
(París, 12 noviembre 1904 – Bergerac,17 diciciembre 1977)

Jacques Tourneur (director) – Val Lewton (productor)
Clásicos Modernos
En los comienzos de la década del los 40 se produce un giro en la producciones fílmicas de horror. Ya no se trataba de asustar a los espectadores con los clásicos monstruos -Drácula y Frankenstein estaban en franca decadencia- sino de provocar la inquietud en formas más sutiles.
Jacques Tourneur y Val Lewton indudablemente fueron los responsables de esta nueva forma de entender el horror.
El tándem formado en los años 40 por el director Jacques Tourneur y el productor Val Lewton dio lugar a tres de las películas de terror más celebradas de ese periodo: La mujer pantera
(1942), Anduve con un zombi (1943) y El hombre leopardo (1943) sorprenden y destacan entre toda la producción clásica hollywoodiense del género fantástico por su insólita modernidad.




Nacido en París en 1904, Jacques Tourneur, hijo del también director Maurice Tourneur, creció entre Francia y los Estados Unidos, ya que la carrera de su padre osciló entre los dos países. Fue en Francia donde Jacques empezó a colaborar en las películas de su padre como montador y donde llevó a cabo su debut como director en 1931. Cuatro años más tarde se establece en América y es contratado por la MGM, para la que lleva a cabo su primera película hollywoodiense como director, Nick Carter – Master detective, en 1939.

Por su parte Lewton era ruso, había nacido el mismo año que Tourneur y se llamaba en realidad Vladimir Ivan Leventon; se ganaba la vida escribiendo todo tipo de publicaciones, desde poesías hasta novelas pornográficas bajo seudónimo. Su contacto con el cine vino de la mano del productor David O. Selznick, del que se convirtió en asistente editorial. En 1942 fue contratado por la RKO para producir una serie de películas de terror de bajo presupuesto. Las producciones de Lewton se distinguirían por unos argumentos delirantes y si se quiere hasta grotescos sacados de las novelas y comics baratos de la época (las famosas “pulp fictions”) que contrastan, al menos en los filmes dirigidos por Tourneur, con una factura sugerente, un exquisito uso de la elipsis y una ambig√ºedad que las desmarca del cine de horror de la época y las convierte en precursoras del cine moderno del género.
Cuando se puso en marcha el proyecto de La mujer pantera, en 1942, las películas de terror de Hollywood consistían principalmente en secuelas e imitaciones de Drácula, Frankenstein, El hombre lobo, La momia y algunos otros. Estos personajes habían perdido ya entonces su valor simbólico para asustar al público, y aun tenían que pasar unos cuantos años para que la censura permitiera llevar a cabo la relectura mucho más explícita sobre las connotaciones sexuales y sociales de los monstruos clásicos que supusieron los filmes de la productora inglesa Hammer. En esa tierra de nadie, Lewton y Tourneur (no importa sobre si fue más mérito del uno o del otro) tomaron los monstruos y ambientes exóticos del terror clásico y excavaron en la vertiente psicológica de esas historias, convirtiendo sus películas en las más importantes, influyentes e innovadoras del género en ese periodo.
Los artífices de La mujer pantera supieron convertir la necesidad en virtud; tal vez si hubieran dispuesto de un presupuesto mayor, no hubieran optado por un tratamiento tan ambiguo de la historia. La película habla de una mujer que se transforma en pantera; sin embargo esas supuestas transformaciones nunca se muestran, sino que se insinúan en rugidos y sombras; de hecho, la película juega con la posibilidad de que todo sea producto de la imaginación de una mujer enferma y supersticiosa, y hasta un psicoanalista -puesto que Recuerda
(1945, Alfed Hitchcock) se estrena sólo dos años más tarde y estamos en años de fiebre freudiana en Hollywood- se lo explica así a Simone Simon, la protagonista del film.
Este tratamiento irónico de la película analizándose a sí misma resulta verdaderamente moderno y chocante para una producción de 1942; seguramente, es esta vanguardista doble lectura, unida al hecho de que no se muestre la transformación en pantera, librando así a la película de unas escenas de efectos especiales que por fuerza habrían envejecido mal, lo que ha hecho que La mujer pantera haya resistido tan bien el paso del tiempo, que su apreciación entre la crítica haya aumentado con los años, y lo que la ha librado del status de película casposa o divertida-por-lo-delirante, al que podría haber estado condenada por su argumento.
Todo lo dicho sobre La mujer pantera es enteramente aplicable para la siguiente colaboración del dúo, la, si cabe, todavía mejor Anduve con un zombie. Su puesta en escena onírica y su mezcla de “pulp fiction” de zombies, historia gótica y melodrama romántico con fuertes influencias de la novela de Charlotte Br√∂nte Jane Eyre, hacen de ella una joya injustamente relegada a la categoría de película de culto vista por pocos. A sus méritos hay que añadir una brevedad (69 minutos de duración, todavía menos de los 73 de La mujer pantera) que convierte a sus autores en dos reyes de la elipsis y la síntesis.
Todavía más desconocida es la tercera y última colaboración de Lewton y Tourneur, El hombre leopardo, de 1943. No goza de tanto prestigio como las otras dos y por su título parecería una secuela mal disimulada de La mujer pantera. Al año siguiente, por cierto, vio la luz la genuina secuela, con el título de La maldición de la mujer
pantera, producción de Lewton con los mismos actores que la primera entrega, aunque con Tourneur sustituido por Robert Wise.
