LA NARANJA MECÁNICA (A Clockwork Orange)

Película estrenada entre Artículos

Director: Stanley Kubrick. 1971. G.B. Color
Intérpretes: Malcom McDowell (Alex), Patrick Magee (Sr. Alexander), Michael Bates (Guardián jefe), Warren Clarke (Dim), John Clive (actor), Adrienne Corri (Sra. Alexander), Carl Duering (Dr. Brodsky), Paul Farell (Vagabundo), Clive Francis (Huésped), Michel Gorer (Director de prisión), Miriam Karlin (Mujer gato), James Marcus (Georgie), Aubrey Morris (P.R. Deltoid), Geoffrey Quigley (Capellán de prisión), Sheila Raynor (Madre), Madge Ryan (Dr. Branom), John Savident (Conspirador), Anthony Sharp (Ministro del Interior), Phillip Stone (Padre), Pauline Taylor (Psiquiatra)

La Naranja Mecánica (cuyo título original es A Clockwork Orange) es una novela de Anthony Burgess, publicada en 1962 y adaptada por Stanley Kubrick en la película homónima aparecida en 1971. Se la considera parte de la tradición de las novelas distópicasbritánicas, sucesora de trabajos como “1984” de Orwell y “Un mundo feliz” de Huxley.

Origen del título: que el título se deriva de una vieja expresión cockney (As queer as a clockwork orange, que podría traducirse como “tan raro como una naranja mecánica”), pero descubrió que otras personas encontraban nuevas interpretaciones para el título. Por ejemplo, hubo gente que creyó ver referencias a un antropoide (más precisamente a un orangután, pues la palabra orang es de origen malayo) mecánico. Hubo rumores de que Burgess tuvo la intención de titular su libro originalmente como “A Clockwork Orang” y que tras una ultracorrección terminó con el título con el que lo conocemos hoy. En su ensayo “Clockwork oranges”, Burgess menciona que “este título sería ideal para una historia acerca de la aplicación de los principios pavlovianos o mecánicos a un organismo que, como una fruta, cuenta con color y dulzura”. El título alude a las respuestas condicionadas del protagonista a las sensaciones de maldad, respuestas que coartan su libre albedrío. Otra versión es la que menciona que siendo, el título original de la película “A Clockwork Orange”, “orange”, en inglés significa “naranja”, en verdad proviene de otra palabra: “ourang”, una vocablo de Malasia -donde el autor del libro, Anthony Burgess, vivió durante varios años. Esta palabra tiene otro significado y es el de “persona”. De esta manera, el escritor hizo un juego de palabras, y realmente, lo que el título significa es “El hombre mecánico”. Esta relación entre el hombre y la fruta como creaciones divinas se explora en un pasaje del mismo libro.

El libro, narrado por Alex, está escrito con abundancia de expresiones nadsat, una jerga ficticia (glosario nadsat-español) adolescente, mezcla de palabras basadas en el idioma ruso, ciertas voces de la jerga rimada Cockney y palabras inventadas por el propio autor. En la segunda parte del libro (capítulo 6), uno de los médicos de Alex, el doctor Branom, describe así el nadsat: “Fragmentos de una vieja jerga. Algunas palabras gitanas. Pero la mayoría de las raíces son eslavas. Propaganda. Penetración subliminal”. Burgess escribió que su libro, leído de forma sistemática, era como “un curso de ruso cuidadosamente programado”.

Especialmente famosa se hizo la expresión “horrorshow” (transcrita en la edición de Minotauro como “joroschó” y en el doblaje castellano de la película como “de horrores”). Es un juego de palabras entre la expresión rusa para bien o bueno y el inglés “horror show”, espectáculo de horrores.

Burgess, agudo comentarista de la obra de James Joyce, sobre la cual escribió los ensayos “ReJoyce” y “Joysprick”, tomó de éste la solución de inventar un nuevo lenguaje insertando palabras de otros idiomas.

El autor utilizó este recurso -la creación de una jerga adolescente- para hacer atemporal la obra, ya que de otro modo el paso del tiempo hubiera revelado en la sintaxis y vocabulario un libro no actual. De este modo, al crear una forma artificial para narrar el argumento, éste lenguaje actuaría con un efecto antienvejecimiento que permitiría su lectura fluida pese al paso del tiempo.

Alex, el protagonista del libro, es un mal chico (adolescente, en lengua nadsat) que lidera un grupo de amigos (drugos), con los que pasa el tiempo dedicándose a la ultraviolencia (palizas, abusos, violaciones y humillaciones de aquellos más débiles, y trifulcas con otros grupos de adolescentes) y al consumo de drogas. Asimismo cometen robos o asaltos ocasionales para financiar su estilo de vida. La pasión de Alex es la música clásica, principalmente del “divino, divino” Ludwig van Beethoven.

Alex induce a sus amigos a atacar una casita de las afueras de la ciudad, donde vive un escritor con su esposa. Alex descubre que el dueño de la casa escribe una novela titulada La naranja mecánica y rompe el manuscrito; después él y sus tres drugos violan a la esposa del escritor en presencia de éste.

Tras una discusión concerniente al liderazgo de la banda, tiene lugar una pelea entre sus integrantes. Finalmante, Alex consigue mantener el control, aunque los otros componentes sigan insatisfechos con el resultado. Alex, para asentar una imagen de líder justo, poderoso e inteligente, decide hacer caso a uno de sus drugos y asaltar la residencia de una mujer. Alex es el único que entra en la casa, quedándose a solas con la inquilina y sus numerosos gatos. Alex y la mujer se enzarzan en una discusión que acaba terminando en pelea donde hasta los gatos intervienen. Alex consigue escapar de la casa propinando un buen tolchoco (golpe) a la mujer con una estatua fálica, haciendo semblanza literal y explícita al acto de la felación. Cuando sale de la casa es atacado por sus propios drugos, que satisfacen así sus deseos de venganza. Cegado por el golpe, es fácilmente arrestado por la policía, a la que la inquilina había avisado en un principio.

Alex es encarcelado en una prisión brutal y, después de haber sido inculpado por asesinato, escucha sobre un tratamiento experimental: El tratamiento Ludovico. Uno de los efectos directos de tomar el tratamiento, es la salida de la cárcel y la reincorporación a la vida civil, lo que motiva a Alex a enfrentarse a dicho tratamiento del cual no tenía conocimiento alguno. Valiéndose de sus actos de buena voluntad como ayudante del sacerdote de la cárcel, empieza a hacer notorio su deseo de hacer parte del tratamiento y finalmente en la visita de Ministro del Interior que va a escoger el objeto experimental luego de una breve pero decisiva intervención de Alex es llevado al complejo médico. En dicho tratamiento Alex es inyectado con supuestas vitaminas, que en realidad son vomitivos. El objeto del tratamiento es que mientras el paciente está bajo el influjo de los vomitivos, sea “bombardeado” con imágenes violentas de violación, asesinato o guerra, a fin de que relacione dichos actos de con sensaciones repulsivas. El punto más fuerte e importante que hace efectivo el tratamiento en Alex es relacionar el proceso de asociación con música del “divino, divino” Ludwig van Beethoven.

