Billy Wilder

Película estrenada entre Directores

(Sucha, Galicia, Austria-Hungría (actualmente Sucha Beskidzka, Polonia), 22 junio 1906 – Los Angeles, 27 marzo 2002)

Estudió derecho y ejerció el periodismo en Alemania, donde se vinculó a los movimientos de vanguardia. Como periodista pasó gran parte de su vida en Berlín, ejerciendo como cronista de lo que sucedía durante el mandato de Hitler.

En EE.UU. comienza su fama como guionista, trabajando con gente tan renombrada como Ernst Lubitsch y Howard Hawks. A partir de 1941, comienza su carrera como director en la Paramount.

Billy Wilder nació en Sucha, pequeña localidad a 160 kilómetros de Viena, entonces del Imperio Austro-Húngaro y actualmente en Polonia, el 22 de junio de 1906. Samuel Wilder, como fue llamado al venir al mundo, comenzó a ser conocido como Billy durante sus primeros años de vida, a causa de una madre fascinada con los Estados Unidos, lugar donde había residido. El joven Billy se decantó por los estudios de derecho, pero pronto abandonó estos proyectos y comenzó una labor como reportero en un periódico vienés. Su carrera en la prensa avanzaba a buen ritmo y, de ese modesto periódico, pasó a trabajar en el diario de mayor tirada de Berlín. Como curiosidad hay que añadir que Wilder compaginó su labor periodística con otros oficios, entre los que llama poderosamente la atención el de bailarín gigoló. Pronto empezó a introducirse en los ambientes teatrales de la ciudad, lo que le empujó directamente a sus primeras colaboraciones en el cine como guionista. Der teufelsreporter dirigida por Ernst Lasmmle en 1929, supone el primer trabajo de Wilder como guionista en Berlín. Wilder fue adquiriendo experiencia con estas películas alemanas de cine mudo. Entre las películas de su periodo alemán como guionista puede nombrarse: Der teufelsreporter (1929), película muda; Gente en domingo (Menschen am sonntag) (1930), película muda; Princesse, √≠ vos ordres!
(1930), película muda; Der mann, der seinen m√∂rder sucht (1931); Der falsche ehemann (1931); Emil y los detectives (Emil und die detektive) (1931); Scampolo, ein kind der strasse,(1931); Es war einmal ein walzer (1932); Ein blonder traum (1932); Madame w√ºnscht keine kinder (1933); Was frauen tr√≠¬§umen (1933).

Adolf Hitler llegó al poder en Alemania durante el año 1933, lo que obligó a Wilder, por su condición de judío, a huir a París, ciudad en la que se produce su inicio en la dirección, con la película Curvas peligrosas, codirigida con el periodista húngaro Alexander Esway en 1934. El filme narra la historia de un grupo de ladrones de coches, dos de los cuales se enamoran y quieren abandonar la banda, pese al riesgo de represalias por parte del resto de los miembros. Wilder rodó la película sin demasiado entusiasmo y, según sus propias palabras, lo hizo por necesidad y sin experiencia.

Tras su breve paso por la capital francesa, Wilder parte hacia EE.UU. en ese mismo año. Para entrar en la industria estadounidense, Wilder tuvo primero que aprender el idioma, desconocido hasta entonces para él. Compartió apartamento en estos primeros tiempos con el genial actor Peter Lorre, uno de los personajes que le facilitaron el acceso a los estudios. En el año 1940, Wilder adoptó la nacionalidad americana, lo que le permitió ser coronel del ejército durante la II Guerra Mundial. La experiencia adquirida durante su etapa castrense, le permitió recrear fielmente el Berlín ocupado para su película Berlín Occidente (1948).

Los primeros trabajos

Sus primeros años en Hollywood los dedica a trabajos como guionista en títulos de directores exiliados como él. Así podemos encontrar colaboraciones suyas en trabajos de William Dieterle, Joe May o Rolf Thiele. En esta época comienzan sus colaboraciones con el escritor Charles Brackett, fruto de lo cual surgieron películas como La octava mujer de Barba Azul (1938, Ernst Lubitsch), Medianoche (1939, Michael Leisen), Ninotchka (1939, Ernst Lubitsch), Bola de fuego (1921, Howard Hawks), Berlín Occidente (1948, Billy Wilder) y El crepúsculo de los dioses (1950, Billy Wilder) último trabajo en común de ambos.

El mayor y la menor (1942) supone el segundo trabajo como director de Wilder, si bien es el primer trabajo del austriaco en EE.UU.

La consagración le llega con el título Perdición (1944). Basada en una novela de James M. Cain, la historia nos presenta a un vendedor de seguros que conoce a la esposa de un posible cliente. Esta pretende liquidar a su marido para lo que cuenta con la ayuda del vendedor, cegado por la pasión que la mujer despierta en él. El título tiene el merito de lo que Raymond Chandler, coguionista del filme junto a Wilder, llamó la cacería, novedad consistente en que el espectador conoce a los culpables desde el comienzo y espera ansioso ver cuando se les atrapa. Durante el rodaje hubo diferencias entre Wilder y Chandler que hicieron a éste último elevar una protesta por escrito a los estudios. Wilder reconocía las diferencias que había entre él y Chandler: “primero estaba mi acento alemán. Segundo, yo conocía mejor las herramientas que teníamos que utilizar. Y, además, yo tenía algo: era joven y salía con chicas guapas. Todo esto lo hacía volverse loco. Me miraba fijamente. Yo encarnaba todo aquello que él odiaba de Hollywood. Además, no podía sobreponerse al hecho de que, en lo que se refería al guión, yo tuviera la última palabra”. El éxito del filme fue clamoroso y el mismísimo Alfred Hitchcock mandó un telegrama a Wilder en el que escribía: “Desde Perdición, las dos palabras más importantes en el mundo del cine son Billy Wilder”.

El cenit de un genio

El siguiente trabajo de importancia de Billy Wilder le llega con Días sin huella (1945). La historia presenta a Don Brinam, fracasado profesionalmente y con una vida sumida en el infierno, debido al alcohol. Todo el rodaje se llevó a cabo en las calles de nueva York, con Ray Milland en el papel principal. El preestreno del filme resultó un total fracaso, por lo que la Paramount decidió archivar la película, golpeando de esa forma muy duramente al cineasta austriaco, pero meses después se reestrenó y el público si respondió. Además, el filme se hizo acreedor a cuatro Oscars de la Academia.

Wilder realiza una de sus películas más realistas y duras, El crepúsculo de los dioses (1950). La película presenta a un escritor mediocre, Joe Gillis, que se refugia en la mansión de Norma Desmond, diva del cine mudo retirada del mundanal ruido. Norma pretende que Joe corrija un guión escrito por ella, parea que suponga su rutilante vuelta a la fama.
Wilder afirmaría con su habitual franqueza y mordiente: “para mí esa película es Hollywood; el guionista, el agente, la estrella olvidada, todos eran retratos del natural.” Louis B. Mayer se lanzó sobre Wilder enfurecido cuando visionó el producto final. Pero la crítica fue excelente para el filme y lo lanzó directamente al olimpo de las obras maestras. El “New York Times” escribió: “El ocaso de una estrella es una rara mezcla de guión cáustico, interpretación magnífica, dirección magistral y fotografía discretamente artística con la que el público queda hechizado de manera automática y cautivo de un clímax desgarrador”. Wilder continuó con sus duras y realistas críticas en su siguiente trabajo, El Gran Carnaval (1951), trabajo protagonizado por Kirk Douglas, pero que supuso el primer fracaso del cineasta.

El año 1954 supone una rebaja en sus ansias de crítica de la sociedad y del ser humano, ya que lleva a cabo el rodaje de una deliciosa comedia: Sabrina, protagonizada por una bellísima Audrey Hepburn, Humphrey Bogart y William Holden. Trata sobre el clásico tema de la Cenicienta y supuso un gran éxito, lo que no evitó que el rodaje estuviera repleto de problemas. Billy Wilder afirmaría al respecto: “Bogart no me podía soportar; tampoco podía soportar su papel y no hacía un secreto de ambas cosas. Hasta entonces, había interpretado sobre todo a tipos duros que llevaban gabardina, que ocultaban sus sentimientos. Se había hecho famoso por su papel de Rick en Casablanca (1942, Michael Curtiz) y acababa de ganar el Oscar por su papel en La Reina de África
(1951 John Huston). Y ahora debía engañar a una muchachita cursi, para quedar, finalmente, a su merced. A él esto no le gustaba”. El “New York Times” declaró: “Sabrina (1954) es la mejor comedia romántica de los últimos tiempos”.