Siempre es difícil e inútil plantear hipótesis, pero es probable que, de no haberse conocido, ni Lewton ni Tourneur hubieran pasado a la historia del cine. El éxito de estas películas propició una carrera muy estable en Hollywood para Tourneur durante los años siguientes, de la que destacan Retorno al pasado
(1947) y El halcón y la flecha (1950); más tarde, en 1958, llevó a cabo un intento bastante logrado de recuperar el espíritu de sus filmes para Lewton en La noche del demonio, con la misma atmósfera hipnótica e irreal y la misma ambig√ºedad de La mujer pantera o Anduve con un zombi, aunque ligeramente estropeada por la irrupción del demonio, con cuernos incluidos, en una escena impuesta por los productores con fines comerciales. Por su parte, a Val Lewton tampoco le faltó trabajo hasta su prematura muerte en 1951; continuó con sus películas de “clase B”, de terror y de otros géneros, aunque con ningún otro director repitió el mismo éxito comercial ni artístico.
Jacques Tourneur
Un siglo de sombras
El 12 de noviembre de 1904 se cumple el centenario de Jacques Tourneur, figura reivindicada en los últimos años como capítulo crucial de la historia del cine.
Para quienes vivimos sumergidos en la “clase B”, los que preferimos la cara B del single, el lado oscuro de la Luna y cruzar al otro lado del espejo, Jacques Tourneur ha sido siempre poco menos que un dios. Un auténtico mito del Cinéma Bis, como dicen los franceses. Tanto que, a veces, llegamos a cansarnos de su nombre, como si fuera un mantra ya poco eficaz, de tan clásico y referencial. Pero lo cierto es que basta salir un poco de nuestro ghetto, para darnos cuenta de que, todavía hoy, las enciclopedias de cine apenas le dedican unas líneas. Que sus películas, con la obvia excepción de los grandes clásicos reconocidos, siguen estando olvidadas. Que se le da más espacio en la historia del cine a su digno padre, el cineasta Maurice Tourneur, que a él, hijo pródigo abducido por Hollywood… En definitiva, que a pesar de La mujer pantera (Cat People, 1942), Yo anduve con un zombie (I Walked with a Zombie, 1943) o Retorno al pasado (Out of the Past, 1947), Jacques Tourneur sigue siendo un “maldito”, un “marginado”. Gracias sean dadas a los dioses. Porque nada podría ser peor que la total asimilación de Jacques Tourneur por la academia, por la corriente general, por los popes del cine… Afortunadamente, Tourneur sigue siendo un enigma. Casi todos sus filmes para Val Lewton son alabados… Pero se menosprecia injustamente El hombre leopardo (The Leopard Man, 1943), una exótica pieza de terror psicológico, que anticipa el giallo y el psychothriller modernos.
Un grande del film noir

Es uno de los grandes del film noir gracias a Retorno al pasado, pero se olvidan piezas tan curiosas como Berlín-Express (1948), igualmente virtuosa en su blanco y negro… Se admira sin paliativos La noche del demonio (Night of the Demon, 1956), pero se ignoran La comedia de los terrores (The Comedy of Terrors, 1963) o La ciudad sumergida (The City Under the Sea, 1965). Se recuerda siempre El halcón y la flecha (The Flame and the Arrow, 1950), pero se olvida un fastuoso western como Tierra generosa (Canyon Passage, 1946) o un peplum como La batalla de Maratón (La bataglia di Maratona, 1959). Es decir, no se sabe si hay un Tourneur bueno y otro malo, si la filmografía de Tourneur es tourneriana, si hay un estilo Tourneur o si, en definitiva, como dijera alguien, Jacques Tourneur existió realmente.
Es precisamente la naturaleza mercurial, inaprehensible, de Tourneur y su cine, del serial a la eurotrash, del blanco y negro al technicolor, de la sobriedad al exceso, la que marca la diferencia y nos devuelve a lo que representa: el auténtico encanto de la “clase B”. Un encanto que no se ajusta a cánones, que no responde al clasicismo de Hollywood o, lo que es mejor, que puede pasar de ese clasicismo a momentos e imágenes, incluso a películas, que lo eluden y rompen en pedazos. Westerns, thrillers, filmes de terror, comedias, pelis de romanos, fantasías absurdas… Todos los géneros B adquieren en manos de Tourneur un brillo inusual, que evade tópicos y clasificaciones. ¿A veces un filme de Tourneur no parece de Tourneur? Puede. Pero, ¿cómo es un film de Tourneur? Es romántico como La mujer pantera y Retorno al pasado… ¿o espectacular y ágil como Tierra generosa y El halcón y la flecha? Es elíptico, sutil y elegante, como Yo anduve con un zombie… ¿o grotesco y paródico como La comedia de los terrores? Es “clase B”. Cine contextualizado por su presupuesto, su producción, sus guionistas, el público al que se dirige… Pero en el que, de forma subterránea, esotérica, se hace presente siempre el ojo del autor, su sentido de la estética, de la luz, sus manías. En definitiva, su cine.
Universos fascinantes
Existe un cine de Jacques Tourneur, lo ha descubierto Chris Fujiwara, autor de la mejor monografía sobre el director. Pero existe en la sombra, en la misma elipsis que tanto utilizó en sus filmes de misterio. Puede que la verdadera unidad esencial de su obra estribe no tanto en su narrativa cinematográfica específica, que a veces varía significativamente, como en el empleo de imágenes y símbolos fascinantes, conscientes e inconscientes. En la creación de atmósferas visuales tan inolvidables como las de sus filmes para Val Lewton o el onírico universo pulp de Retorno al pasado, en los colores encendidos y soñadores de películas absurdas como La ciudad sumergida o La batalla de Maratón (donde, por cierto, parte de la fotografía corrió a cargo de Mario Bava)… En cierta ocasión, le preguntaron a Tourneur qué lugar creía que ocuparían sus películas en la historia del cine: “Ninguno”, contestó. Y así es. Porque forman parte no de la historia del cine, sino de su contrahistoria. De su lado oscuro, de esa historia paralela que conforma la “clase B” de Bizarre, para la que puede tener más importancia que Tourneur padre fuera ayudante de Rodin y Puvis de Chavannes, los grandes artistas simbolistas franceses, que el dinero que costó El halcón y la flecha.
| Luz entre sombra, una perfecta ambivalencia en el cine de Jacques Tourneur |
En un tiempo en donde cualquier realizador con apenas un par de películas -en ocasiones de calidades muy discutibles-, se ponen de moda, son entrevistados en todas partes o se les dedican generosamente libros -basados generalmente en su posible comercialidad entre la joven cinefilia-, nunca es tarde para evocar a los grandes del cine clásico de Hollywood.