Al salir del programa, pese a recuperar la libertad ambulatoria, la vida de Alex ha quedado totalmente destruida: es rechazado por sus padres, que ahora cuentan con un inquilino que ha asumido el papel de hijo y afea a Álex su conducta criminal. Álex camina por las calles después del abandonar su casa, y por casualidad se encuentra con una de sus víctimas, un viejo indigente que reconoce a Alex, y motivado por el odio y la venganza llama a otros indigentes ancianos que le propinan una buena tunda, ante la que es incapaz de defenderse por efecto del condicionamiento. Es en ese momento cuando llegan dos policías que resultan ser dos de sus viejos “drugos”. Tras caer estos en la cuenta, se lo llevan a una zona forestal cercana donde le dan una buena paliza e intentan ahogarlo, Alex sobrevive y camina en busca de ayuda. En su caminata llega a una casa donde es recibido cordialmente por el dueño, quien le da comida y techo. Este dueño es el escritor al que Álex atacó y cuya esposa violó en sus años de delincuente juvenil. El escritor, que no se da cuenta de quién es, pero entiende que ha sido “víctima” del tratamiento Ludovico le pide a Álex que de testimonio de su condición y así le ayude a acabar con el gobierno, junto con otras personas que son de la misma ideología política que él. Mientras el escritor contacta a sus revolucionarios, Alex está tomando un baño e inconscientemente, empieza a tararear la misma canción que cantó cuando violó a la esposa del escritor (Singing in the Rain)y es ahí donde el escritor lo identifica. Alex es drogado por estas personas y llevado a un cuarto, donde lo dejan en el piso y se marchan, cerrando la puerta por fuera. El problema llega cuando desde el piso inferior reproducen una música de Beethoven, específicamente la novena Sinfonía (que es la que tiene efecto directo en el) que provoca en Álex un tormento suficiente para que decida suicidarse lanzándose por una ventana.

Pero no lo consigue. Es rescatado, internado en un hospital y liberado de los efectos que le ha causado el “Tratamiento Ludovico”. El Ministro del Interior, promotor político del tratamiento, aprovecha la ocasión para brindar una conferencia de prensa junto a la cama de Alex, en la que exhibe su curación como un éxito del gobierno e informa que el escritor opositor ha sido arrestado, ya que quiere matar a Álex. Además, los padres de Álex piden que vuelva a casa, a lo que Álex, otra vez como malvado delincuente, acepta. La escena final es cerrada majestosamente con un alucinación extraña de Alex sobre un matrimonio y termina con la frase “Me curaron muy bien” pero denotando en su mirado que eso es absolutamente falso.

Luego se produce el capítulo 21, explicado justo debajo. (Aclaración: La descripción que había hasta ahora del argumento de la obra no correspondía a tal, sino a la película de Stanley Kubrick de 1971. Así, las modificaciones se han hecho sobre las partes que aparecen en la película pero no en el libro.)

La película de Stanley Kubrick se caracteriza por extremas audacias de experimentación formal: acelera o ralentiza el tiempo narrativo, utiliza la composición en friso durante la escena en que la pandilla actúa como conductores suicidas, utiliza a veces la cámara manual y el gran angular, recurre al collage con fragmentos de películas antiguas, en algunas ocasiones anticipando la técnica del videoclip, engendra el género de las películas ultravioletas, que tanto juego daría posteriormente, y utiliza la innovadora música electrónica en el recién creado sintetizador
Mogo del compositor Walter Carlos, ahora Wendy Carlos tras su cambio de sexo. La estética de la película, asimismo, es rompedora en el lenguaje y en el ímpetu desmitificador y cínico que trasluce. El mensaje moral que deja es que es mejor ser malo por voluntad, a ser bueno por obligación (tal cómo lo dice el párroco). También hallamos un mensaje de índole moral/social al comienzo de la película donde Alex y sus drugos encuentran al viejo borrachín y éste los enfrenta.

El guión, sin embargo, se inspira en la edición estadounidense de la novela que carecía del último capítulo en que el protagonista se regenera. La película ha causado gran impacto desde su estreno, sobre todo porque cuenta con escenas de violencia explícita, y particularmente cruel en algunas escenas. Como se explica en el documental Stanley Kubrick: una vida en imágenes de Warner Bros., publicado en 2001; en su estreno tuvo tanta repercusión que, en Inglaterra, se sucedieron una serie de crímenes perpetrados por jóvenes que supuestamente se veían inspirados por la película. Stanley Kubrick se encontró bajo una gran presión, ya que algunos medios le apuntaban a él como culpable de lo sucedido. Kubrick se vio seriamente afectado, no sólo porque residiera en Inglaterra, sino por saber que no todos habían interpretado correctamente los mensajes que subyacen tras la violencia que muestra en su obra. Ante esta situación, Kubrick forzó a la Warner a que retirara por completo la distribución de la película de Gran Bretaña, tras sesenta y una semanas en cartel. Esto muestra la gran libertad de la que gozaba el director (al ser capaz de imponer una decisión personal a unos grandes estudios), así como su gran determinación. La Naranja Mecánica no pudo ser vista en Gran Bretaña hasta después de la muerte de Stanley Kubrick, en 1999.