En 1957, Wilder comenzó a colaborar con I.A.L.Diamond para escribir sus guiones, trabajo del que surgieron Ariane (1957), Con faldas y a lo loco (1959), El apartamento (1960), Uno, dos, tres (1961), Irma la dulce (1963), Bésame, tonto (1964), En bandeja de plata (1966), La vida privada de Sherlock Holmes (1970), ¿Qué ocurrió entre mi padre y tu madre? (1972), Primera plana (1974) y Fedora (1978). Tras Sabrina Wilder llevó a cabo el rodaje de dos comedias muy sensuales: La tentación vive arriba
(1955) y Con faldas y a lo loco (1959). Ambas tienen como protagonista a Marilyn Monroe, de la que Wilder llegó a afirmar: “Existen más libros sobre Marilyn Monroe que sobre la II Guerra Mundial. Hay una cierta semejanza entre las dos: era el infierno, pero valía la pena”. Existe una escena que inmortalizó a Marilyn y a La tentación vive arriba: Marilyn encima de un respiradero del metro y con el vestido ascendiendo sobre sus piernas. Wilder dijo sobre la escena: “Cuando rodé con ella la escena de la boca de ventilación del metro tenía la atención del mundo. Se reunieron veinte mil personas, hubo caos de circulación y una crisis matrimonial entre Joe DiMaggio y Marilyn. Reconozco que yo también me habría puesto nervioso si veinte mil personas hubieran estado observando una sola cosa: cómo mi mujer se levantaba las faldas por encima de la cabeza”. La película obtuvo un buen resultado positivo en las taquillas, pese a que no fue muy del gusto de la crítica. El segundo trabajo con Marilyn es Con faldas y a lo loco, en la que también participan Tony Curtis y Jack Lemmon. El rodaje con la rubia fue bastante problemático, puesto que llegaba tarde con frecuencia, olvidaba las letras, hasta el punto de tener que repetir una escena 59 veces, pretendió imponer el color en vez del blanco y negro y, para colmo, se negó a perder 10 kilitos de nada para el rodaje, motivo por el cual aparece algo rolliza. Wilder diría sobre ella y su legendaria tardanza: “Sobre la impuntualidad de Marilyn debo decir que tengo una vieja tía en Viena que estaría en el plató cada mañana a las seis y sería capaz de recitar los diálogos incluso al revés. Pero, ¿quién querría verla?… Además, mientras esperamos a Marilyn Monroe todo el equipo, no perdemos totalmente el tiempo… Yo, sin ir más lejos, tuve la oportunidad de leer “Guerra y Paz” y “Los miserables”. Este fue el último trabajo de Wilder con la rubia.

Los últimos trabajos

Irma, la dulce (1963) se convierte en uno de los mayores éxitos de Wilder. Sus protagonistas son una pareja ya conocida del director: Shirley MacLaine y Jack Lemmon. El filme cuenta una historia de amor entre una prostituta parisina y un policía. La película despertó opiniones desiguales entre la crítica.

La vida privada de Sherlock Holmes (1970) supone una apuesta personal de Wilder, pero desafortunadamente el filme no alcanzó el éxito deseable, aunque con los años está comenzando a ser reconocida. Regresa a sus años de duras críticas y polémicas gracias al título Primera plana (1974). La película afronta el tema de la pena de muerte y su utilización morbosa por parte de los medios. La crítica no se sintió bien tratada en el filme y, haciendo acopio de corporativismo, no lo calificó bien. Incluso, el propio Wilder no quedó muy satisfecho con el trabajo.

Aquí un amigo (1981) se erige como el último trabajo de Billy Wilder, para el que contó con sus dos cómicos favoritos: Jack Lemmon y Walter Matthau. Las críticas convirtieron al filme en un fracaso, hecho que fue asumido por el propio Wilder

Billy Wilder. Una historia de cine

Sin duda, gran parte del renombre de Billy Wilder, se debe a sus comedias (Con faldas y a lo loco, La tentación vive arriba, El apartamento, etc…); pero lo cierto es que Billy Wilder ha tenido la suficiente sensibilidad para tratar temas tan complicados como el mundo periodismo (Primera Plana o El Gran Carnaval), el problema del alcoholismo (Días sin huella), la verdadera realidad de Hollywood (El crepúsculo de los dioses) e incluso adentrarse en el género de cine negro (Perdición).

Destacando como punto de partida el que Wilder empezara en el mundo del cine como escritor, colaborando en los guiones de grandes películas como: Ninotchka, Bola de Fuego, etc… Es curioso que hasta 1942 no se diera cuenta que lo realmente divertido del cine es dirigir.

Como director Billy Wilder ha sabido como muy pocos lo han hecho la ironía, el romanticismo, la crítica social, la sensualidad y el más sano humor.

Pero Billy Wilder es mucho más: Es la imagen de Marilyn Monroe refrescándose en una rejilla de ventilación del metro de Nueva York, es Gloria Swanson bajando las escaleras en la sobrecogedora escena final de El crepúsculo de los dioses, o Tony Curtis y Jack Lemmon formando parte de una orquesta de jazz femenina.

Su principal actor era Jack Lemmon. Consigue varios premios de la academia y diferentes homenajes.

Falleció el 28 de marzo del 2002, a sus 95 años, habiendo dedicado toda una vida a su mayor pasión, el cine.

Por más que se lea, escriba o escuche, yo creo que las películas se ven, no pueden contarse, por lo que sólo viendo su trabajo disfrutaremos con plenitud la maestría de este genio del cine, definido por el actor William Holden como: “Un hombre cuyo cerebro está lleno de cuchillas de afeitar”.

Vocación. “Recuerdo perfectamente el día en el que decidí ser director. Fue cuando vi una película cuyo guión había escrito para la UFA. En la película salía un club nocturno que tenía un gran cartel en el exterior: “Es obligatorio llevar zapatos y corbata”. Había dos porteros que miraban a las personas que entraban para ver si vestían correctamente. En uno de los “gags” que escribí, un hombre llevaba una barba larga; el portero lo para y mira debajo de la barba para asegurarse de que lleva corbata. Cuando fui a ver la película, me encontré con que el director le había puesto a ese actor una perilla; ya no había una barba que levantar para mirar debajo. El director conservó el chiste porque creyó que seguiría siendo divertido; pero ya no tenía gracia. Así que dije: “hasta aquí hemos llegado”. “Uno debe recordar, como guionista, que nadie va a leer lo que escribe. Por eso me hice director, porque nadie leía mis guiones”.

Censura. “Teníamos que ser muy ingeniosos para burlar a la censura y esto nos obligaba a escribir con más sutileza. No estaba permitido que un personaje dijera ni siquiera una insignificante palabrota. Una vez, a Charlie Brackett (su coguionista favorito) y a mí se nos ocurrió este sustitutivo: “Si tuvieras madre, ella ladraría”. No se podía ver en una película a un hombre haciendo el amor a una mujer con la que no estaba casado. Así que el problema era cómo mostrar a ese hombre y a esa mujer haciendo el amor. Alguien lo resolvió con una parte en la que la criada hace la cama del hombre a la mañana siguiente y sobre la almohada encuentra una horquilla. Hoy en día vas a ver una película y ya hay un coito mientras aparece el título. A veces desearía que existiera la censura, porque se nos ha esfumado el juego sagaz que manteníamos con ella”.

Malos tiempos. “Es muy difícil encontrar un proyecto que me interese y que a la vez tenga probabilidades en el mercado de hoy… Ahora el público mayoritario es menor de 25 años y carece de tradición literaria. Prefieren la violencia estúpida a una trama sólida; los garabatos, a un diálogo inteligente; el desarrollo pectoral, al desarrollo de los personajes. Nadie escucha, sólo se sientan y esperan que les asalten una serie de sobresaltos y sensaciones fuertes. Son malos tiempos”.

