(Nancy, 4 abril 1920 , París, 11 enero 2010)
Si hay un cineasta que se caracteriza por la sutileza, el buen gusto y el equilibrio formal, ese es, sin duda, Eric Rohmer. Su filmografía puede clasificarse en seis Cuentos morales
(1962-1972), otras tantas Comedias y proverbios
(1980-1987), Cuatro Estaciones (1990-1998) y diversos entremeses, ya sean largometrajes o episodios televisivos de inspiración rosselliniana.
Para comprender su cine es primordial leer sus escritos, ya que entre ellos y su filmografía hay una extraordinaria coherencia. En uno de sus textos fundamentales, “El cine y el espacio”, Rohmer escribe: “Contrariamente a lo que se podría pensar, un filme incurrirá tanto más en la acusación de esteticismo cuanto su grado de pureza sea menor, cuando la voluntad de estilo del realizador no consiga determinar con un rigor suficiente el contenido, en función del modo de expresión adoptado”.
A partir de La mujer del aviador, Rohmer utiliza regularmente película de 16 mm, después ampliada a 35 mm. Esta utilización de los recursos es porque el cineasta no quiere para sus películas una fotografía demasiado bonita. “En 35 mm se cae muchas veces en una imagen de postal, y eso es lo que siempre quiero evitar en mis films”, dijo el realizador.
Cerca del cine de Rivette y de Resnais, Rohmer se preocupa por una puesta en escena en la que los detalles definen a los personajes. Entre sus criaturas suelen figurar intelectuales, filósofos, escritores o simples diletantes que en algún momento caen en el ridículo.
En 1962, Rohmer se lanza a la realización de su primer gran proyecto: seis cuentos llamados morales porque están “casi desprovistos de acciones físicas: todo se desarrolla en la cabeza del narrador”. Cuando al cineasta le preguntaron cómo se le ocurrió la idea de realizar los cuentos morales, respondió: “En parte porque quería seguir la misma idea a través de diversos films; en parte porque pensé que el público y los productores estarían mejor dispuestos a aceptar mi idea en esta forma que en otra. En vez de preguntarme a mí mismo qué temas resultarían más atractivos para el público, me persuadí a mí mismo de que lo mejor sería tratar el mismo argumento seis veces o más. Con la esperanza de que a partir de la sexta vez, el público vendría hacia mí”.
El éxito de películas como Mi noche con Maud, La coleccionista o El pequeño salvaje, guarda estrecha relación con la admirable coherencia narrativa del director francés. Eric Rohmer nunca se preocupó por agradar al público con sus películas; si quiso, y lo logró, plantearle problemas. Los llamados “tiempos vacíos” que son la sustancia narrativa de Cuento de invierno, Cuento de primavera y Cuento de
verano son como las zonas de indeterminación de los textos de Antón Chéjov. Se trata de momentos en los que aparentemente no pasa nada, y sin embargo, pasa de todo. Por esas secuencias circula la sustancia misma de la vida, tan evanescente y real al mismo tiempo.
Director y crítico de cine francés. Su verdadero nombre es Jean-Marie Maurice Scherer, uno de los fundadores de la “nouvelle vague” y durante seis años jefe de redacción de la influyente revista de cine “Cahiers du Cinéma”.
Cuando Rohmer comienza a dirigir cortos, lo hace en un estilo deliberadamente simplificado, que le conduce al fracaso en su primer largometraje El signo de Leo, (1959), pero que supera tras unos años con su ciclo de “Cuentos morales”, en los que Rohmer trata siempre la misma temática y con el mismo esquema: hombres y mujeres, intentan analizar su propio comportamiento que con frecuencia no tiene nada que ver con sus acciones.
A Rohmer no le interesan los argumentos ni los dramas tradicionales, sino los pequeños e íntimos detalles de las relaciones y los aspectos paradójicos de la psicología de sus personajes, prototipos de gente corriente en su vida cotidiana y muy particularmente en sus relaciones amorosas. La coleccionista (1963), Mi noche con Maud (1969), La rodilla de Clara (1970) y El amor después del mediodía (1972) son buenos ejemplos de su estilo. En 1980 Rohmer se embarca, con La mujer del aviador, en un nuevo ciclo que titula “Comedias y proverbios”; y en 1990, con Cuento de primavera, anuncia otro ciclo, el de los “Cuentos de las cuatro estaciones”.
Aparte de valoraciones personales, que pueden hacer el trabajo de Rohmer más que discutible, su valía como narrador simple y directo, y la vitalidad en el tratamiento de sus personajes, especialmente los femeninos, quedan demostradas con La marquesa de O (1975), una de sus pocas películas de época, o con otra más reciente de sus realizaciones, Las citas de París (1995), verdadero paradigma de comedia sencilla, inteligente y fresca. En 2001 rueda La inglesa y el duque y su último trabajo es Triple agente (2004).
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ERIC ROHMER:
“Todavía no he dicho mi última palabra”
Con el estreno en España de
Triple agente
(2004) segunda entreg