Los dos finales de La naranja mecánica
La naranja mecánica nació de dos experiencias personales del autor. En 1944, mientras Anthony Burgess servía en Gibraltar, su esposa embarazada fue atacada, golpeada y robada por cuatro desertores del ejército, a resultas de lo cual perdió el embarazo. Nunca habría otro, y el autor siempre sintió que el alcoholismo y la temprana muerte de su mujer fueron consecuencia directa de esa experiencia. El episodio es recreado en la novela cuando Alex, el protagonista, y sus tres compinches o drugos entran a la fuerza en la casa del escritor F. Alexander, quien está trabajando en el manuscrito de una novela titulada, precisamente, La naranja mecánica. Los drugos destruyen el libro, golpean salvajemente al escritor – aunque sin dejarlo paralítico como en la versión cinematográfica – y lo obligan a mirar mientras violan a su mujer, quien morirá poco después. Burgess dijo que eligió narrar el episodio desde el punto de vista de los atacantes y no de las víctimas como ‘un acto de caridad’ hacia los agresores de su mujer, y la casi identidad de los nombres Alex y Alexander puede tomarse como otro intento de acercamiento; pero también es posible ver en ello razones menos altruistas: la necesidad de expiar la culpa de no haber estado, obligándose no solo a verlo sino a sufrirlo él también; la tentación de invertir la situación traumática, poniéndose en el lugar del que tiene el poder y el control; la opción de permitirse el amargo placer de la venganza ficcional, cuando hacia el final de la historia sea Alex el que se encuentre indefenso en manos del escritor.
El otro episodio fue inmediatamente anterior a la redacción de la novela. En 1960 se le diagnosticó a Anthony Burgess un tumor cerebral, y se le dio un año de vida. Decidido a asegurar el futuro de su mujer mediante los derechos de autor, escribió cinco novelas y media en un año, al cabo del cual se encontró todavía con su vida en sus manos. Burgess viviría otros 33 años, y la media novela, completada, se convertiría eventualmente en La naranja mecánica. Aparte de comprobar que no era tanto el apuro, tuvo otros motivos para darse un respiro y permitirse repensar la obra. Burgess había encontrado un tema y una ambientación, pero le faltaba algo esencial: el lenguaje. Su estudio del ruso, en preparación de un viaje a la U.R.S.S. que realizaría al año siguiente, fue lo que le permitiría inventar el nadsat, dialecto juvenil en el que hablan los protagonistas y está narrada la novela, una mezcla de ruso y slang angloamericano rimado, aderezado con pronombres y formas de dicción del inglés isabelino (en su primerísima versión, la historia transcurría en tiempos de Shakespeare, origen que dejó sus huellas en el lenguaje y también en la vestimenta de Alex y sus drugos).
Además de escritor y compositor, Burgess fue un ling√ºista políglota, apasionado de los idiomas, dialectos y jergas (el lenguaje de los hombres de la edad de piedra en el filme La guerra del fuego (1981) de Jean-Jacques Annaud, le pertenece), y uno de los críticos más perceptivos de la obra de James Joyce (sobre la cual escribió los esenciales ReJoyce y Joysprick). Para su novela había pensado en un principio en el lenguaje de los Teddy Boys, los Mods y los Rockers, cuyos enfrentamientos callejeros, de los que fue testigo en Brighton y Hastings, sirvieron de modelo e inspiración para la violencia de La naranja (poco después, en Leningrado asistiría a episodios semejantes, que confirmarían su intuición de que la violencia juvenil no es un fenómeno exclusivo del mundo capitalista). Pero la utilización sistemática de un slang contemporáneo tomado de la calle – sobre todo si se usa en la narración y no meramente en los diálogos – supone un grave peligro. Nada envejece más rápido que la jerga adolescente: el lenguaje del libro puede haber pasado de moda en menos de una generación, y todos conocemos el efecto no sólo anacrónico sino risible del “lunfardo de época”, sobre todo el de la época inmediatamente anterior: imaginemos una novela o película argentina actual donde los adolescentes se la pasaran diciendo “brutal,” “mató mil,” “chete,” “mersa,” “férula”, “gomas,” etc. Raymond Chandler, enfrentado al análogo problema de representar el habla de gángsteres y ladrones, resumió con su habitual precisión las dos soluciones posibles: “el uso literario del slang es un arte en sí mismo. He descubierto que hay sólo dos clases que sirven: el slang que está establecido hace rato en la lengua, o el tú mismo has inventado. Todo lo demás habrá pasado de moda para cuando el libro llegue a la imprenta.”
J. D. Salinger, que unos diez años antes de Burgess tuvo que lidiar con la cuestión en El guardián en el centeno, optó por una variante de la primera alternativa: para encontrar la voz de su narrador Holden Caulfield, indiscutible pionero del dialecto literario adolescente, Salinger combina las palabras del argot histórico del inglés con las palabras nuevas que tenían mayores posibilidades de perdurar en el tiempo, por lo cual su novela puede ser leída 50 años después, incluso por lectores adolescentes, sin la incómoda sensación de la que hablamos. Esta es una de las pruebas más difíciles que el paso del tiempo le propone a un escritor: saber tomarle el pulso al lenguaje y percibir, en las palabras del presente, sus posibilidades de vida futura. (Hasta cierto punto, cualquiera de nosotros puede intentarlo: no es arriesgado predecir qué términos relativamente nuevos como “trucho” o “ñoqui” tienen una larga y saludable vida por delante, mientras que otros como “masa” o “joya”, tienen los días contados.). Burgess, cuya novela, con su lenguaje adolescente, su por momentos pringosa primera persona y sus constantes apelaciones a la complicidad del lector, puede considerarse el reverso oscuro de la de Salinger – Holden y Alex constituirán a partir de su publicación dos modelos posibles de rebeldía adolescente, angélico y diabólico, que la literatura y el cine explorarán de allí en más -optaría por la segunda alternativa.
Escribir una obra literaria en un lenguaje inventado, y proceder a crear ese nuevo lenguaje injertando palabras de otros idiomas en las palabras de la propia lengua, era una osadía que Burgess aprendió de su idolatrado Joyce, y varios términos del nadsat, como malchicks (muchachos) o malenky (poco) llegaron al nadsat del ruso vía Finnegans Wake.(El de Joyce y Burgess es un caso testigo de lo fatal que pueden ser a veces las relaciones de filiación literaria: a diferencia de la de Beckett, quien al precio de escribir en otra lengua logró sacudirse el yugo, la carrera literaria de Burgess transcurrió entera bajo la sombra de su demasiado genial precursor). Burgess situó su novela en un futuro cercano (principios de los setenta) y contra la tendencia de la ciencia ficción a definir lo fundamental de su futuridad en términos de ambientación o tecnología (algo que necesariamente funciona mejor en el cine que en literatura) apostó todo al lenguaje: el sabor del futuro corresponde en su novela al sonido del lenguaje del futuro. La justificación de por qué los jóvenes de su mundo presumiblemente inglés hablan una jerga basada en el ruso es tan débil (“la mayoría de las raíces son eslavas. Propaganda. Penetración subliminal” dice algún personaje en la segunda parte) que es mejor ignorarla; en nada ayuda además, saber si vienen del ruso o de alguna otra lengua: el contexto en general las explica y la mayoría son tan poderosas que el lector pronto las prefiere a las de la suya propia. Y aunque sean lo primero que salta a la vista, o al oído, no son tanto las palabras en sí, sino el apoyo que prestan a una sintaxis insidiosa, envolvente y profundamente musical, plena de rimas internas y repeticiones hipnóticas, las que otorgan a la prosa de Burgess (uno está tentado a corregir, de Alex) su inolvidable poder expresivo.
El potencial cinematográfico de la novela fue evidente desde un principio, y antes de Kubrick hubo dos intentos de llevarla al cine: el primero, en 1967, con guión de Terry Southern, comprometió a los Rolling Stones en todos los aspectos, desde la banda sonora al protagónico de Mick Jagger como Alex. El segundo fue al año siguiente, con la dirección de Ken Russell, quien terminaría dejándola por su versión decimonónica, Los demonios de Dostoievski. Pero el destino quiso que la novela, y con ella su autor, se volviera famosa a partir de la versión cinematográfica de Stanley Kubrick (1971) hacia el cual sin embargo (o quizás, precisamente por eso) Burgess mantuvo siempre una actitud ambivalente (por un lado le dedica su novela Napoleon Symphony, por el otro escribe una versión musical de La naranja mecánica que incluye la siguiente indicación escénica: “entra un hombre con la barba de Stanley Kubrick tocando, en exquisito contrapunto, ‘Cantando bajo la lluvia’ en una trompeta. Lo sacan a patadas del escenario.” En parte las diferencias entre ambos tuvieron que ver con el final de la película, que nos ofrece un Alex cínico e irredento que vuelve a las andadas, ignorando así el último capítulo de la novela, en el cual el protagonista se reforma y quiere casarse y tener un bebé; pero es necesario aclarar que la eliminación del capítulo final no fue responsabilidad de Kubrick, quien nada sabía de él cuando empezó a trabajar en la película, sino del editor norteamericano, Eric Swenson, quien amablemente sugirió a Burgess que debía sacrificarlo si quería publicar en los E.E.U.U. (Probablemente sea éste el único caso en el cual los editores norteamericanos y, más increíblemente aun, el cine norteamericano, le impongan un final cínico o pesimista a un autor que escribió uno positivo y feliz.) Por eso, durante casi cuarenta años tanto la versión norteamericana como la española basada en ella han venido circulado con un capítulo de menos, y recién en 1999 Ediciones Minotauro de España publicó la versión completa de 21 capítulos. Es decir que en nuestro país tanto quienes leyeron la traducción española como quienes vieron la película no conocen este final, que en la novela afecta además el diseño formal: Burgess la había estructurado en tres partes de siete capítulos cada una, para corresponder a las siete edades del hombre y sumar 21, la edad en la que el joven se vuelve adulto. En la edición norteamericana y en el filme, Alex se confirma hacia el final, con más fuerza que nunca, como el Peter Pan de la delincuencia juvenil. Pero se reforma y se hace adulto en el capítulo suprimido de la versión original, del que ofrecemos un breve resumen:
