Vittorio De Sica

Película estrenada entre Directores


(Sora, Italia, 7 julio 1902 – Neuilly, Francia, 13 noviembre 1974)





Vittorio De Sica nació en el seno de una familia de la pequeña burguesí­a, pero pasó su infancia en Nápoles, donde siendo todaví­a muy joven empezó a interpretar algunos papeles: así­, en 1918 debutó en el cine con un papel secundario en El proceso Clemenceau de Bencivenga. Luego, rodó otras pelí­culas en las que se mostraba tal como era para dar vida al personaje de un joven divertido y despreocupado: el gran éxito de público sólo lo logró en 1932 como protagonista de “¡Qué sinvergüenzas son los hombres! de Mario Camerini.

Su carrera de divo se consolidó con pelí­culas de valor desigual entre las que cabe recordar Darí² un milione (1935), Il signor Max (1937) y Grandes almacenes (1939), dirigidas por Mario Camerini. En 1940, debutó como director con Rosas escarlatas, adaptación de un texto teatral de gran éxito.
Tras rodar algunas simpáticas comedias, cambió de género con el intenso Los niños nos miran (1943), que anunciaba la legendaria época del Neorrealismo y marcó el inicio de la afortunada colaboración con Cesare Zavattini: de dicha época son El limpiabotas (1946) y
Ladrón de bicicletas
(1948), que le valieron el Oscar dedicado a las pelí­culas de habla no inglesa y entraron a formar parte de la historia del cine mundial. Milagro en Milán (1951) y Umberto D. (1952) consagraron la maestrí­a de De Sica culminando su obra. Luego, acabó dirigiendo pelí­culas puramente comerciales o caracterizadas por un intimismo esquemático, y sólo en contadas ocasiones logró mostrar el talento de antaño. De esos años, cabe citar El oro de Nápoles (1954), Dos mujeres (1960), Ayer, hoy y mañana (1963) y El jardin de los Finzi Contini (1970), dos pelí­culas con las que ganó de nuevo el Oscar. Como actor, destacan el famoso dí­ptico iniciado con Pan, amor y fantasí­a (1953) de Comencini y la inolvidable interpretación en El general de la Rovere (1959) de Rossellini.

Tras una operación en los pulmones, murió en Neuilly (Francia) el 13 de noviembre de 1974.

 

Vittorio De Sica y los Oscars

Antes de darle por la cosa esta de la dirección, Vittorio de Sica (1901-1974) actuaba. Era un tipo con mucho, mucho porte: un galán embaucador que se las llevaba de calle, perfecta percha para fracs y generosa cúspide donde asentar vistosos sombreros de copa. Y seguirí­a demostrándolo años después, ya consagrado, a las órdenes de Max Ophüls (1953, Madame de…) o Roberto Rossellini (El general de la Rovere). Hasta en un total de más de 150 pelí­culas…

Pero se trata de hablar de su idí­lica relación con los premios de la Academia (los de la Academia de verdad, no confundir con los que concede la de acá, capaz de premiar como mejor pelí­cula extranjera a Good Bye Lenin! (2003) el mismo año en el que competí­an Von Trier, Bertolucci y Chabrol. Difí­cil de igualar en mucho tiempo.)

Hablando, pues, de decisiones tomadas con “criterio”, alegrí­a y donaire, hay que reconocer que la chaladura de Hollywood por este hombre resulta sospechosa, casi tan patológica como la ludopatí­a del propio De Sica o su doble vida sentimental. Lo premian nada más y nada menos que en cuatro ocasiones: en 1947 por El limpiabotas, en 1949 por Ladrón de bicicletas (1948), en 1963 por Ayer, hoy y mañana (1963) y en el 1971 por El jardí­n de los Finzi-Contini (1971). A esto hay que sumarle el Oscar a la mejor actriz que hizo ganar a la Loren -productor y marido mediante- por Dos mujeres (1960).


 

Ladrón de bicicletas (1948)

Primera matización: los dos primeros Oscars del lote no fueron exactamente a la mejor pelí­cula extranjera, pues todaví­a no estaba instaurada dicha categorí­a. Los bautizaron como “Special Academy Awards, el equivalente a “¡pero-qué-bueno-es-eso-y-no-lo-hemos-hecho-nosotros!“.

Porque El limpiabotas es sin lugar a dudas una pelí­cula enorme. Dos desclasados romanos que ahorran para hacer realidad un atolondrado sueño: poseer un caballo; terminar de pagarlo mes a mes, sostener el techo que lo guarece y alimentarlo a costa de sus propias frí­joles. Profesionales de la supervivencia y el estraperlo, una mala jugada acaba con ellos en una cárcel para menores… sin perspectivas de redención o reinserción en un sistema que no contempla dicha posibilidad. Un confinamiento qué acabará con algo más que la amistad entre ambos…

En la nota que justificaba el galardón, se podí­a leer: “por ser una prueba para el mundo de que el espí­ritu creativo puede triunfar sobre la adversidad”. Je, los americanos siempre tan ingenuos… ¿alguien cree todaví­a en la creatividad como camino seguro hacia el triunfo o el reconocimiento? (Si la respuesta ha sido un airado “sí­” les recomiendo que se den una vuelta por el museo de arte contemporáneo más cercano.)


