelí­culas se usa la expresión “pelí­cula del oeste” ya que “western” es un anglicismo, y no existe ninguna otra palabra para hacer referencia al concepto que representa.

Este género poco a poco se fue enfocando hacia la confrontación de los diversos personajes que aparecí­an en las pelí­culas, al estar muchas de ellas ambientadas en territorios inexplorados y salvajes bajo la amenaza continua del ataque de los indios, o en ciudades sin ley en las que los bandidos eran los dueños, por lo que fueron adquiriendo un carácter cada vez más psicológico. Lo normal era también que algunos de esos personajes representasen el bien sin más, gente que viajaba esperanzada a esas tierras con la utopí­a de forjar un hogar y vivir en paz, y otros representasen por el contrario el lado malvado, aquellos que se aprovechaban de los indefensos para hacer su propia vida más fácil.

Por eso, por toda esta serie de temas fundamentales y rasgos comunes, no es necesario que una pelí­cula esté ambientada en el oeste americano para poder calificarla de western.

Se considera que la época dorada del western corresponde fundamentalmente al cine estadounidense de los años 50 y anteriores. Más tarde, debido en parte a la pérdida de interés del público, se fueron desarrollando nuevas vertientes, a veces dentro del conjunto de los directores más clásicos (por ejemplo el western crepuscular, que suele hablar con nostalgia y romanticismo sobre el fin de esa época) y otras veces “desde fuera”, ya fuese desde otros paí­ses (Italia: el “spaghetti western”, que se centraba en el aspecto más melancólico y autoparódico) o desde la visión de una generación más joven, que introdujo nuevos elementos en el género.

Hacia 1960, la producción de los westerns americanos habí­an disminuido debido a las tendencias de mercado, y los problemas de distribución, lo que hizo que cada vez cobraran más fuerza en realizarse en Europa.

Entre los años 1960 y 1975, se hicieron casi 600 westerns por parte de varias empresas de producción cinematográfica europeas. Los crí­ticos en muchos casos no tuvieron en cuenta estas pelí­culas ya que las consideraban como malas y de un género perverso. En su mayor parte fueron financiadas por empresas italianas, lo que hizo que las denominaran como “spaghetti westerns”, nombre que se utilizará hasta hoy para etiquetar cualquier Western hecho y financiado por cineastas Continentales, ya que los admiradores del género abrazaron el término con mucho cariño.

En Europa, el western tuvo su origen en Francia, con Arizona Bill en el año 1910, pero más tarde fue imitado en todo el continente.

Los relativamente pocos Eurowesterns hechos antes de 1960, fueron en su mayor parte desconocidos por la gente y nunca significaron una tendencia, sobre todo en Estados Unidos, a pesar de que históricamente fueron significativos.

En Europa Almerí­a se convirtió en la meca de este género. Y aunque este género cinematográfico fue menospreciado por muchos crí­ticos, a su vez cambió el modo de ver el cine y aún sigue influyendo en muchos cineastas actuales como Quentin Tarantino, Sam Raimi, Robert Rodriguez, John Woo, Alex Cox y tantos otros que tienen como referencia las obras de Leone, Corbucci, Sollima o Castellari.

El director más destacado del género fue sin duda Sergio Leone, uno de los directores europeos más influyentes y comerciales de los 60, cuyo trabajo significó el nacimiento de un estilo, de un personaje como “El hombre sin nombre”, así­ como del actor que lo encarnaba, Clint Eastwood, y sobre todo el nacimiento de una industria cinematográfica en Almerí­a (ahora casi muerta).

Todos pensamos que el spaghetti western y el western americano son muy similares, sin embargo el primero representa una vida más real, más cruel e hiperrealista donde la muerte, la vida, el bien y el mal están muy unidos.

Leone siempre ha representado de alguna manera siempre un oeste pesimista y por el contrario John Ford presenta el lado más optimista del oeste.

