La “Ley Seca” en la vida y cine estadounidense

Película estrenada entre Artículos

En 1933 en los EE.UU. es derogada la “Ley Seca” como consecuencia de la injusticia, corrupción generalizada y creación del crimen organizado que ha estado vigente durante catorce años. El tema más controvertido del periodo 1920-1932 fue la prohibición de la fabricación y venta de bebidas alcohólicas que dio origen a un periodo de violencia cuando bandas organizadas de delincuentes criminales controlaron la venta ilegal de bebidas alcohólicas. En 1929, una comisión presidencial dictaminó que la puesta en práctica de las leyes antialcohólicas había constituido un fracaso.
Antes de 1890, debido principalmente a la anexión de varios barrios, la población de Chicago sobrepasó el millón de habitantes. Durante la época de la “Ley Seca” (1919-1933) Chicago se hizo famosa por el contrabando de licores y por los enfrentamientos entre bandas de gángsteres, entre los que destacó la figura de Al Capone, responsable de “La matanza de San Valentín de 1929″.

El gángster es un criminal de carrera que es, o en un cierto momento se convierte casi invariablemente, en miembro de una organización criminal violenta y persistente, lo que en inglés, se conoce como gang (pandilla).

Generalmente, este término se emplea para referirse a miembros de organizaciones mafiosas asentadas en Los EE.UU., como la rama americana de la Cosa Nostra (las Cinco Familias) de Nueva York o los Outfit de Chicago, y a delincuentes individuales como Al Capone o Bugsy Siegel.

Lo visible de sus actividades puede ir de lo casi indetectable, como el tráfico de drogas o la protección, a lo espectacular como el robo multimillonario en los almacenes Brinks Mat del aeropuerto de Heathrow, Reino Unido (del que nunca se recuperaron 10 toneladas de oro robadas). Otras actividades en las que se han destacado son el juego[] o el tráfico de alcohol durante la “Ley Seca“.

Los gángsteres a menudo llevan sus actividades como un negocio en la medida en que ofrecen un producto o servicio, no obstante ilegal, o en ocasiones emplean negocios reales legítimos como tapadera de una actividad criminal.

Algunos gánsteres, a veces llamados matones, están especializados en la extorsión, la intimidación, y/o el soborno para mantener cierta influencia sobre los sindicatos de trabajadores. También se ha conocido que han intentado manipular las decisiones de instituciones civiles, como procesos legales o elecciones políticas.[

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GANGSTERISMO Y “LEY SECA”

La década de los 20 convirtió a Estados Unidos en la capital del crimen organizado. La “Ley Seca”, la “Matanza de San Valentín,” Al Capone. En este documento se muestra una panorámica de la realidad criminal de aquellos felices años veinte.

La enmienda número 18 de la Constitución de los EE.UU., conocida como “Volstead Act”, que se hizo popular en todo el mundo como la “Ley Seca”, es un ejemplo de los efectos perversos de una ley impuesta por el fanatismo de unos, bienintencionada en un principio, y que acabó perjudicando a la mayoría, posibilitando un crecimiento del crimen organizado, de las pandillas de fabricantes, contrabandistas y expendedores de bebidas alcohólicas, de lo que para resumir se conoce como gangsterismo. Presentada en 1917, entró en vigor en enero de 1920 y fue abolida en diciembre de 1933.

Estos casi catorce años de prohibición sirvieron para que el mundo del crimen encontrara un trabajo y un acomodo casi popular que le permitió enriquecerse y establecer contactos -por lo menos a nivel local- con políticos venales y policías sin escrúpulos; la non grata trinidad que posibilitó hacer el agosto a los botelleros o “bootlreggerers”.

El ansia de beber que se apoderó de los estadounidenses se podía satisfacer de infinitas maneras. Blasco Ibáñez, en la página 56 del primer tomo de “La vuelta al mundo de un novelista” nos explica una de ellas:

“Para el ciudadano de los EE.UU. descontento silenciosamente de ciertas leyes de su país, La Habana ofrece un atractivo especial. Es una ciudad a las puertas de su patria, donde no impera el llamadlo “régimen seco”. Le basta tomar un buque en Cayo Hueso, al extremo de la Florida, para vivir horas después en la capital de Cuba, donde hay un bar. en cada esquina. Aquí no sufre retardos en la satisfacción de sus deseos, ni tiene que absorber bebidas contrahechas ofrecidas en secreto. La embriaguez puede ser franca, libre y continua. Pero como es tierra de dinero abundante, derramado con mano pródiga, los hoteles resultan carísimos, así como los otros gastos de viaje, y sólo los ricos pueden pasar el canal de la Florida para venir a emborracharse bajo la bandera cubana.”
La embriaguez se convirtió en algo de buen tono, la utilización de componentes tóxicos -como el alcohol metílico en muchas de las bebidas preparadas en la clandestinidad fue causa de grandes estragos con numerosas cegueras, parálisis y muertes. Las luchas entre pandilleros por el control de un mercado que generaba ríos de oro provocó millares de muertos y heridos y puso de moda el eufemismo de morir por “intoxicación de oro”. En un marco más amplio se ha presentado la lucha entre “secos” y “húmedos” como una confrontación entre la vieja América rural de los colonos, que veía las ciudades como las meras sucursales de Sodoma y Gomorra, y la de las nuevas masas urbanas emergentes partidarias de la alegría de vivir, en los rugientes y dorados años veinte, calificados de felices.
El cine ha dedicado muchos metros de celuloide a reconstruir una época y unos escenarios en los que lo brillante y lo sórdido se mezclaron: el buen jazz de los garitos, el juego, los ritmos antillanos y el charlestón se escanciaban junto a los licores prohibidos; las mujeres elegantísimas y los hombre bien “fardados” alternaban con camareros de pajarita y chaqué, trompetistas de moda o pianistas con magnetismo. La escena podía acabar con el estruendo de las Thompson, las Colt o las recortadas de la banda contraria; o con la interrupción de los mocetones de la policía, no sobornada, que pulverizaban el antro y los anaqueles de botellas a estacazo limpio, y se llevaban en furgonetas repletas al personal sorprendido en la redada, con el fondo musical de un coro de ululantes sirenas.
Como película didáctica y fiel al citado acontecer histórico citaremos Al Capone (1959), en la que Rod Steiger protagonizaba la biografía cinematográfica de Alfonso Fiorello Capone, también conocido como “Cara Cortada” o “Scarface” -en referencia a un corte que le hizo un colega, cuando era un matón en el Brooklyn neoyorquino-.
Muchos documentales de época, con grandes entierros o incidencias violentas de las jornadas electorales, se intercalaron en la película. En las elecciones de 1924, la organización Torrio-Capone apoyó a los republicanos, y los actos de violencia contra los demócratas fueron numerosos. En un tiroteo murió Salvatore Capone, hermano pequeño de Al; éste derramó abundantes lágrimas en el sepelio, como exige un buen temperamento napolitano. Todos los resortes del poder local quedaron en manos del inquietante dúo.
Las causas de que, en los años veinte, Chicago se convirtiera en el centro más potente del hampa traficante en alcohol fueron múltiples: ser un gran centro industrial y nudo ferroviario -corazón de la red de trenes de los EE.UU.-; tener un inquieto proletariado sediento de distracciones fáciles y bebida abundante, con una cierta tradición de rebeldía -no en vano el 1 de mayo nació allí-. Junto al sector laboral, tampoco faltaba ese otro sector aventurero dispuesto a hacer cualquier cosa para ganarse la vida, menos trabajar; el indudable talento de Torrio, Capone y otros elementos que coincidieron en una coyuntura y un lugar favorables. Y, por último, su posición geográfica central en el país, al encontrarse en el fondo del lago Michigan, cuyo sector norte penetra en Canadá. El pequeño mar navegable fue cruzado por miles de lanchas cargadas de cerveza y licor de contrabando, en dirección sur.
Hay personas que han definido el gangsterismo o pandillerismo como una especie de perversión del capitalismo salvaje, en donde los competidores eran eliminados a ráfagas de metralleta. En cualquier caso, fue Johny Torrio el primero en ver el filón potencial de la “Ley Seca”, si se lograba combinar con otras formas de comercio ilegal como la prostitución, los garitos de juego, y la extorsión a industriales y trabajadores.
Torrio era el segundo de a bordo de la banda de Al Capone, que controlaba las citadas actividades ilegales de Chicago -en 1919-, y que murió al poco tiempo a causa de una inesperada “ingestión” de plomo, en pequeñas dosis, disparadas sobre su estómago cuando asistía a un recital de ópera.
Torrio pasó a primer plano y su guardaespaldas, Al Capone, empezó a encargarse de la eliminación de los rivales de su amo, pero éste resultó herido en un atentado, en 1925, y decidió retirarse del mundanal ruido.
Al Capone controló la vida de Chicago hasta que, en 1931, fue enviado a una penitenciaría con una condena de 11 años de cárcel y 50.000 dólares de multa por “evasión de impuestos”. Su reinado dejó un rastro de cientos de muertos, entre 135 y más de quinientos -según las fuentes que se utilicen-, y una serie de episodios que parecen sacados del más truculento de los relatos. Nos quedamos con dos. En 1927, el aviador italiano Pinedo llegaba a Chicago, en el curso de su vuelo trasatlántico; como se temían protestas de los numerosos antifascistas que había entre la colonia italiana emigrada, las sabias y pragmáticas autoridades encontraron la fórmula de evitar posibles alborotos. Un sonriente señor Capone fue encargado de dar el primer apretón de manos al aviador trasalpino.
Nadie se movió. Hay que añadir que las autoridades de la ciudad eran meras marionetas del todopoderoso Al, que disfrutaba concediendo entrevistas a la prensa.