Sin embargo, al citar el nombre de Jacques Tourneur nos tenemos que referir a un director de culto, un artista de paladares selectos, un cineasta excepcional -en mi opinión personal el más grande que ha dado el cine-, que nunca disfrutó de un especial reconocimiento en el engranaje de Hollywood. Hijo del respetado cineasta francés Maurice Tourneur -típico ejemplo de autor que figura en todas las enciclopedias pero cuya obra no ha podido ver casi nadie-, nuestro protagonista desarrollará su trayectoria dentro del engranaje del cine de géneros, a todas cuyas variantes ofrecerá varios de sus títulos más significativos. En Tourneur encontramos uno de los ejemplos más claros de verdadero autor, de cineasta personal, de autentico creador de formas visuales, de sobrellevar unos contenidos temáticos coherentes y, al mismo tiempo, saber adaptarse a las distintos géneros que brindaba el cine americano en las décadas de los años 40, 50 y parte de los 60. Es decir, en la época dorada de Hollywood.
A la hora de elegir mis directores predilectos, siempre he combinado autores con una visión optimista de la vida, junto a otros que parecían erigirse como auténticos cronistas o poetas del escepticismo, del fatalismo, del lado oscuro del ser humano. Siempre al apostar por esta vertiente surgen dos nombres: Fritz Lang y Jacques Tourneur. Es más, creo que donde acaba el fatalismo y la sordidez de Lang, empieza el reino de las sombras, de la ambivalencia, de otra realidad soterrada que generalmente escapa a la vida diaria; es el mundo del maestro que siempre será Tourneur. El cineasta que recorrió todos los estudios, que nunca recibió un premio -ni falta que le hizo-, pero que en su modestia, en su sencillez, en su cultura europea -como en tantos otros cineastas que emigraron a América-, ofreció sombras de la vida y del ser, tragedia, creencia en lo sobrenatural, la inseguridad en suma de una existencia, de ese otro decorado poblado de miedos y dudas que supo expresar como nadie a través de la imagen.
La obra de Tourneur comenzó a ser valorada una vez su carrera concluyó, y siempre a partir de determinados sectores de la crítica francesa. A partir de ese momento y siempre desde sectores selectivos la trayectoria de nuestro protagonista comenzó a ser reivindicada. En España, no se puede olvidar el dossier-aproximación que en su número 176 le dedicó la revista Film Ideal. Sin embargo, el verdadero reconocimiento de su aportación lo ofrece la revista Dirigido Por…, que con verdadero seguimiento ha venido evocando la obra de Tourneur. Junto a ello, en 1988 el Festival de Cine de San Sebastián le dedicó una retrospectiva, complementada con la edición de una magnífica publicación monográfica.
Poco a poco, con el paso de los años y envuelto en la fascinación, el cine de Jacques Tourneur atrae a nuevas generaciones de cinéfilos. A personas que de antemano añoran una forma de entender el cine bastante alejada de los modos actuales. Espero que las líneas que suceden sirvan como modesto homenaje a un cine telúrico, sugerente, tan difícil de describir como presto a ser saboreado. Un cine de sombras, de dudas, de oscuridad y de presagios. Esa fue la obra del gran cineasta Jacques Tourneur.
Alhunos datos biográficos
Jacques Tourneur nace en París el 12 de noviembre de 1904. Con 10 años se traslada a Estados Unidos donde comienza a introducirse en el mundo del naciente Hollywood, ejerciendo diversos oficios secundarios relacionados con este entorno. En aquella época llega a ejercer como sexto ayudante de dirección del Ben-Hur (1925) de Fred Niblo, e incluso llega a aparecer como actor en Ana Karenina (1927) de Edmund Goulding. Con la llegada del sonoro Tourneur regresa a Francia, donde ejerce como montador en los films realizados aquellos años por su padre entre 1930 y 1933. Según declaraciones del propio realizador, este aprendizaje en el montaje supuso una gran ventaja cara a su posterior y conocida tendencia a la síntesis y la elipsis desarrolladas en sus películas.
Tourneur debuta como director en Francia, realizando entre 1931 y 1934 cuatro largometrajes de los cuales su propio artífice no tenía un especial recuerdo. Será precisamente en 1934 cuando nuestro cineasta regrese a Estados Unidos, donde comenzará a trabajar en la Metro. Hasta su célebre incorporación a la RKO, su trayectoria se define en unas pocas películas -(They All Come Out) (1939), (Nick Carter, Master Detective) (1939) y (Phantom Raiders) (1940), los dos últimos con indudable aire de serial, relatando aventuras y andanzas del detective Nick Carter-. De todos modos, los elementos más importantes de este periodo americano inicial -poco conocido y posiblemente de no especial interés-, se centran en la colaboración de Tourneur en el rodaje de las famosas escenas de la toma de la Bastilla en el film Historia de Dos Ciudades (Jack Conway, 1935). Las sugerencias e invenciones de nuestro cineasta -planificó las escenas de tal forma que el número de extras parecía multiplicarse- mereció por parte de David O. Selznick estar considerado en los títulos de crédito como director de escenas de segunda unidad. Este film le permitió igualmente conocer un hombre importante en su trayectoria, y del cual hablaremos a continuación: Val Lewton.
