Hombres-lobo en el cine

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El empleo del término hombre-lobo continúa hasta nuestros dí­as, pero su origen se remonta a una creencia originada hace siglos de que los animales y los humanos podí­an compartir el mismo cuerpo…

¿Hombres Lobo en la Actualidad?

El mito del hombre lobo continúa hasta nuestros dí­as, pero su origen se remonta a una creencia originada hace siglos.

La terrible figura del hombre lobo surge desde un pasado remoto y oscuro, pero aún permanece entre nosotros: Sociedades secretas de guerreros y cazadores lobo, lobizones, chamanes capaces de transformarse en el espí­ritu del bosque, brujos que se metamorfosean bajo la Luna para darse un festí­n de sangre y violencia… Los hombres-bestia no son sólo un mito; son un fenómeno complejo que se ha ido desarrollando, entre el bien y el mal, a lo largo de la historia.

“Nada saltó del ataúd. Y aunque el hombre que yací­a allí­ dentro hubiera querido saltar, no habrí­a podido; tení­a manos y pies sujetos con clavos al fondo del féretro. Tendrí­a unos cincuenta años y llevaba una camisa y unos pantalones de pijama, las dos piezas cubiertas de sangre. Además de los pies y manos atravesados por gruesos clavos, tení­a un crucifijo clavado en el corazón y otro en la frente… -¿Quién es este tipo?, pregunté… -El hombre-lobo, respondieron al uní­sono… -Era un hombre-lobo cuando lo cogimos, pero tan pronto como lo matamos atravesando su corazón con la cruz, volvió a convertirse en hombre… La semana anterior, la gente del pueblo habí­a encontrado en los campos los cadáveres mutilados de cuatro personas, un hombre, dos mujeres y un niño… Dos noches más tarde, tres vecinos vieron una criatura extraña del tamaño de un hombre, que caminaba sobre las patas traseras. Su cuerpo estaba cubierto de pelo largo y negro, y tení­a una cola larga. Encima de la cabeza, que era la de un perro enorme, brillaba una luz débil. Y sus ojos eran de color rojo”.

Estas espeluznantes declaraciones pertenecen a Douchan Gersi, investigador, escritor, y productor de series documentales quien, en sus viajes a través de Haití­, descubrió sorprendido que la creencia en el hombre-lobo no sólo seguí­a viva, sino que hasta los periódicos se hací­an eco de los testimonios de gentes que afirmaban haber visto a la mí­tica bestia poseí­da por una entidad vudú conocida como Loa Petro.

El hombre-lobo sigue tan vivo como hace 500 años. Hasta no hace mucho, como en un caso registrado en 1946, los indios navajos perseguí­an a miembros de su tribu a los que consideraban hombres-lobo dedicados a la magia negra y, en 1957, la policí­a de Singapur investigó el caso de un hombre-lobo que aterrorizó a las enfermeras de una residencia. Una de ellas afirmó haber visto “una cara horrible y peluda, con grandes colmillos salientes”.

En 1988, la Fox Broadcasting Company recibió más de 340.000 llamadas de espectadores que afirmaban haber visto hombres-lobo a los que acusaban de diferentes asesinatos no resueltos por la policí­a. El cine y la literatura se han encargado de difundir la imagen del hombre que, convertido en bestia, se deja emborrachar por los apetitos más oscuros y tenebrosos del ser humano. La realidad es mucho más compleja, y aún más fascinante. Existen hombres-lobo involuntarios, personas que no pueden evitar la transformación y son ví­ctimas de una maldición que destroza su vida y la de otros. Pero existen otros que afirman metamorfosearse a voluntad. Algunos de estos últimos están del lado de la luz; otros, del de las tinieblas.

Chamanes y transformaciones psí­quicas

En muchas culturas, el lobo no es sólo un animal, se le considera un “espí­ritu”, una fuerza sobrenatural cuyo poder recorre los bosques. Para algunas tribus amerindias, un lobo arquetí­pico es el Creador de todo. No es de extrañar entonces que sea uno de los espí­ritus ayudantes favoritos de muchos chamanes, especialmente entre los lapones, cuyos espí­ritus-lobo les permite asumir la forma y habilidad de este animal.


Chamanes y brujos de muchas culturas creí­an poseer espí­ritus de animales en su interior.

Erik T. forma parte de una comunidad escandinava en la que han sobrevivido buena parte de las técnicas mágicas que se empleaban en el mundo germano y otras aprendidas de un contacto secular con la comunidad lapona. Muchas de esas prácticas, habituales hasta hace menos de un siglo entre los lapones y fineses, poseen rasgos chamánicos muy fuertes. Entre ellas se cuenta la práctica del viaje extático bajo formas animales mediante lo que se ha dado en llamar “transformación psí­quica”. Así­ nos relata su primera experiencia en este sentido, una especie de primera toma de contacto con otras formas de percepción diferentes a la humana, en su caso la de un lobo: “Caminábamos de noche por el bosque. Habí­amos estado recogiendo ciertas plantas… Comencé a tener una extraña sensación en el estómago. En los oí­dos, un zumbido que parecí­a nacer entre el paladar y la nuca. Estaba entrando en una especie de trance (…). Las sensaciones se incrementaron y, en un instante, sentí­ salir del abdomen la figura de un lobo conectado a mi cuerpo por un hilo luminoso hasta una distancia de unos cuatro metros delante de mí­”.

En otros casos el chamán afirma ser capaz de incorporar su conciencia al cuerpo de un animal ya existente. Sea de una forma u otra, hay una afinidad psí­quica, una especie de parentela del alma entre el chamán y el animal en el que se transforma. Vale decir que si bien la transformación fí­sica, en estos casos, no tiene lugar, psí­quicamente es un lobo, posee su naturaleza. La pregunta ahora es: ¿puede tener lugar una transformación fí­sica real?

Muchos viajeros, exploradores y militares afirman haber tenido extrañas experiencias que parecen avalar la capacidad de algunos hechiceros para trascender la propia forma. Tal es el caso de Frederick Kaigh, un inglés que en los años 30 y -cerca de la frontera congoleña con Rhodesia-, vivió una aventura realmente espeluznante. Oculto en la copa de un árbol quiso ver con sus propios ojos una ceremonia secreta. Un nyanga, un hechicero disfrazado de chacal, ejecutaba una ceremonia entre el ruido de los tambores tocados por la congregación. De repente, se oyó un lejano aullido de chacal.

El nyanga contestó a la llamada y numerosos animales respondieron al grito. Entró en un estado de frenesí­ tal, que su imitación del animal parecí­a de una asombrosa realidad. Tras una danza terrible y bestial, cayó en trance. Poco después, un hombre y una mujer desnudos saltaban hací­a donde yací­a el nyanga y comenzaron a su vez a imitar a los chacales. De repente, asistió a un fenómeno que años más tarde aún no sabí­a si atribuir a una especie de hipnosis colectiva o de acción sobrenatural: “para mi asombro e incredulidad, vi a la pareja convertirse en chacales ante mi vista”.


La unión del animal y el hombre dio como fruto el monstruo.

Hijos de la fiera

Pero el parentesco psí­quico con el lobo no es exclusivo de hechiceros, cuya transformación, aunque voluntaria, implica una “posesión”, una irrupción en la consciencia de los peores instintos de ambas especies, humana y lobuna; ni de los chamanes, quienes adquieren las virtudes positivas del lobo, en tanto que “espí­ritu” benéfico del bosque, a la vez que conservan su conciencia. Lo hayamos también en el Totemismo, una creencia muy extendida entre muchas culturas del planeta según la cual, el clan tiene como antepasado a algún animal mí­tico. El antepasado directo de muchos clanes, sobre todo entre los indios norteamericanos de la costa norte del Pací­fico, es el lobo. Durante las ceremonias y danzas rituales, los bailarines llevan máscaras y vestidos de lobo y sus movimientos imitan los del animal mí­tico y las acciones heroicas que dieron lugar al nacimiento del clan. Desde su punto de vista, los miembros de estos clanes son auténticos hombres y mujeres lobo. Como también lo son, desde el suyo, los integrantes de las sociedades secretas del lobo.

Restos de antiguas tradiciones se dan también en el caso de los franceses “meneurs de Louis”, los encantadores de lobos, personas vinculadas a la tradición brujeril, en la que perviven probablemente algunos rasgos menores del antiguo druidismo galo.

Estos seres, voluntariamente aislados de la sociedad como ermitaños o flautistas itinerantes, iban siempre acompañados de lobos, sus únicos amigos, que les seguí­an hechizados por la melancólica música de sus flautas. La misma fascinación parecí­an sentir los lobos hacia Ana Marí­a Garcí­a, nacida en 1623 en el pueblo asturiano de Posada de Llanes, a quien llamaban “la Lobera”, porque iba de un lado para otro y “andaban los lobos con ella”. La Lobera afirmaba que el poder sobre los lobos le habí­a sido transmitido por otra bruja asturiana, Catalina González, lo cual podrí­a indicar la pervivencia, en el norte de España, de una cadena iniciática de encantadores de lobos.