Otra anécdota alcaponiana, la más conocida, tuvo lugar el 14 de febrero de 1929, cuando pistoleros de paisano y otros disfrazados de policías ametrallaron a siete miembros de una banda rival. Los supervivientes de la misma no dudaron en afirmar a la prensa: “esto sólo puede ser obra del signore Caponi”. El suceso ha sido repetidamente llevado al cine y a la novela, y se conoce como la matanza de San Valentín. La mejor biografía de Al Capone fue escrita por el periodista F.D. Pasley, que murió a tiros en una estación del metro de Chicago, al parecer por orden de su biografiado, en 1930. Después vino la decadencia del mito: estancia en diversas prisiones, agresiones de miembros de algunas bandas rivales en presidio y avance de la sífilis que padecía. Excarcelado en 1939, cuando era ya una sombra de sí mismo, ser retiró a disfrutar de sus ganancias en una villa de Florida, donde falleció a principios de 1947. La administración Harding fue otra de las causas del florecimiento de la delincuencia en los Estados Unidos, durante los rugientes veinte, en todas las formas posibles. Alan Hynd, en el mundo del delito, define así el panorama: “En marzo de 1921, cuando Harding prestó juramento como el vigésimo noveno presidente de los Estados Unidos, una variada dotación de los tipos más desaprensivos que jamás se hayan congregado fuera del patio penal se dispusieron a hacer las maletas en las villas, ciudades, y aldeas de todo lo largo y lo ancho del país, pero en Ohio más que en ninguna parte, cogieron un tren con destino a Washington. “La Pandilla de Ohio” se disponía a timar posesión del país. Era aquélla la tropa de políticos canallas que, salvo el monumento a Washington, iban a venderlo prácticamente todo al mejor postor.
Retomando el libro de Pasley, en su prólogo se hacen afirmaciones como: “Al Capone fue en el mundo del crimen lo que J.P. Morgan en Wall Street: el primer hombre que ejerció una influencia nacional en su especialidad. Cuando advino al mundo del crimen en el Chicago de 1920, la ciudad, futuro centro de sus actividades, se encontraba dividida en grupos rivales”.
A la manera de cualquier hombre de negocios sin escrúpulos, Capone abarcó primeramente la mayor parte de su propia ciudad, se extendió luego por las afueras y controló finalmente todo el estado de Illinois. Después convocó una de las primeras convenciones internacionales del mundo del crimen en Atlantic City, New Jersey, en 1929, y, como cabeza del ramo, efectuó entre las bandas rivales un reparto de los Estados Unidos en territorios con fronteras definidas. El crimen alcanzó así la etapa del oligopolio y de los acuerdos de fijación de precio, con un hombre como dirigente reconocido. El criminal de poca monta fue casi eliminado (al igual que el pequeño empresario), ya que las bandas organizadas cooperaron con la policía para desembarazarse de él. Al suprimir su competencia, las grandes organizaciones del hampa resultaron un elemento beneficioso para la sociedad…
Capone fue un producto y una víctima de su tiempo, la otra cara de la moneda que ha sido acuñada con la expresión de la Edad del Jazz”. Por sus excesos, Al Capone se convirtió en la bestia negra tanto de la ciudad como del gobierno federal, que se coaligaron para la destrucción de su imperio. Un grupo de agentes del FBI, los “Intocables” del policía Eliot Ness, asaltó muchas de sus destilerías clandestinas, en 1930; un grupo de inspectores de Hacienda analizó con lupa la contabilidad de sus negocios legales y la puso a disposición de un juez, que tico el coraje de enviarlo a la cárcel. Final casi feliz de la parábola del hombre que se hizo a sí mismo, que tenía un hotel para él y sus muchachos, se paseaba en lujosos Cadillacs y llevaba una intensa vida social. Una de sus tácticas innovadoras fue la de eliminar a los matones implicados en los crímenes más destacados, para evitar posibles filtraciones informativas. Sus continuadores fueron más discretos, huyeron de la exhibición y la publicidad indiscreta. La abolición de la “Ley Seca” obligó a un brusco reajuste del mundo del crimen, en un contexto de aguda crisis económica, que básicamente se orientó hacia el tráfico de estupefacientes. Se reestructuraron las bandas y se produjo una coordinación a nivel nacional, conocida como el Sindicato del crimen, para evitar sangrientas disputas. Los que no supieron adaptarse fueron eliminados por la policía o por sus antiguos compañeros. Los matones baratos, los pistoleros sin suerte, se dedicaron a los atracos, y nació la época de los Dillinger, Bonnie and Clyde, Nelson “Cara de Niño” y otras figuras; acababan cosidos a tiros en una encrucijada, y raramente llegaban vivos a un tribunal que los condenara a muerte. El naciente FBI se hizo un gran cartel en esta actividad de limpieza social. Pero ésta es ya otra historia, la de la crisis de los años 30.
LA “LEY SECA”

