Grindhouse. (R. Rodriguez / Q. Tarantino)
PLANET TERROR (Grindhouse)
Dirección: Robert Rodriguez. 2007. EE.UU. Color
Intérpretes:
Rose McGowan (Cherry), Marley Shelton (Dakota Block), Freddy Rodriguez (Wray), Josh Brolin (Dr. William Block), Jeff Fahey (J.T.), Michael Biehn (sheriff Hague), Naveen Andrews (Abby), Stacy Ferguson (Tammy), Rebel Rodriguez (Tony Block), Bruce Willis (Muldoon), Julio Oscar Mechoso (Romey), Nicky Katt (Joe), Hung Nguyen (Dr. Crane)
Como bien sabrá la mayoría de los buenos aficionados, Grindhouse es un proyecto conjunto de Quentin Tarantino y Robert Rodriguez en homenaje a las dobles sesiones nocturnas de cine de “clase B” en EE.UU.


Grindhouse es una película de terror dividida en 2 partes, una dirigida por Tarantino y la otra por Robert Rodríguez, siendo cada una de ellas de algo más de una hora de duración. A su vez ambas están separadas por falsos trailers de películas de terror, creados por los conocidos directores del género Eli Roth, Rob Zombie, Edgar Wright.
Grindhouse es el nombre de las salas donde, en los años setenta, se proyectaban las clásicas “exploitation”, películas de bajísimo presupuesto en las que el terror, la violencia y el sexo campaban a sus anchas. Tarantino y Rodríguez quieren hacer aquí un homenaje a este tipo de cine y a las salas donde se proyectaba.
Planet Terror, dirigida por Rodríguez, se trata de una película de zombies protagonizada por Freddy Rodríguez, Rose McGowan, Josh Brolin, Naveen Andrews, Marley Shelton, Michael Biehn, Stacy Ferguson, Jeff Fahey y Michael Parks. Mientras los afectados por un extraño virus se convierten en un ejército de agresores enloquecidos, Cherry (Rose McGowan), una bailarina de striptease lisiada, y su ex-novio Wray (Freddy Rodríguez) dirigen un espontáneo equipo de guerreros, adentrándose en la noche hacia un destino que dejará millones de afectados, infinidad de muertos y unos cuantos afortunados supervivientes que lucharán por encontrar el último rincón seguro en el mundo.
Death Proof, dirigida por Tarantino, gira en torno a un psicópata de la carretera (Kurt Russell), un asesino en clase que va aniquilando a sus víctimas con su coche. Lo protagonizan Kurt Russell, Zoe Bell, Rosario Dawson, Vanessa Ferlito, Jordan Ladd, Rose McGowan, Sydney Tamiia Poitier, Marley Shelton, Tracie Thoms y Mary Elizabeth Winstead.
Nota:
A pesar de la propia concepción de la idea original de sus creadores, Grindhouse como tal sólo se estrenará como una sola película en los países anglófonos: USA, Reino Unido y Australia. En el resto del mundo se estrenarán las películas por separado.
Por tal motivo, se muestran las dos fichas por separado, para su votación −y recomendación− y crítica independiente. Las críticas de la prensa correspondientes a críticos americanos corresponden a sus críticas como una sola película.
Grindhouse nació como homenaje, un proyecto que hermanaba dos películas en una, al estilo de las sesiones dobles que disfrutaban los jóvenes hace treinta o cuarenta años, agazapados en las butacas de los cines de la época o abrazados a su pareja en los típicos autocines norteamericanos. Sin embargo, los odiados/admirados/temidos –según a quién se pregunte– hermanos Weinstein, la poderosa pareja de productores que maneja no pocos hilos en Hollywood, han hecho añicos el proyecto, al menos en el Viejo Continente, tras su fracaso en la taquilla norteamericana. La ambición económica les ha movido, incapaces de respetar un experimento que no les ha reportado el pelotazo económico que ellos auguraban; aun así, recaudó más de treinta millones en Estados Unidos en sus dos primeras semanas, lo que garantizaba una segura amortización de los poco más de cincuenta que ha costado realizarla. Ni que decir tiene que los falsos trailers de Eli Roth, Rob Zombie y Edgar Wright, que adornan el intermedio, habrán de esperar al DVD, aunque la presentación de “Machete”, futuro proyecto de Robert Rodriguez con Danny Trejo
como protagonista, acompaña la proyección cinematográfica de Planet Terror.

Es curioso esto del cine. Hay ocasiones en que las salas se olvidan de educar a sus clientes sobre el tipo de película que van a ver. Y no me refiero a la temática, sino a la situación en la que se irá viendo la misma.
El proyecto de Grindhouse fue creado para ver las películas tal y como se veían en las antiguas sesiones dobles de USA: con partes cortadas, fotogramas quemados o borrosos… Si eso no se avisa, y dado que hay un público que no suele leer blogs de cine, piensan que le han dado gato por liebre, y que está viendo una copia defectuosa de Planet Terror, con su correspondiente queja. Su sorpresa es mayor, y la cara con la que se deben quedar, cuando los empleados del cine les explican que la película, en su original, se ve así, que es un truco realizado por los directores.
Por eso, algunas salas de cine, educando a los clientes no informados, están colgando notas informativas donde explican lo que ocurre. Esto se ha realizado después de las quejas. ¿No se podía haber informado antes o haber metido un aviso en la película indicándolo? Lo podían haber colocado en vez del mensajito denuncia contra la piratería, digo yo, ¿no?
Nota: El
cartel lo pusieron con el estreno de la película en los cines Yelmo Cineplex, en Barcelona, para informar de lo que se encontrarían los espectadores al ver la película, y evitar los malentendidos que llegaron.
¿Y de qué trata Planet
Terror?
En Planet Terror, el matrimonio de doctores William (Jos Brolin) y Dakota Block (Marley Shelton) descubren que las calles se han inundado de gentes del pueblo afectados de espantosas erupciones gangrenosas y una mirada sospechosamente vacua en sus ojos. Entre los afectados está Cherry, una go-go cuya pierna le fue arrancada durante un ataque en la carretera. Wray, su anterior pareja, está a su lado e intenta ayudarla. Puede que Cherry esté en el suelo, pero no ha llegado aún la hora de su último baile. Mientras los afectados se convierten en un ejército de agresores enloquecidos, Cherry y Wray dirigen un espontáneo equipo de guerreros, adentrándose en la noche hacia un destino que dejará millones de afectados, infinidad de muertos y unos cuantos afortunados supervivientes que lucharán por encontrar el último rincón seguro en el mundo de Planet Terror.
Sobre la producción
Varios años atrás, cuando Robert Rodriguez anotó las primeras ideas de lo que finalmente llegaría a ser el guión de Planet Terror, creía que resucitaría las cenizas de un género casi desaparecido. “Nadie había hecho una película de zombis en mucho tiempo”, comenta Rodríguez sobre su impulso inicial para hacer Planet Terror. Este director visionario es un fan de las películas de terror y zombis, pero quería escribir un guión que fuera verdaderamente diferente, sorprendente e inesperado. Buscaba hacer una película de zombis cuyo motor fueran los personajes, de un ritmo trepidante y exagerado. Continuó desgranando sus ideas hasta que el bloqueo creativo y la implicación en otros proyectos llevaron a pique sus esfuerzos iniciales.
Greg Nicotero, colaborador y amigo desde largo tiempo atrás de Rodriguez, describe la prolongada gestación del guión de Planet Terror desde su punto de vista: “Recuerdo que durante el rodaje de Spy Kids, o incluso antes, en la época de The Faculty, Robert dijo, “Tengo una buena idea para una película de zombis. Aún no tengo claro lo que va a pasar, pero habrá un doctor, y estará también su mujer, y van a trabajar en un hospital, y habrá una gran escena en la que vemos a una chica en la carretera, y cada vez que pasa un coche, podemos entrever la siluetas de varios zombis que cada vez están más cerca de ella.”
Rodriguez le pasó a Nicotero las primeras treinta páginas de su argumento, en el que ya estaban presentes algunas escenas de alta tensión. “Recuerdo estar leyéndolo y decir, “¿A dónde vas a ir desde aquí?” Robert dijo, “no tengo ni idea.” “Nunca pasé de esas primeras treinta páginas”, dice Rodriguez, “y además empezaron a estrenarse películas de zombis una tras otra”.
28 días después, El amanecer de los muertos, La tierra de los muertos
vivientes de George A. Romero y Zombies Party (una noche de muerte) invadieron las salas y reverdecieron el apetito del público por unos monstruos de la pantalla caracterizados por un hambre feroz de carne humana, ofreciendo nuevas ideas sobre la figura de los no muertos. No obstante, este hecho, en vez de desanimar a Rodríguez, le dio nuevas fuerzas para crear una narrativa aún más imaginativa. En los años que han pasado desde entonces, Rodriguez ha desarrollado su lado más infantil con la trilogía de Spy Kids y ha reventado la taquilla con el exitazo Sin City. Estas películas han servido para demostrar su capacidad de crear un mundo de fantasía diferente a cualquier cosa que el público hubiera visto antes.
Rodriguez retomó Planet Terror con el compromiso pleno de adornar el guión con “cosas que no había visto en otras películas. Mucho de lo cual tiene que ver con los personajes”. Dentro de la población de la pequeña y anónima localidad de Texas ideada por Rodriguez, hay figuras como un empresario obsesionado por las barbacoas, un sheriff sospechoso y estoico, una gogo con una pierna postiza que esconde un arma, una doctora de muñeca floja y jeringa en mano que huye de su abusivo marido, un héroe misterioso que conduce una de esas minúsculas motocicletas y un par de gemelas cuidadoras de niños con aspecto psicótico. En Planet Terror, no es que se suspenda la incredulidad, es que se aniquila. Al igual que ocurre con Sin City, las historias se entremezclan y las circunstancias alcanzan niveles absurdos e imposibles.









Naveen Andrews, Marley Shelton, Freddy Rodríguez, Rose McGowan




Justo antes de empezar la película, al menos en el estreno español, podemos ver un trailer. Un héroe de acción llamado “Machete”, de origen mexicano, es el centro de la historia. Traicionado por los que le habían contratado para asesinar a un senador, inicia una venganza donde hay sangre, erotismo y tiros. Está dirigido por Robert Rodríguez y se trata de un guiño a las películas Grindhouse. Dicho trailer no llega a los 3 minutos y sin embargo es una parodia más certera que la propia película que la sucede.
Planet Terror forma parte del proyecto dual Grindhouse en el que Rodríguez y Tarantino se embarcaron para recuperar una de esas tantas subculturas casi olvidadas que tanto adoran. La idea era, a la usanza de entonces, ofrecer una doble sesión con sendos filmes y varios trailers de películas inexistentes entre medias, uno de los cuales es el mencionado “Machete”. En Europa, tras el relativo fracaso comercial en EE.UU., se estrenan por separado e hinchadas.
En el caso del trabajo de Rodríguez, estamos ante un pretendido divertimento hueco. Su propuesta sólo es posible disfrutarla si se acepta el juego que nos propone. Un juego que no tiene ningún sentido. Donde todo es accesorio y no se rige por ningún principio, ni moral ni artístico. Es una sucesión caótica de escenas que funcionan a nivel estructural como una amalgama de guiños, escenas “gore” y cuyas transiciones, sorprendentemente y quizás por esa aleatoriedad del guión, fluyen con naturalidad.
El problema es que es tan estúpida como las películas a las que hace referencia. A diferencia de Tarantino, Rodríguez se pone al mismo nivel que los productos de “clase Z” a los que hace homenaje. ¿Hasta qué punto el hecho de hacerlo todo en plan de coña le hace mejor?
Hacer una parodia retro es razonablemente fácil. O mejor dicho, es más bien facilón. Una gracia de este tipo no sustenta una película entera a no ser que añadas algo propio, que haya un creador detrás. Rodríguez ya puede controlar la edición, la fotografía, la banda sonora y todo lo que él quiera pero no está más que mimetizando. Eso, en un trailer como el que acompaña al film, funciona pero a lo largo de dos horas puede llegar a ser molesto.
El tono de la película oscila en realidad entre el concepto del videojuego y el estilo de humor a lo Hot Shots y Aterriza como puedas. En un momento determinado, un personaje femenino le da una pistola a su hijo y le dice: “Como en los videojuegos”. Y lo cierto es que la película tiene la credibilidad y la profundidad del típico juego de acción “mata-mata”. Necesita nuestra complicidad, nuestra interactividad, para que apaguemos nuestro cerebro y podamos seguir con agrado el asunto. Si no, es complicado no quedarse con más que machismo, cutrerío gore o derroche de adrenalina y testosterona.
El personaje de Rose McGowan dice durante la película que quiere hacerse monologuista cómico. Asegura que la gente le dice que tiene gracia, aunque no lo parezca. Pues bien, Planet Terror aspira también a ser humorista y, como mejor funciona, es en dicho registro, que parece ser además su propósito. No es un humor perdurable pero tiene sus momentos.
Falta talento. Falta transgresión. Falta clase. Falta análisis. Falta identidad. ¿Qué queda entonces? Quedan las risas que te echas.

Que Robert Rodriguez tiene clarísimas influencias del cine de ciencia-ficción, terror y fantasía no es un secreto; de hecho, su pasión por la horquilla cinematográfica que abarca desde la “clase B a la Z” es parte consustancial de la estupenda relación que mantiene con su hermano artístico, Quentin Tarantino. Lo que no deja de sorprender es la fidelidad a sus fuentes demostrada en su capítulo de Grindhouse, la ultra desfasada Planet Terror. En 1998, una de sus obras menores, The Faculty, suerte de versión (in)confesa de la novela “La invasión de los ladrones de cuerpos” (Jack Finney, 1955), demostró que aún no tenía la capacidad para, en dos palabras, hacer lo que le diera la gana. Pero la agridulce sensación que dejó en el aficionado la historia de los profesores venidos del espacio exterior para hacer la puñeta a Clea DuVall, Josh Hartnett, Elijah Wood y compañía ha quedado atrás, afortunadamente.
La obligada ampliación del metraje de las dos partes de la mutilada sesión doble que es Grindhouse ha impuesto un problema básico en el segmento dirigido por Tarantino, Death Proof: lo excesivo de su duración para un espectador ajeno al homenaje que supone la obra, con el consiguiente aburrimiento que puede conllevar. Sin embargo, el desmelene de Rodriguez es tal que la plaga zombi que recorre la pantalla durante los 97 minutos de proyección, transcurre en un suspiro. Estamos ante un festival de diversión sin pretensiones en estado puro, en el que los protagonistas huyen de una horda purulenta en un entorno que parece traído directamente del cine más casposo y gore de los años 70. El mimetismo es, simplemente, desbordante, envuelto en una banda sonora de sintetizadores que homenajean a John Carpenter –estaba pensado que él mismo compusiera la banda sonora de la película; de hecho, hay instantes que parecen ideados para una sombría intervención de Snake Plissken–, para partir su melodía en momentos determinados, más chillones y estridentes, acompañando planos sacados directamente de la filmografía caníbal y asesina de la Italia setentera. Abundan la sangre y las vísceras, con hordas antropófagas descuartizando a víctimas tan adecuadas como Stacy Ferguson, “cantante” del grupo The Black Eyed Peas y pseudoactriz –Poseidon (2006, Wolfgang Petersen)–, lo que provocará los vítores de las plateas más gamberras.