En este primer año de reparto de migajas para pelí­culas extranjeras (1947), Hollywood parece deleitarse con la visión miserabilista de una Europa quebrantada, como si tuviese la necesidad de prolongar el Plan Marshall a lo cinematográfico y alrededores. Esa Italia rica en emigrantes que pone nombre a zonas enteras de la Gran Manzana y que lleva ya unas cuantas décadas llegando en transbordadores repletos de grandes esperanzas y niños anónimos a bautizar con el sonoro apellido Corleone.

Después vino, casi de inmediato, Ladrón de bicicletas. El que le dieran un Oscar en un dato puramente anecdótico, como siempre que se premia a pelí­culas sublimes, que trascienden su tiempo. En las encuestas que se realizan de tanto en tanto, sigue apareciendo como una de las 10 mejores de la historia del cine. Soy de los que piensan que los méritos de esta historia son tales, que únicamente un Nobel podrí­a hacer justicia al verdadero genio en la sombra: Cesare Zavattini.

Acudo a la magní­fica web que la RAI tiene dedicada al movimiento neorrealista y leo: “El concepto del neorrealismo encuentra su razón de ser en la denominada teorí­a zavattininana del seguimiento, que consiste en filmar lo cotidiano yendo detrás de personajes escogidos entre la gente común. La cámara se pone al servicio de lo real y lo capta, convirtiendo los hechos normales del dí­a a dí­a en una historia”.

Así­ pues, estos dos primeros Oscars deberí­an de repartirse al 50% con Cesare (siendo generosos). Porque después de él… bueno, es difí­cil ponerse de acuerdo sobre lo que le pasó a De Sica “después”. ¿Cubrí­a las deudas de juego con encargos de circunstancias que no estaban a la altura de su talento? ¿O es una figura -como nuestro Berlanga- difí­cil de entender sin un guionista importante cubriéndole las espaldas?

No se crean tampoco que sonó la flauta por casualidad: De Sica no era ningún indocumentado. Sabí­a a qué jugaba: “El neorrealismo no era un programa, era un sentimiento, una necesidad. Quizá nosotros hemos sentido, después de tantos años de presión fascista y de cierto cine que estaba condicionado al momento polí­tico de Italia, esta necesidad de hablar, de decir lo que querí­amos decir. Esto no lo podí­amos hacer antes. Las comedias, los héroes del fascismo, los héroes de la Roma antigua y los de las comedias rosa que nos imponí­a el fascismo nos habí­an dado propiamente ese sentimiento de rebeldí­a. Fue una contestación, la respuesta a un régimen que nos habí­a obligado a vivir de una manera hipócrita y falsa. Nosotros, por el contrario, hemos dicho la verdad”.


No seamos injustos. Quizás, simplemente, ocurrió que el listón estaba muy alto. Se hací­a difí­cil verle perpetrar comedietas de sal gorda -esas que parecí­a refutar con su cine primigenio- después de haber hecho aportaciones humanistas tan señeras.

Sobre Ayer, hoy y mañana, me remito a un juicio ajeno: “(…) con buenos resultados de público gracias a la habilidad de un guión que funcionaba certeramente y unas interpretaciones logradas. Pero, en esencia, tampoco añadí­a nada significativo a su nombre ya histórico”.

Terminamos la ronda con el Oscar que le llegó a principios de los setenta de la mano de El jardí­n de los Finzi-Contini, con más aroma a “por el conjunto de una carrera que sabemos se acaba” que otra cosa. Una peliculita plagada de buenas intenciones que encaja dentro de una de las fórmulas mágicas para hacerse con la estatuilla dorada: abordar el tema del genocidio. Caballo ganador.

En este caso, dos familias judí­as en la Ferrara de Mussolini, tratando inútilmente de permanecer ajenas a lo que sucede a su alrededor. Ecos de Visconti y La caí­da de los dioses (1969) -y no sólo por compartir con esta a Helmut Berger-, así­ como una utilización “ad nauseam” del recurso de moda del momento: el zoom y la madre que lo parió. Un jardí­n que opera a modo de paraí­so perdido, romántico Edén donde se refugia una oligarquí­a rancia y enfermiza, huyendo en vano de una realidad que termina por alcanzarles y atropellarlos, como a todo hijo de vecino.

De Sica es un imprescindible del cine italiano, aunque su genio declinó a partir de los años 60. El limpiabotas, Ladrón de bicicletas, Milagro en Milán (1951) y Umberto D (1952) son historia del cine. Y él -vividor, despilfarrador, optimista, alegre, acaparador de Oscars-… también.


“La Biblia enseña a amar a nuestros enemigos como si fueran nuestros amigos, posiblemente porque son los mismos”. (Vittorio de Sica).



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