Nos encontramos ante 124 páginas, que se pueden dividir en 6 capítulos básicos. El primero, sin duda el más interesante, es un repaso histórico a todos los aspectos (económicos, sociales, criminales…) de la “Ley Seca”, que estuvo en vigor entre 1919 y 1933, periodo en el que habitualmente se ambientan las partidas de La Llamada. Son más de 30 páginas, escritas en un estilo fluido a atrayente, que hablan sobre clubs, agentes de la ley, traficantes y gángsters, lo que captura poderosamente la atención de cualquier aficionado a la época. Por desgracia, en las últimas secciones del capítulo la información comienza a ser redundante, perdiendo interés hacia el final.
El siguiente gran apartado desarrolla una idea con la que he estado jugando durante mucho tiempo y nunca llegué a ejecutar: clasificar todas las aventuras publicadas de “La Llamada de Cthulhu” según diversos criterios, para facilitar la labor del Guardián. Así, encontramos listados de suplementos y aventuras clasificados según la época, o el lugar, en que se ambientan, o según las criaturas o las sectas que en ellas aparecen. La bibliografía así ordenada permite fácilmente localizar más material del tema sobre el que se esté trabajando, para que los Guardianes más trabajadores puedan desarrollar sus campañas en torno a un lugar, un tomo de los Mitos o un villano de renombre. La gran pega: que el listado está elaborado sobre el material americano, buena parte del cual no está disponible en nuestro país ni mucho menos en nuestro idioma. (Por otro lado, espero que algún día alguien desarrolle un trabajo de clasificación parecido con los relatos de Lovecraft…)
Otros capítulos, más tópicos, están dedicados, de nuevo, a profundizar en la descripción de armas de fuego, tomos de los Mitos y artefactos mágicos. Pocas sorpresas por aquí.
Como complementos hay un par de secciones, una dedicada a un satanista llamado LaVey”, al que se califica de farsante, y otro que incluye un par de análisis “científicos” de la transformación de un híbrido, de humano a profundo. Aquí nos encontramos “El Diario del Doctor Lippencott”, que con esta temática y la estructura del diario de un médico forense, podría pasar perfectamente por un (buen) relato del Círculo de Lovecraft.
Las ilustraciones del volumen son escasas y no aportan mucho, ni en un sentido informativo ni en sentido artístico. Por lo demás, la presentación es digna, y el contenido, apropiado a las expectativas. Tan sólo el precio podríamos decir que es un tanto elevado para lo que se ofrece.
“El Manual del Guardián 2″ consiste, en mi modesta opinión, en una serie de informaciones que, a pesar de ser absolutamente prescindibles para el juego, resultan de lo más interesantes. La información sobre el período de la Ley Seca -que es lo que yo me he leído- resulta tremendamente interesante a la hora de entender las causas y consecuencias de una “solución” tan drástica, dentro de su contexto histórico y su realidad social.
Pero no se trata de información histórica, sino de un relato periodístico que consigue suscitar interés por la lectura, aportando anécdotas y ahondando en las reacciones del hombre de a pie (pensando, claro está, en los personajes del juego). También resulta atractiva la información sobre el gangsterismo.
El formato, la maquetación, el estilo de los textos, todo resulta correcto y recomendable. Son también útiles los listados ordenados de suplementos. Por lo demás, el resto de relatos tienen cierto interés literario y pueden contribuir a la ambientación de las partidas.
En definitiva, se trata de un volumen interesante para los aficionados. La información suministrada no es, en su mayor parte, puramente “cthulhoidea”, pero sí relativa a la época de Lovecraft y sus relatos.
Policiaco – Gángsters
CAPONE TERROR DEL HAMPA