Ya curado del condicionamiento del “tratamiento Ludovico”, Alex ha reunido una nueva banda de drugos y vuelve a los ambientes de siempre. Los lugares, las actitudes, las palabras son las mismas que al comienzo, reforzando esa simetría de fábula o cuento de hadas que es uno de los grandes aciertos de la novela, sólo que Alex no es ahora el menor sino el mayor de la pandilla, y ya no parece divertirse como antes. Al pagar unas copas se le cae la foto de un bebé gordito que había recortado de una revista y llevaba en el bolsillo, y sus drugos, tan estupefactos como los lectores, apenas atinan a burlarse de él. Ya solo, Alex se encuentra en la calle con Pete, uno de los sobrevivientes del grupo original, quien ha abandonado la delincuencia y el nadsat, consiguiéndose un trabajo de oficina, un pequeño departamento y una mujercita llamada Georgina con la cual concurre a tranquilas fiestas que incluyen vino en copas y juegos de entretenimientos. “Ah, era eso. Ahora Alex saca su britva y los corta en tiritas” se dice el lector aliviado, pero no. Alex conversa con ellos amigablemente y se aleja lleno de sana envidia, con visiones de llegar del trabajo a casa para encontrarse con su mujer esperándolo con la comida lista y el bebé gorjeando en su cunita del cuarto vecino, y decide que al día siguiente comenzará a búsqueda de una madre para el bebé que anhela.
¿Qué llevó a Burgess a perpetrar este engendro? ¿Habrá sido que Alex se había vuelto demasiado poderoso, y su autor, asustado, decidió que había llegado la hora de aplicarle el equivalente literario del tratamiento Ludovico? Hay pocos ejemplos tan flagrantes en toda la literatura de sustitución a último momento de una lógica estética por una ética, de un autor irrumpiendo en su relato para imponerle a último momento a la historia y a los personajes sus propias opiniones e ideología. Lo que Burgess había querido escribir, desde un principio, era una fábula moral sobre el libre albedrío, pero en algún punto (probablemente en la primera oración, cuando Alex empieza a hablar, o quizá en la segunda, cuando el nadsat comienza a infectar a la lengua huésped) la cosa se le fue de las manos. La novela cuenta la historia de un joven criminal, violador y asesino que es sometido por el estado al “Tratamiento Ludovico”, que implica obligarlo a mirar imágenes de extrema violencia bajo el efecto de ciertas drogas que le producen sensaciones físicas de angustia y muerte. Así condicionan su cuerpo (no su alma, ni siquiera su mente) a rechazar los actos de sexo o violencia, y como efecto colateral, condicionándolo contra la música clásica que acompañaba la proyección de los filmes. El tratamiento no suprime el impulso a hacer el mal (más bien todo lo contrario), sino la conexión entre impulso y acto: en el futuro, cada vez que “el sujeto” sienta el deseo de violar o lastimar, un reflejo condicionado de náusea y pánico lo paraliza. Así deja de ser una amenaza para la sociedad, pero también deja de ser un ser humano, ya que, como dice de Alex el capellán de la prisión, portavoz ocasional de su católico autor: “¿No tiene alternativa, ¿verdad? La autopreservación, el miedo al dolor físico lo llevaron a esa humillación grotesca. Su insinceridad era evidente. Ha dejado de ser un malhechor. También ha dejado de ser una criatura capaz de realizar una elección moral.”
Para ilustrar su tesis Burgess eligió a un criminal que lastima por placer, que ni siquiera tiene motivación económica para delinquir (la explicación sociológica de la criminalidad juvenil es objeto de burlas en la novela). Una fábula liberal y bienpensante nos hubiera propuesto en cambio el caso de un disidente, un intelectual o un artista resistiendo las presiones de la Inquisición, o de un régimen estatal totalitario, pero así cualquiera se pone a favor del derecho a la libertad y en contra de la manipulación mecánica del hombre por el estado. Pero Burgess, escritor católico al fin, nos propone un dilema más comprometido: ¿qué sucede si quien representa a la libertad de elección no es una figura heroica sino nuestro enemigo, y si la libertad que debemos defender es la suya de robarnos, violarnos y matarnos? La pregunta está así planteada con toda crudeza, con la valentía adicional que supuso para Burgess elegir no un ente abstracto, sino uno de los hombres que arruinaron la vida de su mujer y marcaron la suya para siempre. Pero Burgess no se contenta con plantear la cuestión, quiere demás responderla de manera unívoca: está claro que para él es mejor que un hombre pueda elegir ser malo a que lo obliguen a ser bueno. Decidido a probar su tesis, debió temer que un final en el cual Alex siguiera matando y atacando a gente como sus lectores (los amantes de la lectura, hay que decirlo, no la pasan nada bien en sus manos) y arruinara su mensaje: “Sí, todo muy lindo esto del libre albedrío, pero mira como el bestia éste sigue masacrando gente. Al final lo que le hicieron en la cárcel no estaba tan mal” podría pensar más de uno. Burgess debe probar que quien es libre para elegir el mal también lo es para elegir el bien, y en el último y controvertido capítulo Alex, sin que nadie lo presione, se cansa de la mala vida y decide convertirse en un ciudadano modelo. Como teología, como teoría social o psicología puede ser aceptable; como literatura, equivale a asesinar la novela.
Quizás haga falta aclarar que el foco de la novela no es tanto el comportamiento criminal en general sino la criminalidad adolescente (Alex tiene quince años en la novela, en la película un Malcolm McDowell de 28 lo vuelve mucho mayor), que en muchos casos efectivamente desaparece con la madurez. Burgess había pensado en un epígrafe shakesperiano tomado de Un cuento de invierno: “Ojalá no hubiera nada entre los diez y los veintitrés años, o que la juventud pudiera dormirse de un tirón; porque en ese intervalo no hay más que preñar jovencitas, burlarse de los ancianos, robos, peleas…” El final feliz de La naranja se ve matizado por la melancólica reflexión de Alex de que si bien él ya ha dejado atrás esa etapa, su hijo deberá atravesarla, y luego su nieto, y su bisnieto… El enigmático título del libro, que básicamente alude a la condición de Alex después del condicionamiento que lo ha convertido en un hombre mecánico (Burgess, que venía de pasar seis años en Malasia cuando comenzó la novela, no ignoraba que en la palabra inglesa orange se agazapa la malaya orang, “hombre” ) adquiere en el último capítulo una explicación adicional: “Sí, sí, la juventud debe quedar atrás. Porque ser joven es como ser un animal. O más bien, como uno de esos juguetes malencos que se ven en la calle, como esos artilugiosn de lata que les das cuerda y hacen grrr grrr grrr y sale saltando, como caminando, oh hermanos míos, pero camina en línea recta y choca con las cosas, choca y choca y no puede evitarlo. Ser joven es ser como una de esas malencas máquinas… y así saltaría todo hasta el fin del mundo, una y otra y otra vez, como si un boliche.
La novela de Burgess se sitúa con justicia como tercer hito de la fértil tradición inglesa de las distopías o utopías negativas: de Un mundo feliz (1932) de Aldous Huxley, Burgess toma la idea del condicionamiento neo-pavloviano, el uso sistemático de drogas sintéticas y de la cultura hedonista y juvenil; de 1984 de George Orwell (1949), la imagen de un futuro totalitario hecho a partir de la combinación de lo peor del fascismo, del comunismo y del welfare state (estado de bienestar) capitalista. Algo en cambio que es propio de Burgess es su escepticismo acerca del rol educativo y liberador de las artes y la alta cultura. Tanto el futuro hedonista de Huxley como el espartano de Orwell coinciden en la necesidad de suprimir el arte, la música y la literatura para mejor someter a la humanidad. Burgess, con más tiempo para aprender la lección de Auschwitz (los nazis que dirigían los campos de concentración eran a la vez refinados amantes de Goethe, Wagner, Beethoven) convierte a su brutal protagonista en un exquisito degustador de la música clásica – algo que Kubrick aprovecharía a fondo en la película, obteniendo algunas de las secuencia más logradas: una patota violando a una joven con música de Rossini, la Novena de Beethoven con bombardeos y marchas nazis… Estos gustos musicales también vuelven a Alex, y a su violencia, mucho más atractivos, haciendo que la versión de Kubrick funcione como un tratamiento Ludovico al revés: al proyectar imágenes de violencia con música de Bach, Beethoven o Rossini vuelve más atractivas a las violaciones y las palizas, y el final cínico de su película, que presenta a un Alex irredento copulando con una rubia semidesnuda mientras fantasmagóricos personajes victorianos con máscaras a la Ensor aplauden en silenciosa cámara lenta, nos invita a confesarnos que preferimos irnos con un Alex curado no de su criminalidad, sino del condicionamiento que lo había convertido en un buen ciudadano.