Retiro. “Nunca me retiraré. Tendrán que quitarme la cámara para que deje de hacer películas. Moriré haciendo películas. Renoir pintaba incluso cuando tenían que atarle un pincel a los dedos artríticos”.

Guión. “Lo más importante es tener un buen guión. Los cineastas no son alquimistas. No se puede convertir los excrementos de gallina en chocolate”.

Apariencias. “Normalmente, cuando te encuentras con una persona que parece insignificante y que no llama la atención se dice: detrás de esafachada, hay más de lo que parece. En mi caso sucede lo contrario: detrás de mi apariencia hay menos de lo que parece”.

Oficio. “Un director tiene que ser a la vez policía, comadrona, sicoanalista, adulador y bastardo”.

Televisión. “La televisión es lo más maravilloso que podía habernos sucedido a los directores de cine. Siempre hemos sido lo más bajo de lo bajo, pero ahora han inventado algo a lo que podemos mirar desde arriba”.

Exilio. “El exilio no fue idea mía, sino de Hitler”.

Inmortalidad. “No tengo tiempo para considerarme un inmortal del arte. Hago películas sólo para entretener a la gente y las hago tan honradamente como puedo”.


Muerte. “Todos los días miro los obituarios de los periódicos y me fijo sobre todo en la edad del muerto. La mayoría es más joven que yo. Me asusto y pienso: a lo mejor se han olvidado de mí”. “Me gustaría morir a los 104 años, completamente sano, asesinado por un marido que me acabara de pillar, “in fraganti”, con su joven esposa”.

Diez mandamientos. “Tengo 10 mandamientos. Los nueve primeros dicen:¡no debes aburrir! El décimo dice: tienes que tener derecho al montaje final de la película”.

Hitler y Beethoven. “Los austriacos han conseguido el malabarismo de convertir a Beethoven en austriaco y a Hitler en alemán”.


Hollywood. “Del mismo modo que todo el mundo odia EE.UU., todo EE.UU. odia a Hollywood. Existe el profundo prejuicio de que todos nosotros somos tipos superficiales que ganamos 10 mil dólares a la semana y que no pagamos impuestos; que nos tiramos a todas las chicas; que tenemos profesores en casa que dan clases a nuestros hijos de cómo subirse a los árboles; que cada uno de nosotros tiene 16 criados y que todos conducimos un Masseratti. Pues sí, todo esto es verdad. ¡Aunque se mueran de envidia!”.

Cine. “Si el cine consigue que un individuo olvide por dos segundos que no ha pagado la factura del gas o ha tenido una discusión con su jefe, entonces el cine ha alcanzado su objetivo”.


Prostitutas. “Las mujeres más interesantes en una película son las putas”.

“Cine-arte”. “Antonioni seguro que es un gran director, un gran artista. Pero en lo que a mí se refiere, soy incapaz de mantenerme despierto”. “Comprendo sin dificultad por qué Jean-Luc Godard ha podido por sí sólo exterminar varias empresas productoras”. “Sobre Ingmar Bergman debo decir que los críticos no tienen ni idea de lo que está diciendo, pero, pese a todo, los vuelve locos… Existe una asociación internacional de ese tipo de críticos, capaces de extasiarse ante el asno muerto de Jean Cocteau envuelto con telas encima de un piano”. “Pienso rodar algunas escenas fuera de foco… quiero ganarme el Oscar a la mejor película extranjera”.

Verdad. “Si quieres decirle a la gente la verdad, sé divertido o te matarán”.

Dirección. “El mejor director es el que no puedes ver”.

Halagos. “Dicen que no encajo en este mundo. Francamente, considero esos comentarios un halago. ¿Quién diablos quiere encajar en estos tiempos?

Auschwitz. “No tengo la menor idea de cómo ella terminó en el campo de Concentración. Sólo sé que estuvo en Auschwitz porque todos los judíos de Viena, donde ella vivía, fueron enviados allí. Yo no supe que los nazis tenían campos de concentración. Ya sabes: Roosevelt no nos contó sobre eso”.

Colaboradores. “No es verdad que todos mis colaboradores forzosamente acaben dándose a la bebida. Algunos también se suicidan. ¡Yo no tengo infartos, los provoco!”.

Premios. “Habría preferido un Volkswagen” (tras recibir el Oso de Oro en el Festival de Berlín).


Cary Grant. “El era bueno, muy bueno. No se le escapaba una. Nunca tuvo el premio de la Academia. Le dieron un Oscar honorario, pero es una idiotez, porque los actores que suelen hacer de protagonistas, para obtener un premio tienen que cojear o hacer de retrasados. Nunca ven al tipo que se esfuerza al máximo y consigue que parezca fácil. No les basta con que abra un cajón con elegancia, saque una corbata y se ponga una chaqueta. ¡Hay que sacar una pistola! Hay que sufrir. Esas son las normas por las que se rigen los 4.500 miembros de la Academia”.


Humphrey Bogart. “Yo no le gustaba, porque en el comienzo de un rodaje nos juntamos en el camarín de William Holden a tomar unos martinis y olvidé invitarlo. Después, tuve que reescribir su papel y le llevé el guión con las nuevas escenas. √âl lo leyó y me dijo. “¿Qué edad tiene tu hija”. Siete años, le respondí. Y luego volvió a decir, casi gritando y esperando una carcajada de los demás: “¿Fue ella la que escribió esto?”. Nadie se rió, porque yo ya era un tipo viejo en la Paramount y todos estaban de mi lado. El sabía que yo prefería a Cary Grant y nunca me perdonó que no lo hubiese invitado a beber esos tragos. Luego supe que tenía cáncer y su mujer, Lauren Bacall, me dijo que él quería verme. Partí a visitarlo y él estuvo maravilloso, implorándome perdón. El último recuerdo que tengo de Bogart es que era un tipo estupendo, porque esa fue la forma en que lo vi al final. Era un buen actor, incluso mejor de lo que él mismo pensaba. Le gustaba hacer de héroe y al final, él mismo era uno de ellos”.

Hitchcock frente a Spielberg. “Me aburro si hago siempre lo mismo. Admiro a Hitchcock; pero no podría trabajar como él, porque siempre hacía la misma película”. Me dije: “Ahora voy a hacer una película mejor que Hitchcock” e hice Testigo de cargo. Salto de un lado a otro, como una pieza de ajedrez, siempre con proyectos diferentes… Puedo hacer distintos tipos de películas. Spielberg hace lo mismo: después de rodar una película de dinosaurios, hace una de nazis”.


Marilyn Monroe. “Sobre la impuntualidad de Marilyn debo decir que tengo una vieja tía en Viena que estaría en el plató cada mañana a las seis y sería capaz de recitar los diálogos incluso al revés. Pero, ¿quién querría verla?… Además, mientras esperamos a Marilyn Monroe todo el equipo, no perdemos totalmente el tiempo… Yo, sin ir más lejos, tuve la oportunidad de leer Guerra y Paz y Los miserables”. “Existen más libros sobre Marilyn Monroe que sobre la II Guerra Mundial. Hay una cierta semejanza entre las dos: era el infierno, pero valía la pena”. “Cuando rodé con ella la escena de la boca de ventilación del metro tenía la atención del mundo. Se reunieron veinte mil personas, hubo caos de circulación y una crisis matrimonial entre Joe DiMaggio y Marilyn. Reconozco que yo también me habría puesto nervioso si veinte mil personas hubieran estado observando una sola cosa: cómo mi mujer se levantaba las faldas por encima de la cabeza”.

Adiós al “Mago de la comedia”

Muere Billy Wilder a los 95 años

El director y guionista escribió 60 películas y dirigió 26, entre ellas algunos de los títulos más célebres de la historia del cine

El “Dios” de Fernando Trueba, brillantísimo director y guionista de origen austriaco y judío se apagó a los 95 años a causa de una neumonía en su residencia de Beverly Hills. Leyenda viva del cine con siete Oscars en su haber, Wilder es autor de numerosos clásicos del séptimo arte.

“He hecho películas que a mí me hubiera gustado ver”, dijo sobre su trabajo.

El pasado mes de diciembre había sido ingresado en un hospital de Los Angeles por insuficiencia respiratoria. En su más de medio siglo de dedicación al cine, Wilder escribió 60 películas, dirigió 26, cosechó 21 nominaciones para los Oscar y ganó siete.