Los hombres-lobo brujos en el pasado

Famoso es el caso ocurrido en Dí´le, Franco Condado, en 1573, donde el Parlamento se hizo eco de las denuncias de varias localidades, según las cuales, “en los últimos tiempos se ha visto con frecuencia un hombre lobo, que al parecer ha apresado a varios niños pequeños, a quienes no se ha vuelto a ver”.

El 9 de noviembre, unos campesinos rescataron a una niña de las fauces de un enorme lobo. Éste escapó, pero algunos testigos creyeron reconocer en la bestia los rasgos de Gilles Garnier, “el eremita de Saint Bonnot”. Seis dí­as después, la desaparición de un niño de 10 años provocó el apresamiento de Garnier, quien confesó ser un hombre-lobo y haber matado y devorado a varios niños. La carne de una de sus ví­ctimas le pareció tan exquisita que le llevó un trozo a su mujer. El eremita de Saint Bonnot fue quemado vivo el 18 de enero de 1574.


Algunos hombres lobo se transformaban a voluntad.

La intervención diabólica y la relación con la hechicerí­a queda patente en un caso ocurrido treinta años más tarde en las Landas, donde un pastor de 14 años, Jean Grenier, confesó que “cuando tení­a diez u once años, mi vecino, Del Thillair, me presentó, en las profundidades del bosque, al Maí®tre de la Foríªt, un hombre negro que me hizo una señal con una uña y nos dio a Del Thillaire y a mí­ una piel de lobo y una pomada. De vez en cuando, corro por el campo bajo la forma de un lobo”.

Según su declaración, tras ponerse la piel de lobo y untarse con el ungüento, se transformaba en lobo, aspecto bajo el cual habí­a devorado a más de cincuenta niños de la comarca. El tema del cinturón de piel de lobo reaparece en otro proceso famoso, esta vez alemán. El acusado, Peter Stubbe, afirmaba estar en posesión de un cinturón mágico de piel de lobo, “proporcionado por el diablo”, que le daba la capacidad de transformarse en lobo. De esta forma, atacó, violó y devoró a muchas ví­ctimas, entre las cuales se hallaban dos mujeres embarazadas, de las que extrajo el feto para comerse el corazón caliente del mismo.

Desde los doce años, Stubbe habí­a practicado la magia negra. Finalmente, fue encontrado culpable de cometer incesto habitualmente con su hija y su hermana y de algo mucho más terrible: haber derramado toda su maldad sobre quien él llamaba el alivio de su corazón, su propio hijo, a quien condujo a un bosque “donde lo asesinó con la mayor crueldad, hecho lo cual, le sacó realmente los sesos fuera de la cabeza y se los comió”.

Tras sus espantosas declaraciones, Stubbe fue torturado en la rueda, lo desollaron mediante tenazas al rojo vivo, le rompieron brazos y piernas, fue decapitado y, por último, se quemó su cuerpo junto al de su amante y su hija, condenadas ambas a arder vivas como cómplices de sus fechorí­as.

Transformaciones en animales


La bestia aflora del interior ¿Pero de la mente o es fí­sicamente?

Las tradiciones de diferentes culturas afirman que el hombre posee varias almas, una de las cuales es la de un animal o un vegetal y que a veces “reside” realmente en uno de estos seres. Desde el punto de vista tradicional, esta creencia equivales a decir que entre el Ser inmutable e incalificable y la forma manifiesta en lo material existen diversos estratos psí­quicos intermedios, más concretos y limitados cuanto más nos acercamos a la forma asumida tal como la percibimos en este mundo. Cuando esta forma muere, el Ser adopta otra. Pero al igual que la materia fí­sica del cuerpo se descompone en múltiples partes que van a integrarse en otros cuerpos (parte de nuestra materia puede haber formado parte antes de una fruta, un cristal o una estrella ya desaparecida), la sustancia psí­quica se desintegra a su vez, yendo a conformar la materia psí­quica de otros seres.

Pero los rasgos psí­quicos asimilados dentro del edificio mental no tienen por qué ser los heredados de otros seres humanos, sino que abarcarí­an los de otros muchos seres, incluidos los lobos. Si esos rasgos son lo suficiente intensos, podrí­an, en algún caso, apoderarse de la conciencia del individuo. Y ahí­ comenzarí­a la maldición del hombre-lobo.

Todo ello nos lleva a la gran pregunta. ¿Puede tener lugar la transformación real? La respuesta quizá la tenga de nuevo el chamán. Para él, la realidad fí­sica que percibimos no es la auténtica, sino un agregado de sensaciones e interpretaciones consensuadas, algo que la fí­sica cuántica parece confirmar cada vez más. Los colores, las sensaciones, los sonidos, no existen, son sólo radiaciones, ondas de presión, partí­culas que interactúan, un manojo de “fantasmas” mentales con los cuales levantamos un modelo del mundo que en realidad no es el mundo. ¿Y si, en determinadas circunstancias, esa realidad construida por todos pudiese romperse, como decí­a Don Juan a Castaneda?, ¿y si pudiera ser remodelada? Nosotros no tenemos la respuesta. Quizá la tenga ese astro pálido y redondo que mira a través de la ventana. ¡Un aullido! En el crepúsculo se abre la grieta entre los mundos. Es la hora del lobo.

Licantropí­a e Inquisición


¿Hombres lobo o asesinos en serie?

Desde el siglo XV al XVIII, muchos asesinos en serie e incluso gente inocente fueron juzgados como hombres-lobo e incluso vampiros y es que los métodos inquisitoriales se aseguraban de conseguir una confesión…

Peter Stubbe

Desde el siglo XV al XVIII, es probable que muchos ofensores sexuales fuesen juzgados como brujos, hombres lobo e incluso vampiros, por los fanáticos religiosos que condenaban cualquier actitud o pensamiento que no coincidiese con los dogmas establecidos por ellos.

Obligaban a las personas detenidas, a confesar la comisión de crí­menes, pactos con el Diablo, y las más diversas actividades brujeriles aunque éstos no las hubiesen cometido, por razones tan simples como la excentricidad, la fealdad, la falsa acusación por parte de un vecino, o la deformidad fí­sica…, sometiéndolos a crueles torturas con el propósito de arrancarles, no sólo los miembros, sino una confesión de culpabilidad.

En el Museo Británico y en la Biblioteca de Lambeth, se encuentran los dos ejemplares originales de una acusación de licantropí­a de las más conocidas: el caso de Peter Stubbe, el “hombre lobo” alemán ejecutado en 1589 en la localidad de Bedburg, cerca de Colonia… otro caso lastimoso de un hombre perdido por su propia confesión, forzado por la tortura, y a quien ya se habí­a condenado antes de que comenzara el juicio.

Lo cierto es que trece niñas, dos mujeres y un hombre fueron asesinados en la pequeña comunidad, algunas de las niñas asaltadas sexualmente y mutiladas, en el espacio de veinticinco años. El asesino, o asesinos, nunca fueron hallados.

Luego, arrestaron a Peter Stubbe tras ser identificado por unas personas a las que habí­a tratado de robar pocos dí­as antes. El hombre, enfrentado con la seguridad del tormento que le hubiese obligado a confesar cualquier cosa, admitió su culpa y proporcionó detalles de algunos de los crí­menes.

Stubbe confesó poseer un cinturón mágico que le transformaba en “lobo voraz y devorador, fuerte y poderoso, con ojos grandes y alargados, que brillaban como tizones de carbón por la noche, una boca grande y ancha, con dientes muy afilados y crueles, un cuerpo fornido y garras poderosas”.

Los que le acusaban, registraron el valle donde Stubbe dijo que habí­a dejado su cinturón mágico, pero no encontraron nada. Naturalmente jamás existió, como tampoco se transformaba en lobo, ni habí­a pactado con el Diablo… tales ingredientes en las confesiones de los acusados, cuando la hechicerí­a se añadí­a a la lista de presuntos crí­menes, eran la moda de la época.


No obstante esto no impidió a los jueces creer en su confesión. Por el contrario, declararon: “Se puede muy bien suponer que el cinturón ha ido a manos del diablo de quien provino”. Y la venganza fue terrible. Le condenaron a tener su cuerpo atado a la rueda, y le aplicaron tenazas al rojo sobre diez puntos distintos de su cuerpo hasta caerle la carne de los huesos; después de esto le rompieron los brazos y piernas con un hacha de madera, para finalmente cortarle el cuello en redondo y, luego, reducir su cuerpo a cenizas.