Cuando se habla del legado cinematográfico de Stanley Kubrick, invariablemente grandes e importantes títulos vienen a la mente, todos ellos con suficientes atributos para ser considerados como obras maestras o por lo menos como objetos de estudio. Sin embargo, hay una cinta en la filmografía de Kubrick que resalta por lo polémico de su contexto, su visión y por el recibimiento mundial que tuvo; se trata de la inolvidable Naranja Mecánica (1971) que asombró, causó repulsión, inspiró conductas, escandalizó y fascinó a los espectadores de principio de los 70, época que coronó a los no menos turbulentos años 60, que en conjunto horadaron el idealismo y desenfado de los gloriosos 50, donde casi todo el panorama fílmico era de dicha y felicidad, para plasmar en cine tonalidades más grises y perturbadoras del comportamiento humano.

Este nuevo tipo de cine, multiplicado internacionalmente a través de diversos estilos y géneros, empezó a descorrer el velo de inocencia en la audiencia al presentarle trabajos cinematográficos ciertamente más difíciles de digerir, pero no por ello menos atractivos, dada la expectación que usualmente generaban por conocer los nuevos atrevimientos del cine y los distintos abordajes que presentaban sobre la problemática humana. Es así que el color de las situaciones dejó de ser primario y surgen las tonalidades de los personajes y sus circunstancias, dejando atrás la dicotomía de es blanco o es negro, emergen las tonalidades, la escala de grises, finalmente un espejo más fiel de la conducta humana; lo que trajo como consecuencia fuertes cuestionamientos morales y sociales, pues ya nadie estaba a salvo de culpa ni dispuesto a tirar la primera piedra.

Justamente de la ebullición de estos parámetros sociales y cinematográficos surge la obra fílmica de Stanley Kubrick Naranja Mecánica, la cual presenta una historia ultra-violenta para su tiempo, con personajes amorales y ambivalentes, con una temática por demás perturbadora al retar a la sociedad conservadora a lidiar con los binomios de violencia/poder y pasividad/sumisión, para tratar de encontrar un punto de equilibrio en el complejo comportamiento humano y en sus múltiples intereses ocupacionales. De ahí emerge la historia futurista -que sin embargo guarda fuertes reminiscencias de los 70- del particular personaje Alex DeLarge, excepcionalmente caracterizado por Malcolm McDowell, su no menos singular pandilla, su egoísta lenguaje celosamente compartido sólo entre sus pares y sus aficiones por golpear, violar, asaltar y matar sin un dejo de remordimiento, tal vez por el efímero placer de la diversión estimulada por las drogas, la falta de consideración por la vida humana o por mero aburrimiento desbordado en un ansía de hacer algo diferente; sin importar a costa de quién o de qué, pues irresponsablemente para estos personajes el fin justifica los medios.




En su primera parte, Kubrick nos presenta los actos viles y despiadados de Alex y sus rufianes, nos da a conocer lo suficiente de su disfuncional familia y de las motivaciones de nuestro antihéroe para que podamos al menos verlo como humano, a pesar de todas sus bajezas y manías, con lo que logra que el espectador común sienta cierta compasión por él, sin que logre identificarse plenamente con el personaje que apenas si comprende pero que es lo suficientemente afín a su alter-ego, para justificar su avidez de violencia y aventuras. Y es por medio de grandes acercamientos al rostro de Alex que Kubrick nos deja ver, cada vez más, los complejos reflejos de nuestro sometimiento o rebeldía a las reglas del juego de la sociedad en que vivimos.

Como todos los trabajos de Kubrick, la fotografía y la iluminación son disciplinas primordiales, sumamente planeadas y cuidadosamente ejecutadas, para ofrecer la óptica justa que tiene el cineasta sobre la situación y sus personajes. Es así que en la primera parte encontramos una miríada de tonalidades azules en contradicción a la segunda parte en la que se juega con las tonalidades cálidas del naranja. Y esto influye decididamente en la percepción del espectador y el manejo emocional del mismo, pues objetivamente se puede distinguir cómo se pasa de un estado mental a otro, que va desde la exaltación a la depresión y de la repulsión a la compasión. Mas lo verdaderamente notable es que el filme obliga a pensar, a confrontar ideas y a sacar conclusiones. No se puede permanecer impávido ante el trasfondo social y político de la cinta, pues, toda proporción guardada, es como la vida misma.



Afortunadamente, la segunda parte de la cinta es una contraparte, pues en ella se aprecian descaradamente los esfuerzos de la sociedad por redimir al patético Alex DeLarge, por medio de un cuestionable tratamiento de shock -tanto para el personaje como para el espectador- somos testigos de cómo una serie de intereses políticos y económicos van forjando el destino del protagonista, manipulando las probabilidades y el consiguiente resultado. Y es justamente entonces cuando inevitablemente viene a nuestra mente las interrogantes morales, ¿quién es mejor, Alex o sus redentores?, ¿sujeto o sociedad?, ¿quién es peor?, pasamos de la violencia explicita a la violencia encubierta, decididamente más sofisticada pero no menos dañina, para encontrar una compleja respuesta, siempre incómoda y tan real que duele aceptarla. Pero no nos engañemos con verdades absolutas, pues la futilidad del ejercicio moral queda brillantemente demostrada con el escabroso final del filme, donde todas las aguas vuelven a su cauce. Y en eso reside la tragedia humana, que a pesar de todo sobrevive para bien o para mal.
Sobre el aspecto emocional de este filme, es notable resaltar el uso que hace Kubrick de la música clásica al hacer de ella un fiel acompañante de las vicisitudes de Alex, particularmente la música de Beethoven, para sacudir a la audiencia con esa yuxtaposición de una composición musical sublime confrontada a los actos brutales de nuestro protagonista, lo que hace emerger la pregunta ¿se puede ser vil y exquisito a la vez? para descubrir que la respuesta misma la da la diversidad del comportamiento humano. Incluso es crucial la escena en que el canto-silbido de Alex es fundamental para el reconocimiento de su verdadera identidad, por el hasta entonces generoso benefactor que lo acoge en su casa sin sospechar siquiera que Alex fue el causante de su desgracia, pero gracias al énfasis musical vemos como una bella melodía puede traer tanto dolor a un personaje, dando una vuelta de tuerca a los acontecimientos.
Es así como Stanley Kubrick no desperdicia momento alguno pues su genialidad está presente en cada uno de los fotogramas de Naranja Mecánica, que al igual que todas sus cintas represento un derroche de creatividad, perfeccionismo y obsesión cinematográfica por la conducta humana. No en balde la historia ha catalogado a Stanley Kubrick junto a Luchino Visconti como los directores más obsesivos de la industria fílmica, dada su tenacidad, entrega y lucha por obtener la mejor toma sin importar el tiempo, el presupuesto ni el metraje de filme empleado. Mas gracias a su obsesión fílmica nos han legado cintas como la ahora comentada, que si bien actualmente no tiene el mismo impacto, continúa perennemente como una obligada referencia al errático comportamiento humano y al talento cinematográfico. Y en eso Kubrick fue un gran maestro, tal vez un poco incomprendido pero siempre comprometido por un cine introspectivo, por desnudar más allá de lo conocido el alma humana, todo ello envuelto en un gran paquete fílmico y con su sello inconfundible de perfección.