Wilder nació el 22 de Junio de 1906 en Sucha, una pequeña localidad a 160 kilómetros de Viena, entonces del Imperio Austro-Húngaro y actualmente en Polonia. Su verdadero nombre era Samuel Wilder, pero su madre, enamorada de Estados Unidos, en los que había vivido durante una época, comenzó a llamarle ‘Billy’ en sus primeros años, y con “Willy” se quedó. “Billie”, como gustaba llamarse hasta su llegada a Estados Unidos en 1933, quería ser abogado, pero abandonó pronto este plan y lo cambió por el de ser reportero en un periódico vienés, experiencia que utilizó más tarde para trasladarse a Berlín y trabajar en el periódico de mayor tirada de la ciudad. En la capital alemana compaginó su profesión con otros oficios, entre ellos el de bailarín gigoló. Tras una primera etapa en la que se introdujo en el ambiente teatral de la ciudad, Wilder comenzó a colaborar en el cine como guionista para los estudios UFA. Su primer guión berlinés fue el de la película Der Tenfelsreporter, que dirigió Ernst Lasmmle. En 1929 trabajó junto a Robert Siodmak en el filme Gente en Domingo, una película pionera del neorrealismo con que años más tarde se hizo célebre Jean Renoir a través de su “Toni”.

Llegada a EE.UU. En 1933, la llegada de Adolf Hitler al poder obligó a Wilder, por su condición de judío, a huir a París, donde debutó en la realización con la película Curvas peligrosas, codirigida con el periodista húngaro Alexander Esway en 1934. Ese mismo año emigró a Estados Unidos. Pese a que no hablaba inglés cuando llegó a Hollywood, Wilder aprendió rápido y, gracias a contactos como su compañero de apartamento, Peter Lorre, fue capaz de entrar en la industria cinematográfica estadounidense. En 1940 se nacionalizó ciudadano norteamericano y durante la Segunda Guerra Mundial, Wilder fue coronel del Ejército de Estados Unidos, una experiencia que le sirvió para recrear el Berlín ocupado y el mercado negro en su película Berlín Occidente (1948).

En sus primeros años en Estados Unidos trabajó como guionista para otros realizadores también exiliados, como William Dieterle, Joe May o Rolf Thiele, y colaboró en la elaboración de guiones con el escritor Charles Brackett, fruto de lo cual surgieron películas como La octava mujer de Barba Azul (1938, Ernst Lubitsch), Medianoche (1939, Michael Leisen), Ninotchka (1939, Ernst Lubitsch), Bola de fuego (1941, Howard Hawks), Berlín Occidente (1948, Billy Wilder) y El crepúsculo de los dioses (1950, Billy Wilder) que pone punto final a su trabajo en común. La colaboración se extinguió tras El crepúsculo de los dioses, momento a partir del cual Wilder empezó a producir sus propias películas, más cáusticas y cínicas.

En 1957, Wilder comenzó a escribir los guiones de sus realizaciones con I.A.L. Diamond , hasta su última colaboración en 1981, Aquí un amigo. De esta asociación con I.A.L. Diamond surgieron Ariane (1957), Con faldas y a lo loco (1959), El apartamento (1960), Uno, dos, tres (1961), Irma la dulce (1963), Bésame, tonto (1964), En bandeja de plata (1966), La vida privada de Sherlock Holmes (1970), ¿Qué ocurrió entre mi padre y tu madre? (1972), Primera plana (1974) y Fedora (1978).

En sus películas, Wilder combinó la ternura y el romanticismo con la crítica ácida, la ironía y el cinismo. Trató géneros tan diferentes como el cine negro (Perdición), el drama social (Días sin huella), el cine dentro del cine (El crepúsculo de los dioses y Fedora), el cine judicial (Testigo de cargo), la comedia dramática (El apartamento), romántico (Sabrina y Ariane), el “biopic” (El héroe solitario) o el cine bélico (Cinco tumbas al Cairo y Traidor en el infierno).

Nadie es perfecto. En todo caso, la comedia fue su auténtica baza artística, la que le permitió desplegar todo su talento, con películas como Con faldas y a lo loco, La tentación vive arriba, Irma, la dulce, Bésame, tonto, ‘Primera plana, ‘La vida privada de Sherlock Holmes, En bandeja de plata, Uno, dos, tres o ¿Qué ocurrió entre mi padre y tu madre?, Días sin huella (1945), centrada en el alcoholismo, y El apartamento (1960), comedia sobre la hipocresía social, ganaron los premios Oscar a la mejor película, la mejor dirección y el mejor guión. En total, ganó siete estatuillas en toda su carrera. En 1987 recibió un Oscar especial de la Academia de Hollywood como reconocimiento a su aportación al arte cinematográfico. Wilder estaba retirado desde 1981. Sus memorias, escritas por Helmut Karasek, colaborador de “Der Spiegel”, aparecieron en 1992 con el título de Billy Wilder (“Nadie es perfecto”).

Billy Wilder, todo en él fue genialidad, en la vida real y en su cine. El suyo, porque Wilder hizo de su cine algo inconfundible y único. Fue capaz de amalgamar en su quehacer cotidiano todas las virtudes que caracterizaron a otros por separado, de fundir en un sólo hombre todo el talento que la vida difundió entre tantos cineastas.

Comenzó a trabajar como periodista en Berlín, pero afortunadamente cambió la pluma por la cámara y, de este modo, se producen sus primeros trabajos en Alemania, siempre como escritor. Hitler le ayuda a abandonar el país, gracias a su condición de judío, comenzando un éxodo que concluye en la frontera entre Méjico y EE.UU., donde un funcionario le interroga antes de darle el visado: “¿A qué se dedica?”; “Hago películas”; “Pues tome el visado, pero hágalas buenas”. Y a fe que las hizo.

Ese devenir por la vieja Europa, en su terrible huida del nazismo, le marcó como persona y como cineasta. Su experiencia le hizo desconfiar de la condición humana y cimentó en su ser un enorme y brillante escepticismo, gracias al cual pudo poner en tela de juicio todo lo que rezumase a convencional, a socialmente establecido, ya fuese a través de una de sus demoledoras y venenosas frases, ya fuera mediante el soporte de una cinta de cinematógrafo. Pero cualquiera que fuese el medio, sus críticas siempre emanaron de la sutileza, la inteligencia, la ternura, el cinismo y la inamovible ética que le acompañaron durante toda su vida.

La severidad, lucidez e ironía de sus opiniones hizo que su gran amigo William Holden declarase que “Wilder tenía la cabeza llena de cuchillas de afeitar”. Cuchillas que le permitían partir en lonchas a cualquier personaje con una sola y lapidaria frase.