A pesar del fanatismo y la fantasí­a de los inquisidores con los delirios del hombre lobo, tampoco se puede destacar que Stubbe cometiese los actos que describe en sus declaraciones, pues en algunos de estos casos, sólo el verdadero culpable de los crí­menes podí­a haber proporcionado con exactitud la descripción de algunas de las mutilaciones en determinadas ví­ctimas.

Lo que sí­ es cierto, es que el asesino de las dieciséis ví­ctimas tení­a atemorizada a toda la región alemana, y el proceso del presunto culpable ganó enorme atención por parte de las gentes del lugar.

Estos son algunos fragmentos de dicho documento:

“Discurso verdadero declarando la vida condenable y la muerte de un tal Peter Stubbe, un terrible y malvado hechicero, que bajo la forma de lobo cometió muchos asesinatos, continuando esta práctica doble durante veinticinco años, matando y devorando hombres, mujeres y niños. El cual, por tales hechos fue apresado y ejecutado el 31 de octubre pasado en la Torre de Bedburg, cerca de la ciudad de Colonia, en Alemania:

En las ciudades de Cperadt y Bedburg, en la alta Alemania, se crió y nutrió un tal Peter Stubbe, que desde su juventud se sintió grandemente tentado al mal, y practicó las malas artes entre los doce y los veinte años, siguiendo así­ hasta hoy, sumergiéndose en los conocimientos de la magia, la nigromancia, la hechicerí­a, y trabando conocimiento con muchos espí­ritus infernales…

…este gran pecador no deseaba riquezas ni ascensos, ni menos se satisfací­a su fantasí­a con ningún placer externo, sino que poseyendo un corazón tirano y una mentalidad cruel y sangrienta, que estaba dispuesto a acometer. El Demonio, que comprendió que serí­a un instrumento adecuado para realizar todas las maldades posibles, un arma de destrucción, le entregó una faja que debí­a ponerse para transformarse en un voraz lobo, fuerte y poderoso, de ojos enormes y brillantes, que en la noche relucí­an como tizones encendidos, una boca ancha y profunda, con colmillos agudos y crueles, un cuerpo inmenso y aceradas garras. Y tan pronto como se quitase la faja volverí­a a adoptar su verdadera forma humana…

…Peter Stubbe se mostró muy complacido, ya que la forma de lobo armonizaba con su fantasí­a y su naturaleza, inclinada a la sangre y la crueldad, viéndose satisfecho con este don extraño y diabólico, ya que no podí­a acarrearle mal alguno, puesto que la faja podí­a ser escondida en cualquier sitio reducido. Así­ pasó a la consumación de los más viles y repugnantes crí­menes, ya que si alguna persona le enojaba, al momento ansiaba tomarse cumplida venganza, merodeando por la ciudad y sus alrededores en forma de lobo, no descansando hasta haberle destrozando la garganta a su ví­ctima y desmembrarla. Gozaba tanto con la vista de la sangre, que empezó de noche a vagar por los campos, ejecutando extremas crueldades. Y de dí­a iba ataviado por las calles como los demás, bien conocido por todos los habitantes, siendo a veces saludado por aquellos cuyas amigas e hijas habí­a asesinado, sin que nadie sospechase de él. En estas poblaciones vagaba arriba o abajo, espiando por si divisaba a alguna doncella, esposa o hija, que agradase a sus ojos y encendiese la pasión en su corazón, tras lo cual acechaba la ocasión en que su ví­ctima salí­a de su población, particularmente si lo hací­a sola, echando a correr tras ella, y con toda crueldad la asesinaba; también a veces, merodeando por los campos o los bosques, veí­a a varias jóvenes juntas, jugando o descansando, y de repente en su forma de lobo, se abalanzaba sobre ellas, y mientras las otras huí­an, él apresaba a una, y una vez realizada su lasciva hazaña, la asesinaba, y si le habí­a gustado alguna de sus compañeras corrí­a en su busca por todas partes y la separaba de las demás, pues tal era su velocidad y rapidez de movimientos gracias a su forma de lobo, que podí­a vencer a cualquier sabueso de la región; y tanto practicó estas maldades que toda la provincia empezó a temerle, espantados de aquel lobo siniestro y ávido de sangre. Así­ continuó sus diabólicas y condenables hazañas durante unos cuantos años, asesinando a trece jovencitas y a dos mujeres en cinta, a las que abrió en canal para quitarles los fetos, comiéndose sus corazones sangrientos y palpitantes, que para él eran exquisitos bocados que amortiguaban su feroz apetito…

…solí­a matar a menudo corderos y ovejas, como hacen los lobos, alimentándose con su sangre y la carne cruda, como si fuese un lobo auténtico, de forma que todos los que viví­an en aquellos parajes le temí­an como a una alimaña…

…mucho tiempo continuó su villana existencia, a veces en disfraz de lobo, otras como hombre, ya en las poblaciones, ya en los bosques y espesuras, donde una vez llegó a encontrarse con dos hombres y una mujer, a quienes deseó grandemente asesinar, para lo cual, y como conociera a uno de ellos por el nombre, se escondió entre unas matas, y lo llamó en voz alta. El aludido tendió la vista en derredor, y al no ver a nadie, fue a investigar por entre los arbustos, abalanzándosele el lobo y matándolo en el acto. Transcurridos unos minutos, y como el hombre no volviera junto a la otra pareja, el otro individuo internóse por la espesura con ánimo de buscarlo, ocasión que ya acechaba el infame lobo para repetir su hazaña. Pero no se libró tampoco la mujer, ya que al verse sola y desamparada en el bosque, echó a correr, pero el lobo logró alcanzarla y se precipitó sobre ella atacándola sexualmente. Lo cierto es que jamás volvió a encontrarse el menor rastro de esta pobre ví­ctima, aunque sí­ los cuerpos mutilados y devorados de sus compañeros.

Así­ vivió durante veinticinco años Peter Stubbe, sin que nadie sospechase que era el autor de tantas muertes y crueldades, durante cuyo tiempo asesinó y devoró a gran número de hombres, mujeres, niños, ovejas, corderos, cabras y otro ganado, ya que cuando le faltaban las ví­ctimas humanas hací­a presa en los animales…

…los habitantes de Colonia y Bedburg empezaron a salir de casa siempre armados a fin de poder repeler en caso necesario los ataques del lobo…

…todos los habitantes tení­an grandes perros al acecho de la fiera, hasta que por fortuna lograron acorralarle, de modo que viéndose el lobo perdido, arrojó lejos de sí­ la faja, apareciéndose en forma humana con un cayado y yendo en dirección a la ciudad. Pero los hombres que seguí­an a los perros no se dejaron engañar y lo apresuraron. Poco después fue llevado a la ciudad de Bedburg, pero temeroso del tormento, voluntariamente confesó todas sus maldades, cometidas en el espacio de veinticinco años, confesando asimismo que el Diablo les habí­a entregado la faja, que arrojara en el valle antes de ser apresado; los magistrados enviaron a buscar la faja, que no fue hallada. Ya que el Diablo, habiendo logrado su propósito, la perdición de su aliado, le dejó entregado a los horrores del tormento.

Tras haber estado preso cierto tiempo, los magistrados examinaron el caso escrupulosamente, señalando que su hija Bell Stubbe y su comadre Katherine Trompin eran accesorios a los crí­menes cometidos, siendo condenadas juntamente con Peter Stubbe el 28 de octubre de 1589.

Peter Stubbe, como principal encartado y malhechor, fue condenado a la rueda, siéndole quemada la carne con hierros candentes en diversos lugares del cuerpo, tras lo cual debí­an rompérsele las piernas y los brazos mediante hachas, separada la cabeza del cuerpo y reducidos los restos a cenizas.

Su hija y su comadre también debí­an ser reducidas a cenizas la misma hora del mismo dí­a. Y el 31 de aquel mes, sufrieron la muerte acordada en la ciudad de Bedburg, en presencia de muchos pares y prí­ncipes de Alemania.

Así­, buen lector, te he hecho relación del verdadero discurso de este hombre malvado que era Peter Stubbe, que deseo sirva de advertencia y escarmiento a todos los hechiceros y brujas, que ilegalmente siguen a sus imaginaciones diabólicas hasta la ruina y destrucción de sus almas eternamente, por lo que ruego a Dios custodia a todos los hombres de bien, y a todos los corazones los proteja del mal.”

Después de la ejecución, se instaló, como advertencia de los magistrados de la ciudad de Bedburg, un poste al que se ató el cadáver de Stubbe, colgándose en lo alto la cabeza, y un dibujo en forma de lobo como recuerdo de sus muchos crí­menes, con dieciséis piezas de madera de un metro de largo como representación de las dieciséis ví­ctimas conocidas de ese “hombre lobo”. Al mismo tiempo, se ordenó que deberí­a erigirse un monumento en memoria de los asesinatos allí­ cometidos.