El guión parte de la sencillez de una “Mad Doctor movie” cualquiera: el teniente Muldoon (Bruce Willis) libera el virus que da nombre a la película para satisfacer sus ínfulas de dominación mundial. Un grupo de personajes variopintos, encabezados por El Wray (Freddy Rodriguez) y Cherry Darling (Rose McGowan), harán frente a la amenaza tratando de sobrevivir. Punto. El espectador debe relajarse y dejarse llevar por la inteligente y alocada puesta en escena de Rodriguez, que consigue colar un catálogo de barbaridades psicotrónicas en toda regla en los circuitos comerciales como no se veía desde hacía muchos años. Es de ley señalar que Tarantino aporta su impronta personal a Death Proof, mientras que Planet Terror no tiene ningún sello de la casa del responsable de la saga de El mariachi (1992-2003). Es, simplemente, una sucesión de planos y situaciones del vasto catálogo de filmes que mamó en su adolescencia el realizador tejano. Tampoco es necesario pedir más, la verdad.
Pero lo que es inevitable reconocer es la capacidad del director para rendir a los actores, que acuden en tropel cuando los solicita. Aquí logra unir a estrellas de la talla de Willis –cuyo final recuerda al del pobre Michael Rooker de Slither: La plaga (2006, James Gunn)– con un elenco de iconos casposos irresistible y delicioso, un puñado de guerrilleros del séptimo arte al que vuelve a colocar en primera línea de fuego. Encontramos a Jeff Fahey, el retardado conejillo de indias de Pierce Brosnan en El cortador de césped (1992, Brett Leonard), convertido en el hermano del “sheriff” Hague, interpretado por el ex-actor fetiche de James Cameron, Michael Biehn; por otra parte, Josh Brolin se lleva el que quizá sea el mejor papel secundario, el del doctor William Block, que le permite desplegar un histriónico catálogo de ceños fruncidos y gestos sospechosos. Guiños al aficionado son las apariciones de Tom Savini, que tantos momentos sangrientos nos ha regalado en los últimos 30 años, Carlos Gallardo, el mariachi original, o Michael Parks, que repite su papel de Abierto hasta el amanecer (1996), las dos entregas de Kill Bill (2003 y 2004), y Death Proof. Los fans de “Perdidos” disfrutarán con la presencia de Naveen Andrews, Sayid en la serie, mientras que la belleza femenina la aportan Rose McGowan, “sexy” incluso con una metralleta a modo de prótesis, y Marley Shelton, que bien podría haber compartido cartel con Janet Agreen o Katherine MacColl en alguna película de Lucio Fulci.
Pero si es cierto que la trama se ve favorecida por su frenético ritmo y su sano humor grueso, no lo es menos que está necesitada de cierta complicidad por parte del espectador. Porque como buen homenaje que es, Planet Terror está preñada de los fallos inevitables del tipo de filmes que venera. El trabajo de empeoramiento de la imagen llevado a cabo digitalmente incluye cambios de filtro –el tufillo enfermizo de las secuencias rodadas en el hospital está logradísimo–, rayones en la cinta, burbujas en medio de la imagen… una copia defectuosa en la que incluso falta un rollo completo, para sorpresa de más de uno que no sepa que todo está planeado deliberadamente. Como remate, señalar que la proyección se acompaña de “Machete”, en principio un falso trailer dirigido por el propio Rodriguez para mayor honra de su primo, el insustituible Danny Trejo, que puede convertirse en un largometraje directo a vídeo a finales de verano. La verdad es que sería de agradecer, después de ver a Cheech Marin como cura en plan “killer” y a Jeff Fahey como un malvado empresario digno de “El equipo A”.
Robert Rodriguez cuenta con no pocos detractores de su trabajo. Pero lo cierto es que, gusten o no, sus películas entretienen, tanto a pequeños –su saga Spy kids (2001-2003), o Las aventuras de Sharkboy y Lavagirl en 3-D (2005)– como a mayores. Incluso los más sesudos analistas han de reconocer esa maravilla que es Frank Miller’s Sin City: Ciudad del pecado (2005). Y lo consigue haciendo lo que quiere, sin más pretensiones que la de lograrnos hacer pasar un buen rato. Dentro de una industria demoledora en la que se mueve con soltura, eso es de agradecer.
Planet Terror es una visión retro-futurista de una historia de horror que narra el caos que provoca un extraño virus al convertir en zombis a los habitantes de una localidad norteamericana. Una stripper a la que le falta una pierna, una doctora y un tipo duro son algunos de los personajes que se unirán para combatir a vida o muerte contra la terrorífica plaga y sus monstruosos efectos.
Cuando supimos que en España disfrutaríamos del genial díptico Grindhouse capado, mutilado… y partido en dos, supimos que el sueño de todo cinéfilo, o la recuperación de las sesiones dobles, se habían acabado. Al ver este Planet Terror precisamente esa sensación de “mutilación” se ha multiplicado. De todos modos hemos de esperar a la edición de DVD para poder verlo como fue concebido…
No obstante, la experiencia Planet Terror, si bien incompleta, es totalmente satisfactoria. Tengo que admitir que pocas veces me lo he pasado tan bien en el cine que con el filme de Rodríguez. La sensación de cutrez y “setenterismo” es maravillosa, la cantidad de recursos que se utilizan son abrumadores. Además, multiplica hasta la parodia todos los clichés del género de zombis con referencias tanto a Romero como Fulci. También se permite el lujo de poner las voces de los personajes con cierto tono enlatado, fotografía ultra quemada (como si llevara años proyectándose) hasta homenajea a aquellos viejos proyeccionistas que se llevaban los rollos con las secuencias más calientes del metraje para su uso personal, en una delirante secuencia en la que además se salta a la torera todos las leyes del montaje (cuando se retoma la supuesta “pérdida” de rollo de filme algunos de los personajes principales ya se han unido y otros han sufrido alguna que otra transformación).
Los actores están todo lo bien que deberían (histriónicos en su mayoría, no os perdáis a Bruce Willis autoparodiándose) y forman un grupo de lo más variopinto: la gogo coja, la enfermera de manos inutilizadas, las dos niñeras hiperactivas, los polis malos… un par de escenas bestialmente crueles (el hijo del director forma parte de una de ellas…) saturan la mente pagana a la cinefilia hasta decir basta, y nosotros tan contentos. Este maremagno de homenajes, referencias y símiles se unen en un metraje que si bien es cierto que peca de algo de incoherencia por su misma naturaleza, hace que su escasa hora y media se pase volando.
Así que ya sabéis, si queréis pasar una tarde de verano en compañía de pus, sangre, chicas ligeritas de ropa y mucha gasolina, esta es vuestra película. Aunque hubiéramos preferido pasarla también en compañía de las chicas de Tarantino…
Mal hecha ¿adrede?
Se estrenó Grindhouse,
la película dirigida por Robert Rodriguez y Quentin Tarantino, y que en nuestro país han decidido estrenar por separado porque nos creen tontos, aparte de lo de querer recuadrar más estrenando dos películas en lugar de una. Planet Terror es el título dirigido por Rodriguez, esperando encontrar un producto divertido, o por lo menos, lo suficientemente entretenido como para no salir echando pestes del cine.
Un montón de infectados por sabe Dios qué gas, un militar desesperado, un científico mercenario, una bailarina de streeptease, un sheriff un poco tonto, un barman con el plato perfecto, un doctor cornudo, una doctora muy morbosa, y el chico de la película que no sabemos a qué se dedica, pero manejando armas es la leche. Todos ellos mezclados en una trama de zombies, que en realidad no son zombies, sino infectados, en plan 28 días después. Sangre a doquier, vísceras saltantes, miembros amputados y otros que se caen, tiros, patadas, explosiones. Un cocktail servido de la peor forma posible.
Rodriguez ha querido rendir homenaje a las películas de “¡clase Z!” que se estrenaban en los años 70 en sesiones dobles, películas cutres que normalmente eran de terror o policiacas, y que estaban hechas un desastre por los infinitos pases a los que eran expuestas. Me parece perfecto y muy respetable que este señor sienta devoción por ese tipo de cine, pero la forma de rendirle homenaje o pleitesía, o sabe Dios qué, ya no me parece tan bien. Y es que Rodriguez ha hecho exactamente un film como aquellos, pero intencionadamente, lo cual no justifica que sea malo. Defender esta película porque simplemente está hecha mal aposta me parece un error gravísimo. El filme no es una parodia, y aunque puedas estar riéndote todo el rato (cosa que a un servidor no le ha ocurrido) no estamos ante una comedia. Si mañana yo hago un bodrio de película, y me justifico diciendo que lo he hecho adrede, que quería rendir homeneja a los bodrios del mundo entero, por favor, partidme la cara porque me sobrará mucha.
Dicho esto, Planet Terror tiene todos los defectos imaginables de un filme de estas características. Está mal montado, no es creíble, es enormemente exagerado en todos los aspectos, desde algunos personajes hasta las risibles situaciones que se presentan a lo largo de la película, y encima por momentos aburre soberanamente. Y ahora se dirá que la gracia de todos esto es que está hecho intencionadamente, y voy yo y me chupo el dedo. Porque lamentablemente en este caso, y en todos los demás, lo que realmente cuenta es el resultado final del producto, y éste evidentemente es muy malo, por muy intencionado que sea todo.
Salvaría únicamente alguna interpretación, como la de Rose McGowan, muy entregada a su personaje, el cual realiza con mucha convicción, incluido cuando tiene su nueva “pierna”, a pesar de lo idiota que resultan algunas escenas de acción protagonizadas por ella. Josh Brolin empieza muy bien, pero luego su personaje es enormemente descuidado quedando prácticamente en el olvido. Es un placer reencontrarse con Michael Biehn, pero está bastante desaprovechado, como también lo está Bruce Willis. Jeff Fahey parece ser de los que más se ha divertido, y Freddy Rodriguez me parece simplemente equivocado para el papel que hace. No nos olvidemos del “perdido” Naveen Andrews, que hace un papel extraño, y de la sensual Marley Shelton con tres amiguitas muy eficientes.
Una completa desfachatez de película, enormemente desagradable y bestia, y que el señor Robert Rodriguez pudo haber hecho mucho mejor, digan lo que digan. Viene precedida del trailer ficticio de “Machete”, donde se pueden ver las mismas constantes de Planet Terror, pero resumidas en un par de minutos, o sea, mucho mejor. A la espera quedamos de Death Proof a finales de agosto, que visto lo visto, me atrevo a asegurar que estará mejor que el espanto éste, que junto a Las Aventuras de Sarkozy y Lavagirl, es lo peor que ha hecho jamás Robert Rodriguez.
Planet Terror es la parte que ha realizado Robert Rodriguez de Grindhouse. Ya sabemos que, al contrario que en EE.UU. y otros países de habla inglesa, aquí y en el resto del mundo, se van a estrenar por separado y también sabemos lo absurdo que es esto pues, si bien en España no teníamos algo llamado “Grindhouse”, que son los cines que proyectaban, siempre en sesiones continuas, películas de “clase B”; sí que había antiguamente programas dobles y triples. Lo que convierte esto en el absurdo total es que tanto Planet Terror como Death Proof
se han rodado para ser proyectadas en conjunto, al igual que los falsos trailers que deberían ir en medio de las dos. Ambas tienen el mismo tratamiento estético y las mismas cortinillas que imitan los sobados previos de los cines viejos. Si se elimina el sentido de programa doble antiguo, habría que prescindir también de los rayados y los saltos. Pero nada de esto es culpa de la distribuidora española, sino órdenes de arriba.
Planet Terror cuenta cómo, mientras los afectados por un extraño virus se convierten en un ejército de agresores enloquecidos, Cherry (Rose McGowan), una bailarina de striptease lisiada, y su exnovio Wray (Freddy Rodriguez) tienen que ponerse al frente de un espontáneo equipo de guerreros, adentrándose en la noche hacia un destino que dejará millones de infectados, infinidad de muertos y unos cuantos afortunados supervivientes que lucharán por encontrar el último rincón seguro en el mundo.
A veces, “disfruto” viendo películas de Uwe Boll por diversión, para reírme por lo malas que son. Ese gusto tan cuestionable, lo admito, es lo que explota Rodriguez en un filme desenfadado, enloquecido y desvergonzado. Lo que me pregunto es si la experiencia es la misma cuando la película está tiene elementos ridículos e irrisorios a propósito. El sufrimiento sólo será auténtico si vemos House of the Dead. Viendo Panet Terror será otra cosa.
A esto se une otra cuestión: ¿Hasta qué punto se puede decir que Planet Terror sea cutre aposta? Existen muchos aspectos que se nota que están hechos así a propósito, pero, teniendo en cuenta que Robert Rodriguez no ha vuelto a hacer buen cine, o al menos no cine excelente, desde la divertida El mariachi… quizá es mucho su atrevimiento al reírse aunque sea de forma cariñosa de las deficiencias de los demás. Reconozco que Sin City
tenía una estética impresionante, pero era lo único bueno de la película y ya que era exacta a la de las novelas gráficas, el mérito en este apartado no sería de Rodriguez, sino de Frank Miller.
De todas formas, todo esto son preguntas que me hago y no observaciones sobre la película. Si a lo que voy es a criticarla basándome sólo en el producto en sí, no podría decir apenas nada malo.
La ventaja que tiene Planet Terror con respecto a otras películas de zombis que no están hechas de broma es que en el apartado rítmico y de montaje les da mil vueltas. En este sentido sí se nota que son profesionales haciendo algo chusco a propósito. Por ejemplo Amanecer de los muertos (Dawn of the Dead), de Zack Snyder, remake del clásico de terror zombie de George A. Romero; tenía una parte larguísima en un centro comercial que no había quien se tragase. Afortunadamente, en Planet Terror, todas las escenas tienen acción y por lo tanto, el entretenimiento está garantizado.
Además de este ritmo trepidante, la otra gran virtud de la película es el humor. Todo lo que ocurre es tan descabellado y absurdo que no puedes parar de reírte ni un momento. Y eso sin ser una parodia tal cual, sino más bien una revisión simpática. Hay algo que no sé si está intencionado o no, pero de todas formas es de los mejores chistes de la película. El título de crédito en el que se anuncia a “Las gemelas” se hace coincidir con un plano del pecho de Rose McGowan mientras baila en una barra.
Planet Terror hace un guiño a Death Proof y Death Proof hace un guiño a Planet Terror. Por lo tanto, ambas deberían ir primeras en la sesión doble o ambas deberían ir últimas en la sesión doble.
Planet Terror se estrena el 3 de agosto de 2007. El 31 de agosto nos llegó la de Quentin Tarantino. De momento, las vísceras nos esperan en los cines junto a Planet Terror, una película de la que lo mejor que se puede decir es que es muy entretenida y cómica. Y no es poco.
Esta película va precedida del trailer de ‘Machete’, que también es muy divertido. El resto de los trailers saldrán sólo en la versión DVD.