Es interesante un repaso a sus mejores títulos, todos ellos cargados del escepticismo y mordaz visión que caracterizó al cineasta y a la persona. Es difícil encontrar un filme de cine negro de mayor calidad que Perdición (1944), hecho reconocido por la afirmación del mismísimo Alfred Hitchcock: “Desde Perdición las dos palabras más importantes en el mundo del cine son Billy Wilder”. Del mismo modo, Wilder brilló sobremanera en el drama psicólogo, su aguijón también sacudió a Hollywood: El Crepúsculo de los Dioses no deja títere con cabeza, lo que empujó a Louis B. Mayer a pedir la de Wilder. “!Bastardo, ha arrastrado por el lodo a la industria que lo ha convertido a usted en alguien y que le ha dado de comer. Habría que alquitranarlo y emplumarlo y echarlo de la ciudad!. Wilder permaneció impasible aguantado el temporal y, cuando concluyó, dijo: “Fuck you!” (!jódete!). Pese a estas muestras, resulta evidente e innegable que Wilder debe su celebridad entre el gran público a las comedias. El Apartamento (1960) nos presenta a un Lemmon haciendo de “bueno” pero tan mezquino y ruin como los “malos”. La sociedad patas arriba, la hipocresía a la palestra, en una de las obras más escépticas que se hayan rodado jamás. Billy Wilder es el director que mejor supo exprimir las muy ocultas dotes escénicas de Marilyn Monroe, aunque casi le costase la salud. “Existen más libros sobre Marilyn Monroe que sobre la II Guerra Mundial. Hay una cierta semejanza entre las dos: era el infierno, pero valía la pena”. Con ella rodó dos buenas comediasbuenísimas comedias, La tentación vive arriba (1955) y Con faldas y a lo loco (1959), esta última considerada por la crítica como la mejor comedia de la historia del cine. La primera dejó para la posteridad la mítica escena de Marilyn encima de un respiradero del metro y con el vestido ascendiendo sobre sus piernas. Wilder dijo sobre ella: “Cuando rodé la escena de la boca de ventilación del metro tenía la atención del mundo. Se reunieron veinte mil personas, hubo caos de circulación y una crisis matrimonial entre Joe DiMaggio y Marilyn. Reconozco que yo también me habría puesto nervioso si veinte mil personas hubieran estado observando una sola cosa: cómo mi mujer se levantaba las faldas por encima de la cabeza”. El segundo trabajo con Marilyn es Con faldas y a lo loco, en la que también participan Tony Curtis y Jack Lemmon. El rodaje con la rubia fue bastante problemático, puesto que llegaba tarde con frecuencia, olvidaba las letras, hasta el punto de tener que repetir una escena 59 veces, pretendió imponer el color en vez del blanco y negro y, para colmo, se negó a perder 10 kilitos de nada para el rodaje, motivo por el cual aparece algo rolliza. Wilder diría sobre ella y su legendaria tardanza: “Sobre la impuntualidad de Marilyn debo decir que tengo una vieja tía en Viena que estaría en el plató cada mañana a las seis y sería capaz de recitar los diálogos incluso al revés. Pero, ¿quién querría verla?… Además, mientras esperamos a Marilyn Monroe todo el equipo, no perdemos totalmente el tiempo… Yo, sin ir más lejos, tuve la oportunidad de leer Guerra y Paz y Los miserables“. Este fue el último trabajo de Wilder con la rubia. “Me han preguntado si volveré a trabajar con Marilyn y tengo una respuesta clara. Lo he discutido con mi médico, mi psiquiatra y mi contable, y todos me han dicho que soy demasiado viejo y demasiado rico para someterme de nuevo a una prueba semejante”.

La vida privada de este genio bien puede ser trasladada al lector utilizando como medio la visión que el propio Wilder tenía de la misma: “Del mismo modo que todo el mundo odia a Estados Unidos, todo Estados Unidos odia a Hollywood. Existe el profundo prejuicio de que todos nosotros somos tipos superficiales que ganamos 10 mil dólares a la semana y que no pagamos impuestos; que nos tiramos a todas las chicas; que tenemos profesores en casa que dan clases a nuestros hijos de cómo subirse a los árboles; que cada uno de nosotros tiene 16 criados y que todos conducimos un Masseratti. Pues sí, todo esto es verdad. ¡Aunque se mueran de envidia!”.

Billy Wilder nunca llegó a retirarse del todo, si bien la estructura del cine en la actualidad no le permitió llevar a cabo los proyectos que tuvo en mente hasta su muerte. “Es muy difícil encontrar un proyecto que me interese y que a la vez tenga probabilidades en el mercado de hoy… Ahora el público mayoritario es menor de 25 años y carece de tradición literaria. Prefieren la violencia estúpida a una trama sólida; los garabatos, a un diálogo inteligente; el desarrollo pectoral, al desarrollo de los personajes. Nadie escucha, sólo se sientan y esperan que les asalten una serie de sobresaltos y sensaciones fuertes. Son malos tiempos”.

Cuando EE.UU. estaba entrando en la II Guerra Mundial y los estudios no podían mantenerse aparte: “Todos nos entrenábamos para la guerra, pero cuando pienso en ello retrospectivamente, nuestros ejercicios se parecían más a las películas cómicas del cine mudo: los estropicios que se hacían para evitar y prever otros estropicios eran considerables. Recuerdo cómo nos entrenábamos en la calle Bel Air, donde vivían Hitchcock y Lubitsch, ensayando cómo colocar a un herido en una camilla, cómo meterlo después en una ambulancia y cómo trasportarlo lo más rápidamente posible a un hospital. Nuestro ejercicio amenazaba con fracasar ya que todos los hombres que queríamos poner en la camilla pesaban demasiado, o mejor dicho: nosotros no éramos lo bastante fuertes. Así que nos decidimos a salvar a una mujer herida. Incluso de entre las mujeres, elegimos a la más menuda de que pudiéramos disponer, y ésta fue Alma, la mujer de Alfred Hitchcock, que en lo que refiere al peso era todo lo contrario de él. Así que la pusimos en la camilla, la atamos firmemente, y entre cuatro la llevamos a la ambulancia, tan deprisa como pudimos. La metimos dentro y, al instante, la ambulancia partió a toda velocidad haciendo sonar la sirena. Pero por desgracia, con todo aquel ajetreo, habíamos olvidado cerrar la puerta de la ambulancia. La camilla, con Alma Hitchcock, se cayó y puesto que en Bel Air las calles son bastante empinadas, poco faltó para que se hiciera realmente daño, o rodara toda la calle abajo, hasta Sunset Boulevard“.

Sin embargo la crítica no dudó en alabar el filme: El “New York Times” declaró: “El crepúsculo de los dioses es una rara mezcla de guión cáustico, interpretación magnífica, dirección magistral y fotografía discretamente artística con la que el público queda hechizado de manera automática y cautivo de un clímax desgarrador” y James Agee la definió como “como una película muy valiente y el ejemplo más sobresaliente y logrado de la obra de Hollywood”.

La siguiente película de Wilder continuaría el tono de dureza y crítica de El crepúsculo de los dioses. El Gran Carnaval (1951), protagonizada por Kirk Douglas, es la historia de un periodista, Charles Tatum (Dougas), despedido de un diario neoyorkino, que encuentra trabajo en un periódico de Alburquerque, en Nuevo México. Allí se entera que un indio está atrapado en el fondo de una galería minera. Dispuesto a sacar provecho de la noticia, consigue que se adopte el modo más lento de salvación para escribir cada día un capítulo sobre los hechos. (La película está basada en un hecho real).

Este fue el primer gran fracaso de Wilder; las razones esgrimidas fueron varias, pero la principal es que el público se veía como gente vil, que en su mayor parte disfrutaba del dolor ajeno; Wilder diría años después: “El gran carnaval (1951) era una película muy buena; el argumento tenía fuerza y estaba bien trabajado. Pero la gente no quería saber; la gente no quiere que le cuenten que si hay un accidente en la calle y hay un herido grave, antes de ir a avisar a un médico, se quedan contemplando con curiosidad morbosa la tragedia. Eso es lo que había en la película: el circo, la música, la gente emborrachándose y pasándoselo bien… Diría que no es un tema fácil de digerir, la gente se sentía un poco culpable”.

En 1954 Wilder se acerca más que nunca a las películas que producían la “máquina de sueños”: dirige Sabrina, protagonizada por Humphrey Bogart (Linus Larrabee) y Audrey Hepburn (Sabrina). La película trata sobre una inocente muchacha que está enamorada del hijo menor de una poderosa familia de la que su padre es chofer. De regreso de un viaje a París ya crecida y con modales intenta conquistarlo, chocando con la oposición del cabeza de familia, hermano mayor de su amor: Linus Larrabee.

Si bien la película fue un gran éxito, su realización tuvo varios problemas; el mayor era la animosidad de Bogart hacia Wilder: “Bogart no me podía soportar; tampoco podía soportar su papel y no hacía un secreto de ambas cosas. Hasta entonces, había interpretado sobre todo a tipos duros que llevaban gabardina, que ocultaban sus sentimientos. Se había hecho famoso por su papel de Rick en Casablanca y acababa de ganar el Oscar por su papel en La reina de África. Y ahora debía engañar a una muchachita cursi, para quedar, finalmente, a su merced. A él esto no le gustaba”.

Para demostrarlo, una mañana (Bogart) llegó al plató y contó que la noche anterior había cenado con Huston y habían estado hablando de directores de cine. Y de quiénes eran los mejores. Huston y él habían elaborado una lista: “Y usted, Billy, no estaba entre ellos. ¡Huston ni siquiera le mencionó!”.