También en estos años Tourneur consigue un gran elemento de aprendizaje en la realización de un buen número de cortos. Películas que eran proyectadas como complementos en los programas dobles y en donde nuestro cineasta, además de ratificar su destreza en la economía narrativa, empezó a aplicar varios de los elementos temáticos de su obra posterior: el misterio, la ambivalencia, mezclados con otros más habituales en aquel periodo: biografías o hechos históricos.
A partir de este preámbulo comienza realmente la importante trayectoria cinematográfica de Jacques Tourneur, un hombre que en los últimos años de su vida regresó a su Francia natal, que intentó infructuosamente realizar algunas obras -generalmente de corte fantástico-, y que pudo contemplar como su obra era descubierta y reconocida, para su perplejidad, por jóvenes generaciones de cinéfilos, antes de fallecer en Bergerac el 17 de diciembre de 1977.
Sombras y Negrura: Val Lewton y la RKO
Al evocar la aportación cinematográfica de un cineasta de la talla de Jacques Tourneur, ciertamente su busca un inicio claro, concreto y explícito: el rodaje de La Mujer Pantera en 1942. La primera de las colaboraciones del director con el productor Val Lewton, sin duda uno de los tándemes más célebres y admirables generados jamás por el cine americano. Esta fue la primera de las colaboraciones mantenidas por ambas personalidades, que fructificaron en las que quizá sean las tres obras más importantes del cine fantástico en la década de los cuarenta. Dos de ellas -la ya citada La Mujer Pantera y Yo Anduve con un Zombi- están totalmente reconocidas como tales. Sin embargo, dicho reconocimiento está vedado a (The Leopard Man) cuando su nivel es similar a los otros dos títulos, y de alguna manera propone una variación del fantástico hacia el relato de misterio pasado por el tamiz tourneriano.
La unión Val Lewton / Jacques Tourneur marca igualmente la integración e incluso posteriores debuts cinematográficos de nombres como los de Robert Wise o Mark Robson, que en estos títulos ejercieron como técnicos. Nombres que extenderán la apuesta de Lewton por el cine fantástico americano de la época hacia una serie de títulos que gozan de especial estima entre los aficionados y ninguno de ellos carente de calidad. Todo ello ha motivado que numerosos críticos quisieran despejar cual de las dos personalidades unidas en este tándem era realmente “autor” de las películas antes mencionadas. Indudablemente llevan el sello complementario de ambos talentos. Sin embargo, no hay más que comprobar la trayectoria posterior de Tourneur para intentar apostar que el personal estilo aplicado en sus tres obras fantásticas con Lewton sólo tuvo su adecuada prolongación en los films realizados por nuestro cineasta.
Intentando evocar estas tres películas, creo que podríamos englobarlas en una triple manera de expresar un mundo de leyendas planteadas como posible verdad, como visión entre nieblas, como una sugerencia a veces casi evidente y en ocasiones fruto de una sombra acrecentada por la imaginación. La Mujer Pantera ofrece una propuesta en ambiente contemporáneo -las más difíciles de plasmar, según su artífice- basada en la evocación de leyendas ancestrales; Yo Anduve con un Zombi marca, por el contrario, un entorno terriblemente sugerente -las Antillas- para consolidar una poética fantástica basada en atavismos del pasado. Por el contrario, (The Leopard Man) combina ambas posibilidades -lo contemporáneo y el peso de la leyenda-, tamizándolo con una ambientación rural y un fondo de misterio y explicación racional. Sinceramente, creo que los vértices de este triángulo de oro del cine fantástico norteamericano tendrán su rotunda fusión y continuidad años después con una de las cumbres del autor, la magistral La Noche del Demonio. Quizá de entre el altísimo nivel de ambas obras pueda destacarse la extraordinaria capacidad de fascinación de Yo Anduve con un Zombi, fruto de las mayores posibilidades que sin duda ofrecía su entorno argumental. Señalar por último y a título anecdótico, que La Mujer Pantera estrenada el mismo año que Ciudadano Kane -presentada igualmente por la R.K.O.-, logró un considerable éxito comercial, superando la recaudación lograda por el célebre debut de Welles.
Una Imagen con Vida
A la hora de intentar descifrar un cine indescifrable como es el legado por Jacques Tourneur, hay que detenerse en su propia entraña; la imagen. Antes que grandes alardes o virtuosismos con la cámara o estudiadas angulaciones -a los que no dejó de acudir cuando consideró necesario-, su cine propone la fascinación por la imagen. Ofrece una ventana para que el espectador explore y sepa detectar su propia película. La obra del gran director francés es deudora de lo telúrico, siempre ofrece algo más; un detalle escondido, una pequeña sombra que se vislumbra en un segundo o tercer plano, la luz de alguna lámpara que se sitúa de forma aparentemente casual, algún leve movimiento que en su contemplación detalla un elemento importante para poder comprender la acción en toda su plenitud… Para poder llevar esa premisa como principal elemento de estilo, nuestro homenajeado recurre a dos rasgos primordiales. Uno de ellos es la concisión en la puesta en escena. Pocas de sus obras sobrepasan los noventa minutos de duración. Su aprendizaje como montador y realizador de cortometrajes le habían proporcionado esa facilidad para exponer únicamente los elementos necesarios para la comprensión de los espectadores. Indudablemente, el paso de Tourneur por el entorno de la “clase B” facilitó la práctica aplicación de unos postulados que acompañaron toda su obra posterior.
Sin embargo, la “piedra filosofal” del cine de Jacques Tourneur es, sin duda alguna, su maestría a la hora de componer la imagen trabajando la luz en total compenetración con los distintos directores de fotografía que le acompañaron en todas sus películas. Esa compenetración permitió que su cine ofreciera una extraordinaria dimensionalidad, una marca de fábrica única e indivisible que incluso permitió unificar la aportación brindada por fotógrafos de aparentemente divergentes características. ¿Podía haber ejercido Tourneur como el propio iluminador de su obra cinematográfica? La respuesta está clara: sí. Pero no le hizo falta ejercer como tal, ya que de hecho así lo pudo demostrar, aplicando su sutil y personal estilo y logrando transmitirlo a sus diferentes operadores.