Como bien sabrá la mayoría de buenos aficionados, Grindhouse es un proyecto conjunto de Quentin Tarantino y Robert Rodriguez en homenaje a las dobles sesiones nocturnas de cine de “clase B”
DEATH PROOF (Grindhouse)
Director: Quentin Tarantino. 2007. EE.UU. Color
Intérpretes: Kurt Russell (Stuntman Mike), Rosario Dawson (Abernathy), Vanessa Ferlito (Arlene/”Butterfly”), Jordan Ladd (Shanna), Rose McGowan (Pam), Sydney Tamiia Poitier (Jungle Julia), Tracie Thoms (Kim), Mary Elizabeth Winstead (Lee), Zoe Bell (Zoë), Quentin Tarantino (Warren the Bartender, James Parks (Edgar McGraw), Michael Parks (Texas Ranger Earl McGraw), Monica Staggs (Lanna Frank), Electra Avellan (Crazy Babysitter Twin 1), Elise Avellan (Crazy Babysitter Twin 2), Michael Bacall (Omar), Omar Doom (Nate), Marcy Harriell (Marcy)


Grindhouse es una película de terror dividida en 2 partes, una dirigida por Tarantino y la otra por Robert Rodriguez, siendo cada una de ellas de algo más de una hora de duración. A su vez ambas están separadas por falsos trailers de películas de terror, creados por los conocidos directores del género Eli Roth, Rob Zombie, Edgar Wright.
Grindhouse es el nombre de las salas donde, en los años setenta, se proyectaban las clásicas “exploitation”, películas de bajísimo presupuesto en las que el terror, la violencia y el sexo campaban a sus anchas. Tarantino y Rodríguez quieren hacer aquí un homenaje a este tipo de cine y a las salas donde se proyectaba.
Planet Terror, dirigida por Rodríguez, se trata de una película de zombies protagonizada por Freddy Rodríguez, Rose McGowan, Josh Brolin, Naveen Andrews, Marley Shelton, Michael Biehn, Stacy Ferguson, Jeff Fahey y Michael Parks. Mientras los afectados por un extraño virus se convierten en un ejército de agresores enloquecidos, Cherry (Rose McGowan), una bailarina de striptease lisiada, y su ex-novio Wray (Freddy Rodríguez) dirigen un espontáneo equipo de guerreros, adentrándose en la noche hacia un destino que dejará millones de afectados, infinidad de muertos y unos cuantos afortunados supervivientes que lucharán por encontrar el último rincón seguro en el mundo.
Death Proof, dirigida por Tarantino, gira en torno a un psicópata de la carretera (Kurt Russell), un asesino en serie que va aniquilando a sus víctimas con su coche. Lo protagonizan Kurt Russell, Zoe Bell, Rosario Dawson, Vanessa Ferlito, Jordan Ladd, Rose McGowan, Sydney Tamiia Poitier, Marley Shelton, Tracie Thoms y Mary Elizabeth Winstead.
Nota: A pesar de la propia concepción de la idea original de sus creadores, Grindhouse como tal sólo se estrenará como una sola película en los países anglófonos: EE.UU., Reino Unido y Australia. En el resto del mundo se estrenarán las películas por separado.
Por tal motivo, se muestran las dos fichas por separado, para su votación −y recomendación− y crítica independiente. Las críticas de la prensa correspondientes a críticos americanos corresponden a sus críticas como una sola película.
G rindhouse nació como un sincero homenaje, un proyecto que hermanaba dos películas en una, al estilo de las sesiones dobles que disfrutaban los jóvenes hace treinta o cuarenta años, agazapados en las butacas de los cines de la época o abrazados a su pareja en los típicos autocines norteamericanos. Sin embargo, los odiados/admirados/temidos –según a quién se pregunte– hermanos Weinstein, la poderosa pareja de productores que maneja no pocos hilos en Hollywood, han hecho añicos el proyecto, al menos en el Viejo Continente, tras su fracaso en la taquilla norteamericana. La ambición económica les ha movido, incapaces de respetar un experimento que no les ha reportado el pelotazo económico que ellos auguraban; aun así, recaudó más de treinta millones en Estados Unidos en sus dos primeras semanas, lo que garantizaba una segura amortización de los poco más de cincuenta que ha costado realizarla. Ni que decir tiene que los falsos trailers de Eli Roth, Rob Zombie y Edgar Wright, que adornan el intermedio, habrán de esperar al DVD, aunque la presentación de “Machete”, futuro proyecto de Robert Rodriguez con Danny Trejo
como protagonista, acompaña la proyección cinematográfica de Planet Terror.
DEATH PROOF, de Quentin Tarantino: La segunda parte de la parte contratante…
Inesperadamente, la aportación de Tarantino al experimento “Grindhouse” −ya comentado en este blog con motivo de Planet Terror de Rodríguez− está recibiendo encendidos elogios por parte de la crítica española, que en algún penoso caso incluso ha llegado a escribir breves ensayos filosóficos en forma de crítica sobre la peliculita del amiguete Tarantino. Esto demuestra dos cosas: que el amiguete es un tipo muy hábil y listo, y que la crítica española no pasa por sus mejores momentos precisamente (aún debería estar en la memoria de todos el resbalón que se pegaron muchos con La joven del agua, de Shyamalan, que despertó apasionadas admiraciones por parte de los cegatos de siempre, algunos de los cuales, según cierta leyenda urbana que corre por ahí, se han dado a la bebida tras que el film fuera nominado a todos los razzies posibles del año…).
La peliculita de Tarantino y la llamo peliculita visto su escaso interés (excepto el magnífico último cuarto de hora final) y su poco calado− resulta argumentalmente más trabada que la de Rodríguez por cuanto sí trata de tener la coherencia que la otra no se molestaba en tener por mor de servir fielmente al experimento “Grindhouse”. Tarantino se ha preocupado en este sentido más de atender a la forma que al fondo, es decir, de filmar y rodar un poco al estilo “de los setenta” −empezando por los cutres títulos de crédito−, en lugar de presentar una película ensuciada con rayas, saltos, cortes, etc. Sí los hay, desde luego, pero casi todos ellos, curiosamente, en la primera −y peor− parte de la pelícuta, para olvidarse de ellos en la más trepidante −y mejor− segunda parte. Es decir, Tarantino ha filmado en parte −no en todo−, como si rodara una película antigua, en tanto que Rodríguez ha filmado a la moderna, pero envejeciendo el resultado. Y aunque ninguna de las dos películas es una joya precisamente, y el sentido del experimento, como ya comenté, carece de sentido y de gracia, si se trata de elegir a una de las dos, me quedo, aun con reservas, con la de Tarantino (a la cual, conviene decirlo, se le ha añadido metraje para su explotación europea…).
Tarantino, tras sus dos primeras y celebradas películas, filmó el que es su mejor filme, Jackie Brown, que no complació a sus fans −de hecho, los que le ríen las gracias−, y por ello se dedica a darles carnaza −consigue incluso que muchos críticos le rían esas gracias−: de ahí Death Proof. Cine malo, cine vulgar, pero filmado con habilidad −ya he dicho que Tarantino es muy hábil−, la suficiente como para que su club de fans −quinceañeros y críticos cuarentones− lo tomen por el nuevo genio del cine y un hombre que “Dice Cosas Importantes” en sus películas. Ver para creer (o leer para creer, puesto que si en los fans es disculpable por razón de edad y entusiasmos juveniles, en críticos cuarentones ya no lo es, a no ser que estén en plena crisis de los cuarenta, que tantas estupideces obliga a cometer; no toda la crítica española ha recibido con tanto alborozo este entretenimiento, afortunadamente: los más cultivados han sabido ver lo que en realidad se ofrece: una nadería).
Que Death Proof es cine malo y vulgar filmado con habilidad lo demuestra que si la película de Rodriguez se olvida con rapidez −pese a su profesionalidad−, uno vuelve y revuelve a la de Tarantino buscándole no sé si explicaciones o coartadas. Bueno, de coartadas culturales he leído por ahí algunas francamente dignas de encerrar a su autor en una cárcel de papel o condenarle a tertuliano de programas del corazón para que madure un poco más. Pero, insisto, cinematográficamente Death Proof rezuma habilidad sobre el vacío y la nada. El filme consta de dos partes parecidas y un breve intermedio. En la primera, conocemos a un grupo de chicas calientabraguetas que se disponen a ir a una casa de vacaciones. Están encabezadas por la detestable Vanessa Ferlito (ex CSI Nueva York, seguramente la única actriz del mundo que interpreta con el morro), y la mayor parte de la acción transcurre en un bar al que se detienen para “repostar” y sumergirse en esas interminables conversaciones tontas que en los primeros films de Tarantino mantenían pandas de delincuentes y ahora tienen pandas de tías (que no mujeres). La cháchara es tan sosa e imbécil que uno se distrae contemplando la decoración del bar, en cuyas paredes cuelgas carteles españoles de películas extranjeras o coproducciones hispano-italianas de alrededor de los años setenta: cinefilia made in Tarantino, vaya. En el bar está el tipo que interpreta Kurt Russell (la propaganda nos informa de que sustituyó a última hora al desnortado y desprestigiado Mickey Rourke, quien desertó del rodaje, y creo que hemos salido ganando con el cambio, pues Russell está inmenso), el cual afirma ser un especialista de cine, cuya afición secreta es estrellarse con su coche tuneado contra coches conducidos por grupos de chicas y matarlas. Así lo hace con éstas, y diría que el espectador no lamenta mucho la muerte de esas majaderas, pero esto ya es cuestión de opiniones. Debe mencionarse que en el bar, la Ferlito le obsequia con un “baile erótico” a Kurt Russell, cortado en su mitad gracias a uno de esos “efectos cutres” del experimento “Grindhouse”, lo cual se agradece de veras, pues la escena resulta francamente nauseabunda: la Morros Ferlito es lo menos erótico que quepa imaginar, ciertamente, y verla “evolucionar” invita a la huida desesperada del cine.
El intermedio lo protagoniza Michael Parks −ya soportado en Planet Terror− que hace de sheriff con andares que indican sufre un tremendo ataque de almorranas. ¡Oh qué gracia! Sospecha que el conductor interpretado por Russell es el que ha matado a las chicas, pero no puede probarlo.
La segunda parte del filme arranca en blanco y negro, por aquello de que se vea que estamos en un filme con pretensiones artísticas (Tarantino hace de director de fotografía también, aunque su trabajo no es nada del otro mundo, desde luego). Pero pronto volvemos al color, y mientras tanto ya hemos ido conociendo a un segundo grupo de chicas, mejor dicho, de tías. Éstas son más soportables. No son unas calientabraguetas como las anteriores, sino tías “decididas”, y además el grupo de actrices que las interpreta las hace más simpáticas: la apetitosa Rosario Dawson, la no menos apetitosa Tracie Thoms y la bonita Mary Elizabeth Winstead, a las que se unirá en otro bar Zoë Bell, que trabajó como especialista de acción en Planet Terror, y que hace de sí misma sin esfuerzo alguno. Cierto que sus conversaciones son tan chorras como las del primer grupo, pero un poco más divertidas: las primeras hablaban como putas, éstas hablan como tíos o como colegas. Nos enteramos de cosas tan apasionantes como que el novio de Rosario Dawson no se la folla, algo realmente imperdonable… En fin. Lógicamente, se tropiezan con Kurt Russell cuando tres de ellas han decidido probar un coche guay tan tuneado como el de Russell, mientras dejan a la cuarta entreteniendo a saber cómo al dueño del coche, sin que al final del film volvamos a verla (otro efecto “Grindhouse”). Russell, que ya las ha calado mucho antes, se dedica a intentar matarlas con su coche, pero ahora las cosas no le van a ser tan fáciles por aquello de “las chicas son guerreras”. En fin, final feliz a gusto del espectador y todos a casa.
A esa tontería filmada con habilidad, como he dicho, la están hinchando como un globo sólo por llevar la firma de Tarantino, probablemente el mago hipnotizador del cine actual y que, como acertadamente ha dicho uno de los pocos críticos que han señalado la nadería del filme, se comporta como una estrella del rock, de ahí la acumulación de fans… de todas edades. Que se hable de “diferentes formas de orgasmo” como explicación filosófica del filme, de “exaltación del fetichismo del pie” como móvil de los crímenes del personaje interpretado por Kurt Russell −lo del fetichismo del pie tiene su gracia: sentir fetichismo o atracción sexual por la parte más sucia del cuerpo humano, con sus hongos, uñas negras, dedos deformes, callosidades, olor a queso, etc. etc., demuestra que hay mucho tarado por ahí, incluida la crítica cinematográfica−, entre otras majaderías de igual o peor calibre, demuestra que hasta en un plato de patatas con tocino podría hallarse filosofía hegeliana si lo analizara algún que otro crítico de cine. El filme, cinematográficamente, es aburrido e insoportable en su primera mitad, y algo más vistoso y movidito en la segunda (gracias a las actrices). Pero no importa: el club de fans de Tarantino ya se encarga de elevarlo a los altares y considerar este vulgar pasatiempo la joya del año. Pues vamos frescos.

Es curioso esto del cine. Hay ocasiones en que las salas se olvidan de educar a sus clientes sobre el tipo de película que van a ver. Y no me refiero a la temática, sino a la situación en la que se irá viendo la misma.
El proyecto de Grindhouse fue creado para ver las películas tal y como se veían en las antiguas sesiones dobles de EE.UU.: con partes cortadas, fotogramas quemados o borrosos… Si eso no se avisa, y dado que hay un público que no suele leer blogs de cine, piensan que le han dado gato por liebre, y que está viendo una copia defectuosa de Planet Terror, con su correspondiente queja. Su sorpresa es mayor, y la cara con la que se deben quedar, cuando los empleados del cine les explican que la película, en su original, se ve así, que es un truco realizado por los directores.
Por eso, algunas salas de cine, educando a los clientes no informados, están colgando notas informativas donde explican lo que ocurre. Esto se ha realizado después de las quejas. ¿No se podía haber informado antes o haber metido un aviso en la película indicándolo? Lo podían haber colocado en vez del mensajito denuncia contra la piratería, digo yo, ¿no?
Nota:
El cartel lo pusieron con el estreno de la película en los cines Yelmo Cineplex, para informar de lo que se encontrarían los espectadores al ver la película, y evitar los malentendidos que llegaron.
++++++
Pues por un lado tenemos a Stuntman Mike (Kurt Russell), un viejo rebelde cuya amplia cicatriz en la cara delata que tiene un pasado oscuro. Conduce un coche mastodóntico, que se convierte en un arma letal con la que sembrar el terror y acabar con la vida de las jovencitas que se crucen en su camino.
Por otro lado tenemos a Jungle Julia, una popular DJ, que ha salido a pasar una noche de diversión con sus dos atractivas amigas. Allá donde vayan, las cabezas se van girando a su paso mientras bailan y beben sin parar.