La película fue el segundo gran éxito de Wilder en los años 50, recaudando 12 millones de dólares, aunque él se sentía molesto por la censura que lo obligó a suavizar el tema sexual: “Yo quería para el papel de marido a Walter Matthau, que le habría dado al papel un fuerte trasfondo sexual, pero en aquella época no se podía ni pensar que los dos adúlteros se acostaran juntos en la película. Ni siquiera me permitieron que apareciera una horquilla en la cama de él, al día siguiente. Creo que la mojigatería de 1955 ha perjudicado a la película”.

Su segundo trabajo con Marilyn sería cuatro años después en Con faldas y a lo loco (1959). En esa película también trabajarían Tony Cutis (Joe) y Jack Lemmon (Jerry). La trama es simple y atractiva: Dos músicos desocupados presencian la matanza del día de San Valentín. Sin dinero y con la intención de salvar la vida, se contratan en una orquesta de señoritas, que se marcha de gira al día siguiente. Todo va bien hasta que Joe (Josephine) se enamora de Sugar, una chica que toca en la orquesta y Jerry (Daphne) conoce a Osgood, un millonario que también tiene sus propios planes para el futuro.

Si bien la película tuvo éxito, la filmación no fue fácil y se evidenciaron varios problemas con Marilyn: llegaba tarde, se olvidaba las letras (Hubo una escena que tuvo que rodarse 59 veces. El parlamento que decía era: “¿Dónde está esa botella de bourbon?”, mientras la buscaba en un cajón), quería que la película fuese a color y se negó a bajar diez kilos para el rodaje.

Después de esta película Wilder no trabajó más con Marilyn: “Me han preguntado si volveré a trabajar con Marilyn y tengo una respuesta clara. Lo he discutido con mi médico, mi psiquiatra y mi contable, y todos me han dicho que soy demasiado viejo y demasiado rico para someterme de nuevo a una prueba semejante”.

Wilder, el dulce

En 1963 Wilder filma uno de sus grandes éxitos: Irma, la dulce. Protagonizada por Jack Lemmon (Nestor Patou) y Shirley MacLaine (Irma la dulce), la película cuenta la historia de amor entre una puta parisina y un policía. Ella está cansada de su chulo y desanimada por su trabajo y lo llega a perder por culpa del policía, el cual se acaba convirtiendo en su protector.

Hay una divertida anécdota sobre la película: “Mandaron a un sacerdote al estudio porque en la película aparecía una boda católica, y debía velar para que en esa escena no sucediera nada blasfemo. Wilder cuenta cómo el cura cada vez se sentía más y más a gusto mientras las actrices disfrazadas de putas daban vueltas voluptuosas a su alrededor”.

En 1970 rueda lo que considera su obra personal: La vida privada de Sherlock Holmes, basada en dos episodios de Sherlock Holmes, sacados de los supuestos papeles legados del doctor Watson: el primero trata de una bailarina rusa que quiere cruzar su hermoso cuerpo con la inteligencia del detective; el segundo de una trampa que una espía alemana le tiende, y de la que termina enamorándose.

Lamentablemente la película no tuvo éxito y eso le trajo algunos problemas; sin embargo a lo largo de los años, ha sido reconocida como un clásico de la filmografía de Wilder.

En 1974, como si volviera a sus tiempos de escándalo, rueda Primera plana, basada en una obra de Hetch y MacArthur, que ya había sido llevada al cine dos veces. La película cuenta como un grupo de periodistas espera, en la sala de prensa de la policía de Chicago, la ejecución de un hombre acusado del asesinato de un agente del orden.

La visión de los periodistas inescrupulosos no lo ayudó con la crítica, y, lo peor de todo, es que el propio Wilder no estaba contento con los resultados: “En la actualidad, creo que fue estúpido por mi parte hacer un “remake” de Primera plana. Además, no rodé la película porque yo mismo hubiera sido periodista de joven, como a menudo se ha pretendido. No, mi error fue rodar una nueva versión de una pieza de la que ya había una versión cinematográfica convincente. Además, cuando Hetch y MacArthur escribieron la historia era absolutamente actual. Es decir, es una sátira de los años veinte sobre los años veinte. Cuando se lleva al cine cincuenta años más tarde, se convierte en una película costumbrista corriente”.

La última película de Wilder, protagonizada por Jack Lemmon (Victor Glooney) y Walter Matthau (Trabucco) fue Aquí un amigo (1981). La historia trata de un asesino profesional y de un desempleado a quien su mujer ha abandonado, que se alojan en el mismo hotel, en habitaciones continuas, uno a la búsqueda de su mujer y que pretende suicidarse; el otro haciendo los preparativos propios de su profesión. El confuso marido se cruza constantemente en el camino del asesino. Y se origina al paradoja de que el gángster tiene que salvarle la vida en lugar de matar a otro, porque el suicidio impediría el asesinato.

Lamentablemente la película fue un fracaso y el propio Wilder sabía cuál fue la falla: “Fue absolutamente erróneo elegir a dos cómicos. Después de haber rodado durante dos semanas me di cuenta que tendría que haberle dado el papel de asesino a alguien que impresione, y no a un cómico. A Clint Eastwood, en lugar de a Walter Matthau”.

En torno a Billy Wilder

Ha muerto el tío Billy. Acaso el mejor director de todos. He visto la mayoría de los filmes que realizó en EE.UU. y todos me parecieron como mínimo interesantes y como máximo obras maestras. Entre sus filmes más grandes se encuentran algunos de los clásicos más reivindicados: El apartamento, En bandeja de plata, Irma la Dulce, La tentación vive arriba, Perdición, Días sin huella, El crepúsculo de los Dioses, El gran carnaval, Sabrina, Testigo de cargo, Con faldas y a lo loco, Traidor en el infierno, Un-Dos-Tres, Primera Plana, Avanti!, La vida privada de Sherlock Holmes y Fedora. Incluso visionando sus obras más desconocidas o no demasiado bien valoradas por los entendidos de turno, he encontrado a menudo esos detalles lleno de sarcasmo o ironía que siempre fueron la marca de su estilo. Títulos como Bésame tonto o Aquí un amigo que recibieron grandes varapalos críticos son vistos ahora que la comedia “made in USA”
para por el momento más bajo de su historia, como pequeñas joyas de un artesano siempre ingenioso y hábil.

Billy era un hombre de sentido del humor mordaz, tan peculiar como cruel. Su visión del mundo que le rodeaba no era desde luego nada optimista. En general, no tenía muy buena opinión sobre el americano medio ni sobre el “american way of life”. Por supuesto, no eran ajenos tampoco a su vitriólica mirada ni el ambiente profesional de Hollywood ni algunos de sus compañeros, como Otto Preminger. Son muchas las anécdotas en ese sentido que jalonan su vida.

Eran otros tiempos, tiempos en los que un director como él podía contar con actores del calibre de Jack Lemmon, Tony Curtis, Walter Matthau, William Holden, Gloria Swanson, Fred MacMurray, Barbara Stanwyck, Edward G. Robinson, Marilyn Monroe, Eric Von Stroihem, Bing Crosby, Gary Cooper, Humprey Bogart, Audrey Hepburn… todos realizaron las mejores interpretaciones de su carrera en algunos de sus filmes. Fue el primero que se dio cuenta de la enorme química que tenían como pareja Lemmon y Matthau; el único que se atrevió a darle a Bogart una comedia o Fred MacMurray un filme drama policíaco o a que Gary Cooper viviera un romance otoñal con una bellísima Audrey Hepburn en Arianne.

Pero de entre todas sus películas prefiero por encima de todas a El apartamento. La historia de amor entre C.C. Bud Baxter, ese hombre mediocre que deja la llave de su apartamento a sus superiores para que lleven a sus amantes para así medrar en la empresa, y Fran Kubelik, la desgraciada ascensorista amante del director general. Ambos, dos seres mediocres que inevitablemente tenían que encontrarse. Es un filme divertido pero a la vez muy amargo, una de las comedias más originales y extrañas que se han hecho nunca, llena de acidez y donde Wilder reflejaba una crítica feroz a todo lo americano. Inolvidable los diversos planos en los que se ve a Baxter trabajando en la una oficina que parece interminable, cuela los espaguetis con una raqueta o estornuda muerto de frío a la puerta de su casa mientras espera a que uno de sus jefes termine con su amiguita. De igual modo, Baxter me resulta, a pesar de su aparente mediocridad, un personaje de carne y hueso, capaz de inspirarnos la más emocionante de las ternuras como la risa más helada.