La figura de Al Capone en el cine ha tenido el relieve que merecía un personaje tan siniestro. Para Andrew Sinclair, ” Al Capone fue en el campo del crimen lo que J.P. Morgan en Wall Street: el primer hombre que ejerció una influencia nacional en su especialidad”. ¿Cómo era el famoso delincuente? Para Fred D. Pasley, autor de un libro biográfico sobre Capone, escrito al filo de su aventura gangsteril ” era un tipo con el que resultaba bastante agradable encontrarse -socialmente- en una taberna clandestina, si el propietario compraba cerveza a Capone; daba la mano calurosamente, con una sonrisa agradable y conquistadora que dejaba ver una brillante muestra de marfil dental; era un conversador fácil, que llegaba a una gran fluidez al hablar de temas como la hípica, el boxeo, el teatro, el rugby y el béisbol; lo que los informadores de la policía llaman un buen muchacho, un tipo generoso que llegaba hasta la prodigalidad si se sentía efectivamente tocado en ese corazón que latía bajo la automática instalada junto a su axila izquierda ( .).
Estatura, sobre un metro setenta; peso, alrededor de los ochenta y cinco; edad, treinta y dos años, la cual sobrepasaba el promedio de expectativa de vida del gángster de Chicago. Pesado de movimientos hasta que se ponía en acción; entonces, ágil como una pantera.”

Howard Hawks dirige en 1932 Scarface, el terror del hampa filme considerado entre los más importantes del género, donde quedaba reflejada en su total dimensión de crueldad y arrojo la figura de Al Capone, difuminada bajo el nombre de Tony Camonte, para evitar complicaciones con los hombres que manejaban el imperio del crimen. No era la primera vez que aquél aparecía en la pantalla como figura central de un tema tan vinculado con la violencia. Un año antes Robert Wiene (famoso realizador de El gabinete del doctor Caligari) había dirigido en Alemania Al Capone, pánico en Chicago, interpretado por Hans Rehmann, secundado por Olga Tschechowa y Hilde Hildebrand en los papeles estelares.
El filme suponía un interesante estudio del claroscuro, reflejando el mundo turbio donde operaban los fabricantes de cerveza y otros negocios tan sucios como fructíferos.
Con intenciones ostensiblemente sociales, la visión de la ciudad de Chicago ofrecía un curioso paralelismo con el de la novela expresionista de Alfred D√∂blin, Berlin Alexanderplatz, con su bronco mundo de maleantes confinados en el coto de una gran plaza, que el autor convertía en corazón y latido de la ciudad germana. Evidentemente, Wiene no había logrado una obra maestra, pero los tintes siniestros de su film calaban hondos en la denuncia.

El profesor alemán Walter Muschg, que ha estudiado en su profundidad el fenómeno expresionista en la literatura de su país, no duda en establecer una clara influencia del cine en la obra de D√∂blin, “que escribió toda la novela en presente de indicativo, y todos los hechos se desarrollan en el año 1928, momento de la redacción de la obra”.
El relato épico se convierte en diálogo dramático y hasta lírico, aunándose tres géneros literarios. A ello debe añadirse que el narrador cambia continuamente de escenario. “Esta agitada variedad, la fragmentación en escenas breves, las secuencias discontinuas, así como el campo visual móvil dentro de cada escena, muestran de forma inequívoca la influencia del cine, que conquistó Europa por los años veinte.” En la película de Wiene observamos también una especie de tríptico ambiental-temático que nos distancia de una épica llevada a sus últimos extremos. El gangsterismo, aquí, aparece respaldado por gente influyente, que pasa por alto cualquier infracción, por grave que ella sea. También existe ese trasfondo social, acaso influencia de la obra de Brecht “La ópera de dos centavos”.