Ahora mezclemos a Stuntman y el grupo de Julia, y nada bueno puede ocurrir. Al menos, no para las chicas. Mientras ellas lo pasan en grande, el psicópata las vigila sentado al volante de su coche, y con el pie preparado para pisar el acelerador…
DEATH PROOF, de Quentin Tarantino…

Inesperadamente, la aportación de Tarantino al experimento “Grindhouse” -ya comentado en este blog no hace mucho con motivo de Planet Terror de Rodríguez- está recibiendo encendidos elogios por parte de la crítica española, que en algún penoso caso incluso ha llegado a escribir breves ensayos filosóficos en forma de crítica sobre la peliculita del amiguete Tarantino. Esto demuestra dos cosas: que el amiguete es un tipo muy hábil y listo, y que la crítica española no pasa por sus mejores momentos precisamente (aún debería estar en la memoria de todos el resbalón que se pegaron muchos con La joven del agua, de Shyamalan, que despertó apasionadas admiraciones por parte de los cegatos de siempre, algunos de los cuales, según cierta leyenda urbana que corre por ahí, se han dado a la bebida tras que el film fuera nominado a todos los razzies posibles del año…).
La peliculita de Tarantino -y la llamo peliculita visto su escaso interés y su poco calado- resulta argumentalmente más trabada que la de Rodríguez por cuanto sí trata de tener la coherencia que la otra no se molestaba en tener por mor de servir fielmente al experimento “Grindhouse”. Tarantino se ha preocupado en este sentido más de atender a la forma que al fondo, es decir, de filmar y rodar un poco al estilo “de los setenta” -empezando por los cutres títulos de crédito-, en lugar de presentar una película ensuciada con rayas, saltos, cortes, etc. Sí los hay, desde luego, pero casi todos ellos, curiosamente, en la primera -y peor- parte de la peliculita, para olvidarse de ellos en la más trepidante -y mejor- segunda parte. Es decir, Tarantino ha filmado en parte -no en todo-, como si rodara una película antigua, en tanto que Rodríguez ha filmado a la moderna pero envejeciendo el resultado. Y aunque ninguna de las dos películas es una joya precisamente, y el sentido del experimento, como ya comenté, carece de sentido y de gracia, si se trata de elegir a una de las dos, me quedo, aun con reservas, con la de Tarantino (a la cual, conviene decirlo, se le ha añadido metraje para su explotación europea…).
Tarantino, tras sus dos primeras y celebradas películas, filmó el que es su mejor film, Jackie Brown, que no complació a sus fans -de hecho, los que le ríen las gracias-, y por ello se dedica a darles carnaza -consigue incluso que muchos críticos le rían esas gracias-: de ahí Kill Bill y esta Death Proof. Cine malo, cine vulgar, pero filmado con habilidad -ya he dicho que Tarantino es muy hábil-, la suficiente como para que su club de fans -quinceañeros y críticos cuarentones- lo tomen por el nuevo genio del cine y un hombre que Dice Cosas Importantes en sus películas. Ver para creer (o leer para creer, puesto que si en los fans es disculpable por razón de edad y entusiasmos juveniles, en críticos cuarentones ya no lo es, a no ser que estén en plena crisis de los cuarenta, que tantas estupideces obliga a cometer; no toda la crítica española ha recibido con tanto alborozo este entretenimiento, afortunadamente: los más cultivados han sabido ver lo que en realidad se ofrece: una nadería).
Que Death Proof es cine malo y vulgar filmado con habilidad lo demuestra que si la película de Rodríguez se olvida con rapidez -pese a su profesionalidad-, uno vuelve y revuelve a la de Tarantino buscándole no sé si explicaciones o coartadas. Bueno, de coartadas culturales he leído por ahí algunas francamente dignas de encerrar a su autor en una cárcel de papel o condenarle a tertuliano de programas del corazón para que madure un poco más. Pero, insisto, cinematográficamente Death Proof rezuma habilidad sobre el vacío y la nada. El film consta de dos partes parecidas y un breve intermedio. En la primera, conocemos a un grupo de chicas calientabraguetas que se disponen a ir a una casa de vacaciones. Están encabezadas por la detestable Vanessa Ferlito (ex CSI Nueva York, seguramente la única actriz del mundo que interpreta con el morro), y la mayor parte de la acción transcurre en un bar al que se detienen para “repostar” y sumergirse en esas interminables conversaciones tontas que en los primeros films de Tarantino mantenían pandas de delincuentes y ahora tienen pandas de tías (que no mujeres). La cháchara es tan sosa e imbécil que uno se distrae contemplando la decoración del bar, en cuyas paredes cuelgas carteles españoles de películas extranjeras o coproducciones hispano-italianas de alrededor de los años setenta: cinefilia made in Tarantino, vaya. En el bar está el tipo que interpreta Kurt Russell (la propaganda nos informa de que sustituyó a última hora al desnortado y desprestigiado Mickey Rourke, quien desertó del rodaje, y creo que hemos salido ganando con el cambio, pues Russell está inmenso), el cual afirma ser un especialista de cine, cuya afición secreta es estrellarse con su coche tuneado contra coches conducidos por grupos de chicas y matarlas. Así lo hace con éstas, y diría que el espectador no lamenta mucho la muerte de esas majaderas, pero esto ya es cuestión de opiniones. Debe mencionarse que en el bar, la Ferlito le obsequia con un “baile erótico” a Kurt Russell, cortado en su mitad gracias a uno de esos “efectos cutres” del experimento “Grindhouse”, lo cual se agradece de veras, pues la escena resulta francamente nauseabunda: la Morros Ferlito es lo menos erótico que quepa imaginar, ciertamente, y verla “evolucionar” invita a la huida desesperada del cine.
El intermedio lo protagoniza Michael Parks -ya soportado en Planet Terror- que hace de sheriff con andares que indican sufre un tremendo ataque de almorranas. Oh qué gracia. Sospecha que el conductor interpretado por Russell es el que ha matado a las chicas, pero no puede probarlo.
La segunda parte del film arranca en blanco y negro, por aquello de que se vea que estamos en un film con pretensiones artísticas (Tarantino hace de director de fotografía también, aunque su trabajo no es nada del otro mundo, desde luego). Pero pronto volvemos al color, y mientras tanto ya hemos ido conociendo a un segundo grupo de chicas, mejor dicho, de tías. Éstas son más soportables. No son unas calientabraguetas como las anteriores, sino tías “decididas”, y además el grupo de actrices que las interpreta las hace más simpáticas: la apetitosa Rosario Dawson, la no menos apetitosa Tracie Thoms y la bonita Mary Elizabeth Winstead, a las que se unirá en otro bar Zoë Bell, que trabajó como especialista de acción en Planet Terror, y que hace de sí misma sin esfuerzo alguno. Cierto que sus conversaciones son tan chorras como las del primer grupo, pero un poco más divertidas: las primeras hablaban como putas, éstas hablan como tíos o como colegas. Nos enteramos de cosas tan apasionantes como que el novio de Rosario Dawson no se la folla, algo realmente imperdonable y que dan ganas de subir a la pantalla para remediarlo, de no ser porque a uno se le va la mirada de la Rosario a la Tracie (gustos personales, ya saben)… En fin. Lógicamente, se tropiezan con Kurt Russell cuando tres de ellas han decidido probar un coche guay tan tuneado como el de Russell, mientras dejan a la cuarta entreteniendo a saber cómo al dueño del coche, sin que al final del film volvamos a verla (otro efecto “Grindhouse”). Russell, que ya las ha calado mucho antes, se dedica a intentar matarlas con su coche, pero ahora las cosas no le van a ser tan fáciles por aquello de “las chicas son guerreras”. En fin, final feliz a gusto del espectador y todos a casa.
A esa tontería filmada con habilidad, como he dicho, la están hinchando como un globo sólo por llevar la firma de Tarantino, probablemente el mago hipnotizador del cine actual y que, como acertadamente ha dicho uno de los pocos críticos que han señalado la nadería del film, se comporta como una estrella del rock, de ahí la acumulación de fans… de todas edades. Que se hable de “diferentes formas de orgasmo” como explicación filosófica del film, de “exaltación del fetichismo del pie” como móvil de los crímenes del personaje interpretado por Kurt Russell -lo del fetichismo del pie tiene su gracia: sentir fetichismo o atracción sexual por la parte más sucia del cuerpo humano, con sus hongos, uñas negras, dedos deformes, callosidades, olor a queso, etc. etc., demuestra que hay mucho tarado por ahí, incluida la crítica cinematográfica-, entre otras majaderías de igual o peor calibre, demuestra que hasta en un plato de patatas con tocino podría hallarse filosofía hegeliana si lo analizara algún que otro crítico de cine. El film, cinematográficamente, es aburrido e insoportable en su primera mitad, y algo más vistoso y movidito en la segunda (gracias a las actrices). Pero no importa: el club de fans de Tarantino ya se encarga de elevarlo a los altares y considerar este vulgar pasatiempo la joya del año. Pues vamos frescos.
Sobre la producción
Death Proof supone la quinta película de Quentin Tarantino. Si bien el autor considera que Death Proof “es un slasher (película de crímenes sangrientos)”, un análisis más atento revela que Tarantino ajusta la clasificación de la película a dicho género aunando más influencias: Death Proof combina el slasher con las clásicas y adrenalínicas persecuciones de coches. Tarantino afirma que ambos géneros “están tan mezclados que se intercambian casi sin saber cómo en algún punto del metraje. Ni siquiera sé dónde exactamente, pero hay un momento de la película, cuando llegamos a los últimos 20 minutos, que ya no estás viendo lo que hasta entonces habías estado viendo. Realmente hemos pasado de un estilo a otro y estamos en una película diferente. Te has implicado tanto con los personajes que no lo notas, pero realmente has cambiado de película”. Aunque el concepto pueda parecernos extraño, a quienes películas como Punto límite: cero,
Indecente Mary y Larry el loco y Gone in 60 seconds no les resulten ajenas, notarán un cambio palbable que podemos trazar atrás en el tiempo, hasta llegar a películas prototípicas del cine de terror sangriento, “slashers” de los 70 como Trampa para un violador y Black Christmas.
Sin embargo, clasificar el guión de Death Proof como dos mitades diferenciadas estilísticamente sería algo corto de miras. La película también realiza una acrobacia cinematográfica al aplicar un estilo de realización específico de una época (es decir, películas de género slasher) a la vez que añade la figura de la mujer contemporánea independiente, dura y peligrosa, en un género en el que lo normal era que aparecieran chicas con poca ropa o semidesnudas que iban siendo asesinadas una por una. De hecho, la “chica final”, un personaje arquetipo relacionado con las películas slasher, tiene una finalidad inesperada antes de que aparezcan los títulos de crédito finales. Es más, la capacidad de autorreflexión da un salto sin precedentes en Death Proof con la aparición de Zoë Bell, la persona, el personaje, la actriz y la especialista de cine. El personaje de Zoë se concibió específicamente para Bell, la doble de acción de Uma Thurman en Kill Bill.
Con todas sus peculiaridades, Death Proof tiene los rasgos característicos y propios del universo cinematográfico de Tarantino, incluyendo la práctica habitual de centrarse en personajes que trabajan en la industria del entretenimiento. Dichos personajes pasan gran parte de su tiempo debatiendo aspectos de la cultura popular. También están presentes algunos trucos de color que son guiños obvios a Kill Bill. Vuelven a aparecer los cigarrillos Red Apple e incluso el personaje de Earl McGraw.
Grindhouse (2007) - Rosario Dawson, Tracie Thoms, Zoe Bell, Mary Elizabeth Winstead

Quizá lo primero que hay que señalar a la hora de referirse a Death Proof es la valentía de Quentin Tarantino. Desde que Wes Craven “revitalizara” el subgénero del con Scream: Vigila quién llama (1996), hemos vivido una constante revisión de clásicos que se han venido adaptando a los gustos de una nueva generación de jóvenes espectadores hasta el punto de que mastodontes de la industria como Michael Bay han descubierto lo rentable de financiar remakes de los títulos junto a los que todos crecimos, como La matanza de Texas (1974, Tobe Hooper), Terror en Amityville (1979, Stuart Rosenberg) o Carretera al infierno (1986, Robert Harmon). Ahora están Terror en la niebla (2005, Rupert Wainwright ), Las colinas tienen ojos (2006, Alexandre Aja), o La profecía (2006, John Moore)… todos se han apuntado a un carro que daría material para escribir un gran volumen, si atendemos a lo que está por venir. Pero estas nuevas adaptaciones beben de una estética moderna y de los últimos avances tecnológicos, buscando un consumidor rápido y moderno, que por su juventud desconoce en muchos casos los orígenes de lo que acontece ante sus ojos. Y aquí es donde Tarantino se distancia del resto: Death Proof se inspira tan directamente de los clásicos que homenajea que, para disfrutarla enteramente, es casi imprescindible haber visto un buen puñado de títulos de bajo presupuesto de los años 60 y 70, referencia sin la que más de un espectador se siente perdido ante el aparente sinsentido que está presenciando.
La historia se centra en Stuntman Mike –maravilloso Kurt Russell, que posiblemente no disfrutaba tanto de un papel desde hace muchos años–, un curtido especialista de cine que ha dejado la profesión para dedicarse a exterminar jovencitas descuidadas a las que atropella inmisericorde con su portentoso Dodge Charger negro. No hay complicaciones en la narración ni en el argumento, todo se centra en el carisma del psicópata y en la actitud de las víctimas. Puramente tarantinianos son los largos planos alrededor de las mesas de pubs de carretera en las que los personajes charlan sin parar, conversaciones fluidas que recuperan en ocasiones los mejores momentos de Reservoir dogs (1992) o Pulp Fiction (1994), y que conllevan la que tal vez sea la mayor traba de la cinta para el espectador meramente comercial: su duración, ligeramente superior a las dos horas, un metraje obligatoriamente hinchado para poder ser estrenado como película independiente de su hermana Planet Terror. Quien busque acción, la va a encontrar, pero muy dosificada y extrema, cuando ésta llega; y cuidado con las femmes Rosario Dawson, Tracie Thoms y Zoë Bell, sacadas directamente del legado del Russ Meyer más desbocado. Pero para el ojo avezado, cada minuto es un festín cinéfilo y cinéfago. Fragmentos de bandas sonoras de giallos italianos como El pájaro de las plumas de cristal (1970, Dario Argento), incontables carteles de películas –entre las que citaremos como ejemplo extremo la española El límite del amor de Rafael Romero Marchent en 1976 y protagonizada por Charo López–, detalles –la matrícula del coche del asesino es la misma que la del Ford Mustang de Steve McQueen en Bullitt (1968, Peter Yates)–, frases textuales –el poema de Jungle Julia, sacado de Teléfono (1977, Don Siegel)–, apariciones estelares –James y Michael Parks, padre e hijo en la vida real y que ya pudieron ser vistos en el mismo papel en Kill Bill: Vol. 1
(2003)–… un compendio sería casi inabarcable, un festín pergeñado por alguien que ha pasado muchas tardes, y muchas noches, devorando cine.