Billy Wilder no sólo fue un enorme cineasta, sino que además dejó por esos pagos de Dios una innumerable cantidad de citas célebres, que constituyen toda una filosofía de la vida y la sociedad, lo que viene a confirmar que no es exagerado, en absoluto, hablar de auténtico genio cuando a él nos referimos. Su personalidad le impidió permanecer callado y, ya en su cine, ya en su labia, arremetió contra todo lo que consideró injusto, con esa dureza cómica que tanto le gustaba y que tanto nos gusta.

Conversando con Billy Wilder

Creo que nada mejor que buscar entre sus palabras, para conocer mejor al hombre, el escritor que comenzó siendo gigoló en el año 1926 en los hoteles Eden y Adlon de Viena, el renombrado director de cine, el coleccionista de obras de arte, el creador de estrellas, el que también en esos años publicaba con ayuda de personalidades de la alta aristocracia, sus historias de amor y desamor en el diario Die Buhne de Viena, porque creo que, tanto el uno como el otro…

!Nobody is perfect! (!Nadie es perfecto!

De aquellos años es la frase de su íntimo amigo Walter Reisch:

“El hotel Eden era un centro de reunión internacional, para la gente del cine. Uno tenía que mostrar modales impecables. De ese modo conseguías cenar, unas copas, un cigarro, contactos y tener un salario”.

También opinaba así de Wilder:

“Es creativo, perfeccionista y con un mordaz sentido de la ironía, para él la cámara no era solo un dispositivo óptico, sino una extensión de sus sentidos y su mente”.

No me cabe duda de que Billy se iba abriendo paso como hubiera hecho cualquiera, utilizando todos los argumentos posibles, ello nos demuestra la importancia que el maestro le daba a sus escritos o lo que es lo mismo, lo que tuvo que hacer para conseguir un lugar en el sol…

Sobre su humor e inocencia dice mucho esta anécdota a la que él mismo se ha referido en repetidas ocasiones. Cuenta Wilder que siendo adolescente su padre le dijo que no debería masturbarse más de 50 veces, porque a partir de entonces moriría. Fue tanto lo que aquello le impactó, que cuando llevaba 49 masturbaciones comenzó a despedirse de todos: amigos, familiares, etc., etc., hasta que se dio cuenta. Aquellas 50 veces se le sumarían para siempre a lo largo de su vida otras muchas más, llegando a decir:

“Es la forma perfecta de hacerlo, nadie te exige, te coarta, ni influyen colores, ni ropas, ni nada, solo eres tú frente a frente con el mayor y mas rápido de los placeres. Deberían patentarlo”.

“Nunca me retiraré. Tendrán que quitarme la cámara para que deje de hacer películas. Moriré haciendo películas. Renoir pintaba incluso cuando tenían que atarle un pincel a los dedos artríticos. De todos modos, Renoir no pintaba con los dedos, pintaba con la polla, como dijo una vez. Así es como se hacen las películas, con la polla, a menos que seas Lina Wertmuller, y no me sorprendería que ella tuviera polla.”

Sus frases son como golpe de efecto y leyéndolas una y otra vez, uno se da cuenta de que está ante un hombre extraordinario donde los haya, al que le podemos aplicar la palabra genio.

“Antes no era tan difícil como ahora. En Paramount, donde pasé dieciocho años, tenían contratados ciento cuatro guionistas. Cada jueves, yo tenía que entregar once páginas escritas en papel amarillo. Todo el mundo trabajaba; naturalmente, no se hacían películas de todos los guiones, pero se producían unas cincuenta películas al año. Ahora, haces una película con un estudio y, aunque sea muy barata -pongamos treinta millones de dólares-, te vigilan, dan su opinión sin que nadie se la haya pedido, tienen miedo, te hacen sentir que si la película no tiene éxito, habrá que vender el estudio y despedirán a los vigilantes y las secretarias se morirán de hambre. No te dejan en paz. En aquellos tiempos, se decidía qué película se quería hacer y qué actores la iban a interpretar; luego uno se iba y escribía el guión. Lo primero que veían los ejecutivos del estudio era la proyección, todavía sin entender del todo para qué servían aquellos agujeritos a los lados del celuloide. No obstante, a veces daban órdenes, para demostrar quién mandaba en el maldito estudio. Sugerían títulos para las películas. Una vez presencié una proyección que organizó el tipo que dirigía MGM. Allí estaba el jefe del estudio, con su mujer y tres chiquillos de doce, catorce y quince años que se hurgaban la nariz y decían: “!Oh, ese actor lo hace fatal! Había que aguantar ese tipo de cosas; pero, en cualquier caso, no había la tensión que existe ahora. Creo que si Parque jurásico (1993) hubiera sido un fracaso, todo Estados Unidos estaría temblando: sería una catástrofe de primera magnitud.”

Fantástica definición del maestro ante el cambio experimentado en la política de los estudios al paso del tiempo, ¿Dónde queda mejor el actor, en pleno siglo XXI, aportando sólo un diez por ciento de su intelecto y dejando que el 90 lo realicen las nuevas tecnologías? ¿O aquellos hombres que daban brillo al producto con sudor en la frente, levantando solo una vez la cabeza para coger aire y seguir frotando y frotando?. Wilder fue un ser privilegiado, vivió las dos etapas y no hay más que ver su filmografía para darse cuenta donde estaba la notable diferencia.

“Recuerdo perfectamente el día en el que decidí ser director. Fue cuando vi una película cuyo guión yo había escrito para la UFA, en Alemania. En la película salía un club nocturno que tenía un gran cartel en el exterior: “Es obligatorio llevar zapatos y corbata”. Había dos porteros, que miraban a las personas que entraban para ver si llevaban zapatos y corbata. En uno de los gags que escribí, un hombre llevaba una barba larga; el portero lo para y mira debajo de la barba para asegurarse de que lleva corbata. Cuando fui a ver la película, me encontré con que el director le había puesto a ese actor una perilla; ya no había una barba que levantar para mirar debajo. El director conservó el chiste porque creyó que seguiría siendo divertido; pero ya no tenía gracia. Así que dije: “hasta aquí hemos llegado”. Uno debe recordar, como guionista, que nadie va a leer lo que escribe. Por eso me hice director, porque nadie leía mis guiones.”

La ironía de Wilder es una de sus mayores facetas y un arma que emplea hasta la saciedad, pero si a esa ironía le unimos una inteligencia transparente, tendremos con esta explicación que da Wilder sobre la anécdota del filme alemán, el ingenio subterráneo a flor de piel y las dobles formas que en sus comienzos empleaba para poder ser él mismo. No todos los guionistas pueden ser directores, ni éstos últimos tienen el don de dar forma en una hoja, a cualquier historia. Wilder era y será uno de los mejores guionistas que hubo siempre, solo luchaba para que esos puntos y comas garabateados en los cientos de folios, tuviesen el sitio indicado en la pantalla, nada más.

No creo que no haya actor que no admire el talento de Wilder, ni director que no haya emulado aunque sólo haya sido un minuto, cualquier de sus manías, de sus corrosivas secuencias, o intentar dirigir a sus actores como lo hacía él. Fernando Trueba, en una entrega de los Oscars, dijo que su premio se lo dedicada a San Billy Wilder. Fue una canonización en directo y presenciada por millones de personas en todo el mundo. A veces un gesto gana más batallas que la propia belleza de las palabras.

A la mayoría de los cinéfilos, de los buscadores de cine, o de los amantes del séptimo arte, nos gusta más encontrarnos con la persona que hay detrás de un rostro admirado, que la posible biografía que nos puedan contar. En eso me estoy basando en estos momentos para escribir sobre Billy, en el hombre que tras esas gafas contemplaba a las mujeres más emblemáticas del cine, a los cómicos más sobresalientes y dueño y señor de las anécdotas. Billy Wilder era una autentica fabrica de sorpresas, hay cientos, miles de ellas, pero lo que más me sorprende de este pequeño gran hombre es su sonrisa, su socarrona sonrisa, tras la cual pudo crear un filme tan completo, espléndido y totalmente amenazador como es El crepúsculo de los dioses, simplemente con mencionar esta hermosísima obra de arte, la palabra salta, diseminándose por el espacio de la nada, cuando cada plano es todo un mensaje hiriente, macabro y vivo del mundo del cine.