De tal forma, en el cómputo general de su obra queda un tratamiento de la imagen exquisito, homogéneo y sugerente, brindado por directores de fotografía de la talla de Nicholas Musuraca Retorno al Pasado, La Mujer Pantera; Ted Scaife La Noche del Demonio-; Lucien Ballard Berlín Express; J.Roy Hunt -Yo Anduve con un Zombi-, Oswald Morris – (Circle of Danger); Burnett Guffey (Nightfall). Como se puede comprobar, una extensa nómina que aglutina a varios de los mejores operadores de la historia del cine. Y esto sólo al referirnos a las imágenes en blanco y negro, puesto que al referirnos al cine en color el presente enunciado no hace más que ratificar su talla como maestro de la imagen.

En este sentido no podemos omitir el extraordinario cromatismo ofrecido por Ernest Haller El Halcón y la Flecha; Harry Jackson La Mujer Pirata, Martín el Gaucho; Joseph Biroc Cita en Honduras; William Snyder Una Pistola al Amanecer; Mario Bava La Batalla de Maratón; o Floyd Crosby La Comedia de los Terrores. En el cine de Jacques Tourneur la imagen es la expresión de un arte. Sólo de esta manera podemos disfrutar de momentos tan intensos como las secuencias desarrolladas en la playa o junto al lago en Retorno al Pasado, el final de Jean Peters envuelta en su barco entre fuego y humo de cañones en La Mujer Pirata, la secuencia desarrollada junto a los monumentos megalíticos en La Noche del Demonio o la procesión espectral que, en la conclusión de (The Leopard Man), acaba por contradecir el aparentemente racional y tranquilizador final del film. Momentos entresacados de una galería extensa e irrepetible, a la que cada espectador podrá sumar sin duda numerosos ejemplos. Tal es el poder de evocación, de sugerencia, de densidad a la hora de ofrecer la más sencilla imagen, que se transmite de forma extraordinariamente homogénea en una trayectoria irregular, pero de un nivel general francamente brillante y con numerosas cumbres en los distintos géneros en donde aplicó su personalísimo estilo.

Esta concisión, esta fascinante sobriedad únicamente matizada por su desbordante tratamiento de la luz y el color, tuvo su aplicación en otro importante terreno cinematográfico: el interpretativo. Jacques Tourneur gustaba de interpretaciones sobrias, de presencias ambiguas y sugerentes antes que grandes recitales interpretativos. Sus actores se basan primordialmente en la mirada, son presencias turbadoras, con aspectos de su personalidad escondidos. Es nuevamente la creación de la imagen, de las fuentes de luz, de la iluminación de sus presencias, las que marca una dramaturgia de la interpretación de verdadera efectividad. Es así como el director tendió a elegir -y admirar- actores caracterizados por encontrarse en unas coordenadas que definen buena parte de la mejor escuela interpretativa clásica de Hollywood. Nombres como los de Dana Andrews -Tierra Generosa, (The Fearmakers), La Noche del Demonio-, Robert Mitchum -Retorno al Pasado-, Ray Milland -(Circle of Danger)-, Joel McCrea -Wichita, (Stars in My Crown)-, Robert Stack -Una Pistola al Amanecer-, Paul Lukas -Berlín Express, Noche en el Alma- o Vincent Price -La Comedia de los Terrores, La Ciudad Sumergida-. Entre las actrices, destacan dos retratos inolvidables: Simone Simon -La Mujer Pantera- y Jane Greer -Retorno al Pasado-.
No siempre el cine de Tourneur contó con buenos actores. La ocasional limitación de recursos que barajó en ocasiones provocó a veces la concurrencia de malos intérpretes como Victor Mature o Steve Reeves. Sin embargo, también su obra permitió conceder los primeros pasos a profesionales que posteriormente se consolidaron como grandes actores. Es el caso de Gregory Peck, que debutó precisamente en una película de Tourneur -(Days of Glory)-, o la también casi debutante Anne Bancroft, que ya en 1956 coprotagonizó, junto a Aldo Ray, -(Nightfall)-
Luz entre sombra, una perfecta ambivalencia en el cine de Jacques Tourneur
Un paseo por los géneros
Como un ejemplo más dentro de los más característicos y prestigiosos cineastas de Hollywood, el repaso a la obra de Jacques Tourneur permite abarcar un recorrido por los diferentes entornos que formaron el lamentablemente perdido cine de géneros. Con la practica excepción de la comedia -a la que por otra parte abordó con brillantez en La Comedia de los Terrores- y el musical, las películas de nuestro protagonistas se pasearon por el fantástico, el melodrama, el western, el cine de aventuras, el “peplum”, el cine policíaco, negro y de misterio e incluso llegó a abordar una peculiar fórmula de película bélica.
El propio director afirmó en repetidas ocasiones que tan sólo rechazó un guión -el que posteriormente plasmó Anthony Mann en esa magnífica película que es La Puerta del Diablo-, y siempre se le daban los repartos impuestos -cuestión de la que se lamentó más de una vez-. En toda su obra sólo una vez se encargó de la realización de un film cuya historia le atrajo desde el primer momento. Se trata de (Stars in My Crown), un melodrama de ambiente sureño protagonizado por el entonces actor infantil Dean Stockwell y Joel McCrea y que en su momento tan sólo sirvió para que descendiera su caché como director, ya que para poder dar vida a este film llegó a rebajar notablemente su salario, aprovechándose los estudios para los que fue contratado con posterioridad.