La obsesión por sus raíces es tal que Tarantino calca incluso ese elemento que convierte al cine psicotrónico en único: los fallos y errores, los saltos de tiempo, los desvaríos de raccord tantas veces provocados por la falta de presupuesto, por la ineptitud de los realizadores o por lo pésimo de los actores, que para quienes gustamos de este cine son virtudes que convierten cada obra en algo más que un divertimento, y que han transformado éste en el género de culto por excelencia. De este modo, la copia parece estar dañada, hay saltos de rollo en momentos clave –en la mejor tradición de William Castle–, los colores van y vienen y la música sube y baja a su antojo. Si no fuera por algún teléfono móvil y un reproductor MP3 que utilizan los personajes, parecería un viaje en el tiempo en toda regla. Spaghetti western, exploitation, blaxploitation, giallo, persecuciones en plan cannonball… demasiada “clase Z” para un espectacular experimento que, tristemente, no va a cuajar en taquilla en ninguna parte como sus creadores pensaban, mucho menos en versión doblada. Lo que esperamos es que la edición en DVD sea una delicia que respete el espíritu del proyecto, algo que debería ser una imposición para los implicados en la producción. Porque si todos hemos disfrutado, en mayor o menor medida –cuestión de edad, principalmente–, de los títulos a los que “Death proof” homenajea, no menos importante es el tiempo que hemos pasado rebuscando en las polvorientas estanterías de los videoclubs de nuestro barrio al encuentro de esa joyita que nos hiciera disfrutar de una noche de palomitas acurrucado en el sofá.




Grindhouse (2007) - Kurt Russell
Grindhouse (2007) - Rose McGowan, Kurt Russell
Es cierto que el tijeretazo del que sufre “Grindhouse” en las salas europeas es una consecuencia natural de la casi nula tradición de los pases dobles en nuestras pantallas, pero tampoco es una locura pensar en el escaso soporte a las producciones de bajo presupuesto (o las que pretenden serlo, como es el caso), el previsible poco aguante a más de tres horas de proyección por parte de la audiencia, o simplemente en lo lacayo del negocio. No es una casualidad que el grindhouse que hayamos podido ver hasta la fecha haya tenido que conformarse con el televisor del salón, alimentado por el viejo VHS.
Sin embargo, un filme de más de cincuenta millones de dólares no puede ser, en ningún caso, una producción de “clase B”, aunque el pleno de sus propósitos sea parecerlo. Así que, prescindiendo por completo de Planet Terror (2007), con la que evidentemente comparte intenciones, guiños, maltratos al celuloide, carteles de advertencia diversos y fake trailers apoteósicos –en especial el “Thanksgiving” de Eli Roth–, “Death proof” es el aporte de Quentin Tarantino a la bizarría estrenada por Robert Rodriguez; una gamberrada casual, y el estreno de Tarantino, además, como director de fotografía.
La obra es, en su simétrico guión, un espejo de sí misma. La figura protagonista es Stuntman Mike (Kurt Russell), un actor acabado que, tras pasar por seriales como “The Virginian” (1962-1971), se dedicó a ejercer de especialista en escenas hollywoodienses de riesgo automovilístico. O al menos así explica las pintas de su coche, que es mejor que seguro; es a “prueba de muerte” (tal y como reza el título). El caso es que, en su primer segmento, Mike termina por presentarse tal y como es: un enfermo psiquiátrico. Y no piensen en esos dementes casi snob tan de moda en el cine últimamente, que siempre gozan de un médico o un psicoanalista cercano –o en su defecto el mismo director– que les diagnostique y trate al instante. Stuntman Mike es un chiflado, un tarado, un asesino en potencia –no tenemos tantos detalles de su pasado– descarriado e imparable… ¿Imparable?
Stuntman Mike, profesional del choque, va a chocar contra el mencionado espejo, contra él mismo. Nadie mejor para tal efecto que un grupo de inocentes y despreocupadas chiquillas –nótese la ironía– que, de hecho, comenzarán repitiendo en el papel de víctimas. En este sentido encontramos la primera similitud con los anteriores escritos de Tarantino: la concepción general del guión delata la ejecución del “donde las dan, las toman”, como ya ocurriera, por ejemplo, en Pulp Fiction (1994) cuando un don nadie llamado Zed da literalmente por culo –perdón– a Marsellus Wallace, todo un jefe de la mafia; o como Vincent Vega termina llenando sus intestinos de plomo por no escuchar las supuestas advertencias divinas que venían largo rato sucediéndose. En ambas circunstancias los personajes no son capaces de advertir las evidentes consecuencias de sus actos –y en esa incapacidad reside el humor que Tarantino pretende hacer aflorar–, tal y como vuelve a repetirse, aunque esta vez en plena carretera.
Las marcas del director no se limitan a este aspecto, ni mucho menos; la vista y el oído del público percibirán, sin muchas complicaciones, referencias explícitas a Kill Bill: Vol. 2 (2004) o a Pulp Fiction (1994) en comentarios de cowboys a extraños hijos numerados o a hipotéticos masajes en los pies; e incluso algunas implícitas, como la libreta de Joe (Mike). Existe en la película, de hecho, una escena completa calcada a la abertura de “Reservoir dogs” (1992), repitiendo el uso –y abuso– de la conversación intrascendente para dar a conocer a sus maleducados personajes, que divagan alegremente sobre armas o sustituyen los éxitos de Madonna por el vehículo de la road movie “Tpoint” (1971). Todos estos rasgos tarantinianos destacan por encima de los del género homenajeado. En este sentido, tanto la sangre zombi de Planet Terror como la insistente mención grandilocuente del título en los fake trailers desprenden más aroma a grindhouse que toda “Death proof”, a pesar de algún miembro amputado, el zoom tosco y movedizo, y la desgraciada ausencia de un carrete presumiblemente sicalíptico.
Este distanciamiento puede explicarse con la propia naturaleza del cine de Tarantino. No es que Rodriguez haya rehusado de sus principios para la elaboración de Planet Terror: digamos que ambos directores han sabido encajar su base cultural con su estilo creativo. Lo realmente sorprendente es que, poseyendo las mismas raíces, pueda distinguirse de forma tan clara el producto de uno o de otro. Afortunadamente –y por desgracia para sus bolsillos–, la sobriedad y ociosidad de Quentin Tarantino, incluso en este festival de tributos, es la única razón cinematográfica existente para separar Death Proof del resto del metraje de Grindhouse, lo cual les exigirá sentarse en las butacas ante lo retro para reír, una vez más, hasta la extenuación.
A Death Proof la acompaña la polémica de todo proyecto deslavazado: esa casa unifamiliar que nos han vendido como chalets adosados a causa de la especulación distributiva en Europa. De ahí el doble conflicto de una película que es segmento y director’s cut al mismo tiempo, a lo que habría que sumar una tercera complicación: el vínculo con su hermana, Planet terror, parientes de parto que, como sucede en las mejores familias, terminan distanciándose. Con tantas presiones intra e interrelacionales, no es de extrañar que el film haya caído en brazos de un debate intenso y llamado a la prolongación, algo que, por otra parte, parece ser compañero indispensable de los estrenos tarantinianos.
Dada la naturaleza siamesa de Death Proof y Planet Terror, a pesar de la pátina autoral de su estreno fuera de Estados Unidos –nexos imborrables por las apariciones duales de actores, también seña de identidad de una “clases B y Z” falta de recursos, como el propio Quentin Tarantino, Rose McGowan o Marley Shelton, en el hospital que actúa como crossroad entre ambos productos–, antes de cualquier juicio particular resulta forzoso sopesar el equilibrio de un programa doble que debería perseguir objetivos parejos. Sin embargo, y aunque ambas cintas traicionan el espíritu del original que se homenajea –la materia en sí, cine barato hecho con los mejores recursos y aparentando una despreocupación y una ruptura formal que son apreciativas, pero no reales. El rollo no se quema y los metros perdidos nunca se rodaron. Una falsedad esnob, pero totalmente coherente con la naturaleza de los trailers, anuncios y cabeceras faces de la sesión completa, que hacen de Grindhouse el revival del cine por el cine, la mascarada cinéfila y la condición de engaño que a veces olvida con demasiada frecuencia el séptimo arte–; podría concluirse que Planet Terror cumple a rajatabla con las condiciones de partida: premisa absurda, personajes pintorescos y un sentido del humor parejo a la indolencia por las hechuras finales. Asumiendo la paradoja entre la inspiración “exploitation” y el respaldo de gran estudio, la obra de Robert Rodriguez sería más rigurosa, pero cae con mayor facilidad en las acusaciones frívolas que “Death proof”, la gamberrada que no deja de ser un juguete de artesano, dispuesto a pulirlo sin importar los brillos perfeccionistas que terminen eclipsando al polvo y al barro de su gemela.
Pero Death Proof es Grindhouse y, sin perder su esencia, también ella misma −congruente al recuperar una vieja gloria como Kurt Russell y seleccionar primerizas y efímeras starlettes de primera fila–. Antes de achacar al film un exceso de duración –en realidad nunca está claro si las quejas proceden por un añadido banal de metraje concreto o por aguantar veinticinco minutos extras de Tarantino–, debería asumirse un contraste entre las dos versiones oficiales, extrapolando a su entidad duplicada la perspectiva genérica y metalingüística con que muchos monopolizan el análisis de la película. Y la principal diferencia entre ambas versiones supone, en el caso del estreno europeo, una justificación más fehaciente de la psicosis de Stuntman Mike en lugar de asumir el vacui de Grindhouse. Las que deberían ser víctimas azarosas que no responden a un plan determinado se consolidan como cebos escogidos, perdiéndose así un claro paralelismo entre las dos mitades de la historia sin que la bisagra chirríe. El segundo grupo de amigas, sosias del primero como un añadido moderno al destino clásico de las chicas previas, no busca venganza por la atrocidad cometida, sino que actúan espontáneamente, en reflejo de la misma vena homicida impremeditada de Stuntman. El racionalismo del mal –psicológico, en todo caso– diluye esa fantástica contaminación de la estructura hacia la causalidad de la acción, por lo que los nuevos añadidos no mejoran lo que ya eran breves y justos apuntes de un personaje que no requiere de coartadas convencionales –homenajeando así el sustrato oculto y antecesor de la ola de “psychokillers freudianos” celebérrimos en los 70 y consolidados en los primeros años 90–.
Tras la política del menos es más, Tarantino traza una historia repetida, un “déjà vu” que desprende la sensación onírica de penetrar en la cabina de un loco proyeccionista o en los deseos insatisfechos del personaje central –la treta de mostrar desde cuatro perspectivas el impacto contra el coche de Jungla Julia y compañía no posee causas narrativas, sino sensoriales: la identificación público-Stuntman implica sentir al máximo su ansia de posesión individual, como explicita el accidente previo con Rose McGowan–. A ese efecto reiterativo contribuyen los temas parejos en las conversaciones de las chicas, los planos internos de los coches, los bares y la fragilidad palpable de su presencia en un ambiente hostil, las carreteras secundarias, que no necesitan carta de presentación. Pero, y como demostrará la segunda parte de la película, “Death proof” es un mecanismo de director que sólo cobra vida propia por su capacidad para conducir al público, incluso, hacia su propia destrucción. No hace falta mencionar las famosas, denostadas, cuestionadas referencias cinéfilas y musicales presentes en toda su filmografía para afirmar la omnipresencia del autor, y que aquí enlazan guiños y ataques repartidos entre vallas publicitarias, camisetas y líneas de diálogo, el auténtico fetichismo tarantiniano, también él mismo como centro del homenaje. Esta vez la mención del cine va más allá de las gracias culturetas y alimenta el manifiesto –¡en tan corta carrera!– del estilo de su artífice, obviando expectativas de fans y quejas críticas, sectores que desprecia con no poco disimulo.
Si en la primera mitad asistimos a los preliminares de una violación brutal –sustituida en términos físicos por el choque automovilístico y anticipada mediante sarcásticos planos del capó del coche, que arremete por delante y detrás a sus objetivos, o del logotipo entre las piernas del conductor–, en la segunda Stuntman recibe, como tanto se ha insistido, una venganza indirecta que, de manera más plausible, es un arrepentimiento catártico para el espectador que secuencias antes no pudo evitar sentir pena por este conductor avejentado del que se mofan esculturales jovencitas. Mujeres que Tarantino rellena con frases masculinas hasta devolverlas a su sitio, el de víctimas que, en su temeraria carrera, se lo habían buscado. Las siguientes chicas, todas vinculadas profesionalmente al mundo del cine, componen una ironía hacia el primer segmento: será una especialista –dentro y fuera de pantalla, lo que redobla el valor de la broma– la que derroque el ego machista de Stuntman, otro especialista caído en desgracia. “Death proof” diserta así sobre el convencionalismo cinematográfico y los desórdenes que, gracias a recursos visuales –el deterioro del principio, el brillo colorista del final–, pretende introducir el director, con más o menos acierto. En todo caso, consigue reformular también el papel de quien mira, el público que asume los riesgos morales de su implicación en la trama y cómo, en plena vorágine de puro entretenimiento, se inmola en la piel del villano con placer sadomasoquista, pues el único capaz de ser verdugo y víctima a un tiempo, Stuntman y Zoë Bell, es Tarantino, siempre a prueba de muerte súbita por encima de todas sus creaciones, pretencioso y divertido.
Tarantino busca, absorbe, copia, imita, mezcla, recicla, sacude, engulle y finalmente pare refritos que señalan a su materia prima pero mantienen intactos sus vestigios fílmicos. ¿Ha tenido éxito algún cineasta reproduciendo el estilo tarantinista? ¿De copiar al copista con talento?
Ahora con Grindhouse tiene el espacio adecuado: un claro homenaje a las películas de los sesenta y setenta que se proyectaban en los cines especializados en el exploitation y la sesión doble, donde una película maltrecha y malograda, generalmente con los rollos dañados, era proyectada con un futuro incierto y fogoso.
Hay algo, por lo tanto, que separa las intenciones y visión de Rodríguez y Tarantino. Dos formas distintas de entender el homenaje. El primero busca los recovecos cómicos, gamberros y bizarros. El segundo imita, destruye y construye sin renunciar a su propio estilo.
Así, Death Proof es una revisión contaminada del slasher faltándole el respeto y destruyéndolo: psicópata sin enmascarar que utiliza otro tipo de medios para asesinar brutalmente a jóvenes en absoluto idiotas, imitando y apuntando directamente al Russ Meyer de Faster, Pussycat!
Kill! Kill!, introduciendo innumerables guiños: “Punto límite: Cero”, “Impacto”, “La huida” y referencias propias (Pulp Fiction) y reconstruyendo el género desde la simplicidad: fragmentada en dos partes de escasas pero dilatadas secuencias y un intermedio que sirve de enlace con Planet Terror.
Y aunque esa quiebra y ruptura del filme puede remitir a Psicosis, Tarantino es listo y desea que conozcamos a los personajes para dotarles de una entidad dramática. Que nos importe lo que hagan, lo que sientan o lo que les suceda. Y lo va a hacer con el arma principal y más afilada que tiene: los diálogos.
Con un plano secuencia ejemplar en una conversación en un restaurante y utilizando alguno de los trucos de William Castle, los “missing reels” o rollos perdidos, que proporcionaban vacíos con elipsis tremebundas en los momentos claves de la cinta, Tarantino demuestra nuevamente su cinefilia de videoclub y su indudable capacidad para hacer del refrito un arte que pocos pueden alcanzar.
Robert Rodríguez no tuvo muchos problemas para que Quentin Tarantino se encargara de Death Proof, que junto a la floja Planet Terror, forma el dúo de películas Grindhouse. El nuevo filme del director de Pulp Fiction, supera con creces a la cinta de Rodriguez, gracias a una espléndida puesta en escena de Tarantino, a un (villano) Kurt Russell verdaderamente memorable, a un grupo de actrices en permanente estado de gracia, a unos diálogos electrizantes, a unas secuencias de acción y persecuciones antológicas. Bienvenidos al apasionante coche de Quentin Tarantino.