“Teníamos que ser muy ingeniosos para burlar a la censura y esto nos obligaba a escribir con más sutileza. No estaba permitido que un personaje dijera ni siquiera una insignificante palabrota como cabrón o hijo de perra. Una vez, a Charlie Brackett y a mí se nos ocurrió este sustitutivo: “Si tuvieras madre, ella ladraría”.No se podía ver en una película a un hombre follando con una mujer con la que no estaba casado. Ni siquiera se podía ver a una pareja en una cama al mismo tiempo. Por lo que se refería a la oficina Hays (la que se encargaba de aplicar el Código de Censura sobre las películas) todos los dormitorios del mundo tenían camas separadas. Así que el problema era cómo mostrar a ese hombre y a esa mujer haciendo el amor. Alguien lo resolvió con una parte en la que la criada hace la cama del hombre a la mañana siguiente y sobre la almohada encuentra una horquilla. Lubitsch era el genio de lo que yo llamo el truco de la horquilla en la almohada. Quiere mostrarte, digamos, a un hombre y una mujer que tienen una relación apasionada. Primero, una escena en la que se besan ardientemente la noche anterior. Después… fundido en negro, y a la mañana siguiente… los vemos desayunando. Ah, pero cómo sorben el café y cómo devoran las tostadas. No cabe duda de que han satisfecho otros apetitos. En aquel tiempo, la mantequilla se untaba en la tostada y no en el culo; pero había más erotismo en esa escena del desayuno que en todo El último tango en París (1972).Lubitsch hacía caso omiso de si la censura era estricta o flexible. No recuerdo haber visto nunca un desnudo en una película suya, ni gente echando un polvo. Hoy en día vas a ver una película y ya hay un coito mientras aparece el título… ¡en el título de la película! A Lubitsch nunca se le hubiera ocurrido hacer algo así. Su mente no funcionaba de esa manera. Te enseñaba lo justo para excitarte…Las películas de Lubitsch no eran censurables y, sin embargo, eran mucho más eróticas que las que se hacen ahora. A veces desearía que existiera la censura, porque se nos ha esfumado la diversión, el juego sagaz que manteníamos con ella”.

Sobre la censura se podrían escribir ríos de tintos, verdaderos cauces de folios y folios y ninguno nos llevaría a ninguna lado, porque son papeles mojados que el río se lleva para no volver, pero Wilder lo narra como algo negro, como algo pecaminoso que nos destruyó durante mucho tiempo y que aunque él diga que le gustaría que volviera, en su subconsciente es una palabra dicha con humor, digamos que es un poco la acidez del viejo guión. Por un lado me gustaría ver al maestro con mi compatriota Almodóvar en el set. El enfoque que ambos directores de mujeres sería los más atrevidos de cuantos han pasado por el cine, y nada de lo que escriban, hablan o presenten podría ser censurable, porque la libertad hablar por sus bocas.

“Llegó la entrega de los Oscars de 1959, que vi por televisión con unos amigos en casa del director Charles Vidor. Aunque Con faldas y a lo loco había sido nominada, sabía que no teníamos ninguna oportunidad. Ben-Hur no tenía competencia. Hasta Charlton Heston recibió un Oscar por su encanto de cascanueces. ¡Y eso a pesar de que Jack Lemmon también estaba nominado! Quizás Lemmon habría ganado si hubiese sido nominado como mejor actriz principal. Cada vez que Ben-Hur era premiada de nuevo, me tomaba un martini doble. Así una y otra vez. Cuando finalmente fue elegida mejor película, caí en redondo y tuvieron que sacarme en brazos. Como a un romano del Coliseo. ¿Envidia?… Nobody is perfect!” (!Nadie es perfecto!).

Está claro cuál es la opinión de Wilder al respecto de ciertos actores galardonados aquel año, y las injusticias que el mundo de Hollywood ha hecho al respecto. Pensar que Lemmon no se llevó el Oscar, por una interpretación de autentica antología fílmica y que Moisés con sus tablas y sus metralletas sí, es algo que causa hilaridad, sin menospreciar el trabajo de Heston, pero por el amor de Dios… ¿Hay alguien todavía que pueda ver justo esto? Fue un gran año el 1959, un gran año a nivel de grandes superproducciones, pero si analizamos el cine, a pesar de ser espectáculo, el cine también tiene unos epílogos de sobrada categoría, y son el comienzo de que podamos sentirnos que el libro que tenemos en las manos, nos va a adentrar en algo que no tiene nada que ver ni con ese tebeo llamada Biblia, ni con esos actores cara de palo, los capítulos que siguen son el propio cine, o simplemente ese Cineparaíso.

“Hay algo sorprendente: cuando reflexiono sobre todas mis películas, me llama la atención que, en las épocas en que estuve deprimido hice comedias. Y cuando me sentía feliz, rodé temas más bien trágicos. Quizás intente inconscientemente compensar cada uno de mis estados de ánimo.”

Siempre es así Billy, siempre nuestro estado emocional nos juega pasadas y no podemos volvernos contra ellas, porque también en esos momentos somos nosotros y ellos son parte de nuestra labor, sea tragedia o drama… Pero es bueno sentir ambos y cobijarlos, porque forma parte de nuestra historia cinematográfica y los dos amigos míos, son maravillosamente corrosivos.

“El rostro, su rostro, ¿qué tenía el rostro de la Garbo? Podías leer en él todos los secretos del alma de una mujer. Podías leer a Eva, a Cleopatra, a Mata-Hari. Ella se convertía en todas las mujeres en la pantalla, no en el plató. El milagro ocurría en el celuloide, cuando la imagen en tres dimensiones se reduce a una imagen en dos dimensiones, y surgía una profundidad, un misterio, que parece que va a revelarse de pronto. ¿Quién sabe por qué? Marilyn Monroe poseía el mismo don, ese extraño impacto carnal. Es decir, su carne traspasaba la pantalla como si fuera real y uno pudiera tocarla; una imagen que trasciende la fotografía.”

Absolutamente cierto y me gusta que un hombre de la categoría de Wilder explique de esta forma la magia de dos mujeres, como lo hace él. Podían parecer terrenales, del pueblo, hasta vulgares, pero al cruzar la pantalla se producía el milagro y el milagro ahí está… No creo que vuelva a repetirse un fenómeno visual semejante… porque nada nos hace presagiar que existan realidades iguales. Eran únicas y el cine supo dar la respuesta

Billy Wilder es un director de finales, de tremendos finales, donde pone todo el ingenio, la creatividad y el saber hacer del mejor catador de vinos. No es fácil olvidar la bajada por aquellas escaleras de Gloria Swanson en El crepúsculo de los dioses, o Joe E. Bronw y Jack Lemmon en Con faldas y a lo loco y todavía impresiona al ver el final de Testigo de cargo por el glamur de su reparto, pero todavía hoy, en días de un cine que no lo es, dentro de un siglo que se llama XXI, cuando tenemos ante nuestros ojos todo un clásico por excelencia, con un final que causa época, en donde el ingenio, el control de todo un oficio los sirve Wilder en la mejor bandeja de plata que exista. Efectivamente, Wilder es un gran director, un narrador al cien por cien, pero ante todo es el mejor de todos los directores de cine que yo conozco con mayor número de finales-impacto.

De todas sus películas, hay una que realmente es Wilder al cien por cien, me refiero concretamente a El apartamento. Toda la sagacidad, la crítica brutal y despiadada, el amor, la tragedia y el mismo honor, se dan cita en esta cinta en blanco y negro que es un alegato contra el totalitarismo y las relaciones laborales. Creo que la pluma de Wilder vuela sobre papel de sangre en una comedia de fino corte, interpretada por un Jack Lemmon irrepetible y una Shirley MacLaine capaz de romper con cualquier canon establecido. No puede repetirse algo semejante, las palabras faltas al hablar de este filme, creo que recomendarla, visionarla ahora en pleno año 2007 es lo mejor que puedo hacer… ¡Ah!, eso sí, entre descanso y descanso de Norma Desmond y viajando en un vagón de tren compuesto por una trepidante compañía de variedades en plena ley seca…

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