Como bien expresaba un historiador acerca de este, posiblemente, injusto proceso: “Es interesante observar la facilidad con que las personas, por otra parte inteligentes, racionalizaban lo imposible y hací­an que evidencias negativas se convirtieran en pruebas positivas…”.

Explicación cientí­fica

Posible explicación cientí­fica del mito del vampirismo y los hombres lobo. Un grupo de enfermedades llamadas Porfirias podrí­an ser las causantes de la leyenda pues sus sí­ntomas son: fotosensibilidad, crecimiento de pelo…


Los hombres lobo y los vampiros podrí­an no ser más que casos de enfermos que se malinterpretaron por desinformación.

Explicación cientí­fica de la licantropí­a y el vampirismo

Según la leyenda popular, cadáver que sale de la tumba durante la noche, a menudo en forma de murciélago, y succiona la sangre de las personas dormidas para alimentarse. Se supone que determinados talismanes y hierbas alejan a los vampiros que, según la tradición, sólo pueden ser destruidos por cremación o clavándoles una estaca en el corazón.

La creencia en los vampiros se remonta a la antigüedad y estuvo muy extendida entre los eslavos. Cobró gran impulso con la novela Drácula (1897) del escritor irlandés Bram Stoker cuenta la historia del conde Drácula, un vampiro de Transilvania, que se convirtió en uno de los personajes más famosos de las pelí­culas de terror. Stoker se inspiró en el prí­ncipe Vlad Tepes Dracul, quien reinó en Valaquia (y no en Transilvania) entre 1456 y 1474.

Fue famoso por las sangrientas campañas que emprendió, primero contra los saxos y luego contra los turcos. En una batalla contra estos últimos empaló unos 5000 cuerpos como parte de una guerra psicológica. El nombre Dracul tiene su origen en la pertenencia del prí­ncipe a la orden de los Caballeros del Dragón, cuyo sí­mbolo era la cruz aplastando a la serpiente con alas y garras y llamas exterminadoras que salí­an por las fosas nasales.

La creencia en vampiros se agravó durante la época de persecución inquisitorial, en donde acababan con una estaca clavada en el pecho a golpes de martillo o en el caso de los Hombres-lobo con una flecha con punta de plata, todo rociado con abundante Agua Bendita y Crucifijos por doquier y muchas otras técnicas para repelerlos.

La generalización del fenómeno llevó a algunas mentes escépticas a estudiar seriamente el caso, encontrando una explicación que se acercarí­a mucho a lo que debe haber sucedido en realidad en el surgimiento de estos mitos.

Las Porfirias son un grupo de enfermedades genéticas cuya causa es un mal funcionamiento de la secuencia enzimática del grupo Hem o Hemo de la Hemoglobina, pigmento de la sangre que hace que esta sea roja. El grupo Hem es quien transporta el Oxí­geno de los pulmones al resto de las células del organismo.

Este grupo HEM es un complejo férrico (en estado ferroso) con protoporfirina IX, la secuencia enzimática necesaria para su sí­ntesis se hereda de acuerdo a las Leyes de Mendel y es autosómico-dominante, cualquier error en la herencia es lo que produce las enfermedades llamadas Porfirias.

Los sí­ntomas de las mismas son:


Al ser expuesta a la luz intensa la piel parece quemarse formándose ampollas y costras.

1) Fotosensitividad, se presenta en todas, menos en la llamada Forma Aguda Intermitente. Esta fotosensitividad es el resultado de la acumulación de porfirinas libres de metal en la piel produciendo serias lesiones: Hirsutismo (el organismo, para protegerse de la luz hace que crezca pelo aun en lugares no habituales como en el dorso de los dedos y las manos, en las mejillas, en la nariz, en una palabra en los lugares más expuesto… a causa de ello el enfermo huye de la luz intensa, en especial la del sol y si sale , lo hace sólo de noche; la piel puede presentar también zonas de pigmentación o de despigmentación y los dientes suelen ser rojos haciendo que el aspecto del enfermo se aleje cada vez mas del estereotipo de ser humano para acercarse más al monstruo).

2) Las porfirinas acumuladas en la piel pueden absorber luz de cualquier longitud de onda tanto en el espectro ultravioleta como en el espectro visible y luego transferir su energí­a al Oxí­geno que proviene de la respiración. El Oxí­geno normalmente no es tóxico… todos sabemos su imprescindibilidad para nuestra vida, pero con el exceso de energí­a transferido por las Porfirinas se libera Oxí­geno Atómico (Aclaración: todas las moléculas de los gases se componen de dos tomos, por ello al Oxí­geno Atómico, altamente reactivo también se le llama “Singlet-Oxygen” u oxigeno monoatómico u Oxí­geno Atómico a secas)

Este Oxí­geno Atómico, altamente reactivo, como dijimos, produce destrucción de los tejidos, predominantemente los distales, y los más expuestos como la punta de los dedos, la nariz, las encí­as… de hecho, oxida esos tejidos en forma violenta, con desprendimiento de flama y humo… quema partes del paciente cuando se expone a la luz las manos se convierten en garras… su cara, peluda en su totalidad muestra una boca permanentemente abierta por falta de los labios… los dientes al descubierto, de apariencia más grande por la falta de encí­as y donde estaba la nariz, las coanas, dos orificios tétricamente oscuros por donde respira en forma jadeante y por donde fluye una secreción sanguí­neo-purulenta…

Pensemos ahora la posibilidad de encontrarnos en medio de una noche oscura -ya que el paciente sale de noche para evitar el daño que le produce la luz- en la mitad del siglo XIV…

Suponemos que el mito de la Licantropí­a, es decir de los Hombres-lobo es anterior al de los Vampiros y se originó en “Encuentros” como el que acabamos de imaginarnos.

Pero las Porfirias son enfermedades genéticas y no tienen cura aun. Algunos de los sí­ntomas no pueden ser aliviados. El principal tratamiento para algunas Porfirias en la actualidad es la inyección de concentrados de Glóbulos rojos o soluciones de Grupo Hem o Hemo, además de hacerle usar al enfermo filtros solares.


Otro de los efectos es la Hipertricosis o crecimiento de bello en zonas no habituales.

Pero hasta principios del siglo XX, la inyección del pigmento Hem no era posible hacerse… aun ni habí­a sido descubierto…, no podemos suponer como, pero en algún momento, ya sea inducido por la desesperación o por indicación de algún curandero (o porque la carencia del mismo en el organismo despierta una Pica (aclaración: se llama pica cuando un paciente ingiere alguna sustancia que no es considerada de una dieta lógica … en el siglo pasado, en paí­ses pobres, se ha visto a niños descalcificados lamer las paredes, que en aquel tiempo se pintaban con mezclas que contení­an Cal (hidróxido de calcio) es también caracterí­stico en la actualidad y una forma de diagnostico precoz que aquel que se desespera por comer Hielo (se llama Pagofagia) sufra de una anemia Ferropénica, les pasa más frecuentemente a las embarazadas que tienen una demanda mayor de hierro que el que aportado por los alimentos)… pero volviendo a nuestro pobre enfermo Porfí­rico, decí­a que no sabemos cómo sintieron la pulsión, la necesidad de beber grandes cantidades de sangre… y se sintieron aliviados… y cuando el populacho se entero debe haber nacido entonces, después de la de la Licantropí­a la leyenda de los Vampiros… el folklore confirma las costumbres nocturnas de los vampiros… evidentemente, una forma de protegerse de su fotosensitividad…

La naturaleza genética de las Porfirias y algunas costumbres endogámicas entre algunos grupos étnicos y otros factores medioambientales podrí­an haber desencadenado la enfermedad en personas genéticamente predispuestas… y de aquí­ la idea que quien fuese mordido por un vampiro se convertí­a en uno de ellos a su vez.

El Ajo es bien conocido por todos como un talismán para ahuyentar a los Vampiros y Hombres-lobos de hacérnoslo saber se encargó repetidamente el cine y la TV… y forma parte de la leyenda y sus fundamentos.

Cada uno de nosotros poseemos en nuestros hí­gados una enzima (aclaración: una enzima es un catalizador orgánico. Un catalizador es una sustancia que acelera o retarda una reacción quí­mica sin participar en el producto final de la reacción) conocida como Citocromo p-450. La función de esta enzima, junto con otras, es la de remover del organismo substancias no solubles en agua produciendo productos xenobióticos que SI son hidrosolubles, (es una de las funciones desintoxicantes del hí­gado). El Citocromo P-450 posee como la Hemoglobina el Grupo Prostético (grupo de la molécula que cumple con la función) Hem o Hemo, en este caso sin embargo, el grupo Hemcumple una tarea diferente.