Se nota que con Death Proof lo que ha hecho Tarantino es divertirse, disfrutando como un niño pequeño con un caramelo e intentar provocar esa sensación al espectador. La cinta es un verdadero homenaje al cine de terror de “clase B” (o Z) de los años 70. Como es habitual en el cine de Tarantino, nos ofrece unos magníficos personajes, cuidando y puliendo hasta el más mínimo detalle. El personaje de Stuntman Mike (interpretado por un magnifico Kurt Russell) es maravilloso, a pesar de ser un psicópata perverso, es un personaje que vamos a recordar durante mucho tiempo. Los actores, todos y cada uno de ellos, están excelentes. Kurt Russell realiza posiblemente la mejor interpretación de su carrera. Rosario Dawson, Vanesa Ferlito, Zoe Bell, Sydney Tamiia Poitier realizan un trabajo fantástico.
Técnicamente es muy creativa. Tarantino realiza un gran trabajo detrás de las cámaras (en escenas tan espectaculares como los choques o las persecuciones, y sin olvidarme de ese magistral plano secuencia en la cafetería), un acertado montaje de Sally Menke (la colaboradora habitual de Quentin), una buena fotografía (especialmente en la primera parte del film), destacar la elección musical o el gran guión de Tarantino, aunque esta vez los diálogos (a pesar de ser electrizantes) resultan demasiado largos, cosa que a más de uno puede llegar aburrir.
No me quiero olvidar de detalles como la aparición de Michael Parks con su hijo, el tema de Kill Bill en uno de los móviles de las protagonistas. También destacar el proceso de envejecimiento de la cinta, con defectos como rayas, raspaduras, saltos de rollo, colores desvaídos, incluso una bobina B/N.
En fin, Death Proof consigue ser un entretenimiento de primera categoría, sin olvidarse del respectivo homenaje al cine que hizo a Tarantino amar el cine.
Destacar escenas como: El baile que Arlene ejecuta para Stuntman Mike, la paliza que recibe Stuntman Mike a manos de sus potenciales victimas femeninas en el divertidísimo final o el espectacular y violento choque del coche de esté contra el del primer grupo de chicas. Brutal.
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Tarantino tal vez piensa que puede vivir de por vida de las rentas de Pulp Fiction así que para él ahora mismo todo vale, aunque sea una tontería del calibre de Death Proof. Ya ni siquiera es medianamente entretenida como Kill Bill que sin ser una película que me guste demasiado, si que entiendo que haya otras personas que disfrutaran con las andanzas de Uma Thurman. Death Proof es pura nadería, una tontería de un niño mimado al que le consienten allí en América cualquier cosa. Un director brillante que con la entrada del siglo XXI ha perdido directamente la cabeza, y ha olvidado las cosas que le convirtieron en un grande gracias a sus tres primeras películas.
Lo peor de la película: los diálogos. Sin dudas. Las antaño perlitas que soltaban Samuel L. Jackson, John Travolta, Michael Madsen o Steve Buscemi, se tornan ahora en tonterías tipo “Tía, estás follando con alguien”. Pero así toda la maldita película. Diálogos que sueltan las tías de la película de ese estilo y nada más. Luego se rellena con un accidente espectacular y con una persecución final. Robert Rodriguez capto mucho mejor el ambiente de las películas Grindhouse, mientras que lo único que hace Tarantino es recordar los nombres de algunas películas que citan los actores. Además viendo la película solo veo que se homenajee a él mismo con el coche amarillo como si del traje de Uma en Kill Bill se tratará, la melodía del móvil de la Dawson es la de Kill Bill también. Vamos que un poco egocéntrico es el amigo.
Ahora, el coñazo de primera hora le quita un huevo, el coñazo del resto, dejando de lado el accidente, le quita otro riñón de puntos y los diálogos igual. Que sí, que está muy bien hecha. Vale. Muy bien, Tarantino. Solo faltaría que eso también estuviera mal. Por no decir que las situaciones son ridículas y el final una porquería.
Una película que no homenajea a las películas “grindhouse”, sino que es otra de Tarantino pero más vulgar, más simple, sin sorpresas en su inicio, y en la que Tarantino no guarda ningún as en la manga para intentar hacerlo al final de la película. Los diálogos son más vulgares, el montaje no es nada sorprendente, la BSO, que aún siendo correcta, es la peor de entre todas las BSO de las películas de Tarantino.
Death Proof es la quinta película del realizador Quentin Tarantino, y sorprende ver cómo gente que canta las virtudes de su filmografía (centrándose principalmente en Reservoir Dogs y Pulp Fiction, muestra del pensamiento nostálgico del “cualquier tiempo pasado fue mejor”), ahora atacan a Death Proof con argumentos como “aburrida”, “demasiados diálogos”, “sólo hay un accidente espectacular y una persecución, el resto es eliminable”. Muestras de la poca memoria histórica del público… Reservoir Dogs es una película que es diálogo totalmente, haciendo únicamente un par de excursiones fuera del discurso de la propia película en todo el metraje. En Pulp Fiction queda más enmascarado con la no linealidad y los múltiples personajes, pero sigue presente ese amor por el diálogo bien escrito y fluído, que lleva a la película, en lugar de haber una trama que los guíe (que la hay, pero está debajo).
Death Proof tiene todo lo que tenía Reservoir Dogs, y casi todo lo que tenía Pulp Fiction: tiene un diálogo fluído, lleno de referencias, que engancha y hace que lleguemos a conocer bien a los personajes, que nos preocupemos por las chicas antes de que se enfrenten al villano. Bien es cierto que con la traducción se pierde fluidez que rebosa en la versión original, pero aún así la versión traducida mantiene en gran parte el espíritu.
¿El resto? Un Kurt Russell muy grande interpretando a un gran hijo de puta, patético desde el momento en que nos lo introducen, y un cast de chicas enorme. Múltiples planos de pies, fetiche de Tarantino desde sus primeras películas, una máquina de rockola de su propiedad, y un giro de eventos inesperado en la segunda parte de la película.
Y algo más que decir, sólo notar el carácter feminista que tiene esta película, al igual que lo tenía Kill Bill vol. 2. Tarantino hace que lo que podría ser un episodio de “Sexo en Nueva York”, sea una amalgama de diálogos plagados de referencias de la pop culture, sazonado con un malnacido que necesita mutilar y asesinar a chicas con su coche para que se le ponga dura. Genial. Mención aparte a la banda sonora, que, como siempre, incluye temas míticos, como el del lap dance, el climático Hold Tight, y el graciosísimo Chick Habit que suena como cierre de la película.
Así pues, buen homenaje a las películas de “clase Z” que abarrotaron los cines en los años 60 y 70. Aunque me temo que en las anteriores no habría ni una millonésima parte del talento de Tarantino ni de dinero para producirlas.
Esta película hay que verla como lo que es: un “homenaje”, simplemente. No estamos ante la mejor película de historia, pero la vi en inglés y me pareció que tenía muchas virtudes a destacar.
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Los diálogos, los cuales hacen gracia (no a todos) y son muy del rollo setentero y plagados de mujeres, algo a lo que Tarantino no nos tenía acostumbrados, aparece el insulto perra en millones de ocasiones, dando un lenguaje muy coloquial y macarra. OK. No estamos ante el guión de Pulp Fiction o Reservoir Dogs, pero no creo que ninguna película “exploitation” tuviera mejores que este.
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Como ya he adelantado el gran elenco de actrices, cosa inusual en Tarantino, aunque esta vez se requería por la propia trama. Destacaría la actuación de la gran actriz Rosario Dawson, así como su belleza.
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Increíble “tour de force” de mujeres, todo un alegato. Insuperable las miradas de pánico en las tres actrices de la persecución. Realmente se transmite el miedo que están pasando, y también las caras de hijas de puta cuando se da la vuelta a la tortilla.−. Kurt Russell, en su mejor papel, se nota que trabajó con Carpenter toda la vida. Y su personaje, raro donde los haya típico de ese gran director: Quentin Tarantino.
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Resaltar que la trama debido al género no podía ni ser muy compleja ni muy creíble, pero dentro de estos límites Tarantino consigue hacer algo distinto.
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Duración. Corta pero vibrante donde no hay ni un minuto de aburrimiento.
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Atmósfera setentera con emisoras de radio, chicas guapas, música rock, tascas en carreteras perdidas pero con los adelantos de la ciencia, como los teléfonos móviles,…
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Persecuciones. Muy buena persecución final. Excelentemente gravada, con fuerza, con la música al compás.
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Proyecto novedoso, y distinto. Cine malo y de toda la vida pasado por el embudo de Tarantino convirtiéndolo en algo más que en un homenaje, en una buena película y entretenimiento puro y duro.
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Soy un seguidor de Tarantino y quizá no soy objetivo pero me ha parecido una pequeña joya, que a pesar del género y de de otras cosas hay que tenerla en cuenta, porque esperemos que Tarantino nunca nos deje de sorprender.
Más que un homenaje a las películas de “clase Z” y a las sesiones dobles americanas el concepto Grindhouse de Death Proof y Planet Terror −a mi entender−, es el siguiente: vamos a hacer 2 pelis con todo lo que nos gusta de esas cutre-películas que mamábamos en nuestra juventud, vamos a disfrutar mucho haciéndolas y encima vamos a reirnos de los que se las tomen en serio… ¿Alguien imagina a Ventura Pons y Fernando Colomo haciendo algo parecido? …mejor no dar ideas.
En el caso de Death Proof, un viernes cualquiera de borrachera + conversaciones absurdas (me recordaron a las de Reservoir Dogs pero sustituyendo a mafiosos por tías macizas) + psicópata asesino (con un impagable Kurt Russell, otro actor rescatado de nuevo del fango por Mr. T) + persecuciones de coches (con actrices que, además de interpretar a especialistas de cine, resulta que lo son en realidad)… todo regado con la estética Grindhouse de negativos machacados y escenas cortadas y una banda sonora espectacular.
La única pega es que el señor Tarantino ha supuesto que en España preferimos pagar dos veces la entrada, ya que aquí no conocemos el concepto de sesión-doble más que en los Cines X, y se pierde por completo el espíritu del proyecto al no poder ver las 2 películas juntas (¿Tendrá algo que ver el que hayan fracasado en los países donde se pudieron ver en sesión doble?). Parece que 2 películas seguidas era demasiado para los americanos… Lástima.
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Si en Reservoir Dogs los hombres eran unos Sucios Psicópatas sin más moral que el de la Sangre, aquí los hombres siguen siendo eso mismo pero con un elemento bastante más poderoso que ellos a su lado; el de unas mujeres que saben manejarse perfectamente en sus Vidas antes de ser “Asesinadas” o “Maltratadas” por el “Machismo”…
Quentin no se anda por las ramas y describe como los “Hombres” no saben solucionar sus Problemas sin recurrir a la Violencia, vivimos en una sociedad donde las Mujeres son “Princesas” por derecho y los Hombres unos Babosos que no saben pensar con otra cabeza que no sea aquella que les cuelga de entre las Piernas.
Ya era hora de que alguien hiciera una “Ironía” lo suficientemente “Seria”… lo suficientemente bien descrita… sobre lo que es ser una Mujer en el año 2007, lejos de bobadas como esas “Bratz”… que fomentan conceptos de Mujer “Objeto”.
En esta película las Mujeres mandan, pero mandan de verdad, frente a unos hombres que no saben ser hombres sin parecer unos “Descerebrados”…
Tarantino nos cuenta una realidad Social bastante “Incomoda” para la mayoría de nosotros… y… lo hace con su estilo tan particular…
Esa cámara que gira en torno a cuatro mujeres, mientras hablan sentadas en una mesa, sin cortar el plano y sin que se note como enfoca a cada una de ellas en el momento preciso en el cual hablan, es de una genialidad que pocos directores tienen… y… lo hace sin que perdamos el hilo de la conversación y sin aburrir por no cortar el plano durante casi tres minutos.
Una advertencia… la película no es adecuada para “estómagos sensibles”… no por la violencia… hoy en día puedes ver mucha más sangre incluso en películas destinadas al público infantil que en esta… no es adecuada porque nos habla de una Sociedad ¡Perfectamente inmoral!
Una mujer puede perder la vida sólo por el placer que eso le produzca a un Tío y… encima… tener que padecer la “Vergüenza” ajena de que la Justicia declare que esas “Princesas” han cometido el gran pecado de haber bebido alguna copa de mas o haber “Bailado” Sensualmente… mientras que el Verdugo estaba limpio de Alcohol en sus Venas… y… tan sólo por eso… declararlo como Inocente…
El gran “Pecado” que han cometido estas cuatro Mujeres es el de “Ser” Mujeres, estar “Buenas”, tener una noche de “Juerga” y “Provocar”…
Tarantino nos deja muy claro cuál es su postura… tal vez no sea la solución ideal… pero donde no hay justicia… esta es aplicada por la propia víctima…
¿Para qué crees que me he comprado un Arma si no es con el fin de “Defenderme”?
¡Esto es América! Y cada vez es más, el mundo!.
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En otra de sus iluminaciones, Tarantino decide darle otra vuelta de tuerca al mítico “Diablo sobre ruedas”, siendo siempre fiel a su estilo. En este caso, dos grupos de encantadoras chicas se las van a ver en el asfalto contra el temible Especialista Mike (un loco profesional de escenas arriesgadas de cine, ya retirado), dispuesto a aguarles la fiesta. El filme, dividido en dos partes, lleva la firma del director nacido en Knoxville. Largos diálogos y repentinos giros argumentales, que aquí adquieren la forma de trepidantes escenas de acción sobre cuatro ruedas.
En cuanto al primer punto, hay que admitir que es aquí donde Death Proof flojea más. Pero con matices, por un lado, las conversaciones se acaban haciendo demasiado largas y monótonas, pero por otro también contienen pinceladas de genialidad marca de la casa: nunca faltan los momentos gamberretes y un buen puñado de frases memorables. Un claro ejemplo de ello es el memorable diálogo entre el sheriff MacGraw (encarnado como no por Michael Parks) y su hijo “número uno”, que hace gala del singular humor tarantiniano.
Curiosamente es en las escenas de acción donde se concentra toda la miga del filme. No sólo por su innegable calidad (son pocas y breves, pero a la vez intensísimas… incluso se ha hablado de una de las mejores persecuciones en coche de la historia del cine) si no también por el valiente mensaje que llevan implícito. En una era cinematográfica cada vez más sumisa al reinado digital, Tarantino se alza y proclama con una voz rabiosamente nostálgica que todavía es posible rodar como en antaño. Por ello no es casual que los especialistas −un gremio actualmente en peligro de extinción− tengan un rol tan destacado en la trama. Y es que ‘Death Proof’ es algo más que un sentido y original homenaje de un cineasta a las películas que le vieron crecer… acaba siendo de alguna manera la crónica de cómo el séptimo arte está cambiando a marchas forzadas a las órdenes del todopoderoso píxel.
Otros elementos constantes en la carrera de Tarantino no faltan a la cita. Buena labor en la dirección −y resurrección− de actores (genial Kurt Russell), excelente recopilación musical y un estupendo final (brusco pero redondo… tal vez el mejor “gag” de todo el metraje) crean un conjunto ciertamente “cool”, divertido y constituye también la prueba de que este talento creativo sin igual sigue estando en forma.