Un detalle más antes de realizar un pequeño repaso a su aportación por distintos géneros del cine clásico; el equiparar el cine de Tourneur al entorno de la serie B no deja de ser una verdad a medias. Eso es algo que siempre procuraba matizar. Ahí tenemos los ejemplos de los fabulosos decorados -tan bien aprovechados, por cierto-, que se ejecutaron para la excelente Noche en el Alma, o los seis meses de filmación por Argentina que, bajo encargo de la poderosa Fox, se ejecutaron para su posterior aprovechamiento en la brillante película que es Martín, el Gaucho. Ciertamente, el talento de Jacques Tourneur se ceñía a todos los estudios, todos los presupuestos e incluso las más terribles limitaciones. Y es que cualquier forma de arte tan sólo necesita el soporte más simple para poder plasmarse.
El Fantástico
Sin duda alguna su aportación más reconocida y a partir de cuyas características se definió un estilo cinematográfico que se extendió a otros géneros. Ese gusto por el fatalismo, por la sugerencia, por el peso de lo atávico, por el uso de la luz y las sombras, tiene su eje en el ya comentado tríptico formado por las sensacionales La Mujer Pantera, Yo Anduve con un Zombi y (The Leopard Man). Lo que sorprende un poco es que dada la fascinación que lo sobrenatural ejerció sobre Tourneur -era un creyente absoluto en la existencia de mundos paralelos-, tuviera que esperar hasta finales de los cincuenta para realizar en Inglaterra su retorno en el género. La verdad es que la espera mereció la pena; La Noche del Demonio es una de las más atrevidas propuestas que el género ha planteado en su historia, quizá la mejor obra del cine fantástico en una década fundamental para la evolución del género y una de las obras cumbres de su autor -honor que compartiría con Retorno al Pasado-. No es preciso incidir en la queja del propio autor sobre la impuesta aparición de la encarnación del demonio que aparecía dos veces en el film -a mí me sigue resultando realmente inquietante-, o la pelea que Dana Andrews tiene con un tigre evidentemente disecado. Todas las obras maestras, para serlo, tienen que tener su pequeña dosis de debilidad. Y esa es la que ofrece una obra que es la quintaesencia del estilo sugerente, ambiguo y desasosegador de su autor. Una obra por la que se pasea un científico racional -admirable Dana Andrews-, que en pocas horas se tiene que rendir a la evidencia de un mundo ante el cual lo mejor que puede suceder es que se mantenga oculto. Una aseveración certeramente definida en el plano final de un film en donde se combina la brujería, el espiritismo la credulidad y el miedo a lo desconocido, así como un detalle muy querido al maestro, el terror sugerido bajo la aparente inocencia -el satanista que divierte y maravilla a los niños disfrazado de payaso-.
Pocos años después -en 1963- Tourneur es contratado por la American Internacional, entonces en pleno apogeo con su ciclo de -las a mi juicio espléndidas- adaptaciones de Edgar Allan Poe firmadas por Roger Corman. Y el mismo año que Corman realiza su divertida pero anacrónicamente burlesca El Cuervo, nuestro homenajeado da vida a la que quizá sea la más brillante y personal sátira que sobre el género jamás se ha filmado: La Comedia de los Terrores. A nivel personal desde que en aquellos célebres “Monsters del Cine” contemplé una foto promocional de este film, durante muchos años añoré poder visionar una película que siempre estimé tendría un gran interés y que gozaba del mayor reparto de toda la historia del género: mi admirado Vincent Price, Peter Lorre, Boris Karloff y Basil Rathbone, así como con un guionista de excepción: Richard Matheson. Aquel deseo lo pude cumplir cuando en 1983 se estrenó finalmente en España esta singular adaptación de la Comedia de los Errores de Shakespeare. Un estreno que, salvo honrosas excepciones, no suscitó excesivo interés, reiterando de alguna manera el fracaso con que en su momento se saldó el estreno en Estados Unidos. No olvidemos que las producciones de la American International se dirigían generalmente al público adolescente. Un sector que en poco podía divertirse con las sutilezas propuestas por el tándem Tourneur / Matheson, que ofrecían una ingeniosa revisitación de todos los “tics” que definían la producción terrorífica ejecutada por esta productora. Las desventuras de los propietarios de una funeraria que tenían que conseguir su propia clientela, utilizando además durante años el mismo ataúd, y su encuentro con un viejo que se resiste a morir asesinado proponía una singular variación de perspectivas sobre el cine fantástico en que el film está englobado. Es este uno de los rasgos de la aportación literaria y como guionista del novelista Richard Matheson -tenemos los ejemplos de la magistral El Increíble Hombre Menguante o incluso la reciente El Último Escalón-, que tuvo en la sutileza de Tourneur su mejor aliado.
Su última aportación al género, que es también su poco representativa conclusión como director, lo supuso otra producción de la American International: La Ciudad Sumergida, basada en unos poemas de Poe. Una película que pienso que no es merecedora de tan poco reconocimiento, aunque ciertamente se encuentre entre sus obras menos distinguidas. Quizá su indefinición genérica -basculando con poca garra entre el fantástico y el cine de aventuras a lo Julio Verne y la excesiva frialdad de su desarrollo, impiden que las propuestas de Tourneur -mostrar un entorno subterráneo que var√≠¬ça de luminosidad a lo largo del día-, puedan ser desarrolladas con el suficiente interés.
Cine negro, policiaco y de misterio
Sin duda alguna, la aplicación de los rasgos de estilo iniciados por Tourneur en su vinculación con Val Lewton le permitieron una impronta desasosegadora, sutil y personalísima en su paso por el cine negro, la derivación del policíaco y su paseo por un terreno muy cercano a sus inclinaciones temáticas: el misterio.