Muchas de las drogas y compuestos orgánicos que destruyen el grupo Hem del Citocromo P-450 hepático, tienen mucho en común con uno de los principales constituyentes del Ajo… y que además es volátil… El Dialkilsulfito. Esto obviamente sugiere que la ingesta o aspiración de Ajo aumenta las severidad de un ataque de Porfiria… porque el complejo Hem modificado por la destrucción del P-450 hepático es un potente inhibidor del final de la sí­ntesis del grupo Hem (Inhibe la enzima ferroquelatasa) por lo tanto el Ajo no solo destruye al grupo Hem sino que descompone el aparato biosintético del mismo, esto es lo último que necesita un vampiro (enfermo de porfiria) si el Hem no es sintetizado en su organismo, no podrá inhibir el exceso de sí­ntesis de porfirinas por retroalimentación negativa (feed-back) y esa ruptura del equilibrio es lo que agrava el ataque…

EL nahual: el hombre-lobo prehispánico



La palabra azteca para Nahual es Nahualli , que significa lo que es mi vestidura o piel , y se refiere a la habilidad del Nahual de transformarse en una criatura mitad hombre, mitad animal: lobo, jaguar, lince, toro, águila, coyote…

Teorí­as ocultistas sobre el origen de la raza humana sugieren que el hombre debe haber evolucionado pasando por diferentes formas minerales, vegetales y animales antes de alcanzar su estado actual. Esta es una forma primitiva para explicar el origen de las criaturas mitad hombre, mitad animal.

México es conocido, entre otras cosas, por sus shamanes, hechiceros y curanderos (médicos de la tribu), a veces llamados Nahuales o Naguales. Todos los pueblos y ciudades en México tienen al menos un Nahual.

La palabra azteca para Nahual es Nahualli , que significa lo que es mi vestidura o piel , y se refiere a la habilidad del Nahual de transformarse en una criatura mitad hombre, mitad animal (lobo, jaguar, lince, toro, águila, coyote…). Ese vocablo también se refiere a la nigromancia, ocultismo y malicia.

Para los pueblos prehispánicos, el nahualli era uno de los hechiceros llamados tlatlacatecolo, literalmente “hombres búhos”, lo cual indica que sólo aparecí­a de noche.

Antes del apogeo de las grandes civilizaciones prehispánicas como la Azteca o la Maya, los indí­genas Yakis, Tarahumaras y Seris que viví­an al norte de México y el sur de los Estados Unidos (cerca del 900 d.C.) tení­an nahuales. Estas civilizaciones se hallaban asentadas en parte de lo que hoy son los estados americanos de California, Nuevo México y Texas, y los estados mexicanos de Chihuahua, Baja California, Sonora y Sinaloa. Ellos creí­an que si un hombre puede llegar a conocer su espí­ritu primitivo o nahual, entonces lo podí­a usar para curar a la gente y practicar la magia. Muchos dibujos primitivos en viejas cuevas muestran a personas como hombres-lobo.

En el Imperio Azteca los nahuales eran protegidos por Tezcatlipoca, el dios azteca de la guerra y el sacrificio. La leyenda contaba que un nahual podí­a desprenderse de su piel y transformarse en una de estas criaturas. Muchos cazadores aztecas y colonizadores decí­an que durante la noche habí­an matado a un animal y al amanecer el cadáver se habí­a transformado en el de un hombre.



La figura del jaguar era continuamente asociada a la del Chaman que adquirí­a su poder y aspecto.

La metamorfosis

¿Ser maligno?

El Nahual sólo puede transformarse durante la noche y ataca a nuestros hijos con hechizos infernales, dicen las personas desde la época de la Colonia (1500-1800 d.C.) hasta el dí­a de hoy. La Santa Inquisición (el tribunal católico castigaba judí­os, brujas, y quien no fuera católico) persiguió a los nahuales durante mucho tiempo. Pero la gente creí­a en su poder y a veces los protegí­an, especialmente en las comunidades indí­genas.

En la región de los Tuxtlas, la creencia en los nahuales está muy arraigada. Se asegura que hay personas que pueden transformarse en aves y que tienen el poder de volar. Salen en dí­as de luna llena y se metamorfosean en tecolotes, tapacaminos y guajolotes (nombre que se le aplica a diversas aves locales). Si alguien observa que un ave se posa en su casa varios dí­as consecutivos, puede inferir que no se trata de un ave común y corriente, sino de un nahual que busca un mal para uno de los habitantes de esa casa.

Un nahual puede tener varios espí­ritus que lo protejan, a la manera de los indios norteamericanos. Básicamente todos los ritos de las civilizaciones americanas se parecen.

La leyenda de los Nahuales tiene partes oscuras, perdidas en el pasado, en la mágica cosmologí­a mexicana y difiere muchí­simo dependiendo de las fuentes pues se basan en leyendas locales que se adecuan a la región donde se cuente.

En lo que respecta a su relación con la sobrenaturaleza, hay que destacar que los animales eran seres muy cercanos a los dioses. Numerosas eran las deidades que se vinculaban de alguna u otra forma con los animales, ya fuera porque el dios era un animal (como Xólotl, el dios perro), por su nombre (como Quetzalcóatl -serpiente emplumada- o Huitzilopochtli -colibrí­ de la izquierda-), por sus ataví­os zoomorfos o porque se creí­a que el numen tení­a la capacidad de manifestarse como un animal. Además de ser muy próximos a las deidades del panteón mesoamericano, muchos animales tiene un papel preponderante en los mitos, tanto en los de creación del mundo, como los que explican la llegada de algún elemento a la vida humana, como el fuego.

Hombres-lobo: La Bestia de Gévaudan

Entre 1764 y 1767, más de 120 personas, mujeres y niños, casi en exclusiva, fueron horriblemente asesinados -a dentelladas- por una bestia misteriosa. Durante tres años ningún cazador pudo abatirla


Dibujo de la época representando a la bestia asesinando, mientras cazadores acosaban a otros lobos.

Entre 1764 y 1767, más de 120 personas, mujeres y niños, casi en exclusiva, fueron horriblemente asesinados -a dentelladas- por una bestia misteriosa. Todo esto ocurrió en la región montañosa del Gévaudan, en el centro de Francia, y nadie logró resolver el enigma a pesar de las insistentes batidas y de las inmensas recompensas que ofrecí­a el Rey. La bíªte (bestia) del Gévaudan pasó a formar parte de la mitologí­a del paí­s, de la misma manera que el monstruo de Lago Ness para los escoceses.

Lo cierto es que la bestia de Gévaudan aterrorizó a la población de Aveyron en el siglo XVIII y quebrantó la autoridad de Luis XV, convirtiéndose rápidamente en un asunto de Estado.

Cazadores de toda Francia atraí­dos por la generosa recompensa que se ofrecí­a por su piel, trataron de cazar a lo que se intuí­a podí­a ser un enorme lobo de un poder devastador inimaginable. Le calcularon 100 Kg. de peso y el pueblo pensaba que era el mismo demonio.

El primer ataque de la bestia se produjo el 30 de Junio de 1764 y su primera ví­ctima una niña de 14 años, Jeanne Boulet, ese mismo verano se cobró más vidas y asesino 2 niñas más, 2 niños y una mujer de 32 años. En invierno el número de ví­ctima se incrementaba alarmantemente incluso asesinando dos veces por semana.


Escultura en Francia que representa a la Bestia de Gévaudan.

Solí­a arrancar de un solo bocado la cabeza de las ví­ctimas, lo que puede darnos una idea del tamaño y la fuerza de su mandí­bula. En tan solo un año se habí­a cobrado 54 ví­ctimas. El monarca alarmado por tan abrumantes cifras decide enviar a sus tropas de choque, los “dragones”, que formaban la elite del ejército real. Envió 4 tropas de caballerí­a con el fin de realizar una batida que acabara de una vez con la bestia.

El jefe de una de las tropas quedo sorprendido al ver a la bestia, según su descripción era casi tan grande como su caballo pero infinitamente más rápida y ágil, tras tratar de abatirla a disparos sintió que las balas no eran capaces de traspasar su piel.

Otras descripciones le señalaban como un enorme lobo de aspecto muy extraño, con el lomo rayado y una lí­nea negra que le recorrí­a desde el cuello hasta la cola, el color de su cuerpo era rojizo, con el morro afilado, una cola muy larga y fuerte y extraordinariamente móvil y con unas fauces desmesuradas.

Los esfuerzos de los “dragones” eran en vano, no solo se debí­an enfrentar al difí­cil duelo de encontrar a la bestia además tení­an otros duros competidores, los caza recompensas, que atraí­dos por el precio que se puso por dar fin a la vida de la bestia les tendí­an emboscadas y les confundí­an con pistas falsas.


La bestia arrancaba la cabeza de sus ví­ctimas de un solo bocado.

Por mas lobos que abatí­an las ví­ctimas no cesaban, murieron decenas de estos animales. Sin duda el comportamiento de la bestia no se asemejaba al de un lobo común pues expertos cazadores de toda Europa trataban de eliminarla con las técnicas que se empleaban para la caza de estos.