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Pero de Tarantino no, evidentemente, sino del enorme y grandioso Kurt Russell, que aquí es humillado de sobremanera (me da igual que sea un guiño a las películas que se pretende homenajear) por un tío que, un día perdió el norte, y entre tanto ego aun no ha sabido volver a encontrar su cine, aquel que nos deslumbraba con desternillantes diálogos, atrevidas situaciones y un puñado de personajes emblemáticos.
Lo malo, es que si extirpamos las mayores virtudes del cine de Tarantino y las examinamos aquí detenidamente, observamos como el balance es menor y ni siquiera alcanza ninguna de sus anteriores facetas, donde su estilo se imponía y su particular ritmo narrativo pasmaba tanto a los seguidores de Willis, como a los de Bergman. No importaban demás señas, todos se sentaban alrededor del televisor para disfrutar esas obras que Tarantino con garra y desparpajo regalaba, desgranando auténticas historias de verdadero cine, de un cine arriesgado, contundente, impresionante y verdaderamente eficaz.
En cambio, llegó el Tarantino que todo lo quiere homenajear, y decepcionó a más de uno con esas virtuosas de la técnica que son Kill Bill, aunque poco más, por desgracia. Ahora, parece que el homenaje iba dirigido a todas esas cintas de “clase B) que le hacían disfrutar de joven y, aunque leo por ahí guiños que yo no percibo (seguramente porque me queda cine y cine por ver), a mi lo que me parece mayormente, es que el homenaje es a sí mismo. ¿Que no..? Esos diálogos pretendidamente hábiles, esos personajes que son un quiero y no puedo, esa trama desarrollada a trompicones cuando pretende rezumar dinamismo y un montón de virtudes más, que aquí no son más que lastre, y que antes regían el cine de Tarantino, cuando ahora lo desprestigian.
Por ejemplo, cuando en sus primeras obras nos encontrábamos con personajes tan carismáticos como Mr. White, Mr. Pink, Vincent Vega o Marsellus Wallace, aquí observamos una retahíla de personajillos que sencillamente hacen avanzar la trama: Stuntman Mike está bien dibujado e interpretado por el genial Kurt Russell, pero… ¿y los demás? Niñas y niños que hablan sobre sus rollos, sus emparejamientos y demenciales estupideces que a nadie le interesan, ¿dónde queda aquí el gancho? no hay fundamento alguno, pero claro… no lo olvidemos, hablamos de Tarantino, entonces, ¡pasémoslo por alto!
Para muestra otro botón: Siempre recuerdo y recordaré el desternillante y magnífico diálogo sobre Madonna en Reservoir dogs, o la bestial conversación entre Vega y Winnfield tras lo que sucede en el coche, y no puedo parar de reír cuando veo toda esa ristra de personajes desatados, sencillos pero funcionales y, en especial, enormemente personales… y despierto, y vuelvo al presente, donde sólo me topo con diálogos acartonados, que podrían estar en cualquier capítulo de “Sensación de vivir” y nadie notaría la diferencia, y me lamento, porque un gran talento se está desperdiciando, pero… ¿acaso no habíamos dicho que es Tarantino? pues que importará eso.
Y para colmo, me aburro, todo me hastía y resulta repetitivo… Desganado, observo ese final y creo que no ha merecido la pena el trayecto, y espero a que vuelva el Tarantino que tanto nos hacía disfrutar… ¿será en vano la espera? Confío que no.
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Me gustó, y lo digo en singular porque la considero una sola película. Me parece imperdonable que se estrene en Europa como dos películas distintas puesto que nunca fueron concebidas como tal. Las dos partes junto a los falsos trailers son un todo que funciona gracias a eso, a todas sus partes. Al dividirla en dos la experiencia no va a ser la misma ni por asomo. Es más, una propuesta tan sugerente podría quedar en ridícula.
Y para ridículo lo que acabo de leer en Internet. Los hermanos Wenstein piensan reestrenar la película en USA pero esta vez en dos partes para así aumentar la recaudación, que parece ser no ha sido la esperada.
Centrándonos ya en la película, tan sólo decir que se trata de un homenaje divertidísimo a esas películas cutres de los años 80 en la que pululan zombis, chicas explosivas, coches de carreras, etc. Teniendo esto en cuenta, hay que acercarse a ella como lo que es, un homenaje con el que experimentamos lo que Tarantino y Robert Rodríguez sentían al ver este tipo de películas de “clase Z”.
En cuanto a los falsos trailers, todos me parecieron geniales, especialmente el de la Mujeres Lobo de la SS. Me encantó el look retro durante todo el metraje con esos anuncios diciendo que falta un rollo de la película, con unos gránulos más que grandes y con el negativo quemado.
Planet Terror es la eterna historia de zombis, pero pasada de rosca. Me gustó mucho la presentación de los personajes así como la estética ochentera. De hecho, hay momentos en que parece que la película está dirigida por John Capenter (fijaos en la música). Hay mucha, acción, hemoglobina y humor a partes iguales. Funciona a la perfección como parte del todo Grindhouse. Como una película independiente perdería todo su encanto.
Death Proof es Tarantino 100%, porque lo que a sus fans no les va a decepcionar. Los diálogos son ingeniosos y las actrices se desenvuelven de maravilla como chicas duras. Aquí el director homenajea a clásicos como Vaniching Point o Los Caraduras y consigue ese look cutre setentero que buscaba. Atentos a la persecución de coches final. De lo mejor nunca visto. Al igual que Planet Terror, la propuesta no funcionaría como una sola película. De hecho, sería ridícula.
Hay que hacer hincapié en Grindhouse como un divertidísimo todo indivisible que consigue lo que sus directores buscaban, que no es otra cosa que rendir tributo a una forma de hacer cine ya extinta.
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No es de extrañar que, en general, al público ávido de diversión salvaje y despreocupada al que gustó la de Rodríguez, le decepcionara la de Tarantino. Pero que nadie se confunda: Death Proof no es aburrida en absoluto. El problema es que demasiada gente entró al cine esperando ver bien otro Kill Bill, bien un Planet Terror aún mejor. Y esta película no era nada de eso.
Death Proof es, efectivamente, una película menos divertida que Planet Terror. Pero no por fallida, sino porque es, desde el momento de su concepción, mucho más seria.
A diferencia de Rodríguez, Tarantino no se aleja de la realidad, no deja al espectador una distancia de seguridad para poder ver la brutalidad de la escena desde una perspectiva humorística. Por el contrario, Tarantino acerca al espectador a la brutalidad de la historia, retrasando todo lo que puede el momento inevitable en el que el psicópata de la cinta (un gran Kurt Russell) entra en acción, acercando al público a la vida de las protagonistas a través de esos diálogos aparentemente banales que él escribe como nadie (¿soy la única que piensa que son buenos los diálogos de esta película?), hasta que, finalmente, destapa la caja de los truenos (no por casualidad a través de una significativa mirada cómplice a cámara del psicópata) y no sólo da al espectador lo que éste esperaba, sino bastante más, llegando al punto de cortar la respiración con una espectacular secuencia de choque que ya ha pasado, por mérito propio, a la historia del cine. En suma: que allí donde Rodríguez divierte, Tarantino conmociona.
Y luego, en una segunda mitad de película mucho más adrenalínica, pero también con más concesiones al espectador, remata la faena con una espectacular secuencia de persecución (bien hecha, pero más típica de lo que los críticos tarantinófilos parecen dispuestos a reconocer).
Tarantino aprovecha la excusa del Grindhouse no tanto para hacer un divertimento menor y un homenaje a un tipo de cine, que era la premisa, como para hacer, una vez más, una película de autor, de nuevo con todas sus constantes (brillantes diálogos, excelente banda sonora, digresiones, referencias a la cultura pop de derribo, mantenimiento de la tensión a base de retrasar los momentos culminantes de la acción, y experimentación estructural). Desde luego Death Proof no es su mejor película; es irregular, rebosa cabos sueltos (es intencional, pero unos funcionan mejor que otros) y tiene un final abrupto en el que, al menos para mi gusto, se echa de menos un epílogo. Pero sí tiene algunos momentos dignos de entrar con letras de oro en su filmografía
Esa colisión que culmina la primera parte de la película es increíble, impresionante, tremenda. Y la escena en la que el Especialista Mike convence a Butterfly para que le haga un baile sexy, en la que él ejerce un poder de seducción que no parecía tener a pesar de que es evidente que a ella no sólo no le atrae, sino que le da miedo… joder, esa escena es de las mejores que ha hecho nunca Tarantino, una de las más intensas; me encanta.
Y los diálogos son tan brillantes como siempre. Y a quien le molesten los tacos pues que vaya a ver El Padrecito o las pelis del pequeño ruiseñor o como le llamen no?.
Tarantino le regala un papel a su medida a Zoe Bell para que sea por una vez la protagonista… pero si hay alguien que se come la pantalla cada vez que le enfocan, es Kurt Russell, que saca con nota el reto de un papel con muchos más matices de los que parece: su personaje puede ser seductor, aterrador o patético a lo largo de la película, según la situación.
Resumiendo: que Tarantino ha vuelto a hacer una película de Tarantino, de nuevo destinada a ser controvertida. Una de esas películas que (como Jackie Brown, como Kill Bill) son recibidas con división de opiniones y a las que el paso del tiempo acaba situando en un lugar de honor en la memoria. ¿Obra menor? Puede que sí, pero ¡ojalá todas las
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De todos es conocido que Quentin Tarantino es un cinéfilo empedernido, tanto puede mostrar su admiración por una película de Godard como por la más casposa de las “clase Z”. Esto se ve reflejado en sus películas en las que de forma más o menos clara ha tirado de referencias que van desde el spaghetti-western” hasta la “blaxploitation” pasando por el cine de artes marciales de los años 70.
El caso que nos ocupa supone un punto de inflexión en su filmografía; Death Proof supone un puñetazo en la mesa, y un autorevindicación. Lo que diuce este film es que se acabaron las referencias externas, Tarntino asume el rol de clásico del cine y decide que la referencia es el mismo, por eso se autohomenajea” constantemente y da primacía a lo que realmente el sabe y domina: el mundo de los diálogos.
Así, la película presenta un estilo crudo, directo, que articula en dos partes muy claramente diferenciadas. En una gira alrededor de la presentación de Stuntman Mike, donde es una presencia amenazadora pero sutil. Aunque parezca que lo importante es lo que el grupo de chicas acechadas dice de lo que se trata es de mostrar a Stuntman Mike como un lobo con piel de cordero, simpático, seductor pero con una sola mirada da sensación de peligro. Esto se de forma clara en el movimiento de cámara, que aunque parece centrado en las chicas siempre va aparar a Mike de una forma u ora. Esta parte se cierra con una de las explosiones de violencia más espectaculares que un servidor recuerda.
En la segunda parte del filme, Stuntman Mike no es más que una sombra, sabemos ya quien es y no se necesitan más detalles, de lo que se trata es de centrase y fijar en el foco en el nuevo grupo de chicas, adentrarnos en su personalidad y saber si serán víctimas fáciles para el asesino. Todo esto se articula mediante unos diálogos brillantes donde a pesar de que parezca que se habla sólo de insustancialidades en realidad se nos está dando mucha información para saber en que va acabar todo.
A partir de aquí el filme da un giro total mostrándonos la pericia de Tarantino en la filmación de escenas de acción, plasmado en una de las persecuciones de coches más espectaculares jamás rodadas y con un final épico por su crudeza, sequedad y humor negro.
Podemos decir que Death Proof es el paso definitivo de Quentin Tarantino hacia su madurez, un ejercicio de estilo agotador por la violencia y densidad y sequedad de la propuesta. Lo que vemos es un árbol podado hasta las ramas para apreciar que es lo que de verdad representa para Tarantino el cine.
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Quizá la mayor virtud de ésta película es su falta de pretensiones, cuya única intención es entretener, cosa que consigue y que no es poco.
En un momento en que todos los cineastas basan sus trabajos en ambiciosas películas con pretensiones de grandeza y de hablarnos de los temas político-críticos (¡los temas más morbosos vamos!) de más actualidad, Tarantino nos muestra las andanzas de “un grupo de chicas divertidas”, así de sencillo. Se divierten ellas y nos divierten a nosotros, encontrándonos ante una historia totalmente optimista y libertina sobre ¡un asesino!.
Vayamos por partes: Las/os actrices, todos magníficos, sin excepción, que lástima que haya resultado un fracaso en EE.UU. y no suponga como auguraban algunos (con la evidente referencia de Travolta) el relanzamiento de Russell (Serpiente Plesken inmortal!), pues este señor está que se sale a pesar de sus pocos minutos en pantalla (a continuación hablaré de la duración de la película). La fotografía que por primera vez realiza Tarantino (que no le viéramos en los títulos de sus otras películas como diré de fotografía no quiere decir que no la hubiera hecho) plasma perfectamente sus intenciones “añejas”, no se complica en exceso, se puede decir que está rodada con calma, y se trata de una fotografía excelente sin más.
La música como siempre, una selección te temas pop/rock setenteros y tracks de diversas películas de la misma época. Al igual que en el resto de trabajos de Tarantino, a excepción de Kill Bill, no hay B.S.O. . Por cierto, me parece precioso el hecho de haber contado con el tema principal de “Impacto” de DePalma, compuesto por Pino Donagio, aunque eso sí, el momento en que lo usa me parece muy forzado, es algo así como “Chicas voy afuera un momento ha hablar por teléfono y a hacer el homenaje a De Palma, ahora vuelvo”.
De la dirección de Tarantino, como ya apunté hablando de la fotografía, es excelente y muy contenida, no se ha complicado con esos “travellings DePalmianos” que seguro que irritaron a Robert Richardson ni nada por el estilo.
La acción, o sea, la persecución final, de las mejores que se recuerdan. (la última persecución moderna digna de recordar es la de la aceptable Ronin, y ya han pasado diez años…).
Vamos con el guión. Es evidente que la película está cortada para la doble sesión con Planet Terror, ya que la sensación más importante que se queda tras verla es que es muy corta, o quizá mejor dicho (que hace años no tenían la tendencia de hacer películas de tres horas como ahora), que sucede muy poco en ella. Por ello creo que (aunque eso no haga que los Europeos no hayamos sido “fastidiados…” por la NO doble sesión) la película que se estrene entre los no anglosajones será mejor, más completa. Los diálogos, que decir de ellos, pues que Tarantino continua siendo, junto a W. Allen, el mejor escritor de diálogos desde el hollywood clásico.
Recomiendo encarecidamente a todo el mundo que la vea, que no hace falta se un “super-freak” (como he oído por ahí a algún “crítico”) del cine de explotación de los setenta para apreciar y disfrutar de la película, eso si seamos sinceros, un poquito cinéfilo sí que hay que ser, tampoco es una película adecuada para el espectador “medio” que generalmente acude al cine a ver por ejemplo Spiderman o Piratas del Caribe. En los tiempos que corren, en que se pueden contar con una mano las películas decentes que se estrenan cada años, esta es un regalo impagable.