La tercera variante del filme se ceñía a la violencia desplegada por los gángsteres y a la corrupción de las más conspicuas personalidades encargadas de velar por los derechos y seguridad del ciudadano medio. Acaso Wiene iba más directo a la cuestión de la delincuencia que Howard Hawks, pero el gran director estadounidense miraba hacia el futuro del cine, mientras que el alemán insistía en mirar hacia atrás, estancado todavía en la plástica de El gabinete del doctor Caligari. Anotemos finalmente que Al Capone, pánico en Chicago, intentaba aprehender el clima del Hampa ( Berlín Alexanderplatz, 1931), versión cinematográfica de la novela de D√∂blin a cargo de Phil Jutzi, interpretada por Heinrich George y Maria Bard (desbordante de delincuentes), aunque el siniestro Capone tomase perfiles expresionistas.

Scarface, el terror del hampa ofrece un personaje lindante con la paranoia. Fernández Cuenca, en su monografía sobre Howard Hawks, deja establecida la siguiente continuidad dramática del filme: “Tony Camonte (Paul Muni), guardaespaldas del poderoso gángster Costillo, es sobornado por Lovo, que capitanea una banda rival, para que asesine a su propio jefe”.
Así se convierte Camonte en el hombre de confianza de Lovo, y bajo sus órdenes los miembros de la delictiva organización siembran el terror en Chicago, para monopolizar el tráfico clandestino de bebidas alcohólicas.
Camonte trata de anexionarse la zona de la ciudad controlada hasta entonces por la banda de O’Hara, y los hombres de éste, como advertencia, matan a uno de los secuaces de Lovo y arrojan su cuerpo, desde un automóvil en marcha, ante su oficina. Camonte a su vez, hace matar al propio O’Hara en su tienda de flores. La policía detiene a Rinaldo (George Raft), brazo ejecutor del crimen, pero no tarda en ponerlo en libertad; poco después en un restaurante, sale indemne de un atentado urdido contra el por Dorgen, sucesor de Gaffney O’Hara. Contra la opinión de Lovo, Camonte decide aniquilar a la banda de Dorgen; los hombres más fieles de éste caen asesinados la misma noche.

Pocos días después, en una bolera, Camonte mata a Dorgen y juzgando que ya tiene en sus manos el control de la ciudad entera, se propone asumir el puesto de Lovo.
Durante el curso de una fiesta en un café desafía a Lovo, no sin intentar también la conquista de Poppy (Karen Morley), amiga de éste. Lovo ordena a sus hombres que maten a Camonte, quien los burla, si bien resulta herido. Busca a Rinaldo y los dos asesinan a Lovo.
Camonte es reconocido por todos como jefe supremo del gangsterismo de Chicago. Pasa el verano con Poppy en un lujoso yate, mientras Rinaldo y Angelo actúan como lugartenientes suyos en la ciudad. Cesca (Ann Dvorak), hermana de Camonte, y por quien éste siente un cariño enorme, se enamora de Rinaldo.

Pero, enterado por su madre de lo que ocurre e indignado ante la idea de que su hermana piense casarse con un gángster, Camonte vuelve a sus dominios y da muerte a Rinaldo. Cesca, enfurecida, avisa a la policía. Camonte consigue escapar, pero Angelo resulta mortalmente herido en el ataque. Arrepentida de su proceder, Cesca busca a Camonte en su mejor escondite, más poco después las sirenas de la policía les advierten de que están descubiertos. Camonte organiza la defensa, pero una bala alcanza a Cesca. Al sentirse solo, Camonte comienza a sentir miedo y pide a los policías que no le maten. Pero cuando los agentes de la autoridad van a esposarle intenta huir y es abatido por una ráfaga de fusil ametrallador.