La naranja mecánica (cuyo título original es A Clockwork Orange) es una novela de Anthony Burgess, publicada en 1962 y adaptada por Stanley Kubrick en la película homónima aparecida en 1971. Se le considera parte de la tradición de las novelas distópicasbritánicas, sucesora de trabajos como 1984 y Un mundo feliz.
Origen del título
Burgess mencionó que el título se deriva de una vieja expresión “cockney” -As queer as a clockwork orange, que podría traducirse como “tan raro como una naranja mecánica”-, pero descubrió que otras personas encontraban nuevas interpretaciones para el título. Por ejemplo, hubo gente que creyó ver referencias a un antropoide -más precisamente a un orangután, pues la palabra orang es de origen malayo- mecánico. Hubo rumores de que Burgess tuvo la intención de titular su libro originalmente como A Clockwork Orang y que tras una ultracorrección terminó con el título con que le conocemos hoy. En su ensayo Clockwork oranges, Burgess menciona que “este título sería ideal para una historia acerca de la aplicación de los principios pavlovianos o mecánicos a un organismo que, como una fruta, cuenta con color y dulzura”. El título alude a las respuestas condicionadas del protagonista a las sensaciones de maldad, respuestas que coartan su libre albedrío.

Nadsat
El libro está escrito con abundancia de expresiones “nadsat“, una supuesta jerga adolescente basada en el idioma ruso. Burgess escribió que su libro, leído de forma sistemática, suponía un curso de ruso. El autor utilizó este recurso para hacer atemporal el libro, ya que el paso del tiempo mostraría en la sintaxis y vocabulario un libro no actual. De este modo, al elegir una forma artificial para narrar el argumento, este nunca sufriría cambio por el paso del tiempo.

Argumento
Alex, el protagonista del libro, es un “nadsat” -adolescente- que, junto con sus amigos -”drugos”-, se dedica a la ultraviolencia -palizas, abusos, violaciones y humillaciones de aquellos más débiles, y trifulcas con otros grupos de adolescentes-, a las drogas y Alex, sobre todo a la música clásica, principalmente del “lovely, lovely” Ludwig van Beethoven. Alex, induce a sus amigos a atacar una mansión particular donde vive un escritor con su esposa, Alex veja a la esposa del dueño de la mansión. Después de una lucha por el poder en el grupo, Alex ingresa en la casa de una mujer a la cual termina asesinando con un objeto fálico. Cuando está saliendo de la casa es golpeado por uno de sus compañeros con una botella de leche y es atrapado por la policía y es arrestado.





En el transcurso de la narración, es encarcelado en una prisión brutal, y posteriormente es sometido a un tratamiento experimental -el “Tratamiento Ludovico”-, en el que se trata de condicionar su respuesta a la violencia, por la exposición a películas de video muy violentas y de corte sado-sexual mientras se le droga con sustancias que le producen efectos repulsivos. Accidentalmente, la música de los videos es de Beethoven, con lo que también se le asocia a un gran sufrimiento.
Al salir del programa, su vida onírica ha quedado totalmente destruida. Sus padres le rechazan, sus antiguos compañeros de tropelías han sido contratados como fuerzas del orden, y una antigua víctima le secuestra, para torturarle por exposición a la novena sinfonía de Beethoven. El objetivo de esta persona -un reaccionario político- es provocar en Alex un tormento suficiente para que busque suicidarse; de esta forma el “Tratamiento Ludovico” sería absolutamente rechazado por la opinión pública y el gobierno se vería desacreditado peligrosamente. Efectivamente, Alex intenta suicidarse, pero no lo consigue, lo que consigue es librarse de los efectos que ha causado el “Tratamiento de Ludovico” sobre él.



Capítulo 21
√âste capítulo no llegó a incluirse en la versión original del libro en EE.UU. ni en la película, al ser ésta adaptada de la versión ya mencionada.
Alex, al librarse del “Efecto Ludovico”, vuelve a sus fechorías hasta encontrarse con un viejo compañero de crímenes, Pete y su esposa. Al verlo, comprende que ya es hora de madurar y se ve lo verdaderamente importante del libro: el concepto de evolución. Una de las ediciones, publicada por “Minotauro”, incluye una introducción escrita por el mismo Anthony Burguess mostrando su opinión sobre esta elipsis en la edición americana y en la película de Stanley Kubrick.

Inspiración del argumento
El libro se inspira en sucesos acaecidos en
1944 a la esposa del propio autor de la novela, Anthony Burgess, cuando fue víctima de robo y violación por parte de cuatro soldados estadounidenses en las calles londinenses. Dado que se encontraba embarazada, la paliza le provocó un aborto.

El filme
La película de
Stanley Kubrick se caracteriza por extremas audacias de experimentación formal: acelera o ralentiza el tempo narrativo, utiliza la composición en friso durante la escena en que la pandilla actúa como conductores suicidas, utiliza a veces la cámara manual y el gran angular, recurre al collage con fragmentos de películas antiguas, en algunas ocasiones anticipando la técnica del videoclip, engendra el género de las películas ultraviolentas, que tanto juego daría posteriormente, y utiliza la innovadora música electrónica en el recién creado sintetizador
Moog del compositor Walter Carlos, actualmente Wendy Carlos tras su cambio de sexo.

01 – Timesteps
02 – March From A Clockwork Orange
03 – Title Music From A Clockwork Orange
04 – La Gazza Ladra
05 – Theme From A Clockwork Orange
06 – Scherzo, Ninth Symphony Second Movement
07 – William Tell Overture [Abridged]
08 – Orange Minuet
09 – Biblical Daydreams
10 – Country Lane
La estética de la película, asimismo, es rompedora en el lenguaje y en el ímpetu desmitificador y cínico que trasluce. El mensaje moral, si lo tiene, se encuentra en el discurso del párroco de la prisión tras la humillación del protagonista reeducado.También hallamos un mensaje de índole moral/social al comienzo de la película donde Alex y sus drugos encuentran al viejo borrachín y éste los enfrenta.

El guión, sin embargo, se inspira en la edición estadounidense de la novela que carecía del último capítulo en que el protagonista se regenera. La película es tan violenta que Kubrick prohibió que se estrenase en Inglaterra, donde vivía, y dio origen a imitaciones insensatas por parte de bandas ultraviolentas.