En resumen el spaghetti western fue una suma de rasgos inconfundibles como: lo épico, lo malvado, lo maldito, el polvo, el calor, la música machacona e intrigante de Ennio Morricone, actores casi autistas que dejaban al espectador imaginar y construir la trama: Clint Eastwood, Lee Van Cleef, Eli Walach, personajes carentes de moral, secos, rudos, egoí­stas, demitologizados ubicados en escenas con momentos terribles.

La mayorí­a de la pelí­culas del “spaghetti western” fueron de poca calidad lo que hizo que fuera sinónimo de “clase B”, pero pelí­culas como Por un puñado de dólares, La muerte tení­a un precio, o El bueno el feo y el malo, los tres mejores y más celebrados westerns de factura europea, representan sin duda un verdadero arte.

En 1966, Leone dio por zanjada su famosa “Trilogí­a del Dólar” con El bueno, el feo y el malo y creó un punto de inflexión hacia lo que serí­a su obra futura, mucho más anclada en la tragedia y en la historia de los Estados Unidos.

Leone fue siendo cada vez más sofisticado y mucho más complejo temáticamente. Si Por un puñado de dólares (1964) y, en menor medida, La muerte tení­a un precio (1965) eran pelí­culas irónicas y deliberadamente rudas en su concepción, El bueno, el feo y el malo era poseedora de caracterí­sticas similares, pero también de toda una nueva temática inconcebible para Leone hasta ese momento: la cí­nica visión de la guerra, las memorias bí­blicas y un depurado estilo visual.

Este director harí­a más tarde obras como Hasta que llegó su hora -Érase una vez en el Oeste- 1968) o Érase una vez en América (1984).

Pero la increí­ble transformación artí­stica de Leone no se debió tanto a las imágenes de sus largometrajes sino más bien a la música que las acompañaba y, por lo tanto, a Ennio Morricone, “alter ego” del director italiano y quien mejor supo recoger la esencia de los “spaghetti-western”.

Ennio Morricone al igual que Leone no se quedó atrás y evolucionó a pasos agigantados, quien pasó de ser un músico considerado meramente innovador en Por un puñado de dólares, a todo un artista musical gracias a “El bueno, el feo y el malo“.

Para El bueno, el feo y el malo ,Morricone quiso ser más rupturista y revolucionario que nunca, esta vez nos sorprendió porque las innovaciones se destinaron mas a la calidad que a la cantidad.

Hasta el momento ningún otro compositor italiano habí­a conseguido pasar de uno de sus famosos temas de duelo entre pistoleros a una melodí­a cálida y trágica a la vez con transiciones tan suaves.

Se trata de una obra redonda y ejemplar en su concepción, una maravilla de la ingenierí­a musical y uno de los mayores aciertos de esta obra reside en que ningún tema sobra ni tampoco falta.

Morricone decidió potenciar los coros y los temas épicos, en concordancia con lo que la pelí­cula narraba ya que El bueno, el feo y el malo era una pelí­cula que narraba el viaje de tres hombres de dudosa honradez por tierras americanas en plena guerra de Secesión, los cuales buscaban un tesoro escondido en el cementerio de un pueblo recóndito.

Sin embargo, si El bueno, el feo y el malo fue todo un éxito precisamente imagen y música son opuestas, aunque complementarias.

Leone no muestra jamás un solo momento bonito en la pelí­cula, los protagonistas son desagradables, siempre aparece polvo y suciedad pero la oculta belleza de este filme reside en su banda sonora, que se encarga de ejemplificar lo que las imágenes sólo insinúan. Los momentos duros son amortiguados por temas nostálgicos que dejan entrever la humanidad de unos personajes que a primera vista parecen despojados de ella.

El bueno, el feo y el malo es una de las mayores obras maestras de Ennio Morricone en particular y de la historia de las bandas sonoras en general. Lo mejor es el tono épico de toda la composición, que casi parece una epopeya moderna. Además, no sobra ni falta nada.


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