La gente empezaba a sentirse muy asustada, ni la participación del Rey habí­a conseguido aplacar a la bestia. Los clérigos aprovechaban para hacer su campaña diciendo que la bestia solo atacaba a las jóvenes más lascivas, los nobles acusaban a los gitanos pues decí­an que alguna de las bestias de su circo debí­a haber escapado. También se apunto a un terrateniente que habí­a recorrido África con una compañí­a comercial, criaba mastines asilvestrados, lobos, leones y tigres. El pueblo llegó a pensar que habí­a cruzado a estos animales hasta dar con la bestia.

Finalmente la bestia fue muerta y la leyenda cuenta que fue abatida con una bala de plata hecha tras fundir una medalla de la virgen. El monstruo fue llevado ante el Rey, más tarde fue embalsamado y años después sus restos desaparecieron. Era algo parecido a un lobo gigantesco de fauces enormes.

Hombre-lobo: los Berserkers


Europa ha tenido sus propias sociedades secretas de guerreros lobo. De entre ellos, unos especialmente feroces, los berserker , guerreros terribles, que saltaban al combate cubiertos de pieles de osos y lobos…

Los Berserker


Cubrí­an su cuerpo con pieles de animales del cual tomaban su fiereza y fuerza.

Europa ha tenido sus propias sociedades secretas de guerreros-lobo. De entre ellos, unos especialmente feroces, los berserker del mundo antiguo escandinavo, guerreros terribles, que saltaban al combate semidesnudos, cubiertos de pieles (la palabra berserk significa “camisa de oso”) en estado de trance, poseí­dos por un furor sagrado, sin que “el hierro les pudiese herir ni el fuego quemar”. Aullando como bestias, los berserker se lanzaban al combate con la boca espumeante y mordiendo salvajemente sus escudos. Su sola presencia aterrorizaba a sus rivales. Existí­an diferentes categorí­as entre ellos: algunos eran guerreros oso; otros, no menos terribles, eran conocidos como ulfhednar (“pellejos de lobo”), guerreros-lobo.

Cuentan las leyendas vikingas que en todo “ejército” nórdico existí­a un grupo de doce soldados llamados berserkers, que tení­an la capacidad de no sufrir heridas y seguir luchando durante dí­as con el mismo í­mpetu que al empezar la batalla. No existen grandes precisiones sobre el origen de los berserkers. Algunos los creen integrantes de una secta seguidora de Odí­n, adoradores de osos o lobos, otros creen que eran simples elegidos. Lo único seguro es que su resistencia al cansancio y al dolor provení­a de la ingesta de un hongo que los sumí­a en un estado de paroxismo en el que prácticamente no distinguí­an entre amigos y enemigos. Cuando morí­an, tení­an un lugar privilegiado en el Valhalla, el paraí­so de los vikingos, a la derecha de su amado Odí­n.

Tras la batalla el frenesí­ se esfumaba y su agotamiento se hací­a palpable. Ese era el único momento en que se les podí­a vencer.

Eran muy solicitados en tiempo de guerra, aunque los vikingos en general no les consideraban compañeros de armas, ya que su tipo de actuación poco tení­a que ver con la ética del guerrero, donde primaban los conceptos de lealtad y fidelidad, astucia e inteligencia.

No es de extrañar que debido a su apariencia (envueltos en pieles de animales) y su fiero modo de actuar en la batalla se les considerara mitad hombre mitad bestia y fueran uno de los pilares a la hora de crear la leyenda de los hombres-lobo.

El poder de la bestia


Si morí­an en combate iban directamente a su “paraí­so” esto unido al hecho de encontrarse bajo el efecto de bayas alucinógenas les borraba el miedo.

Con el tiempo, los berserker acabarí­an convirtiéndose en guerreros feroces ansiosos de sangre capaces de llevar a cabo todo tipo de crí­menes y desmanes, pero en un principio fueron castas de guerreros magos consagrados a Odí­n, cuyo nombre procede de un vocablo, ódr, que viene a significar furia, éxtasis, sabidurí­a mágica e inspirada.

Los rasgos chamánicos de Odí­n son muy intensos. Entre sus poderes se haya el cambiar de forma y viajar por todos los mundos. Sus compañeros, o quizá deberí­amos decir sus espí­ritus ayudantes, son dos cuervos y dos lobos, Gere y Freke, literalmente “glotón” y “voraz”. En el mito odí­nico, se mezclan la guerra, la caza y el poder chamánico, sobre todo en la figura de la “Cacerí­a salvaje”, una imagen nórdica de la tormenta como una tremenda y estruendosa partida de caza contra las fuerzas del mal encabezada por Odí­n, montado sobre Sleipnir, su caballo de ocho patas, y seguido por las doncellas guerreras, las valkyrjur; los muertos caí­dos en combate, los einherjar; y una multitud de lobos y seres sobrenaturales.

Todaví­a en una fecha tan tardí­a como 1691, en la Europa del nordeste quedaban restos de los antiguos cultos y creencias en hombres-lobo asociados a los poderes odí­nicos de la luz. Se detectan incluso sociedades secretas de hombres-lobo dedicados a combatir brujas y demonios. Así­ se desprende de las declaraciones del anciano Thiess, un hombre-lobo lituano, efectuadas durante el juicio celebrado contra él en Jürgensburg en 1691. Thiess confesó que él y sus compañeros, se transformaban en lobos tres noches al año para combatir al diablo hasta “el fin del mar”, es decir, el infierno. Según él, su nariz rota se debí­a a un golpe recibido en un combate que, en una de esas ocasiones en las que perseguí­an a los agentes del infierno, habí­a tenido con cierto mago negro llamado Skeistan.

Según el anciano, cuando los hombres-lobo mueren van al cielo, y si no fuera por su intervención, el diablo asolarí­a la tierra, ganados y cosechas, explicó Thiess, quien afirmaba que tanto los hombres lituanos como los alemanes y rusos odiaban al diablo y se consideraban los “perros de Dios”. Su convencimiento de que el oficio de su sociedad era completamente benéfico para la humanidad era tal que cuando los inquisidores intentaron convencerles de que todos los hombres-lobo habí­an hecho un pacto con el diablo, el anciano les contradijo enérgicamente y llegó a afirmar que sus acciones eran de mayor provecho que las del sacerdote.

Testimonio parecido dio un joven en Riga, quien afirmaba que en su condición de lobo habí­a combatido contra brujas. Algunas personas sabí­an cuál era su condición. En una fiesta, el joven se desmayó. Al dí­a siguiente, a quienes le habí­an reconocido como hombre-lobo, les relató que habí­a caí­do en trance y estuvo combatiendo durante el mismo con una bruja presente en la celebración.

Hombre-lobo: Leyendas Licántropas


La figura del lobo siempre infundió miedo por su fuerza e inteligencia.


La imagen del hombre que se transforma en un lobo hambriento ha rondado por la mente humana durante siglos. La terrible leyenda del hombre-lobo es conocida en todos los paí­ses del mundo. ¿Será sólo una superstición?

A mediados del siglo XIX, en una pintoresca colina cercana al Ví­stula, en Polonia, un grupo de gente joven celebraba con música, canciones y danzas la terminación de la cosecha. Habí­a comida y bebida en abundancia, y nadie se privaba de disfrutarlas.

Y entonces, en medio de la diversión, un aullido terrible, que helaba la sangre, resonó en el valle. Abandonando la danza, chicos y chicas corrieron en dirección al grito y descubrieron, horrorizados, que un enorme lobo habí­a cogido a una de las muchachas más bonitas del pueblo, que acababa de prometerse en matrimonio, y trataba de llevársela. Su novio habí­a desaparecido.

Los hombres más valientes persiguieron al lobo y llegaron a enfrentarse con él. Pero el monstruo furioso, echando espuma por la boca, dejó caer su presa humana y se colocó sobre ella, dispuesto a luchar. Algunos de los campesinos corrieron a sus casas, para traer escopetas y hachas, pero el lobo, comprendiendo que los demás estaban aterrorizados, volvió a coger a la chica y se perdió en un bosque cercano.

Pasaron muchos años, y en otra fiesta de la cosecha. en la misma colina, un anciano se acercó. Le invitaron a participar en la celebración, pero el anciano, triste y reservado, prefirió sentarse y beber en silencio. Un campesino de aproximadamente su misma edad se le acercó y después de observarle atentamente, le preguntó emocionado: “¿Eres tú, Juan?”.

El anciano asintió, e instantáneamente el campesino reconoció en el desconocido a su hermano mayor, que habí­a desaparecido muchos años antes. Los jóvenes rodearon rápidamente al visitante y escucharon su extraña historia. Les contó que, tras haber sido transformado en lobo por un hechicero, se habí­a llevado a su novia de esa misma colina durante una fiesta de la cosecha y habí­a vivido con ella en el bosque cercano durante un año, hasta que la muchacha murió.