Nota aclataroria
La naranja mecánica es el sobrenombre como se le conoce a la Selección de Fútbol de Holanda del Mundial de Alemania ’74 dirigida por Rinus Michels con Johan Cruiff como su figura. Según algunos comentaristas deportivos de la época que por su estilo de juego: “fútbol total” que Michels desarrolló cuando era entrenador del Ajax y que maravillaba al mundo por sus pases precisos y manejo del balón y donde todo el equipo ataca y defiende les recordaba a una locomotora de color naranja por su desempeño y velocidad al recorrer las vías en Holanda.
Curiosidades
-Los derechos de la película fueron vendidos por unos pocos centenares de dólares, pero después fue revendida por una suma mucho más grande.
-Antes que el director Stanley Kubrick llegase a estar envuelto en la película, fueron considerados varios repartos para Alex y sus “drugos”, como chicas en minifalda, jubilados y hasta los Rolling Stones.
-Mientras Alex camina por la tienda de discos, si miramos el estante que está bajo el mostrador, se encuentra está el álbum de 2001: Una odisea del espacio”, la película anterior de Stanley Kubrick. Aunque en la fotografía siguiente no se puede verse.

-La cinta que Alex saca de su estéreo para escuchar Beethoven lleva el nombre de “Gyorergi Ligetti”, quien compuso algunas de las músicas de 2001: Una odisea del espacio (1968) y El resplandor (1980)”, también dirigidas por Kubrick.
-El libro que está escribiendo Frank Alexander cuando Alex y sus “drugos” irrumpen en su casa se titula La naranja mecánica (A Clockwork Orange)”.
-El título original de la película es “The Clockwork Orange”. “Orange”, en inglés, significa “Naranja”, pero en verdad proviene de otra palabra: “Ourang”, una palabra de Malasia donde el autor del libro, Anthony Burgess, vivió durante varios años. Esta palabra tiene otro significado y es el de “persona”. De esta manera, el escritor hizo un juego de palabras, y realmente, lo que el título significa es “El hombre mecánico”. Es decir, Álex después de aplicarle el “Tratamiento Ludovico”.
-La violación a la mujer de Alexander está basado en un ataque que sufrió la mujer de Burgess por cuatro GI’s americanos durante la II Guerra Mundial, hecho que causó que abortara.
-Muchos actores interpretan diferentes personajes.
-La mayoría de las pinturas que hay en la habitación donde Alex mata a la mujer de los gatos, son los cuadros que la misma mujer ha estado colgando en su habitación.
-El guardaespaldas de Frank Alexander fue interpretado por el culturista profesional David Prowse. Aun así, estuvo al límite del agotamiento después de repetidas tomas de él bajando por las escaleras a Frank Alexander en su silla de ruedas.
-Hay muchos símbolos fálicos: la serpiente arrastrándose entre las piernas de una mujer en un póster, los helados que se están tomando las chicas de la tienda de discos, la punta del bastón que lleva siempre Alex y la estatua que usa Alex para matar a la mujer de los gatitos.
-Cuando Alex se encuentra con sus ex-drugos Dim y Georgie, convertidos en policías, Dim tiene el número de placa 665 y Georgie el número 667. Alex, al estar situado entre ellos le correspondería el número 666, número que se relaciona comúnmente con el diablo.
-Malcolm McDowell escogió cantar Singin’ In The Rain durante la escena de de la violación, porque era la única canción que conocía de entre todas las letras de la película.
-Kubrick hizo deliberadamente continuos errores en la escena inmediatamente después en la que Frank Alexander descubre quien es verdaderamente Alex. Los platos se mueven alrededor de la mesa, y el nivel del vino en el vaso cambia varias veces para crear una sensación de desorientación al espectador.
-La película fue retirada voluntariamente por Kubrick del Reino Unido después de ser criticada como muy violenta. Kubrick ha manifestado que la película será permitida sólo después de su muerte.
-La película deja fuera el capítulo 21 del libro, donde Alex empieza a pensar en casarse y asentarse. Burgess dijo: “Una defensa de la propia voluntad se ha convertido en un engrandecimiento del deseo de pecar. Estaba preocupado. La versión inglesa del libro muestra a Alex creciendo y guardando la violencia como un juguete infantil; Kubrick confesó que no conocía esta versión: un americano, aunque viviendo en Inglaterra, sólo había seguido la única versión que los americanos tenían permiso de conocer. Maldecí a Eric Swenson del W.W. Norton (el editor de EE.UU.).
-Kubrick realizó personalmente un estudio de mercado, introduciendo en su ordenador los resultados obtenidos por las salas en los dos últimos años y el índice de frecuentación de espectadores, teniendo en cuenta el tipo de películas estrenadas en ellas. Una vez obtenidos los resultados, seleccionó los cines norteamericanos en que se estrenaría su filme.
-La Academia concedió tres estatuillas a la película, pero nuevamente desperdició la ocasión de concederle a Kubrick -candidato al Oscar- el premio al mejor director, premió que jamás le concedió, algo que para los cinéfilos resulta verdaderamente incomprensible..
Referencias en los dibujos de “Los Simpsons”
-Homer el Smithers (Homer the Smithers): Al final del episodio, cuando Burns se cura, Smithers piensa en él como Alex al final de La naranja mecánica.
-El perro de la muerte (Dog of Death): Cuando Santa (el perro de los Simpsons), se escapa de casa, el señor Burns lo coge, y le hace el mismo “Tratamiento Ludovico” que a Alex, en la recuperación, obligado a ver películas de perros asesinos.
-Un tranvía llamado Marge (A Streetcar Named Marge): Marge interpreta la versión musical de “Un tranvía llamado deseo”, interpretando a Stella. La noche antes de la obra, Marge habla con el tono de su personaje, Bart con el tono de Alex, y le pregunta a Homer: “me puedo saltar la escuela mañana?”.
-La noche de Halloowen III (Treehouse of Horror III): Los simpsons tienen una noche de terror con tres historias. Durante la fiesta, Bart está vestido como Alex. Al final del episodio, Bart dice con acento de Malcolm McDowell: “fiesta estúpida.”
-Sin Duff (Duffless): Después que Bart arruine el experimento científico a Lisa, esta crea un nuevo experimento: “Es bart más estúpido que un hamster?”. Usando “electroshocks” en pasteles (para Bart), y comida (para el hámster), Lisa encuentra su respuesta. Después de más de un tratamiento, Bart tiene dos pasteles delante, y revive la escena de Alex del “Tratamiento Ludovico”.