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Veo un gran problema en Death Proof, la solución: le quitaba de raíz más de la mitad de los diálogos, algunos realmente extensos, de hecho la primera escena me dio la sensación que se alargaba hasta la mitad del metraje. No destacaría nada mas aparte de las excelentes escenas de coches, el resto muy pesado, demasiado dialogo sin interés… ya es que apenas hay debates como la letra de “Like a Virgin” (Reservoir Dogs) o el cuarto de libra con queso (Pulp Fiction) sino que sencillamente no hay chispa.
Puntos de interés:
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Para las escenas de acción Tarantino ha reclutado a una tal Zoe Bell, especialista que se interpreta así misma en las escenas de acción.
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También destacaría el primer choque (bien avanzada la película) y las espectaculares consecuencias de cada uno de los ocupantes del “coche perdedor”.
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El final muy bueno, casi me atrevería a decir que solo por los quince minutos finales ya merecen el visionado de esta película, la capacidad de síntesis en el último minuto ha sido brutal…. a mí me faltaba el aire de lo que me he podido reír.
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No sé yo si funcionaria bien un visionado seguido de las dos películas, la de Rodríguez no dejaba tregua al espectador, en la de Tarantino te puedes ir al servicio dos o tres veces que con suerte no te pierdes nada interesante
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Quentin Tarantino comienza a acercarse peligrosamente al terreno de Kevin Smith: Sus últimos filmes no son más que un conjunto de gamberradas e ideas más o menos ingeniosas sustentadas por historias dominadas por la gratuidad. Mucho de lo que aparece en pantalla es eliminable o alterable en aras de una narración más fluida: ¿Por qué aparece el personaje de Walter Parks si luego no reaparece? ¿Por qué ir a comprar el auto de Punto límite cero si las chicas podrían haber sido poseedoras de un coche así y ahorrarnos momentos innecesarios? ¿Por qué diablos tanto diálogo que no aporta nada a la trama?
La respuesta es sencilla: Quentin se ha vuelto autocomplaciente. Dedica demasiados minutos a personajes que luego desaparecen de la historia. Introduce multitud de chistes autoconscientes en su película (ejemplo.: El tema “Broken nerve” de Kill Bill como politono del móvil de un personaje, que unido a la aparición del sheriff tejano del mismo filme dibuja un universo cerrado y esquizoide) , rellenando inútilmente minutos de metraje.
Y es que Tarantino. no hace cine: Hace tesis doctorales sobre los géneros. Aunque se justifique mencionando el trabajo de Spielberg y Lucas con los seriales cliffhanger, cae en un error capital: Donde Spielberg destila, Tarantino compendia. Películas como Death Proof no son más que un conjunto de momentos clave visto en una serie de películas. Tarantino ya no aporta, como hacía en Pulp Fiction. No. Únicamente suma.
Por otro lado, las claves de este cineasta comienzan a repetirse cansinamente: Momentos basados en la banda sonora (que luego se harán famosos y sonarán en mil y un anuncios y programas de TV), diálogos preñados de tacos gratuitos y construidos sobre la nada, fetichismo con los pies femeninos (este hombre está obsesionado con ellos, está visto) y referencias cultistas varias sobre largometrajes ignotos.
En resumen: Tarantino ha llegado a un callejón sin salida creativo que no le permite evolucionar. Además, se ha vuelto poco autoexigente, lo que le lleva a crear escenas demasiado largas, historias con una estructura deficiente, momentos basados en el “porque sí” y guiones con poco que decir.
Ha llegado la hora de que el cineasta de Knoxville de un paso hacia delante y evolucione. Su última trastada comienza a sonar a cantinela ya escuchada.
Me quedo con el Planet Terror de Rodríguez. Es un filme mucho más simpático, honesto y respetuoso. No mira con desdén y superioridad al cine de clases B y Z, como sí hace Tarantino, adalid de la postmodernidad cinematográfica
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Primero me gustaría decir que Tarantino y Rodríguez concibieron Grindhouse para que las 2 películas y los trailers (estupendo el de “Machete”) fueran presentados de manera conjunta, por lo que no creo que se pueda valorar correctamente lo que ellos querían mostrar y lo que se nos ha enseñado finalmente.
Porquerías de empresas cinematográficas aparte y valorando Death Proof por separado, la película tiene casi todo lo esperable en un film de Tarantino: geniales diálogos en los que es imposible desconectar, mucho humor ácido, tacos, sangre, acción… y sobretodo muchísimo entretenimiento. Se le podrán criticar muchas cosas a Tarantino, pero desde luego este hombre sabe hacer cine.
Sin embargo, he dicho que la película tiene “casi” todo lo esperable en un film de Tarantino y es que falta algo que estuve esperando todo el rato: “algún as en la manga en el guión”. Ya sé que no va hacerlo en cada película, pero es que las sorpresas de guión que Quentin nos enseña en Kill Bill o Pulp Fiction, por ejemplo, lo convierten en un director único y me tiene un poco mal acostumbrado. Por esto, ya espero genialidades así en todas sus películas.
De todas formas, Tarantino nos deja una película que quizá no esté al nivel de algunas de sus anteriores películas, pero este director sigue estando muy en buena forma
Cuando te enteras de que uno de los mejores directores de hoy en día va a hacer una película y que encima será una composición con uno de sus amigos, y no una película a secas, la espera hasta que llega al cine se hace eterna. El argumento de la película es el típico de película de miedo americana de las malas y para adolescentes con ganas de ver bonitos cuerpos en pantalla. Pero como todo lo que toca Tarantino va mucho más allá de un asesino al volante. Todo empieza como las películas de este tipo, jóvenes guapas con bonitos traseros que se cuentan sus cotilleos mientras van de camino a una fiesta sólo de chicas (el padre americano que desconfía de su hija no puede faltar −aunque no aparezca−). Alcohol, proposiciones subidas de tono, más chupitos y más buena música. Pero entre tanto tópico, no podían faltar esos personajes con estilo que tanto sabe recrear este hombre.
La película tiene dos partes, la típica predeciblemente americana con escenas de desfase e incluso de miedo, y la otra en la que las protagonistas son chicas con las que “no se puede jugar”. La trama da un giro inesperado, en el que Rosario Dawson deja bien claro que nada es lo que parece.
Escenas rodadas como si de una película de bajo coste se tratara (películas de los 70 a las que rinde homenaje), sólo los que sepan hasta dónde puede llegar el director se darán cuenta de los “no fallos” de la película. Muy bien ambientada, una banda sonora que acompaña a la perfección, algún que otro detalle recordando a sus otras películas, y sobre todo, un final muy bien logrado.
Tarantino coge los trozos que le gustan de las pelis que le han influido y los remezcla para fabricar nuevas películas. Al igual que pasa con sus émulos musicales, la pregunta es: ¿Se puede considerar cine a sus películas o simplemente remixes bien hilados de películas de otros?. Sospecho que en la respuesta a esta pregunta se contiene la clave de si Tarantino es buen o mal director.
Mientras lo pensamos él a lo suyo. Ahora estrena Death Proof una película que más bien parece una broma de borrachos demasiado tomada en serio. Lo que podía haber sido un corto impactante y molón se convierte en un filme espeso, cuyas referencias estilísticas -esa estética cutre que sí respetaba escrupulosamente “Planet Terror”- van diluyéndose a partir de la mitad del metraje. Los diálogos como tiros marca de la casa le fallan esta vez al director; nos somete a un aburridísimo prólogo a cargo de tres chicas con diarrea verbal cuyas conversaciones podían haber salido de “la Juani” de Bigas Luna. No falta por supuesto, el tan necesario baile sexy (Vanessa Ferlitto es la agraciada a la que le toca el papelón) para que, por si acaso la película no triunfa, por lo menos los pajilleros queden contentos. Para salpimentar, cameos de Eli Roth y Robert Rodriguez (seguro que más gente que se me olvida) totalmente prescindibles. Y el pobre, gordo y vejete Kurt Russell con un personaje que se le queda enorme y al que no agracian con prácticamente ningún diálogo memorable que le salve de la estulticia absoluta. Eso sí, le dan un coche divino y le ponen un nombre molón -Stuntman Mike- para que no nos demos cuenta.
Cuando llegamos cansinamente a la segunda parte de la película, nos encontramos a la siempre estupenda Rosario Dawson y a la magnífica Zoe Bell y la cosa mejora un poquito. Hay una persecución trepidante con dos coches que imagino serán míticos para los que conozcan de esas cosas y un final tan absurdo que una de dos:
1) O te parece buenísimo, la última genialidad de Tarantino; o
2) Te parece que el hombre, cansado ya de alargar la broma, hizo lo primero que se le pasó por la cabeza. Yo me inclino por lo segundo.
Uno de los interrogantes cinematográficos que con más insistencia se me han planteado a lo largo de los últimos años es por qué un director tan ramplón y guionista tan torpe como Quentin Tarantino se ha podido encaramar a la cima de los cineastas de culto del cine contemporáneo. Debo de ser un carca redomado, porque la única película de este individuo que me gusta, es Jackie Brown, por casualidad, la más “clásica” de sus mediocres creaciones. Saltó a la fama por Reservoir Dogs, película cuyo principal logro consistía en diseccionar una insulsa historia violenta en segmentos alterados cronológicamente. ¿Alguien ha probado a hacer un montaje cronológico de Reservoir Dogs? La “genial” historia de Quentin pierde todo su encanto. Es puro artificio. La mejor constatación de esto reside en que un segundo visionado de la cinta decepciona por completo, una vez se conoce el desenlace. Algo parecido a lo que ocurre con Tesis, del sobrevalorado Amenábar. Siempre he pensado que freír un huevo haciendo el pino no tiene por qué otorgar un plus de sabor sobre otro frito a la antigua usanza; por eso nunca he soportado a los presuntuosos que se creen que por complicar innecesariamente las cosas están creando obras maestras. Pero está visto, para un sector de los culturetas del movie, cualquier cosa que se aparte del modelo “comercial” de toda la vida merece el calificativo de sublime.
Pulp Fiction me pareció flojísima, y mucho más los Kill Bill. Soy un retrógrado trasnochado. Y sin sentido del humor. Tarantino tiene el dudoso honor de perpetrar algunos de los diálogos más ridículos de la historia del cine (Julio Medem al margen), aunque no cabe regatearle talento para las secuencias de acción. Un oasis en medio del desierto. Death Proof es irregular y decepcionante, sobre todo en su parte final. La primera historia, eliminando los insufribles diálogos iniciales (¿por qué semejantes estupideces se han convertido en seña de identidad de este elemento?) es de lo mejor de Tarantino. Pero la segunda parte es completamente prescindible. En el país de los ciegos, dicen, el tuerto es el rey. También dicen que hombre refranero, hombre majadero, pero yo confío en que el tiempo acabe poniendo a cada uno en su sitio y Tarantino pase a la posteridad como uno de los mayores fiascos de la historia del cine de los últimos años. Nadie le discute su talento para el marketing, pero ser un verdadero director requiere algo más que descaro y presunción. Puro bluff.
Death Proof contiene algunos pasajes estimables, como el baile subidito de tono de Vanesa Ferlito, la cañera banda sonora –la mejor virtud de Tarantino-, o la composición de Kurt Russell como macarra pervertido y misógino, otra constante en los films del amigo Quentin. Sin duda, lo mejor es el desenlace de la primera historia, el brutal choque entre los dos vehículos. Impactante. La segunda parte, sobra.
Todo lo que sorprende en la mitad inicial, se torna superfluo y reiterativo en la segunda. Aparte de las regiones glúteas de las protagonistas, desde que el blanco y negro se convierte en vívido color, el tono de la historia se torna gris, tirando a negro, negrísimo. La peripecia female-vindicator de la persecución final es ridícula y lo único que hace es restarle fuerza a la brutal resolución de la primera historia. Parece que el sheriff se decidió por el televisor.
Lo que podría haber sido una demoledora y sarcástica creación de un psicópata misógino, acaba convertido en una patética comedieta de superwomen karatekas, al más puro estilo Kill Bill.
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Desde que en 1992 debutó con la brillante Reservoir Dogs hasta esta Death Proof, el cine de Quentin Tarantino ha experimentado un proceso de estilización progresiva. Con cada película, Tarantino se ha ido alejando más y más del modelo de cine narrativo clásico consagrado por Hollywood (esos tipos que afirman contra toda evidencia que Forrest Gump es mejor que Pulp Fiction) para levantar una filmografía arriesgada y fuertemente personal.
Death Proof es la película más valiente que ha rodado Quentin Tarantino hasta la fecha, la que menos concesiones hace a la platea. Todavía más que en Kill Bill, la narración queda reducida a su mínima expresión: sólo dos secuencias dramáticas (una fiesta en un tugurio mexicano y una interminable persecución automovilística) sustentan la mayor parte del metraje de una película que, en su versión independiente de Planet Terror, supera las dos horas de duración. No cabe duda de que Death Proof es la película más árida de la filmografía de Tarantino para el espectador no iniciado, la que abusa de una forma más evidente de los tiempos muertos, las conversaciones banales, los excesos estéticos de la acción y los caprichos y obsesiones personales del realizador, como su inseparable fetichismo por los pies femeninos.
Y es que, en Death Proof, el espectáculo está en otra parte. El espectáculo está, una vez más, en el diálogo con el cine de género (el terror grindhouse en esta ocasión), en el juego de reflejos y variaciones frente a los patrones preestablecidos. Al mismo tiempo que homenajea a sus clásicos favoritos de la “clase B” (desde Punto límite: cero hasta Faster, Pussycat, Kill, Kill!), Tarantino subvierte uno de los grandes tópicos del cine de terror contemporáneo, el que presenta a las mujeres como sujetos pasivos, meras comparsas a la espera de ser asesinadas por el psicópata de turno.
Las heroínas de Death Proof no son “scream queens”. De hecho, son lo opuesto a una scream queen: beben más alcohol, fuman más hierba y dicen más tacos que cualquier tío, y si alguien se mete con ellas, puede irse preparando. En el extremo opuesto está el especialista Mike, encarnación paródica del macho dominante venido a menos a la que saca un sorprendente partido un inspirado Kurt Russell.
Pero más allá del juego genérico al que Tarantino nos tiene habituados, sobrevuela Death Proof una visceral declaración de amor al cine artesanal, al cine hecho de verdad. Por eso ofrece un papel protagonista a dos especialistas como Monica Staggs y Zoe Bell, que por una vez se convierten reinas de la función. Además, Tarantino se viste de director de fotografía para devolvernos las imágenes sucias y los colores desvaídos de los cines de barrio, y salpica la película de marcas, ralladuras y empalmes inesperados. Al igual que el especialista Mike, Tarantino está harto de la asepsia de lo digital, y reclama un retorno a la realidad de la acción y a la materialidad del celuloide (por más que en las copias baratas siempre se pueda colar algún rollo en blanco y negro).
Sus detractores suelen acusar a Quentin Tarantino de construir juguetes huecos, de ser incapaz en su discurso de trascender lo puramente cinematográfico. Sin embargo, lo cierto es que en una época como la actual en la que tantos cineastas niegan tan alegremente la importancia de la forma, una película como Death Proof resulta casi una trasgresión.
Quentin Tarantino, Vanessa Ferlito – Death Proof

Quentin Tarantino, Kurt Russell – Death Proof.
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