“Desde aquel momento, salvaje y furioso, ataqué a hombres, mujeres y niños y destruí­ a todos los animales que se me cruzaron. No he podido borrar mi rastro de sangre.”

En ese momento les enseñó las manos, que estaban cubiertas de manchas de sangre… “Hace unos cuatro años recuperé mi forma humana y desde entonces he andado errante. Querí­a volver a veros, ver la casa y el pueblo donde nací­ y crecí­. Después de eso…, bueno, volveré a ser un lobo.” No habí­a terminado de decir esto cuando se transformó en lobo. Corrió frente a los atónitos campesinos y desapareció en el bosque. No volvió a ser visto.

El aire de cuento de hadas que tiene esta historia hace que sea difí­cil tomarla en serio. ¿Quizá el exceso de bebida inflamó la ya fértil imaginación campesina” ¿Quizá cada narrador fue agregando un detalle hasta que la historia adquirió su forma actual? Es una posibilidad a tener en cuenta… y, sin embargo, como tantas historias de hombres-lobo parecidas, es citada por muchos mitólogos e historiadores, folkloristas y psicólogos como un hecho. El problema más profundo para el investigador serio es simplemente tratar de separar los hechos de los disparates; este primer caso es tí­pico a ese respecto.

El origen de la superstición de los hombres-lobo -la creencia de que un ser humano puede asumir la forma de un animal, más frecuentemente la de un lobo- nunca ha sido explicada de forma satisfactoria.

Herodoto, el historiador griego que vivió en el siglo V a.C., dice que los griegos y los escitas que viví­an en las costas del mar Negro consideraban magos a los nativos de aquella zona; creí­an que esos seres extraordinarios se transformaban en lobos durante unos dí­as cada año. Habla de la existencia de una raza de hombres que podí­an transformarse a voluntad tomando la forma de lobos, y, cuando lo deseaban, recobrar fácilmente su forma original.

El deseo de carne humana

En aquellos tiempos, siglos antes del nacimiento de Cristo, el demoní­aco hombre-lobo era considerado como un ser humano poseí­do por un deseo antinatural de carne humana que por artes mágicas habí­a encontrado la manera de tomar, a voluntad, la forma de un lobo hambriento, con el objeto de aplacar con mayor rapidez ese horrible apetito. Los sabios de la antigüedad creí­an que, una vez transformado, el hombre-lobo poseí­a la fuerza y la astucia del lobo salvaje, pero conservaba la voz y los ojos humanos, gracias a lo cual se le podí­a reconocer.


En la Edad Media se creí­a generalmente que los hombres-lobo eran reales.

La transformación de hombres en lobos aparece en la literatura romana como arte de magia. Virgilio, que vivió en el siglo I a.C., es el primer autor latino que menciona esta superstición. Fue seguido por Propercio, Servio y Petronio. Este último, director de espectáculos en la corte de Nerón desde el año 54 hasta el 68, cuenta una bonita historia de hombres-lobo en su novela El Satiricón.

Algunas de las tradiciones griegas y romanas consideran la transformación de un hombre en lobo como un castigo por sacrificar una ví­ctima humana a un dios. En esas ocasiones, cuenta Plinio (c.61-c.113), la ví­ctima era llevada a la orilla de un lago y, después de nadar hasta el lado opuesto, se transformaba en lobo. En esta condición recorrí­a los campos con otros hombres-lobo durante nueve años. Si durante este perí­odo se abstení­a de comer carne humana, recobraba su forma original que, sin embargo, no habí­a quedado dispensada de los estragos del paso del tiempo.

Los métodos utilizados por los hombres-lobo para realizar sus transformaciones diferí­an mucho. A veces, el cambio era espontáneo e incontrolable; a veces, como en las transformaciones descritas en las sagas escandinavas e islandesas, se lograban simplemente con colocarse la piel de un lobo real. Pero en muchos casos, lo único que se necesitaba era la intervención de un hechizo que, aunque no provocaba ningún cambio en el cuerpo humano, hací­a que cuantos lo veí­an imaginaran que estaban en presencia de un lobo. Algunos de los que se transformaban afirmaban que sólo podí­an recobrar la forma humana por medio de ciertas medicinas o hierbas, como acónito o cicuta, o frotándose con ungüentos, como hicieron los hombres-lobo escandinavos y centroeuropeos a partir del siglo XV.

Brujas y hombres-lobo

Tan profunda era la creencia en los hombres-lobo, que en los siglos XV y XVI se los consideraba en toda Europa como equivalentes a los hechiceros y las brujas, y cualquiera que fuese sospechoso de ser un hombre-lobo era quemado o colgado con la mayor crueldad, especialmente en Francia y Alemania. Como explica Elton B. McNeil en “The psychoses” (Las psicosis, 1970) al comentar aquella época de flagelaciones, tarantismo (maní­a de la danza), histerias masivas, fantasí­as hipocondrí­acas, proyecciones, alucinaciones, hechizos y hombres-lobo:

Esas actitudes reflejaban una psicologí­a influida por la creencia de que “los dioses enloquecen a quienes quieren destruir.” La locura, como expresión de la voluntad de Dios, se convirtió en una epidemia. Su cura consistí­a en un ritual religioso cuyo propósito era usar a los psicóticos como blanco de la persecución religiosa y reafirmar el valor de los benditos, inocentes y puros. Eran benditos quienes denunciaban a las personas que habí­an vendido su alma al diablo. La clásica “caza de brujas” fue un subproducto de la búsqueda de la salvación.

La caza de hombres-lobo fue una manifestación del mismo tipo de sentimiento religioso; los juicios de brujas y los juicios de hombres-lobo están interrelacionados. Es en Francia, paí­s de brujas, donde son más frecuentes los hombres-lobo. En un perí­odo de algo más de 100 años, entre 1520 y 1630, en Francia se registraron nada menos que 30.000 casos de hombres-lobo, hecho documentado en las actas de juicios de hombres-lobo que se conservan en los archivos públicos.

En 1573, en Dole, cerca de Dijon, en el centro de Francia, un hombre-lobo llamado Gilles Garnier fue acusado de devastar la campiña y devorar niños pequeños; tras confesar sus crí­menes, ardió en la hoguera.


Escena de la pelí­cula Un hombre lobo americano en Londres.

Unos años después, en 1598, en una zona desolada y desierta cerca de Caude, unos campesinos franceses tropezaron con el cadáver mutilado y manchado de sangre de un chico de 15 años. Un par de lobos que habí­an estado devorando el cadáver huyeron hacia unos matorrales cuando los hombres se acercaron. Los persiguieron… y casi inmediatamente encontraron un hombre medio desnudo acurrucado en los matorrales, con cabellos largos, barba descuidada y uñas largas que parecí­an garras y estaban manchadas de sangre fresca y restos de carne humana.

El hombre, Jacques Rollet, era un ser patético, un débil mental que padecí­a apetitos caní­bales. Estaba desgarrando el cuerpo del muchacho cuando fue sorprendido por los campesinos. Es imposible determinar si aparecieron o no lobos en ese caso, o si aquella imagen fue fruto de la imaginación de los campesinos. Pero lo cierto es que Rollet creí­a ser un lobo, y mató y devoró a varias personas bajo la influencia de esa alucinación. Fue sentenciado a muerte, pero los tribunales de Parí­s anularon la sentencia y le encerraron, caritativamente, en un manicomio, una institución donde hubieran debido terminar sus dí­as la mayor parte de los hombres-lobo, en vez de ser ajusticiados.

Otro caso significativo ocurrió a principios del siglo XVIII. Jean Grenier era un chico de 13 años, retrasado mental y con una fisonomí­a canina muy marcada: sus mandí­bulas sobresalí­an y se le veí­an los colmillos debajo del labio superior. Creí­a ser un hombre-lobo. Una tarde aterrorizó a unas niñas diciéndoles que, en cuanto se pusiera el sol, se convertirí­a en lobo y las devorarí­a.

Pocos dí­as después, una niña que habí­a ido a cuidar las ovejas por la noche fue atacada por una criatura que, en su pavor, confundió con un lobo, pero que era, como se supo después, Jean Grenier. La niña lo golpeó con su cayado y huyó.

Cuando éste prestó declaración ante el tribunal de Burdeos, confesó que dos años antes se habí­a encontrado con el diablo en el bosque, habí­a firmado un pacto con él y habí­a recibido una piel de lobo. Desde entonces habí­a vagado como un lobo después de la puesta del sol, volviendo a su forma humana durante el dí­a.

Grenier confesó también que habí­a matado y comido a varios niños que habí­a encontrado solos en el campo, y en cierta ocasión habí­a entrado en una casa y se habí­a llevado a un bebé de su cuna.