“Realizar un gran espectáculo en la adaptación cinematográfica de la novela de Anthony Burgess es tarea sólo reservada para verdaderos genios del séptimo arte, entre los que Kubrick puede contarse por méritos propios. La cinta no tiene desperdicio, a excepción quizá de su última fase, un tanto forzada, y se me antoja como un delirante poema a la violencia social en todas sus escalas. Poco optimista debe sentirse Kubrick hacia sus semejantes al abordar con atroz realismo la odisea del protagonista y las implícitas consecuencias que de ella se desprenden.
Alex, una memorable interpretación de Malcolm MacDowell, es el jefe de una banda de “inadaptados” (magnífico vocablo puesto en boga para encubrir generalmente desde potenciales asesinos hasta viciosos degenerados) que al igual que si vivieran en plena jungla, imponen la ley del más fuerte para obtener TODO lo que desean. Concurrentes habituales a un fantasmagórico e irreal “milk-bar” en donde, lógicamente, sólo se bebe leche (me temo que no muy pura) que surge de los senos de unas blancas esculturas, su indumentaria es también del mismo color en los cuatro componentes del “clan”. Armados de cadenas y garrotes merodean por la ciudad, ora apaleando a un anciano mendigo, ora rescatando de las garras de otra “tribu” a una muchacha en un combate despiadado que tiene como marco un abandonado teatro en las afueras de la ciudad. En un veloz deportivo, embriagados de poder y violencia, se lanzan por la carretera ocasionando una serie de accidentes, la mayoría de los cuales suponemos mortales, y se detienen en un chalet donde vive un escritor con sus esposa. Allí, tras asaltar el hasta entonces tranquilo domicilio, tiene lugar una de las escenas más brutales que he podido contemplar en la pantalla: tras desnudar a la mujer a tijeretazos, Alex, al ritmo de la popular “Singing’ in the rain” que él mismo canta, va pateando al maniatado marido hasta dejarlo inconsciente.
Tras esta noche de locura salvaje, actitud que parece ser habitual entre ellos, Alex regresa a su casa y se encierra en su habitación (su cerradura es la de una caja fuerte y es necesario conocer la combinación para abrirla). Allí, en la tranquilidad de su surrealista refugio, descubrimos la fetichista pasión que siente por la música de Beethoven, así como otra de sus particulares aficiones: una gran serpiente a la que cuida y mima como sí de un perrito faldero se tratara. Sus padres, dos extravagantes personas, en especial su madre a la que parece haber trastornado el cerebro la senilidad, viven por completo ignorantes a los manejos de su hijo, pero con una brutal ignorancia, por indiferente. Pero Alex debe tener un castigo a su maldad, y éste llega cuando tras asaltar la casa de una mujer, en una singular pelea la mata, y al pretender huir es traicionado por sus compañeros.
Los métodos de la policía son parejos al salvajismo de Alex y éste termina en la cárcel, en donde un “hitleriano” jefe de guardia (Michael Bates) mantiene a raya a los detenidos sin importarle demasiado la condición humana de los mismos. Pero el gobierno alberga una gran esperanza: la de concluir con el mal y la violencia partiendo de un proceso científico. Se precisa un voluntario para que sirva de cobaya a los experimentos, y Alex no duda en presentarse ya que se le promete la libertad caso de ser positiva la prueba a la que le van a someter. Y es realmente positiva… Tras unos aterradores experimentos consiguen que su metabolismo físico reaccione en forma de tremendas náuseas y vómitos frente a la violencia, el sexo y… Beethoven.
La prueba final que le aguarda, en un escenario, como si de un espectáculo se tratara y teniendo como público a las autoridades, resulta de un sarcasmo estremecedor, culminando con el aplauso de los respetables asistentes que parecen presenciar el triunfo definitivo del tecnicismo sobre el ser humano. Quien antes era temido y nada temía, es ahora un ser ambiguo que al tratar de defenderse violentamente cae al suelo presa de los vómitos más espantosos. Por azar (demasiado azar a mi criterio) se encuentra con el anciano a quien apaleara y éste recabando la ayuda de sus compañeros están a punto de lincharlo, salvándole la intervención de dos agentes de la policía… que resultan ser dos ex miembros de su banda, los cuales ven el momento propicio de vengarse del dominio que siempre ejerció sobre ellos. La paliza que le propinan éstos es impresionante, y, finalmente, lo abandonan en un bosque dándole por muerto. Alex logra llegar arrastrándose hasta una casa en demanda de auxilio, casa que, rizando el rizo del infortunio para Alex, no es otra que la del escritor cuya esposa murió a raíz del ultraje de que fuera objeto, y él mismo está imposibilitado en una silla de ruedas, como consecuencia de la paliza que le infligiera Alex. La clase intelectual tampoco es ajena a la venganza y en complicidad con unos amigos encierra a Alex en una habitación de la finca, mientras, conocedores de lo que le ocurre, instalan dos potentes altavoces que van desgranando solemne e ininterrumpidamente la música de Beethoven. Enloquecido por las náusea, Alex se lanza por la ventana para huir del malestar.
Cuando recobra el conocimiento se halla instalado en un hospital, atendido solícitamente: la opinión pública lo ha presentado como víctima del progreso científico, y es el propio representante del gobernador quien, en vísperas de elecciones, desea reparar el daño que le han ocasionado, llenándolo de regalos y tentadoras ofertas. Todos de acuerdo, se sella con un efusivo apretón de manos, mientras los fotógrafos toman la instantánea que, con toda certeza, servirá de bandera para la campaña electoral.
La naranja mecánica es un filme con un nivel técnico altísimo. Todo brilla a gran altura: intérpretes, fotografía, dirección. Dentro del dramatismo reinante en la película, Kubrick intercala algunas escenas hilarantes que no merman el trágico argumento ni rompen en absoluto el equilibrio de la cinta. De estas escenas destaquemos en particular la que está compuesta por Alex y dos muchachas, los cuales en el domicilio del primero realizan una inolvidable escena de “ménage √≠ trois” con la cámara acelerada, digna de figurar en cualquier antología del más puro cine cómico.
Puede ocurrir que algún espectador se sienta molesto por la crudeza de las imágenes que aparecen, pero estas imágenes se dan también en la vida real y creo que con la misma intensidad emotiva (o más) con la que plasmó Kubrick.
En mi opinión, Kubrick ha realizado una película que explota sólo el misterio y la variedad de la conducta humana. Como rehusa utilizar las emociones de un modo convencional, exigiendo en su luhgar que asumamos un control constante e intelectual de las cosas, resulta una experiencia cinematográfica de lo más inusual y desorientadora.
Probablemente, hasta la fecha, pocas veces se han visto (y esto debe reconocerse abiertamente con todo el distanciamiento) una película de una brillantez técnica tan soberbia.
En resumen; una formidable película que hizo las delicias de los exhibidores situados en la zona fronteriza hispano-francesa. ¿Ya nos entendemos, verdad?”

La naranja mecánica de Stanley Kubrick, vuelve después de 27 años de prohibición en el Reino Unido
El BBFC, organismo encargado de decidir qué películas son adecuadas para la audiencia de qué edad, ha decidido que es improbable que los jóvenes decidan imitar comportamientos similares a los retratados en el filme, donde aparecen escenas de robo y violación. Se espera que la película se reestrene la próxima primavera en todo el Reino Unido, después de que se viera por primera vez en 1971, con una clasificación “X”, y Kubrick la retirara en 1973 en medio de una ola de protestas por la violencia contenida en el filme.
En el momento del estreno se relacionó la película con varios ataques registrados en el Reino Unido y Kubrick, fallecido el año pasado, reaccionó con ira al asegurar que su película era precisamente un ataque contra la violencia. Al anunciar su visto bueno para el reestreno de la película, el BBFC confirmó que La naranja mecánica se exhibirá sin cortes a un público adulto.
A pesar de la fama, el Consejo no considera que la preocupación expresada en el momento del estreno de la película acerca de su influencia en los jóvenes sea hoy en día algo serio. El Consejo opina que las escenas de violencia retratadas son aceptables dentro de nuestro reglamento”, indicó. Un portavoz de la firma distribuidora de la película, Warner Bros, indicó que Stanley Kubrick había abordado la posibilidad de reestrenarla y “creemos, como también piensa su familia, que él estaría contento de verla de nuevo en la pantalla grande”.


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