Y su debut dentro de esta vertiente, ciertamente está inscrito con letras de oro en los anales del género. Retorno al Pasado propone la cima de la estilización visual dentro del cine negro americano, ofrece un entorno trágico, condenado desde el principio a la destrucción colectiva y supone, también a mi juicio, la cumbre de uno de los géneros que mejor definió a la sociedad americana de la primera mitad de este siglo. Hablar de Retorno al Pasado supone evocar sombras amenazadoras, un recorrido laberíntico sobre personajes y situaciones que nunca revelan una verdad que por su trágica conclusión se niega a ser revelada y al mismo tiempo sabemos que su devenir será inevitable. Repleta de momentos memorables, dotada de una exquisitez visual que la emparenta con un venenoso romanticismo, en esta hermosa película encontraremos una de las cumbres de su autor, que es lo mismo que señalar uno de los hitos del séptimo arte.
Poco después Tourneur prosigue su labor en la R.K.O. al realizar Berlín Express, otra muestra de su turbadora impronta desasosegadora envuelta bajo el ropaje del film de espías. Pese a su encontrarse entre las cumbres de su cine el film es de alto nivel y en él podemos encontrar desde el primer momento una personalísima utilización de los exteriores de un Berlín en ruinas. De forma comparable al Rossellini de Alemania, Año Cero aunque tamizado con esa inclinación de Tourneur a lo sombrío, nunca las ruinas de Berlín han ofrecido en el cine ese aspecto tan amenazador. Junto a ello se desarrolla la historia del secuestro de un científico destacando secuencias excelentes, como el asesinato del “clown” dentro de un cabaret -un elemento que recuperará en La Noche del Demonio- o el tiroteo dentro de una bodega. Una vez más, un falsamente tranquilizador final cierra una obra estupenda.
Dentro del cine de misterio, en 1944 realizó -dentro de su periodo con la R.K.O.- Noche en el Alma, que supone su inicio por las producciones de alto presupuesto. Me encuentro entre quienes la consideran una de sus grandes obras y pienso que sobrelleva el sambenito de obra menor, cuando en sus fotogramas se encuentra la quintaesencia de su cine. Retomando una historia del estilo de Luz que Agoniza, Noche en el Alma es una de las demostraciones más palpables de la maestría de la puesta en escena de Tourneur. En pocas ocasiones hemos encontrado un inicio tan arrebatador como el que ofrece esta película -la tormenta y el tren-, una utilización del elemento climático a lo largo de todo el metraje y nos hemos embriagado de una atmósfera tan opresiva, asfixiante y decadente como la que se desarrolla dentro de esta mansión en la que un extraordinario Paul Lukas quiere volver loca a Hedy Lamarr. Dotada de una candencia cercana al cine de Max Ophuls, la amenazante musicalidad de esta película la merece ser acreedora como uno de sus grandes títulos.
Con la llegada de la década de los cincuenta, Tourneur viaja a Gran Bretaña para rodar (Circle of Danger) -protagonizada por Ray Milland- y que pese a sus estimulantes referencias no he podido ver. Ya en 1956 retornará al thriller para dar vida la novela de David Goodis “The Dark Chase” al realizar (Nightfall) para la Columbia. Confieso que se trata de una de las películas que más me apetece ver, ya que su condición genérica es atrayente y las referencias que poseo son más que sugerentes. Todas ellas coinciden en su dureza, en la similitud con el estilo marcado por Fritz Lang en Los Sobornados -también para el mismo estudio-. Dos años después el cineasta rueda su último thriller, al parecer petición de su amigo Dana Andrews -protagonista del film-. Se trata de (The Fearmakers) que recuerdo en un ya lejano pase en la televisión catalana. Se trata de una historia integrada en el ambiente previo a la guerra fría, adelantándose a títulos como El Mensajero del Miedo. Políticos corruptos, pruebas nucleares, manipulación de información… elementos a los que Tourneur se introdujo en una cinta de la que recuerdo, una vez más, su atmósfera seca y opresiva y su decidido alto nivel.
Cine de aventuras
Uno de los géneros más practicados por nuestro cineasta fue el de aventuras, en el que se inició rodando en 1950 una de sus películas más célebres El Halcón y la Flecha. Las vitalistas y contagiosas andanzas de “Dardo” ofrece quizá la mejor aportación de Burt Lancaster dentro de sus interpretaciones en el género. Sin embargo y aún reconociendo el nivel de la cinta, pienso que la misma se encuentra algo sobrevalorada -caso contrario al de, por ejemplo, Noche en el Alma-. Más cercana al ideario de Tourneur podemos encontrar La Mujer Pirata, que participa plenamente de esa ambivalencia y fatalismo propios de su cine. Todo ello junto con un extraordinario uso del color, que tiene su cenit en las secuencias finales, llenas de humos y llamas, ofrece una propuesta en la que destaca el personaje interpretado por Jean Peters. Una mujer criada entre hombres que la han tratado como un hombre y que encuentra en el capitán La Rochelle (Louis Jourdan) un apoyo para recuperar su feminidad. Un deseo que se verá frustrado -como siempre en el cine de Tourneur-, ya que el hombre de quien se ha enamorado es un espía que sólo busca su captura. Junto a ellos, y entre la amplia gama de personajes, destacar uno excepcional, el Dr. Jameson, lúcido y escéptico protector de la protagonista espléndidamente interpretado por Herbert Marshall.
Un año después -1952- , nuestro homenajeado retorna al género al heredar el encargo de Henry King para la Fox y realizar Martín, el Gaucho. Una muestra más de su maestría en el manejo de la imagen en color -ofrece una exquisitez visual digna de ser resaltada- y una propuesta en la que una vez más contemplaremos personajes introvertidos, escépticos y con un poderoso mundo interior.

Cita en Honduras era un filme que Tourneur no valoraba en exceso; pocos cineastas ha habido tan críticos con su propia obra; estoy seguro que el desarrollo de una aventura opresiva y nuevamente desasosegadora por un terreno selvático debe permitir una de sus narraciones personales y una aportación llena de interés a un determinado cine de aventuras poco practicado en aquel tiempo.