Scarface sería el filme de gángsteres que acabaría con todos los filmes de gángsteres, según el eslogan publicitario para su lanzamiento. Que significó mucho en su época lo demuestra el interés que el propio Al Capone sintió al ver la película, como lo atestigua este fragmento del libro “Les ministres du crime”, de Stephane Groueff y Dominique Lapierre: “Capone adora la gloria. El actor de cine George Raft, a su vez antiguo gángster, explicará las reacciones del jefe al serle proyectado el célebre filme Scarface. Paul Muni interpretaba el papel de Capone y George Raft el de su guardaespaldas.
Después de haber visto el film, Capone convoca a Raft. Pálido y tembloroso, el actor es introducido en los pasillos del Hotel Lexington, custodiados por varias docenas de gorilas armados hasta los dientes.
Entra en el despacho de “Cara cortada”, que le espera detrás de una larga mesa de caoba presidida por unos retratos de George Washington y de Big Bill Thompson, el alcalde de Chicago que él hizo elegir.

Escúchame bien, Georgie -declara el gángster-, diles a tus camaradas de Hollywood que no conocen a Al Capone . Al final del filme hacen que me liquiden . Les dirás que nadie liquidará a Al, ¿me oyes?¡Capone no se dejará liquidar nunca! Scarface inicia entonces una sonrisa:¡”En ese filme manoseas sin cesar una pieza de veinticinco centavos, ¿no es verdad? Es un pequeño truco de actor… Sólo una pieza de un centavo” tartamudea tímidamente Raft. Capone estalla:¡Les dirás que si uno de mis muchachos juega con una moneda, es siempre una pieza de oro de veinte dólares! Antes de despedirse, George reúne todo su valor y pregunta: A parte de eso, ¿te ha gustado el filme, Al? Si me ha gustado, Georgie, no está mal…?
En cierto modo Hawks había convertido en criminal integral la catadura y psicología de Camonte. Un asesino indigno de suscitar la admiración del público.

Para ello no dudaba en degradarlo sistemáticamente: asesinato de su protector y amigo de confianza de Lovo; liquidación de Rinaldo, su segundo, con el pretexto de que hace el amor a su hermana, insinuando una pasión incestuosa que lo arruinará, puesto que Camonte será delatado por ella; rendición a la policía, pidiendo entre lloriqueos que no le maten, una vez que se ha percatado de su soledad. Los rasgos físicos, que no el nombre, corresponden a Capone, excelente incorporación del gran actor Paul Muni. Scarface, el terror del hampa viene a ser como un documento de la época, cuyo oportunismo salta a la vista. Ante los ojos del público se desarrollaban sucesos violentos que estaban a la orden del día en las primeras planas de los rotativos, la Ley Seca vigente, y los demócratas iniciaban sus preparativos electorales en un clima de controversia.

Howard Hawks parecía poner en práctica el doctrinario de Franklin D. Roosevelt, aplicándolo, con un indudable margen de riesgo, a su filme: “El país necesita, e incluso -si no me equivoco al juzgar su temple- exige, una renovación continua y valiente. El comprobar todos los métodos nuevos que se presentan a nuestra consideración es una táctica de sentido común.
Si uno cualquiera de ellos falla, reconozcámoslo sinceramente y probemos otro; pero sobre todo experimentemos siempre, renovándonos sin cesar.” Una auténtica renovación, en todos sus aspectos, era el filme. Para Roosevelt, “lo único es realmente terrible es el propio temor”. Para Camonte, el miedo sería su talón de Aquiles; y para el público, una imagen desmitificadora que mostraba la cobardía de un hombre considerado hasta entonces héroe. Walter Noble Burns, en su famoso libro Viaje sin vuelta (1931, The One Way Ride), evoca el poderío Insolente de Capone: “Como representante de Torrio, Capone era dueño y señor de la ciudad. Los síndicos, la policía y el alcalde obedecían sus órdenes.
En una ocasión, habiendo ejecutado el alcalde Klenha algún acto oficial que disgustó a Capone, éste le derribó de un puñetazo en las escaleras del ayuntamiento. Y en otra un agente de Capone deshizo una asamblea del consejo municipal aporreando a uno de los síndicos.” El cine de gángsteres pulsó como ningún otro medio la realidad social y política de unos EE.UU. en pleno crack económico, con batallas de exterminio en las calles de las ciudades y su crisis de desempleo que arrojaba ya por esa época una cifra de varios millones de parados. Tal caos fomentaba la corrupción y la criminalidad. El cine de gángsteres va a reflejarlas en imágenes de inusitada realidad que no regatean ni la violencia ni la denuncia o el cinismo.


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