
(Sacramento, California, 13 marzo 1898 – Hollywood, 11 febrero 1985)
Nació el 13 de marzo de 1898 en Sacramento (California). Su verdadero nombre era Henri Leopold Fiennes.
Entró en contacto con el cine como extra en películas del Oeste. Sólo alcanzó el rango de secundario en un corto de 1917: The storm woman de Ruth Ann Baldwin. Después, se interesó por la dirección y empezó a trabajar como asistente de dirección, llegando a convertirse en ayudante de dirección de con William K. Howard: La horda maldita (1925) y (Las novias de un soltero (1925) y con maestros como Josef von SternbergMarruecos (1930) y La ley del hampa (1927); Víctor Fleming (El virginiano, The rough riders, El canto del lobo, Hula y Flor de capricho). Gracias a todos estos trabajos, se ganó una gran reputación.
Entre 1932 y 1936 se inició como director con ocho westerns de bajo presupuesto (“clase B”) basados en novelas de Zane Grey, todos ellos protagonizados por Randolph Scott.

Tal vez, por todos estos antecedentes, se especializó en westerns. Además, también abundan en su filmografía títulos de cine negro, de suspense y de aventuras. También se atrevió con el drama y la comedia romántica.
Trabajó con los principales actores de la época dorada de Hollywood: Gary Cooper, James Stewart, Gregory Peck, Tyrone Power, John Wayne, Dean Martin, Robert Mitchum, Susan Hayward, Dorothy Lamour, David Niven, Mae West ….
Poco recordado, en general, y olvidado por la crítica, los miembros de la academia que no le concedieron ningún galardón, aunque fue finalista.
Sus películas tuvieron más suerte y obtuvieron el reconocimiento del público que se le negaba al director. A pesar de todo, el mundo del cine está en deuda con él, porque fue uno de los primeros en atreverse a sacar la cámara del estudio y rodar en exteriores.
De las más de 60 películas que dirigió, sólo produjo seis. Se sentía mucho más cómodo al mando que como burócrata y hombre de negocios. Su prestigio hizo que no necesitara autofinanciarse, siempre le llegaban ofertas, por lo que, se sentía más cómodo cuando otros ponían el dinero y el podía despreocuparse del aspecto económico del filme.

Henry Hathaway fue una especie de pionero en la utilización del semidocumental para contar una historia ficticia, partiendo de hechos reales. Algo así a lo que en el cine moderno hicieron gente como Oliver Stone en la enorme J.F.K. (1991),
o en la igual de grande Vuelo 93 (2006), por poner dos ejemplos conocidos, y al mismo tiempo, un poco distintos entre sí. Hathaway causó una gran impresión en 1945 cuando estrenó La Casa de la Calle 92 filme rodadoen su mayor parte en los mismos lugares en los que sucedieron parte de los hechos narrados en la película. Su estilo realista influiría en otros grandes directores, como por ejemplo, Jules Dassin en su laureada La ciudad desnuda, y el propio Hathaway volvería sobre sus propios pasos algunos años más tarde, en la impresionante Yo creo en ti (1948).
La Casa de la Calle 92 (1945) narra, un poco cansinamente, cómo un agente doble del FBI, se infiltra en una célula de espionaje alemana, para intentar recuperar unos importantes secretos sobre la fabricación de la bomba atómica. Antes de que sea desenmascarado, nuestro protagonista, aparte de lograr eso deberá averiguar la identidad de un personaje llamado Christopher, que se supone es el jefe de los espías alemanes.
Sin embargo, y a pesar de todas las excelencias de Hathaway como director, que sin duda habría que tratarlo como a uno de los grandes, para el que esto suscribe, esta película es una ligera decepción, y muy alejada de los mejores trabajos de su director. A pesar del evidente interés de la historia, sobre todo en lo que respecta a la identidad de cierto personaje, bastante bien construido todo eso. Pero en el hecho de querer resultar realista, la película se pasa un poco. Me explico, sus primeros minutos son una puesta al día del funcionamiento del FBI, con una narración en “off,” que se repite a lo largo de todo el filme, y que llega a resultar un poco cargante, no dejando en ningún momento que la película termine de despegar. Asistimos obligatoriamente a un sinfín de datos y hechos, que en cierto modo, no nos importan demasiado, porque al fin y al cabo, muchos de ellos no resultan relevantes en el argumento del filme. Quedan bien como datos históricos, el saber nunca está de más, como se suele decir, pero estamos viendo una película

Por otro lado, y en ese afán realista, prácticamente todo está filmado en los mismos lugares donde aconteció todo, lo cual le da un mayor verismo a la historia, y muchos de los que salen en pantalla son verdaderos agentes del FBI, lo cual choca bastante con los verdaderos actores de la película, algunos de los cuales están magníficos, sobre todo los secundarios, donde cabe resaltar a Lloyd Nolan, como uno de los jefes del protagonista, o a Leo G. Carroll como un carismático agente enemigo. Sin embargo, no todo el reparto está a la altura, sobre todo su protagonista principal, William Eythe, un actor poco conocido, y supongo que precisamente por eso escogido para el papel, rehuyendo de caras conocidas para intensificar el realismo, y el espectador no se distraiga con la presencia de una estrella. Hasta ahí, perfecto, pero esto se paga caro, ya que el actor es totalmente inexpresivo, y está bastante soso. A su lado, Signe Hasso, actriz de una belleza particular, pero que aquí resulta demasiado fría y distante.
Una película correcta, realizada con mucha profesionalidad, pero que viniendo de quien viene cabría esperar muchísimo más, y es que parece mentira que éste sea el mismo realizador de grandiosos títulos como Sueño de amor eterno o El beso de la muerte.


Seudónimo de Henri Leopold de Fiennes, director de cine estadounidense que debutó haciendo películas del Oeste basadas en novelas de Zane Grey protagonizadas por Randolph Scott. Su eclecticismo está en el origen de una injusta reputación de simple artesano de Hollywood. Pionero del rodaje en exteriores, rodó, desde 1923, los primeros western, y películas policíacas como La casa de la calle 92 (1945). Tuvo su primer gran éxito con Tres lanceros bengalíes (1935).


Triunfó con Niágara (1953) dirigiendo a una turbadora Marilyn Monroe. Realizó numerosas películas de aventuras y del Oeste, películas negras y algunos dramas, como Niágara (1953); también hay que destacar Sueño de amor eterno (1935), película admirada por los surrealistas, y El fabuloso mundo del circo (1964), que se rodó en España. Un buen director, siempre poco considerado.
Por último, resulta extraño que, a pesar de las numerosas ofertas, nunca se acercara al mundo televisivo.
Murió el 11 de febrero de 1985 en Hollywood como consecuencia de un paro cardíaco.