No será ya hasta finales de los cincuenta, cuando el retorno al género por parte de Tourneur se producirá a través de un medio en el que trabajó en numerosas ocasiones -aunque a él no le gustara demasiado-: la televisión. Es así, como recopilando varios de los episodios realizados para la serie (Northwest Passage), se exhibirán comercialmente tres films: Furia Salvaje, (Fury Rivers) y (Misión of Danger). De entre ellos -cada uno ofrecía tres episodios de la serie, los dos últimos sólo incluían un episodio realizado por Tourneur. Por el contrario, las tres aventuras de Furia Salvaje llevan la firma de nuestro protagonista. Visto por televisión recientemente, no puedo por menos que destacar la coherencia que ofrece con el resto de su obra, el extraordinario uso del color y la presencia de numerosos elementos de estilo y secuencias sorprendentes. De hecho, la que abre el film -un ataque indio- supone ya una prueba de la maestría de Tourneur. Junto a ella, la habilidad con la que se engarzan las tres historias y la luminosidad que ofrecen escenarios como los ríos y lagos que pueblan la cinta, no hacen más que evocar -con las distancias que se quieran salvar-, la célebre secuencia del lago en Retorno al Pasado.
Ya en su última etapa -definida con producciones de escaso presupuesto y alejada de los grandes estudios-, el director francés rueda Timbuktu, una cinta de aventuras con un tourneriano blanco y negro y desarrollada en las arenas del desierto, no puede considerarse uno de sus grandes títulos, a lo que contribuye no poco la presencia de Víctor Mature. Sin embargo, la dignidad está asegurada y nuevamente nos encontramos con secuencias heredadas de su vinculación con el cine fantástico: el intento de ataque de la araña al protagonista atado en el suelo
El mismo año de 1959 Jacques Tourneur se suma a la pléyade de grandes nombres clásicos de Hollywood que emigrarán a Italia para realizar “peplums”, al realizar La Batalla de Maratón Película objeto de encontradas opiniones -apasionados defensores y no pocos detractores-, considero sin apasionamiento que pese a ser una de sus cintas menos estimulantes -lo que no quiere decir que no tenga interés, no he visto aún un mal film de este director-, sí puede considerarse como una de las cumbres de un subgénero tan parco en obras de interés. El problema interno de La Batalla de Maratón es que su desarrollo se debate entre el respeto a sus convenciones genéricas y la introducción del estilo visual de su artífice. Entre lo segundo, destacaremos la belleza de sus nocturnos y los juegos de sombras y composición de escenas y personajes dentro de la conspiración que rodea la trama. Todo ello junto a la belleza visual de la batalla final -al parecer rodada por Bruno Vailati según las indicaciones de Tourneur y tras abandonar el segundo el rodaje al finalizar su contrato-, definen un film desigual y menor en el conjunto de su obra pero inevitablemente atractivo.
El Western
La implicación de Jacques Tourneur en el género americano por excelencia puede definirse, no podía ser de otro modo, como una de las más personales que se han suscitado en el cine americano. Cuatro films llenos de sentimientos ocultos, de un aire telúrico que envuelve sus paisajes y nuevamente de personajes impregnados con ambig√ºedades.

Su debut en el género se produce con Tierra Generosa, western de ganaderos presidido por la melodía que a lo largo de su metraje canta Hoagy Carmichael. Primera colaboración con uno de sus actores-fetiche: Dana Andrews y con un Brian Donlevy que ofrece una perfecta plasmación de los clásicos personajes ambivalentes inherentes al realizador francés. Con una magnífica utilización de exteriores y espléndido uso de la elipsis, Tierra Generosa permite disfrutar de elipsis como aquella que concluye en el -no mostrado- asesinato perpetrado por Donlevy para robar una importante cantidad en oro. Nuevamente, una de las máximas de nuestro homenajeado: “es preferible sugerir que mostrar”.
Su posterior reencuentro con el western no se producirá hasta mediada la década de los cincuenta. Será en 1955 cuando realice (Stranger on Horseback) y Wichita. No he podido ver ninguna de las dos, aunque de la primera Tourneur se lamentaba de la poca calidad de la fotografía -debido a temas técnicos-. Sin embargo, las referencias que existen marcan una unidad junto a Wichita -que no sólo hay que atribuir a la presencia en ambas de Joel McCrea-, definiéndose ambas en su carácter hierático y seco.
En cambio sí recuerdo una lejana visión de Una Pistola al Amanecer, su última y más valorada aportación al género. Dotada de un inicio deslumbrante -un tiroteo en una montaña recortada en uno de los cielos con azul más luminoso que jamás he visto-, recuerdo su extraño tratamiento y su galería de personajes ambiguos y de mirada esquiva. Su artífice, una vez más, manifestaba su escaso aprecio hacia ella. Sin embargo, y a falta de una nueva revisión que me permitiría apreciar más de cerca sus cualidades, nos encontramos con una película integrada dentro de esa lista que cabría denominar como “los westerns más extraños de la historia del cine”. Una relación no muy extensa que abarcaría títulos como Johnny Guitar, Encubridora -una vez más las semejanzas con Lang-, Yuma o (Forty Guns). Títulos realizados todos ellos en la segunda mitad de los cincuenta, en plena renovación de sus convenciones, y antes de la decadencia del género al inicio de la década siguiente.
Otros géneros
Quedan en este repaso tres cintas a mi juicio inclasificables, en las que además se da la circunstancia que no he podido ver jamás. Una de ellas, una al parecer personal adaptación de los modos del bélico de época -(Days of Glory)-, otra podría definirse como un melodrama deportivo que el propio autor detestaba -(Easy Living)- y finalmente el proyecto más personal de su obra -el ya citado (Stars in My Crown)-, lindante entre el western y el género de aventuras. Tres filmes en blanco y negro, que completan el repaso de una de las obras más fascinantes del cine americano.