Una cuidadosa investigación del tribunal probó que esas declaraciones eran ciertas, por lo menos en lo que se referí­a al canibalismo. No hubo dudas de que los niños desaparecidos habí­an sido comidos por Jean Grenier y tampoco de que el pobre tonto estaba firmemente convencido de que era un lobo.

En tiempos más recientes, el fenómeno de los hombres-lobo se ha situado en el reino de la realidad subjetiva, pero sin perder nada de su horror. Se decí­a que tres hombres-lobo frecuentaban la zona boscosa de las Ardenas, en Bélgica, justo antes de la primera guerra mundial; en la misma época, en Escocia se rumoreaba que un pastor ermitaño de Invernesshire era un hombre-lobo. En 1925 un pueblo entero, cercano a Estrasburgo, declaró que un muchacho local era un hombre lobo y, cinco años después un hombre-lobo francés aterrorizó a la localidad de Bourg-la-Reine.

Bestia asesina

En Estados Unidos, en 1946, una reserva de indios navajos padeció con frecuencia las tropelí­as de una bestia asesina a quien muchos consideraban un hombre-lobo (las tradiciones de los navajos incluyen muchas historias de hombres-lobo). Tres años después, en Roma, una patrulla policial fue enviada a investigar la extraña conducta de un hombre que padecí­a alucinaciones: perdí­a el control cuando la luna estaba llena y emití­a aullidos fuertes y aterradores.

En Singapur en 1957, también se llamó a la policí­a para que investigara lo que las autoridades consideraban una larga serie de ataques de hombres-lobo a las ocupantes de una residencia de enfermeras en la isla principal. Una enfermera despertó y vio «una cara horrible y peluda, con grandes colmillos salientes», que, la miraba fijamente. El misterio nunca fue resuelto, y tampoco el caso de la colegiala de 16 años de la localidad de Rosario do Sul, en el sur del Brasil, que en 1978 sufrió «terribles visiones y demonios» y que creí­a que el espí­ritu de un lobo salvaje se apoderaba de ella y la dominaba.

En 1975, los diarios británicos estuvieron llenos de extraordinarios informes acerca de un joven de 17 años, residente en Eccleshall (Staffordshire), quien, creyendo que se estaba transformando en un hombre-lobo, puso fin a sus padecimientos mentales clavándose una navaja en el corazón. Uno de sus compañeros de trabajo dijo en la investigación que el joven le habí­a llamado por teléfono antes de morir. «Me dijo -contó el testigo- que su cara y sus manos estaban cambiando de color y que se estaba transformando en hombre-lobo. Calló, y después empezó a gruñir.»

Puede que la tradición de los hombres-lobo se apoye en la ignorancia y las alucinaciones, pero su influencia siempre ha sido extraordinariamente poderosa.

Hombres-lobo: Lycaon el primer hombre-lobo


Para evitar la ira de Zeus, Lycaon huyó al campo; una vez allí­ se dio cuenta de lo que Zeus tení­a reservado para él, pues lentamente comenzó a transformarse es un hombre lobo…

La leyenda de hombres capaces de convertirse en lobos es muy antigua, la primera de la que se tiene constancia pertenece a la mitologí­a griega y narra la historia de Lycaon el primer rey de Arcadia, esta cuenta como Lycaon fundó un culto pagano a los dioses del Olimpo y en sus ceremonias cometí­a atroces asesinatos en sus cultos paganos, asesinando a personas inocentes como ofrenda a su supuesto Dios y ofreciéndoles su sangre como prueba de su devoción.

Cuando las historias de las atrocidades que cometí­an Lycaon y su grupo llegaron a oí­dos del Dios Zeus, este decidió investigar si eran ciertas las brutales historias que le narraban. Al comprobar que todo era cierto, se presentó ante estos y les reveló su identidad para pedirles explicaciones y administrarles un castigo, los miembros del culto enseguida le hicieron ofrendas para enmendar sus atroces ceremonias, pero Lycaon no creyó que se tratara del Dios Zeus y para probar si era en realidad la Deidad que anunciaba ser, le preparó un festí­n consistente en carne humana de un niño, pensado que si era el verdadero Dios se darí­a cuenta enseguida y rechazarí­a la comida ya que el canibalismo era un pecado muy grande en la cultura griega.

Zeus reconoció inmediatamente en qué consistí­a la cena y la repudio, ante esto y para evitar la ira de Júpiter, Lycaon huyó al campo; una vez allí­ Lycaon se dio cuenta de lo que Júpiter tení­a reservado para él, y lentamente comenzó a transformarse es un hombre lobo.

El término licantropí­a que designa a las personas que se creen lobos deriva del nombre Lycaon.

La creencia de que una persona puede transformarse en lobo esta en casi todas las culturas del mundo, entre las que podemos mencionar:

Hombres-lobo: Realidad de su Leyenda



Aunque existen constatados casos de hombres-lobo anteriores, no es sino hasta la edad media cuando el fenómeno de los hombres lobo pasa a ser parte de las leyendas populares, su principal foco fue el centro y norte de Europa..

Diferencia entre licántropo y hombre-lobo

Antes de hablar de los hombres lobo, se debe establecer una diferenciación entre licántropo y hombre -lobo:

- El Licántropo es en un ser humano normal pero un desequilibrio psicológico le hace pensar que es un animal (en este caso un lobo) y actuar en consecuencia cometiendo crí­menes atroces como el asesinato y el canibalismo.

- El Hombre-Lobo no es un humano, aunque pudo serlo y transformarse posteriormente, su diferencia con el ser humano es su “maldición” que lo hace convertirse en un ser mitad lobo mitad humano que debe alimentarse de carne y sangre para vivir, tradicionalmente se ha dicho que el hombre lobo debe alimentarse de carne humana para sobrevivir pero no es así­, se cifraron gran cantidad de casos en los que hombres lobo atacaban al ganado, aun así­ cualquier ser vivo que se encontrase a un hombre lobo tendrí­a un riesgo potencial de ser atacado, pues el hombre lobo es en esencia un cazador que disfruta matando y devorando sus presas.

Cómo surgió la leyenda del hombre-lobo


Aunque existen constatados casos de hombres lobo anteriores, no es sino hasta la edad media cuando el fenómeno de los hombres lobo pasa a ser parte de las leyendas populares, su principal foco fue el centro y norte de Europa y las causas que hicieron q este fenómeno se propagase con tanta rapidez fue principalmente el gran í­ndice de analfabetismo y el boca a boca. En esta época de grandes pobrezas y hambrunas el ganado era fuente de gran riqueza entre la población, la presencia del lobo era motivo de temor, pues no solo era peligroso para el ganado sino que también acostumbraba a atacar a mujeres y niños que se aventuraban solos en el bosque (de hecho la mayor parte de los ataques de hombres lobo fueron realizados a mujeres y niños) y es en estas circunstancias donde en un clima de temor surge la leyenda del hombre lobo, motivada tal vez por la astucia de los lobos, por el miedo a un animal que caza en manada y con gran precisión y sobre todo a determinados crí­menes realizados por hombres desequilibrados que asesinaron a mujeres y niños que se encontraban indefensos en el bosque, esto y el hecho de que la iglesia y su inquisición en su “cruzada” contra toda fuente de mal, muchas veces establecí­a sentencias inhumanas sobre algunas personas sobre las que se ejercí­a la acusación de ser un hombre-lobo creó una situación de temor y es tan grave este que entre 1589 y 1610 fueron registrados 30.000 casos de denuncias de ataques o avistamientos de hombres-lobo.

Cómo se transforma un ser humano en un hombre-lobo

Aunque la forma más conocida de convertirse en hombre lobo es la de escapar vivo del ataque de un hombre lobo, las leyendas de la época establecí­an circunstancias en las cuales era posible el nacimiento de un hombre lobo:


- El nacimiento del séptimo hijo varón consecutivo, esto es que sus 6 primeros hermanos fueran varones como él.

- El ser objetivo de una maldición que te transforme en uno. El ser hijo de un matrimonio incestuoso (matrimonio entre miembros familiares de primer grado).

- Y la última aunque se daba en un menor número de casos era haber nacido la noche del 24 de diciembre (ya que esto se consideraba como una afrenta a Dios).

Cómo destruir a un hombre-lobo

Aunque en el cine se establece como única forma de matar a un hombre lobo el uso de la plata, en la tradición europea de la Edad Media no se precisaba de ningún medio especial para matar a un hombre-lobo, no era más que una abominación de la naturaleza influenciada por el mal y por lo tanto podí­a ser matado como cualquier otro animal. Es más, durante esa época el temor al lobo hizo que se masacrara a este animal por todo el centro de Europa. Los métodos que usaba la Inquisición para determinar si alguien era hombre-lobo o no, se solí­a despellejar a las personas para ver si tení­an el pelo debajo de la piel o torturarles hasta que reconocí­an que eran hombres-lobo -probablemente después de unos dí­as de tortura cualquiera lo reconocerí­a -.


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